miércoles, 29 de enero de 2014

Dos en una

Hablo de una milonga de la capital, situada en dos centros, uno de ellos, el de la ciudad. Hablo de dos milongas, en el mismo lugar, a la misma hora. Hablo de una sociedad, que queriendo o sin querer: agrupa, separa, divide. Hablo de una milonguera no lugareña que un día, resignada, exclama: "ya me habían dicho que en Madrid, si no contratas a un bailarín para que baile contigo, no bailas".

Seguro que se me quedó cara de bobalicona al oír semejante disparate. Tomé un sorbo de mi refresco y le pedí que me contara porqué había llegado a tal conclusión. Me dijo que porque ella no había conseguido bailar con nadie a parte de los amigos locales con los que había ido a la milonga. Quizás fue por otros motivos: falta de experiencia, desconocimiento del cabeceo, el hecho de que era mujer y no de las más jóvenes y un montón de razones más. Sin embargo, me quedé pensando ya había oído a más gente forastera asegurar que en Madrid no era fácil bailar.

Creo que se debe a esa milonga en particular, en la que puede que se hayan creado perjuicios originados por el miedo, y la falta de comunicación, y que de alguna manera son palpables incluso para la gente de fuera. Hay un factor cultural importante, ya que dicen que el cambio y lo desconocido son rosas con espinas para la mayoría de los españoles, y creo que en la milonga, eso se palpa.

Algunos milonguero locales, de los no tan jóvenes, confiesan que es cierto que en esa milonga hay dos milongas en una: los jóvenes por un lado, bailando entre ellos; los algo menos jóvenes, bailando también entre ellos porque dicen que los jóvenes solo quieren bailar entre ellos. Sacan una conclusión que a lo mejor no es muy acertada.

Es cierto que por lo general el nivel de baile entre los más jóvenes es algo superior al de los otros; es cierto que la gente va a la milonga a disfrutar y por tanto a bailar con gente con la que disfruta bailando, es decir, gente más o menos de su nivel de baile. Pero la edad no es o no debería ser un factor condicionante para bailar con alguien o no, sino tan solo la forma de bailar, el abrazo y sobre todo la conexión entre dos personas, es decir, tener piel. Y para eso no hay edad que valga, como tampoco lo hay para el amor. 

Quizás si los no tan jóvenes perdieran el miedo y se animaran a cabecear a los otros, se esforzarn un poquito más por mejorar en lugar de conformarse con su técnica, sería un primer paso para que las dos milongas se conviertan de nuevo en una sola. También ayudaría una pequeña dosis de humildad, ya que algunos creen ser estupendos bailarines solo porque hace más tiempo que bailan, e incluso alguno osa dar lecciones a aquellos que no tienen tanta experiencia, y que muchas veces, encima bailan mejor que ellos.

También ayudaría que los más jóvenes hicieran un esfuerzo también, dejaran perjuicios a un ladao y se animaran a bailar de vez en cuando con los no tan jóvenes. Aquí también la pequeña dosis de humildad sería efectiva ya que por aprender más rápido y por ser más joven no se baila mejor, ni técnica y musicalmente hablando, ni se tiene un mejor abrazo. Hay que tener en cuenta que la experiencia es una gran maestra.

Doy fe de que en las dos milongas hay gente fantástica y buenos milongueros, pero para descubrirse mutuamente hay que dar un gran paso que empieza por frenar al miedo y dar paso a la comunicación. Dicen que quien nada arriesga, nada gana... y creo que los madriles se están perdiendo grandes descubrimientos, en forma de grandes abrazos.

domingo, 26 de enero de 2014

La pandilla de las amigas de Sara

Hoy es el cumpleaños de mi padre y este año tampoco se qué regalarle. ¿Os resulta familiar eso? ¡Con lo fácil que sería si fuera milonguero...! Un pantalón para bailar, unos zapatos, un abanico para la milonga, una gorra o un sombrero, un pañuelo, un estuche para limpiar zapatos y cuidarlos, un cd con sus tangos favoritos, una maleta para sus escapadas milongueras, esa foto enmarcada tan bonita que le hicieron en una milonga, un cuadro hecho de esa foto, una partitura antigua de tango, un abono a un festival o encuentro, una petaca para llenarla del coñac que le gusta y que no falte así en la milonga, una americana original para que vaya bien elegante, o porqué no, un ramo de flores para que reparta entre sus milongueras favoritas.

Sobre repartir, aunque no tiene nada que ver con el tango, os quiero contar una historia que creo que merece ser contada. Es una anécdota de la época escolar que me contó una amiga hace ya unos años. Creo que ella estaba en 3º o 4º de EGB, pero seguro es que no había pasado a segundo ciclo porque ella todavía jugaba a la soga, a la goma y a los cromos. Ella recuerda el cumpleaños de una niña de clase en la que la cumpleañera, además de chuches para repartir en el recreo como era típico en aquella epoca, tenía cinco paquetes de cromos que le había regalado su abuela para ella y sus amigas. En su clase había unas doce niñas, por lo tuvo que elegir a quien regalarle los cromos, y lo hizo entre sus mejores amigas.

Entre ellas estaban mi amiga y otra niña llamada Sara, así que fueron dos de las cinco que obtuvieron su paquetito de cromos, que contenían a su vez cuatro o cinco cromos cada uno. Parece ser que hubo alguna niña que se quedó triste al enterarse de que se habían repartido los cromos y ella no había sido afortunada. Fue entonces cuando Sara, sin que nadie la viera, fue regalando sus cromos entre las demás niñas hasta que se quedó sin ninguno. Mi amiga se dio cuenta de lo que había hecho y repartió los suyos con Sara, que de nuevo, volvió a repartirlos hasta que cada niña tuvo al menos un cromo. De las niñas afortunadas hubo una que andaba presumiendo sobre lo bonitos que eran sus cromos y de cuántos tenía, e incluso se burló de Sara por haberse quedado sin los suyos.

El curso fue transcurriendo y aunque Sara se quedó casi sin cromos, ganó en amigas. Ese mismo año y unos meses más tarde Sara les anunció que dejaba la escuela porque iban a trasladar a su padre a trabajar a otra ciudad. Cuando la noticia corrió entre las amigas de Sara, no solo ellas, sino casi todos los niños de la clase le regalaron a Sara cromos, dibujos, golosinas y un montón de cosas más, de forma totalmente espontánea y como despedida. Mi amiga me contó que recordaba perfectamente el día que Sara se fué y cómo tras su partida, todavía seguían hablando de ella, como si nunca se hubiera ido. Sara había dejado tala huella entre ellas que incluso algunas decidieron formar una pandilla y llamarse "las amigas de Sara".

Al contarme esta historia mi amiga me confesó que a veces se preguntaba qué sería de la vida de Sara, de cómo seríade adulta, si era feliz. Yo la miré y callé: creo que los ángeles no permanecen en la tierra mucho tiempo, pero es un pensamiento que no me parecía justo compartir con ella en ese momento. Luego lo pensé mejor y le dije que a veces es mejor no saberlo y vivir feliz con el recuerdo y con lo que se aprende de las personas. Ella sonrió, y así me hizo entender que estaba de acuerdo.

jueves, 23 de enero de 2014

Generación 3.0

Al igual que algunos de mis lectores más participativos en el blog, yo también pertenezco a la generación 3.0. Es una generación que en su mayoría ahora está formando familias, con lo cual, es bastante lógico que no abunden en las milongas, aunque que cada vez más crecen en número. Este grupo suele estar formado por gente que empieza a bailar o que hace pocos años que baila, pero su capacidad de aprendizaje es por lo general más alta que las generaciones siguientes. Aunque como en todas las generaciones, siempre hay excepciones.

La generación 4.0 es aún más difícil de encontrar porque definitivamente casi todos tienen hijos pequeños, y muchos de ellos incluso están separados o divorciados, con lo que compatibilizar su amor por el tango, el trabajo, y la familia, es algo muy difícil de conseguir. Aún así, están esas parejas que por lo que sea no han formado familia, gente soltera o bien salidos de otras relaciones o incluso algunos atrevidos a los que admiro, que van con sus nenes a la milonga. Son los de esta generación y la 3.0 con los que yo personalmente me encuentro más a gusto bailando, quizás porque nuestros niveles de energía son más similares.

Lo que evidentemente más abunda es la gente de la generación 5.0 y 6.0, muchos de ellos ya con hijos autosuficientes, económicamente estables, y algunos de ellos incluso jubilados. Son también los que más asisten a encuentros y festivales, los que van a clases de forma continuada, los que al fin y al cabo se lo pueden permitir mejor. En este grupo hay un gran número que ven el tango como un acontecimiento social, en el que el interés por conseguir una perfección en su baile pasa a un segundo plano, mientras que el aspecto social es el que prima. Aunque he de reconocer que no son los más abundantes, hay milongueros que además de socializar, bucan esa perfección de la que hablo en su baile y por eso ofrecen abrazos expertos y maravillosos. Aquí he encontrado estupendos bailarines, con los que además he hecho buena amistad.

También los 2.0 escasean. Son una generación que cuando entran en una milonga solo ven a milongueros de la generación 9.0. en la pista: un efecto óptico típico de la edad, ya que a casi todos nos ha pasado lo mismo cuando teníamos su misma edad. Creo que quizás por este motivo el tango les seduce menos, ya que no lo ven como un baile de jóvenes, aunque afortunadamente, en algunos países -no solo en Argentina-, esto va cambiando y esta generación va creciendo en número. Aprenden con una rapidez impresionante, pero por lo general prefieren bailar con gente de su generación, ya que es entre ellos donde encuentran más milongueros con un nivel de energía similar. A mi, por lo general, no me suele gustar mucho bailar con ellos, quizás porque con los que he bailado se centran principalmente en experimentar y gastar energía, más que en la parte emocional y el abrazo.

La 7.0 y 8.0 existen, pero son escasos, al menos en Europa. No he bailado con muchos, y con los porquitos con los que he bailado, me he aburrido terriblemente porque son como principiantes a pesar de su edad, aunque algunos hace años que bailan. Mejorar su técnica no ha sido una de sus prioridades, quizás también porque su condición física no suele ser óptima. Dicen que allá por las cunas del tango, son aquellos que mejor saben bailar, y que son auténticos milongueros, que con unas discretas caminadas, unos pocos giros bien hechos y un abrazo, enamoran tanto a las más señoras como a las más pebetas. Estoy segura de que es pura magia lo que le hacen sentir a una, y he de confesaros que esta milonguera que os escribe se muere de ganas por bailar con alugno de ellos... todo llegará.  

lunes, 20 de enero de 2014

Pelea de gallos

Supongo que a casi todas nos ha pasado alguna vez. Tienes una noche fogosa con tu pareja sentimental, en la que hay incluidos bastantes besos. A la mañana siguiente, al mirarte al espejo, te dan ganas de gritar: tu cara se parece más bien a una paella a la que alguien ha puesto demasiado azafrán, y encima se ha dejado los granitos de arroz a medio cocer, y para colmo, pica. Al instante siguiente el asombro suele dar paso al enfado cuando eres consciente de que la irritación de tu cara ha sido provocada por esa dichosa barba de un día o dos que algunos se dejan crecer para parecer más sexys, o peor aún, por su dejadez o pereza y no afeitarse. ¿Tan difícil es dejarse barba o no dejársela en absoluto? Eso de "a medias" no nos gusta nada a las mujeres ni en la barba, ni en casi ninguna otra cosa.

Ya aclarado lo molesto que esto es, os cuento que algo parecido suele pasar en las milongas, solo que sin besos y sin todo lo otro, tan solo con un abrazo algo incómodo. A mí concretamente me pasó un día en el que acepté la invitación de un chico al que no había visto bailar antes, cosa que no hago a menudo. Por ese motivo mi idea era rechazar su invitación tan pronto percibí su intención de invitarme. Sin embargo, en cuanto lo vi caminar, empezó a flojear mi propósito y mis fuerzas para rechazarle se fueron esfumando. Cuando lo tuve delante y vi esa sonrisa suya tan perfecta, esos pantalones, que al estilo milonguero le caían de maravilla, y encima tan guapísimo, mi perdición fue obvia. Creo que ni le constesté: me levanté directamente. 

Unos segundos después, me ofreció el abrazo y olí su perfume, y a partir de entonces le consentí casi cualquier cosa: un abrazo algo rígido, un ritmo poco acertado, e incluso un pisotón. Pero como ocurre cuando te sientes timada porque lo que compras no cumple tus expectativas, a mí me paso lo mismo con él y mi tontería empezó a esfumarse, aunque eso sí, la culpable yo, por creerme el cuento de La Lechera. 

Aquel cuento había empezado con un "érase una cara a una barba de dos días pegada", y lo que debería haber sido un abrazo y cuatro tangos, terminó como algo parecido a una pelea de gallos, o al menos eso es lo que yo parecía al acabar de bailar, puesto que tenía toda la parte derecha de mi cara irritada, con heridas pequeñitas, como si me hubieran dado picotazos. Las heridas y la irritación tardaron un día entero en dejar de escocer y molestar. 

Por ese motivo y porque se que muchos no sois conscientes de ello, chicos, me gustaría pediros que a parte de que os pongáis elegantes, que os lavéis los dientes y que os echéis un perfume que nos deje medio tontas, que también os afeitéis. Que sepais que la barba de dos días efectivamente puede ser sexy... pero solo de lejos, o en una fotografía.

sábado, 18 de enero de 2014

Soñar y nada más

Era una de esas milongas de un gran evento, en el que había muchísima gente: los milongueros y milongueras parecían hormiguitas en la pista de baile, quizás porque yo ese día encontré un lugar en altura para sentarme, donde se apreciaba cada rincón, cada abrazo, cada sonrisa.

Lo menos bueno de ese lugar era que se hacía especialmente difícil el cabeceo si el chico no miraba un poco hacia arriba. Aún así disfruté durante bastante tiempo viendo bailar a la gente y quedándome con las caras de los bailarines con los que me apetecía bailar. Con unos cuantos lo conseguí, pero hubo uno que me tenía totalmente encandilada y que encima, se me resistía. Para mi mala suerte, al sentarse, tras tres tandas seguidas, fue a hacerlo cerca de los maestros. Dudé. Él no miraba hacia donde yo estaba ni de casualidad, así que utilizando esas artes de brujas que tenemos algunas, me paseé cerca suyo para ver si había suerte y me veía. Nada.

Mientras regresaba de nuevo a mi sitio me interceptó otro chico y me invitó a bailar. Disfrutamos de una tanda maravillosa en la que hubo caminaditas, algún giro y un precioso abrazo. Después regresé feliz a ocupar mi silla y saqué mi abanico. Mientras lo hacía vi que él por fin miraba hacia donde yo estaba. Así que sin entender a día de hoy qué es lo que me impusó a hacerlo, le miré a los ojos y le cabeceé yo a él.Era la primera vez que intentaba un cabeceo y el gesto que me salió fue un levantamiento de cejas, similar al que marcas a tu pareja jugando al mus cuando tienes duples. Vi su cara de sorpresa y luego miró hacia los lados, supongo que comprobando que realmente era a él a quien le hacía ese especie de cabeceo o para comprobar si realmente era un cabeceo, qué se yo. Ya de mojada, al río, y para que no tuviera duda alguna, le sonreí. Él me devolvió la sonrisa, aunque aquello era más bien era una risa en toda regla, se levantó y se dirigió hacia mi.

Fui algo escandalosa, lo reconozco, y me hubiera muerto de la vergüenza si no se levanta porque creo que media milonga se dio cuenta, pero mereció la pena el esfuerzo. ¡Vaya tanda que me brindó! Después de eso decidí que ya me podía ir a dormir... a seguir soñando y nada más.

miércoles, 15 de enero de 2014

Loba, con disfraz de oveja

Una vez conocí a una chica alemana, simpática, de esas a las que nunca le faltaba la sonrisa. Invitaba siempre a los hombres, de forma directa, sin cabeceo. Para bien o para mal, al menos parecía conformarse con cualquiera, bailó con hombres muy distintos durante el rato que la observé.

Bastantes mujeres la miraban mal porque estando más mujeres que hombres, ella no pensaba en las demás e intentaba acaparar a todos (así me lo dio a entender una milonguera que la conocía bien). Alguna supongo que le tendría envidia por tener tal desparpajo, deseando ser como ella también. Pero otras como yo, indiferentes al principio, la terminamos mirando con fastidio y cara de pocos amigos. Os explicaré por qué: en su afán por invitar, a veces lo hacía a hombres que no estaban libres, sin aparentemente darse cuenta y sin tener en consideración a las demás.

Estaba yo sentada junto a una señora rubia de pelo corto cuando un hombre la invitó mediante el cabeceo. A continuación él se fue acercando para esperarla junto a la pista, mientras ella dejaba el abanico y la chaqueta para ir a su encuentro. Justo entonces ella vio espantada como la alemana lo interceptaba por el camino y con una especie de coqueteo, lo agarraba del brazo y se ponía a bailar con él. El hombre miró a la mujer rubia con cara de disculpa, como diciendo "tengo que bailar con ella por no hacerle el feo... perdona, luego vengo a por ti". De una historia similar fui testigo una vez más, también sin entender cómo ellos no le indicaban que no estaban disponibles y que ya habían invitado a alguien.

La tercera vez fui yo quien la sufrió, con un milonguero al que ella conocía y con una tanda maravillosa. He de reconocer que me dieron ganas de sacarle los ojos, especialmente porque con ese bailarín en cuestión no había bailado y le había estado buscando con la mirada casi toda la noche, con lo cual me costó bastante conseguir su invitación. Tras bailar con ella, vino a buscarme para la siguiente tanda, con la disculpa escrita en su cara. Era una tanda de milongas que no me gustaba y no me apetecía bailarla, así que rechacé su invitación. No volvió a invitarme, pero lo curioso es que tampoco me importó. A día de hoy he de reconocer que seguramente fue así porque en el fondo me molestó su comportamiento: ¿tan difícil es decir a una de estas mujeres "lo siento, ya tengo comprometida la tanda"?

En casi todos los entornos milongueros hay alguna loba de este tipo, suelen ser conocidas y ellas conocen a  todos los hombres de la milonga, aunque no es de extrañar, dado su proceder. Tampoco me sorprende que muchas otras milongueras las miren mal, la verdad es que es una actitud egoísta y muy molesta para el resto. Lo que todavía no tengo claro es de si este tipo de mujeres son niñas caprichosas disfrazadas de mujeres adultas, o lobas disfrazadas de ovejitas... o realmente de verdad no se dan cuenta, que también puede ser, claro.

domingo, 12 de enero de 2014

¿Deberían existir las milongas rosas?

Es increíble cómo mis seguidores me inspiran para escribir sobre nuevos temas, y me encanta que además aporten con su opinión y expongan así otros puntos de vista. Uno de ellos mencionó en una opinión las milongas rosas (de las que he escrito ya tres entradas: en mayo de 2013 "Milonga Rosa", en junio de ese mismo año "Y de repente una tanda rosa" y "La tanda rosa se pone de moda"), en las que son ellas y no ellos quienes invitan.

Él decía así: "en las tandas o milongas rosas jamás he visto a ningún hombre (exceptuando el profesor) que rechace la invitación a bailar de una mujer a pesar de que ésta lleve sólo una o dos clases de tango, huela mal, se deje caer sobre el hombre con todo el peso, bloquee el baile con un mal abrazo, etc...". Y tiene toda la razón del mundo. Yo tampoco. Otra cosas es que me parezca bien que ellos también se banquen a cualquiera.

Ahora bien, en toda mi vida de milonguera jamás he asistido a una milonga rosa y creo que no existen como tal, aunque una vez cada mil años se haga alguna para tener contentas a unas cuantas mujeres, y a hombres a los que les gusta que sean ellas quienes inviten. Fueron solo tres, ni una más ni una menos, las tandas rosas en las que yo he estado presente y eso que soy de las milongueras que no se pierden ni una. En estas circunstancias se entiende mejor el que no haya hombre alguno que rechace a una mujer en las tandas rosas, ya que al fin y al cabo, para una que hay, se bancan lo que sea. Me gustaría saber si todas las milongas fueran rosas, qué sucedería.

De todas formas la cuestión que quería plantear es otra: ¿deberían o no dejar de existir las milongas rosas... o las tandas rosas? En mi opinión, tanto las milongas rosas como las tandas rosas no tienen sentido alguno, ya que si se usa el cabeceo como medio de invitación, son ambos los que eligen y se acaba el problema: ellas mirando solo a los hombres con lo que quieren bailar, y ellos haciendo exactamente lo mismo, con lo cual, cuando coinciden, se produce la invitación de forma natural. Así, todos felices y contentos.

Hay gente a la que no le gusta el cabeceo, pero eso también lo entiendo. Tengo un amigo que me contaba que a él no le gustaba cuando era muy principiante porque no se enteraba de nada y porque ninguna mujer quería bailar con él. Admitía como buen bribón que es, que invitando él en persona, rara era la chica que rechazaba la invitación, porque se veía en un compromiso y no le quedaba otra que aceptar. Creo que como mi amigo en aquella época hay unos cuantos por ahí sueltos. Ahora mi amigo solo cabecea y reconoce que es el mejor sistema para realmente evitar compromisos, rechazos y situaciones poco agradables. Yo personalmente también soy del cabeceo, aunque muy de vez en cuando, y cuando es un amigo con el que tengo confianza, o un chico que es muy principiante y sospecho que puede no atreverse, soy yo quien invita directamente.

jueves, 9 de enero de 2014

Los cangrejos al río, por favor

Puede que vayas a una milonga ambientada a media luz, en un lugar acogedor, con suelo de madera, velitas, música maravillosa, pero luego en la pista de baile no existen los códigos de circulación: algo así como un partido de fútbol, pero sin árbitro.

He estado en más de una de esas milongas, aunque recuerdo una a la que fui con especial ilusión después de un gran periodo de ausencia en el tango. En ella recibí una invitación durante el segundo tango de una tanda, así que me levanté feliz mientras sonaba El Flete, tema que me encanta. Pero me desencanté tan pronto como pisé la pista porque por primera vez en mi vida de milonguera me golpearon incluso antes de empezar a bailar. Mi reacción fue apretar la mano o quizás clavarle también un poquito las uñas en la espalda al novato milonguero que tenía por pareja... ¡pobrecito! Eso sí, tras unos segundos de tensión, me relajé y comenzamos a circular por la pista.

No habíamos circulado ni dos metro cuando el milonguero que iba delante nuestro comenzó a caminar hacia atrás, como un cangrejo, con lo cual sucedió lo que suele suceder en estos casos: un accidente. De repente sentí un golpe seco y doloroso en la espalda, mientras me ponía rígida, se ausentaba mi respiración y mis uñas se clavaban una vez más en la espalda de mi pareja de baile, mientras él intentaba sin éxito esquivar el choque. El "cangrejo" nos miró con cara de pocos amigos, como si hubiésemos sido nosotros los que estábamos en medio de su camino estorbándole. Mientras, su pareja de baile se disculpaba: absurdo entre los absurdos. Mi compañero de baile lo miró como si fuera a estrangularlo, pero como hasta hoy las miradas no han conseguido matar a nadie, el cangrejo no se convirtió en cenizas ni antes, ni durante, ni después de terminar la tanda.

Observando he llegado a dos conclusiones: que aunque parece que son muchos los cangrejos que andan por la pista, en realidad suelen ser solo uno o dos, pero se mueven mucho y por eso parece que hay tantos; y que afortunadamente se suelen ir pronto a dormir, así que es cuestión de ser paciente hasta que la pista queda libre de ellos.

De todas formas aquel día todavía no se habían ido a dormir, ni yo había tomado todavía la sabia decisión de esperar a que se fueran, cuando más tarde y mientras bailaba un milonguero veterano, relajada, sumergida en otro mundo, de repente volví a sentir dos golpes más: uno en la parte superior de las piernas y otro en el brazo. Creo que en ese instante estuve a punto de perder las formas y montarle una bronca de campeonato al culpable, pero conseguí contenerme a tiempo. ¿Me puede explicar alguien cómo se puede recibir un golpe ahí, tan alto? Parecía que en lugar de en una milonga donde se reparten abrazos, aquello era un tatami en el que se repartía algún jepchu que otro. ¿Es que se han vuelto locos algunos?

lunes, 6 de enero de 2014

Allí donde no estaba Peter Pan...

... estaba Campanilla.

Como ya os expliqué en mi entrada de hace unas semanas, en el mundo del tango hay debilidad por los apodos y aunque son los bailarines profesionales lo que más se empeñan en seguir esa "tradición" y bautizar a otros bailarines profesionales, a veces no son ellos sino los milongueros los que lo hacen para identificar a otros milongueros cuyos nombres no son capaces de pronunciar o bien tienen un nombre muy común o a veces simplemente todo empieza por una broma y luego sin querer va transformándose en un apodo en toda regla.

Así sucedió con una morena de ojos verdes norteña, con nombre impronunciable para la mayor parte de los milongueros que asistían a aquel evento. Con un vestido de gasa de un tono verdemar, como el que se encuentra junto a las arenas blancas de alguna playa caribeña, estaba ella dando vueltas por la pista. Parecía algún ser mitológico escapado de un cuento.

Yo estaba sentada observándola a ella y a otra gente bailar cuando alguien se sentó a mi lado, y tras una breve conversación, la mencionó a ella y me preguntó si la había visto. No tardé ni un segundo en identificarla en la pista y me salió del alma decir: "allí!... Campanilla!". Parece que mi descripción fue acertada porque la vio al instante, y entre carcajadas, comenzó un frenético asentimiento de cabeza para confirmarme que efectivamente estaba de acuerdo y que se parecía a Campanilla. 

Un buen rato después, coincidí con "Campanilla" en la barra del bar y le conté la anécdota. Ella no se sorprendió y aseguró que ya le habían llamado así antes debido a su vestido. Parece que bastante más tarde alguien la presentó no por su nombre, sino por Campanilla, y creo que a a partir de ese momento, aunque Peter Pan no se pasee por las milongas... Campanilla sí que lo hace.

viernes, 3 de enero de 2014

¿Parodia o realidad?

Supongo que os acordareis de la entrada en la que invitaba a los maestrillos (personas que se dedican a impartir clases de tango tengan la preparación que tengan) a la auto-crítica, para valorar si realmente estaban o no preparados para impartir clases.

Creo que con algunas parejas que hacen exhibiciones o se presentan a concursos, ocurre exactamente lo mismo. Cuando vi por primera este video pensé que era una parodia. Luego me di cuenta de que era real, el de una pareja que se había presentado nada menos que a una competición de tango, un mundial, y encima lo hacía por tercera vez. Entre los comentarios del vídeo hay de todo, pero predomina la burla, aunque a mí lo que me dieron ganas no eran precisamente de eso, sino de llorar.

Entre los comentarios del vídeo hay un chico de La Plata, que se hace llamar Miche Ailen, que añade algo muy interesante: "ellos bailan como bailan , lamentablemente alguien le enseñó a bailar así y para ellos está bien". Esa es la clave de lo que me preocupa: que alguien les haya enseñado eso. 

Al ver el vídeo ves que ponen voluntad e incluso puede que hayan pasado horas practicando, pero de nuevo, como en el caso de los maestrillos, se repite la falta de auto-crítica. Evidentemente creen que bailan bien. Entre los comentarios del vídeo también hay un chico que se hace llamar Uno Para Todo que dice "cuando no sabes, no sabes que no sabes y pensas que lo que estas haciendo lo estas haciendo bien, para ser un buen critico tenes que saber de lo que criticas". Razón no le falta: triste pero cierto.

Me quedo también con un comentario final de Miche Ailen en el que en su opinión "en los mundiales cada uno presenta lo que puede hacer y hay libertad de expresión". Mi conclusión está que el problema está en el filtro deficiente del mundial, al permitir que ciertas parejas participen y muestren lo que saben hacer, con su libertad de expresión incluida, ya que es obvio que deberían hacerlo en otro lugar y no en un mundial de tango, que se proyecta a nivel mundial, dando así una imagen del tango que no es cierta. El tango es abrazo, sentimiento, no un contorsionismo carente de todo, salvo de dar miedo.

Os seré sincera: por encima de todo hay algo que realmente me intriga y preocupa. Se trata de saber porqué la gente que quiere y aprecia a esta pareja (amigos y familiares) no se sinceran con ellos y les evitan hacer el ridículo de semejante manera, o les advierte que bailando así pueden lastimarse: para tener amigos como esos, yo prefiero tener enemigos.  

miércoles, 1 de enero de 2014

Un deseo en un susurro

Los milongueros tenemos debilidades. Algunos las tienen por ciertos tangos, por una orquesta en concreto, por música de una década o dos en particular, por temas instrumentales o vocales, por un Dj, por una milonga, unos anfitriones, unos bailarines, unos maestros, pero también por cancionistas... como yo.

En mis primeros pasos como milonguera sentía curiosidad por Ada Falcón y de ella leí, de ella vi un documental, vi una película y conseguí montones de temas cantados por ella: me apasionaba todo lo que tuviera que ver con ella. Después escuché y conocí sobre más y más cancionistas, de diferentes épocas, tanto hombres como mujeres, hasta que un día la oí a ella, a Nina Miranda, y ella me encandiló como ninguna otra.

Nina, esta uruguaya nacida en 1925, hace hoy exacatemente dos años que murió. De ahí esta entrada al blog, en agradecimiento por todo lo que ella nos dejó con ese sentimiento y su maravillosa voz con el que hace que algunos temas invadan nuestros corazones.

Hacía tiempo que en mí había un anhelo por escuchar en alguna milonga una tanda de Racciatti con ella de cancionista, pero de milonga en milonga yo iba, y no conseguía escucharla. Osé incluso pedírsela a algún Dj, siendo crudamente consciente de que la mayoría de ellos son musicalizadores de los que tienen enlatada la música en un ordenador o un USB, y para ellos supone un fastidio que la gente les pida tandas porque se desmorona su trabajo, previamente consolidado en un listado de tandas numeradas por orden de ejecución. En el momento en el que fui consciente de que ésa era la razón, decidí esperar.

La ocasión llegó en una milonga inolvidable, para mí perfecta: por los anfitriones, la ambientación del lugar, la buena onda, los milongueros, y por supuesto el Dj. Yo estaba con tal subidón de adrenalita y tan feliz, que las horas pasaron y pasaron, y cuando las siete de la mañana llegaron, ni me enteré. La gente pedía una tanda más cada vez que anunciaban la última y en uno de esos momentos en los que el Dj tiene rendidos a todos a sus pies, vi mi oportunidad. La tanda había finalizado y empezaba a sonar la cortina. Yo estaba cerca del Dj, le miré y susurré "Nina Miranda, Nina Miranda...". El no me vió pero lo hizo un bailarín profesional que estaba cantando tangos a su lado, así que le indicó que yo estaba intentando comunicarme con él. Entonces el Dj finalmente me miró y sin más, miró de nuevo a su equipo: al menos, lo había intentado.

Tan pronto como un asomo de pequeña decepción empezaba a apoderarse de mí, sonaron los primeros compases y me volví como loca. Él me miró con una sonrisa, y en ese momento lo puse en el número uno de mis Djs: ¡a sus pies! Corrí a buscar a un amigo con el que me gusta bailar y el pobre no pudo ni responder si quería o no bailar conmigo porque lo arrastré literalmente a la pista: es lo que pasa cuando hay mucha confianza, y yo fui lo suficientemente bruja como para aprovecharme de ella. Lo que vino a continuación fue magia, pero al cuadrado. 

Me dolieron las manos de tanto aplaudir al final de la milonga y me acerqué a darle dos besos bien merecidos al Dj, mi forma de darle las gracias por el detallazado de hacer caso a mi petición, y de encima haberlo hecho con tan poco tiempo de margen. Definitivamente, ahí es donde se ve también la calidad de un profesional. Creí que el subidón me había durado toda una semana, pero ¡qué va!.. al recordarlo todavía lo siento ahí.

¡Entre Milongas os desea 

un Feliz Año 2014!

domingo, 29 de diciembre de 2013

Cuando menos te lo esperas

Había ido con dos amigos a un festival de tango de verano. Nuestra intención era disfrutar un rato de la milonga de la tarde, ir a cenar, ponernos nuestros mejores trapitos, y seguir milongueando a la luz de las velas. Mis expectativas sobre las maravillosas tandas que iba a disfrutar brillaban por su ausencia, en base a experiencias anteriores de ese mismo festival: no soy muy amiga de los festivales llenos de gente, sino más bien de los encuentros milongueros, de los eventos más bien familiares.

Así que sin muchas ganas llegué a la milonga de la tarde, me puse los zapatos de baile y me entretuve saludando a amigos y conocidos que hacía tiempo que no veía. Entre todos ellos había un chico con el que he coincidido en milongas, clases, y algún que otro festival y/o encuentro. También he compartido tandas con él y las he disfrutado casi siempre, sobre todo según yo he ido aprendiendo, ya que él tiene más experiencia que yo. Me sorprendió escuchar a alguna milonguera que lo definen como frío en su baile, más que nada porque yo no aunque yo no estoy de acuerdo en lo más mínimo: creo que es de las personas que, por la razón que sea, no entrega su abrazo en cuerpo y alma a todo el mundo... tal y como hago yo.

Sonaba un temazo, el primero de una tanda que prometía. Justo entonces sentí su mirada intensa, le miré, me cabeceó y no tardé ni una milésima de segundo en sonreír encantada, aceptando así su invitación. Al llegar al borde de la pista fui consciente de que estaba repleta y que apenas había sitio para bailar en el espacio de una baldosa. Me arrimé bien, hice alarde de mi abrazo más milonguero, totalmente pegadita a él, como si de una lapa a una roca se tratara. Me cuidó en todo momento de choques, golpes, y conseguí relajarme como nunca mientras él me regalaba una de las tandas más especiales que he disfrutado nunca: aquel abrazo transformó una preciosa tanda en toda una experiencia religiosa. Fue increíble. Las palabras no eran necesarias, por lo que me sorprendió escucharle decir: "vaya tanda más intima hemos bailado tú y yo..." Obviamente yo no contesté. Por mi tierra dicen, que "quien calla, con su silencio otorga".

Pasó el resto del verano y las semanas se hicieron meses, y volví a coincidir con él, esta vez en una milonga local. Al poco de ponerme las sandalias de tango y aclimatarme un poco al ambiente, me miró y me cabeceó. He de decir que esa tanda no fue nada especial porque el suelo estaba terrible, la música muy baja y las voces de los milongueros demasiado altas como para escuchar un tango en condiciones y más aún fundirtet con la música. A pesar de esto, me gustó bailar con él, y más aún oírle decir que en aquel festival ninguna de las locales le bailó como yo... todo un cumplido, que por cierto, me volvió loca.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Segundo plato

Aquella milonga consistía en una gran pista de baile con mesas y sillas alrededor de la misma, tan pegadas a la pared que solo permitían el paso por delante de ellas, aún así estaban preciosas con sus velas de colores encima, ambientando el lugar. Como casi siempre, había un puñado de milongueros y un montón de milongueras que aparecían de la nada. La exagerada proporción era de un milonguero por cada cuatro o cinco milongueras.

Visto el panorama, me quedó claro que esa noche iba a ser la típica en la que te sientas con amigas y te pones al día, tomas algo, y te dedicas a mirar zapatos y vestidos, prometiéndote a ti misma que no vas a pecar comprando algo que no necesitas. El caso es que siempre hay una falda que necesita zapatos a juego o unos zapatos a los que les va de maravilla una falda carísima que acabas de ver... ¡qué perdición!

Esa vez me contuve y no pequé, así que me senté junto a mis amigas. Allí estábamos tranquilamente cuando se acercó un milonguero a invitar a una de nosotras. No sabíamos a cual porque estábamos todas en línea, así que esperamos a que se acercara. A continuación se puso delante de una de mis amigas, le sonrió y le extendió una mano al tiempo que se inclinaba un poco hacia ella, algo así como las reverencias esas que aparecen en las películas, las de época. Fue algo exagerado y bastante gracioso, por lo que tuve que contener la risa. Sin embargo esta se esfumó en cuanto mi amiga rechazó la invitación de este milonguero y acto seguido optó por la siguiente en la línea, es decir, yo. Lo miré, le di las gracias y le rechacé. He de confesar que de haber sido su primera elección puede que hubiera aceptado, pero lo siento: yo no soy segundo plato para nadie.

Creo que es de mal gusto hacer sentir a una mujer que ella es la segunda opción. Puede que lo sea, pero el milonguero en cuestión debería tener algo más de tacto y no invitar justo inmediatamente después de haber sido rechazado por otra, y menos aún cuando esto ha sucedido delante de las narices del "segundo plato" en cuestión.

Para que los hombres que no terminan de entender esto quiero que os imagineis otra situación. Invitas a una mujer y ella te rechaza porque esa tanda la prefiere bailar con otro hombre. Ves que ella le va a buscar pero no tiene suerte ya que otra mujer se le adelanta y le invita antes. Ella decide regresar a tu lado, te mira y te invita. Es evidente que eres su segunda opción. ¿Cómo te sientes?¿Le dices algo y luego aceptas... o no?¿Rechazas directamente la invitación?

En ambos casos hay una falta de tacto que puede hacer sentir mal a alguien, aunque se den con la mejor de las intenciones. Todos hemos observado alguna vez a un milonguero que se acerca a una mujer, la invita, y ella le rechaza. Justo inmediatamente después se acerca otro milonguero a invitarla y ella acepta. Más de lo mismo, solo que en este caso la escandalosa falta de tacto roza lo cruel. ¿Realmente es necesario esto?

miércoles, 25 de diciembre de 2013

lunes, 23 de diciembre de 2013

Tan solo una milonguera

Como si de una película al revés se tratara, la milonga empieza con los pies terriblemente doloridos metidos en un cubo con hielo en tu casa, mientras comentas la noche con tu pareja o con una amiga; o bien en un hotel, cambiando el cubo con hielo por una eficiente rociada de piernas con agua helada de la ducha; o dándote cremas y un buen masaje en los pies: todo ello, mientras engañas a tu hambriento estómago de la mejor manera que puedes.

Un poco antes has hecho eso, que por costumbre, no sueles hacer: volverte una besucona. Repartes besos por doquier, y sin darte cuenta te despides varias veces de la misma persona. Sales de la milonga y sigues regalando besos, despidiéndote de gente a la que verás en unas horas, y que viste justo el día anterior, y quizás por la emoción, igual terminas dando un beso incluso a una columna en lugar de a algún milonguero... como vi hacer una vez a un chico, aunque intuyo que los cubatas tuvieron algo que ver.

Luego la escena continúa con ese momento, en el que se te sale el corazón, después de haber aplaudido hasta dolerte las manos, y ya casi sin voz, tras pedir "otra, otra" una vez más. Te sientes viva, eufórica, adrenalina a mil corriendo por tus venas. No quieres que acabe, no tienes sueño, tan solo un pequeño malestar en el estómago recordándote que la cena quedó atrás hace ya muchas horas.

Ese último tango que suena, uno de los más especiales, al que te arrastras con lo que queda de ti y de tus pies, pero que por nada te perderías. Ya nada importa, te sientes ligera, emocionada, relajada, preparada. Dispuesta a improvisar si hace falta, a sacar lo mejor de tu tango.

Unas horas antes has salido de tu casa coqueta, con la raya del ojo pintada y una de tus faldas más bonitas, has limpiado tus zapatos y has metido en la bolsa unos, con un poquito menos de tacón, para las últimas tandas de la milonga. Has revisado tu bolso y ahí también has encontrado un abanico, caramelos, un pequeño monedero con dinero suficiente para la entrada y unas cuantas bebidas, la cámara de fotos para captar algún momento mágico, galletas, barritas energéticas o chocolates para compartir, unos pañuelos, una pinza para el pelo y mucha ilusión. Pero no hay identificación alguna dentro de ese bolso, porque tú ya no eres tú, sino esa milonguera en la que te has transformado... justo en el momento en el que salías de casa, con ese último toque de carmín en tus labios.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Quiroz

Supongo que si os movéis por Madrid de vez en cuando o por cualquier rincón de la península ibérica, habréis asistido alguna vez a una milonga musicalizada por un pibe llamado Mariano Quiroz. Hablo de ese chico de ojos vivaces y pelo revoltoso que crea magia allí donde él pone sus vinilos, su arte y su ilusión. Creo sinceramente que pertenece al grupito de los pocos Djs que conozco que realmente lo son.

A musicalizar una milonga son muchos los que se atreven una vez que se familiarizan con el conjunto de los quinientos o seiscientos tangos más oídos en las milongas. Y algunos lo hacen de maravilla, aún así, lo que hacen es simple: montan la milonga, la meten en un USB, o a veces, queriendo ser más profesionales la dejan en su ordenador de última generación y le dan al play. Algunos, ponen buena música y encandilan a la gente; otros, de forma inexplicable, encima eligen tangos difícilmente bailables, ¡con lo difícil que eso es teniendo en cuenta la de temazos que existen..!. Están los que te mezclan tandas decentes con eso que llaman tango nuevo, que corta la onda de la milonga y con ello la magia. Entiendo que hay gustos para todo así que teniendo en cuenta eso, quizás sería mejor hacer milongas solo de tango nuevo y no mezclar, ya que esas tandas de tango nuevo, a mi parecer, nada pintan en una milonga tradicional. Otros intentan ser originales, pero mejor ni hablamos de éstos. Lo hacen con ilusión y con la mejor de las intenciones y eso está muy bien para una milonga local o entre amigos, pero no para un evento al que asiste gente de fuera que ha invertido tiempo, dinero y esfuerzo. Es como darles a estos pobrecitos una milanesa, pero sin pasar por la sartén.

Un Dj no solo tiene que ir amoldando la música a los milongueros de la pista para mantenerla en todo momento fluida y llena, sino que además tiene que ir calentando el ambiente poco a poco hasta conseguir que las horas vuelen, los abrazos se hagan más íntimos y especiales y los corazones se salgan del pecho. Para ello no sirven las tandas enlatadas en un USB o un ordenador, sino ir adaptándose, leer lo que que la milonga pide. Ser Dj es un arte, independientemente de la música con la que regales a tu público, y no se aprende en dos noches y media.

Un pajarito me ha dicho que Quiroz ya era Dj de otro estilo musical mucho antes de comenzar en el mundo del tango, y supongo que eso explica lo que ocurre en las milongas en las que él musicaliza: sabe lo que hace. También me han dicho que su colección de vinilos es magnífica, de coleccionista, y eso también explica de donde saca los temazos con los que inunda las milongas, y los corazones de muchos milongueros. Gracias Mariano.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Cambiando el chip

En el mes de junio publiqué una entrada llamada "sincronizando pensamientos". En ella os hablaba de un milonguero con el que no tuve piel de ninguna clase al bailar con él, pero con suerte, lo sentimos los dos y amablemente me sentó, para mi propio alivio.

La verdad es que una amiga mía me había comentado que es un tipo particular, como bailarín no es nada especial, pero una consigue divertirse con él y entra en su juego, aunque para ello hay que cambiar el chip, mentalizarse de que bailar no vas a bailar, reírte, eso puede que sí. Como es un chico que baila a la velocidad del rayo, pisando cuando quiere y haciendo lo que en ese momento su mente le indica, dejando a su pobre milonguera con el susto en la cara, pues he de confesar que es toda una aventura atreverse a aceptar una invitación suya. Y un reto para una misma el conseguir bailar la tanda completa con él.

Lo que me sorprendió es que después de sentarme aquella vez, al coincidir con él en otra milonga, me invitó a bailar de nuevo. Quizás entonces era verdad que él necesitaba descanso y por eso me sentó, o quizás le pasó lo mismo que a mi y se dijo: "no puede ser, esto puede dar para mucho más...". Fuera lo que fuese, el caso es que me invitó y acepté.

Siguiendo consejos de buenos amigos, decidí entrar en su juego y finalmente conseguí lo que no esperaba conseguir: divertirme. Para ello tuve que olvidarme por completo de la música y poner al límite mi capacidad de mantener el eje, pero en el fondo creo que fue una especie prueba personal por la que tenía que pasar. Muy de vez en cuando coincidimos en milongas. A veces me mira y de vez en cuando mantengo la mirada lo suficiente para que pueda hacer un cabeceo, luego le sonrío, y tan pronto como llego a la pista y me regala su abrazo, para dos segundos después dejar de existir.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Lo que realmente aburre

Todas hemos bailado alguna vez con hombres a los que les gusta mostrar todo lo que saben en un solo tango: ganchos, boleos, barridas, sandwichitos, y otras figuras que se inventan ellos mismos intentando ser originales. Hace poco me enteré por casualidad, gracias a un amigo milonguero, de que hacen esto por miedo a que la mujer se aburra con ellos bailando. ¿Aburrirse? Me quedé de piedra porque de todo lo que se me podía haber pasado por la cabeza, eso era lo que menos esperaba oír. Justo en ese instante sentí que nunca había estado más de acuerdo con John Grey que en ese momento: los hombres son de Marte, las mujeres de Venus.

Se que hay muchos hombres que leéis el blog y aguantáis todas mis críticas con una sonrisa -o con ganas de estrangularme-, así que lo mínimo que puedo hacer es aclararos porqué me sorprendió tanto oír tal afirmación. Se trata de que creo que los hombres, que piensan que las mujeres se aburren cuando no les hacen muchas figuras, están muy equivocados. Por lo que tengo entendido por opiniones de otras milongueras, coincidimos que a las mujeres nos gusta un buen abrazo, entendiendo por ello un abrazo cómodo para ambos, en el que el hombre no estruje a la mujer, ni la fuerce de ninguna manera en el movimiento, ni impida su movimiento. Nos gusta también que un hombre escuche e interprete la música, pero para ello no son necesarias mil figuritas por segundo sino que solo es necesario caminar y hacer algún giro para no salirse de la pista, sin golpear ni chocarse con nadie. Nada más... y nada menos. El resto puede estar bien, pero solo si se hace correctamente, dominando el eje y los tiempos en todo momento.

He de reconocer que al menos a mí, hay algunas cosillas que si me aburren, como por ejemplo los hombres que bailan todo igual, rítmicamente hablando, que escuchan una milonga y te la bailan como un tango o un tango como un vals o ni siquiera saben lo que está sonando, que lo bailan todo. También me aburren los que sonando un precioso vals en el la música pide una fluidez de movimiento, me hacen cinco sandwichitos en cuatro minutos, con paradas donde no debía haberlas y destrozando el tema totalmente. Confieso que además me aburren los milongueros que en lugar de escuchar la música, hablan o peor aún, dan lecciones o los que hacen una figura, no les sale o no te sale a ti, y se pasan medio tango insistiendo para que salga bien. Aún así creo que el colmo del aburrimiento son los que bailan para que los miren a ellos y no para la mujer a la que abrazan. Todo esto que he mencionado son cosas que realmente aburren, y no un agradable abrazo con una caminadita y un par de giros, sin mostrar todas las figuritas de tango que uno sabe.

viernes, 13 de diciembre de 2013

A tan solo dos milímetros

Era una milonga local. Yo bailaba con un milonguero de esos que han pasado bastantes otoños sacando viruta al piso, es decir, un chico experimentado. Relajada, confiada, disfrutando de una maravillosa tanda estaba esta milonguera cuando él empezó a juguetear, provocando la suerte y llegando a los límites de ella, que por entonces apenas hacía dos otoños que pisaba las pistas de baile.

A falta de clases en la que mejorar la técnica y ganar seguridad para luego milonguear, la confianza no era uno de mis fuertes, ni en mis capacidades como milonguera, ni en las de casi ningún milonguero. Así que cuando en un momento dado él hizo un paso lateral y percibí un un boleo lineal, con la intención de que mi pierna, a modo de péndulo, pasara entre sus piernas, la inseguridad se apoderó de mi... a tiempo. Os confieso que aunque meter goles nunca ha sido mi fuerte, esta vez casi lo consigo.

Lo que sucedió fue que sentí la energía, más fuerte de lo habitual, supongo que porque el atrevido milonguero con el que bailaba sabía que yo necesitaba una marca exagerada para percibirla, por lo que al estar una pizca más relajada de lo habitual y dejar que mi pierna cobrara vida, comenzó a elevarse a una altura algo peligrosa y poco deseada. El milonguero en cuestión tuvo una suerte increíble porque justo en ese momento mi inseguridad, de la que os he hablado, entró en acción e intentó controlar el movimiento antes de que terminara en tragedia, o en gol, según como se mire: ¡mi pie quedó a tan solo dos milímetros escasos de su entrepierna!

Él sigue a día de hoy igual de atrevido, pero ya no me mira con ojos abiertos de espanto reflejando la cara que se le pone a una cuando teme dejar sin futuro a un pobre milonguero. Ahora que ya ha transcurrido algún que otro otoño más, voy más segura, tengo más control, y afortunadamente, esos dos milímetros han pasado a ser más de veinte.

martes, 10 de diciembre de 2013

Poniendo límites

A veces se dan situaciones incómodas en la milonga. Un ejemplo es cuando un hombre se acerca a una mujer a invitarla a bailar, ella declina la invitación y el hombre se ofende, como si la mujer le hubiera dicho una barbaridad o le estuviera insultando. Creo que hay que comprender que a pesar de ser un baile social, nadie tiene obligación de bailar con nadie y a todo el mundo no le gusta bailar con todo el mundo. Además, si en la mayoría de las milongas rige un código en el que es él quien invita a bailar, siendo obvio que él elige cuando decide invitar o no a una milonguera, lo lógico es que ella ejerza el mismo derecho de elegir y decline o no  la invitación según le parezca. Así de simple. Y si no estamos de acuerdo con esto señores, pues cambiemos el código y que sean ellas o ambos quienes inviten, o mejor aún, cabeceemos, y así evitamos situaciones incómodas de todo tipo. 

Me he encontrado con hombres, acostumbrados a que las mujeres -enseñadas en muchas culturas a ser complacientes- nunca declinen una invitación suya. El problema para ellos viene cuando las que somos algo rebeldes entramos en escena y osamos rechazarles. Entonces empieza la batalla. Algunos hasta montan el númerito de turno a la milonguera poniéndole malas caras, insistiendo, persistiendo con la mirada y con la presencia hasta hacer la situación más incómoda aún, preguntando reiteradamente si quieres bailar con él o no, y alguno incluso osa agarrar del brazo y de un tirón levantarla de la silla, o en otros casos, haciendo reproches o contando por ahí que ella no es "tan buena bailarina sino que se crees no-se-que". Algunos incluso dan media vuelta brúscamente e invitan a la primera que ven como para hacerle saber saber que él si es deseado y que ella comete un error, o bien deja de hablarle o jamás le vuelve a invitar (yo, personalmente, a veces doy gracias por esto cuando me sucede). En fin, algún día me dedicaré a hacer un listado de todas estas reacciones, más que nada porque todavía hay hombres que no admiten que esto sucede, incluso cuando son ellos quienes las tienen.

Creo que la solución no solo está en el cabeceo, sino en que las mujeres complacientes dejen de serlo, dejen de sacrificarse como corderitos eternamente. Para empezar, porque ni se hacen bien a ellas, ya que no disfrutan de la tanda y a veces hasta les hacen daño físico; ni les hacen bien a ellos, porque se acostumbran a obtener siempre lo que quieren; ni nos viene bien a todas los demás, porque ellas crean un precedente; ni le hace bien al tango, porque se crean situaciones tensas cuando lo que debería haber es un maravilloso sentimiento en un abrazo compartido: maravilloso, para ambos.

Es muy difícil para algunas mujeres dejar de ser complacientes, especialmente cuando muchas de ellas no saben poner límites ni dentro ni fuera de la milonga. Y no es una lección fácil de aprender, pero en algunos casos es vital aprenderla. Lo sé porque a mí me costó mucho ir contra esa educación machista que todas hemos recibido y porque he hablado con muchas milongueras que me confirman que a ellas también les pasó. Pero aquí va un secreto: poner límites, en el aspecto que sea, es una de las lecciones que más cuesta aprender en la vida, si embargo es indispensable para valorarse una misma, aprender a quererse y ser feliz. Es triste decirlo, pero hay mujeres que no consiguen aprender la lección, seguramente por miedo, inseguridad, falta de carácter o falta de apoyo, y algunas incluso terminan pagando el más alto de los precios.

Chicas, ¡poned límites... dentro y fuera de la milonga!

domingo, 8 de diciembre de 2013

Así nació Pebeta

Bien es sabido que las primeras y más influyentes figuras del tango tenían apodos como son el caso de Francisco Canaro alias "Pirincho" o "El Kaiser" o del maestro Juan D'Arienzo también llamado en un principio "Grillito" y más tarde "El Rey del Compás" o Juan Maglio conocido como "Pacho" o Aníbal Troilo como "Pichuco".   

Actualmente las figuras del tango, especialmente los bailarines profesonales, también tienen apodos y son ellos también quienes ponen especial empeño en seguir esta tradición y bautizar a otros bailarines profesionales, solo que a veces, lo hacen con gente que no lo es.

Hay un caso particular en el que fui testigo del fenómeno de otorgar un apodo. Estaba en una clase, en un festival de tango, junto a una chica de apariencia muy joven que acababa de conocer. El maestro, al comenzar la clase, se interesó por saber la experiencia en el tango de todos sus alumnos e hizo ronda de preguntas para enterarse. Todos aseguraron que mínimamente hacía uno o dos años que bailaban, todos excepto ella, que con timidez declaró que hacía solo cuatro meses que había empezado con el básico. Él la miró como se mira a un niño que acaba de decir algo conmovedor y exclamó: "...la pebeta de la clase!".

A continuación explicó un poco sobre los apodos en el tango y nos mencionó los de todos los bailarines profesionales invitados al festival, y finalmente, el significado de pebeta. Parece que la gente en la clase se quedó con el apodo recién otorgado...y colorín colorado, Pebeta se quedó, con el apodo que un tal Pebete le dio.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Esa primera tanda

Hay un chico llamado José que lee mi blog y fue el que me inspiró para escribir esta entrada, a raíz de un comentario que hizo un día sobre ese "pecado" que cometemos todos de presuponer las aptitudes que tiene o no la pareja de baile con la que elegimos para disfrutar de una tanda. También lo cometemos basándonos en lo que hemos oído sobre esa persona, por lo que esa misma persona nos dice, pero principalmente por lo que vemos.

Aquí precisamente está la clave de todo: lo que vemos. Cuando un hombre, baile como baile, sale a la pista, lo que ven los de fuera  -dejando a un lado que muchas veces lo que se ve no es lo mismo que lo que se siente-, es lo que cuenta. Si tiene una buena postura, todas las mujeres querrán bailar con él porque asumirán que baila bien; si su postura no invita, aún así no está perdido. Al ser un chico y por lo general estar en menor número con respecto a las chicas, marcará el nivel de las chicas con las que bailará, pero rara vez tendrá que bancarse injustamente tandas que no sean más o menos de su nivel a no ser que él lo elija así.

Sin embargo para la mujer es diferente, especialmente en la milongas a las que asiste por primera vez. Aunque ella elige también al aceptar o no una invitación o al usar el cabeceo, a veces, si quiere bailar tiene que aceptar una invitación a ciegas ya que las invitaciones no llegarán si no la ven bailar o no la conocen.  

Cuando una mujer, baile como baile, sale a la pista, lo que ven los de fuera sigue siendo lo que cuenta para obtener o no invitaciones y marca de forma escandalosa el nivel de baile de los bailarines que la invitarán durante la noche. Por eso mismo, el hombre que invita a una mujer a bailar la primera tanda de su noche, tiene una gran responsabilidad, ya que si la hace lucir mal aunque ella baile bien, la condena el resto de la noche. Por otro lado, si la mujer tiene poca experiencia y quien la invita la hace brillar más de lo que ella brilla por naturaleza, casi seguro que disfrutará de una maravillosa noche de tandas, casi todas probablemente por encima de su nivel de baile.

Normalmente se ve, al igual que con los hombres, si la mujer baila o no baila, por su postura, su pisada, su escucha, pero es el hombre el que tiene la capacidad de hacer lucir a una mujer o bien que parezca la reina de las patosas. Dicho esto, es triste decirlo, pero esa primera tanda que baila una mujer en una milonga, especialmente donde no la conocen, determina definitivamente su noche. Esta milonguera que escribe ha tenido noches desastrosas por este hecho, y por el mismo, noches maravillosas. Desgraciadamente, cuando nadie me ha dado la oportunidad de una tanda, he planchado toda una milonga: la milonga es cruel, especialmente con las milongueras.

martes, 3 de diciembre de 2013

¡Entre Milongas cumple su primer año!

Aunque hace poco, parece que hace toda una vida que llevo escribiendo este blog, contando anécdotas e historias que suceden entre milongas. Algunos de vosotros me habéis preguntado cómo nació la idea del blog, así que el primer aniversario me ha parecido el mejor momento para saciar vuestra curiosidad.

Cuando empecé a bailar fueron muchos los amigos y familiares que me preguntaron porqué me gustaba bailar tango y no otros bailes, qué es lo que tenía de especial el tango, porqué me hacía tan feliz. Por entonces solía contar anécdotas que me sucedían y escribía también un pequeño diario sobre momentos y situaciones especiales que me habían emocionado en la milonga. Un día simplemente me di cuenta de que mi gente cercana esperaba casi con ansiedad al momento del café y de que yo les contara mis aventurillas en el tango. Es ahí donde decidí que quería compartirlo con más gente. También vi una oportunidad para poner mi granito de arena para que el tango se conozca más, aunque sea desde un punto de vista bastante singular. Mi objetivo: expresar emociones y anécdotas acompañados de un poquito de humor.

Empecé contenida, experimentando y publicando así un poco de todo, desde biografías y letras de canciones hasta algunas lecciones aprendidas, pero lo que mis seguidores me habéis pedido más durante todo este tiempo son las anécdotas, sacar temas que pueden provocar debate entre milongueros, y recientemente también opiniones sobre milongas, encuentros, maratones y demás eventos, pero creo que sobre esto último esperaré.

Quería aprovechar para daros las gracias a todos mis seguidores, ya que sois el motor que me impulsa para seguir escribiendo y que hace que crezca día a día la ilusión por escribir. Me emociona pensar que estáis tan lejos y la vez tan cerca, y que me leéis ya en cuarenta y un países, que menciono a continuación como agradecimiento: Brasil, Argentina, Bolivia, Uruguay, Chile, México, Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Costa Rica, República Dominicana, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Bélgica, Reino Unido, España, Portugal, Grecia, Austria, Suecia, Suiza, Hungría, Serbia, Rusia, Bielorrusia, Ucrania, Qatar, Corea del Sur, Vietnam, China, Indonesia, Bangladesh, Malasia, Filipinas, Japón y Rusia. Mis disculpas si me dejo algún país. Un gran abrazo milonguero, de corazón, desde un rinconcito de la península ibérica.

sábado, 30 de noviembre de 2013

La primera milonga en la que invité yo a bailar

Milongueando un fin de semana en una ciudad extranjera, el viernes fui a una milonga en el que las tandas que me habían ofrecido habían brillado por su escasez y por su calidad; el sábado, en otra milonga de la misma ciudad, pasé unas cinco horas en las que no bailé ni una sola tanda porque no me llegó invitación alguna, a pesar de desplegar todas las artimañas que se para que ellos se fijaran en mi; pero el domingo decidí que yo no había recorrido tantas millas en vano y que haría eso que no había hecho nunca antes: ser yo la que invitara a bailar.

Me sentía exactamente como había imaginado, como a punto de hacer algo prohibido: nerviosa, quizás incluso ansiosa. Pero me armé de valor y me acerqué a la barra del bar a invitar a un chico argentino, encargado de la comida, con el que había estado charlando previamente. Él me confesó que estaba agobiado y sin ganas de bailar pero que aún así intentaría buscarme más tarde para bailar. Charlamos un buen rato y me contó que tenía problemas con la organización de la milonga. Poco después le vi salir de la milonga con cara seria, supongo que sin ganas de bailar.

Fui a por otra víctima: una mujer. Sabía que ella bailaba de chico y como ya la conocía y era muy simpática, ni me lo pensé. He de confesar que me encanta bailar con mujeres: es como si realmente habláramos el mismo idioma en todos los sentidos. Pero... ella tenía tacones y con ese calzado no consideró adecuado bailar. Además, no salía apenas de la pista, todos los chicos la conocían y querían bailar con ella. 

Mi tercer intento fue cinco minutos después, cuando abordé a un chico que hacía tiempo que estaba en la barra, mirando, sin que le hicieran mucho caso a pesar de que miraba a todas. Ingenua de mi que creía que sería algo más principiante que el resto y que por eso quizás no rechazaría mi invitación. Así que me acerqué, entablé conversación y le pregunté si le apetecía bailar la tanda que acababa de comenzar. Su repuesta fue un rechazo directo acompañado de un "gracias" de lo más tímido. Le vi bailar después, y qué suerte la mía que me dijo que no: ¡era terrible! Aquí sin duda, ¡la víctima hubiera sido yo!

En mi cuarto y último intento invité a un chico al que ya había visto bailar aunque no le conocía. Me armé de valor una vez más, me acerqué y le invité directamente, sin entablar conversación alguna. Me miró a los ojos y me dijo que estaba descansando. ¡Olé! ¡qué capacidad tienes algunos seres humanos de mirar directamente a los ojos y mentir abiertamente! Su "descanso" duró medio minuto o quizás medio segundo, porque casi inmediatamente después le vi cabecear a una rubia y desaparecer en la pista. Entiendo que no quisiera bailar conmigo pero no su falta de tacto al invitar inmediatamente después a otra. Ahora entiendo a algunos amigos cuando se quejan de esto mismo. Yo particularmente intento no aceptar invitaciones de otros chicos si previamente he rechazado a alguien... ¡al menos no durante la misma tanda!

He de reconocer que ese último rechazo me afectó emocionalmente y decidí que cuatro rechazos eran más que suficientes. Me resigné a ser ignorada el resto de la noche, pero afortunadamente pude centrarme en ver bailar a otras parejas, tomar algún combinado que otro, y en escuchar la maravillosa música con la que el DJ nos regalaba.

jueves, 28 de noviembre de 2013

No estás cómoda con el abrazo, ¿verdad?

Es lo que preguntó un hombre con el que bailaba una tarde de domingo en la última milonga de un festival. Era el segundo tango de la tanda, y aunque no me acuerdo de la música que sonaba, sí de que durante todo el primer tango me había estado moviendo en su abrazo mucho más de lo que lo hubiera hecho en una cama llenita de pulgas. La razón: no estaba cómoda.

Lo que me sorprendió fue escuchar ese "no estás cómoda con el abrazo, ¿verdad? si es así dime y dejamos de bailar porque se supone que el baile es para disfrutar... no pasa nada". Me sorprendió tanta sinceridad y además me encantó que me lo dijera, aunque he de reconocer que me sentí un poco mal por ello, ya que reconozco que empleé más energía al principio en intentar forzar de alguna manera un cambio en su abrazo y sin embargo dejé de un lado mis esfuerzos por intentar adaptarme a él.

Al oír tal pregunta, y con el sentimiento de culpa bien arraigado, le miré sinceramente a los ojos y le dije que no quería que termináramos la tanda y seguido le comenté las razones por las que no estaba cómoda. Si él estaba dispuesto a amoldarse y cambiar un poco su abrazo, yo también a relajarme un poco más... un poco de trabajo en equipo. Y la colaboración dio sus frutos. El tercer tango fue mejor que el primero y el segundo, y mientras esperábamos a que sonara el cuarto, le dije "mejor así"; él me miró y me respondió "tú también". Casi me entra la risa ahí mismo porque tenía toda la razón del mundo: mejor los dos. La última tanda puedo decir que realmente la disfruté porque se me hizo muy corta, y de pronto me vi sonriéndole y despidiéndome de él. Definitivamente volveré a bailar con él si me invita porque sinceramente espero que lo haga. 


martes, 26 de noviembre de 2013

Una nueva especie de setas aparace por tierras norteñas: los maestrillos

El lluvioso otoño ha favorecido la aparición de muchas setas, pero lo curioso es que casi en la misma cantidad lo hayan hecho los maestrillos, allá por tierras norteñas. Aclaro que no hablo de esos milongueros que se dedican a dar lecciones a su pareja de baile en una milonga (muy mal, por cierto), sino de todas esas personas, que después de unos años bailando tango, bailen como bailen, gracias a amigos y gente conocida que no les han hecho favor alguno, se creen aptos para iluminar al mundo con sus habilidades de tango -existan o no-, y lo que es peor, transmitirlas.

En el fondo creo que la intención es buena, es de difundir el tango, de aportar su granito de arena a una pasión que les hace felices y que quieren compartir. Sin embargo, las buenas intenciones no son suficientes. En realidad lo que hacen es perjudicar al tango y a los profesionales que se dedican a ello y que mueven escuelas, milongas, y que además han invertido mucho tiempo y dinero en una formación y debido a ello tienen una calidad mínima. No olvidemos que un buen profesional es aquel que nunca para de superarse, de formarse, de crear, de aportar.

La clave de este asunto es la calidad. El hecho de que a uno o dos milongueros que hace un tiempo que bailan, alguien que les quiere mucho les diga que son fantásticos, que bailan divino y que deberían transmitirlo, no significa que deban impartir clases. Recordemos que son amigos o conocidos que les aprecian los que les hacen creer lo que no es, y luego es su ego el que toma el mando y se autoconvence, pero seamos razonables: los amigos no suelen una fuente muy objetiva, y el hijo de una madre tampoco es el niño más bueno y guapo del mundo.

Ya aclarado este asunto, con tanto champiñón por las campiñas norteñas, algo muy serio está pasando: si esta nueva especie de la naturaleza osa enseñar una técnica que no posee aunque crea que sí, el resultado serán alumnos con los que nadie querrá bailar, por lo que tendrán que hacer milongas entre ellos y la división en el tango irá a más. Por otro lado, esta pobre gente con pasión por el tango y dispuesta a invertir dinero y tiempo, serán estafados ya que no obtendrán aquello por lo que pagan, y lo peor es que para cuando lo sepan, es decir, cuando realmente tomen clases con verdaderos profesionales, estarán ya desesperados porque no consiguen bailan en milongas, porque tienen que corregir malos hábitos y porque han estado perdiendo su tiempo y su dinero. Por favor, un poquito de respeto hacia los profesionales del tango y hacia esta gente que son quienes van a enriquecer el tango y hacer que la comunidad milonguera española crezca en número y en calidad.

Dicho lo dicho, que sepáis que esta milonguera pasó de la incredulidad a la indignación al enterarse de este fenómeno de los maestrillos, pero ahora he de confesaros que está esperanzada porque sabe que tras esos maestrillos hay gente honesta, con valores, capaz de razonar y de desarrollar su capacidad de auto crítica, una vez que lean esta entrada. Tengo fe.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Goteras en la milonga

Era la misma milonga en la que yo me animé a invitar por primera vez, en la que obtuve cuatro rechazos de cuatro invitaciones. Aquello me desanimó definitivamente a seguir invitando, no así a disfrutar de la música, la compañía de buenos amigos y el ambiente de la milonga. Hay noches en la que no puede ser y hay que asumirlo.

Asumidísimo lo tenía cuando un señor extranjero, mayor, muy alto se me acercó, me miró con una sonrisa, y me invitó a bailar. Obviamente acepté sin saber ni cómo bailaba, aunque os he de confesar que ya una amiga me había dicho que le había gustado bailar con él, así que me imaginé que sería una tanda al menos aceptable.

Empezamos a movernos con los primeros compases del primer tango cuando sentí una gota caer sobre mi frente e ir resbalando lentamente por mi nariz, haciéndome cosquillas, y finalmente posándose cerca de mis labios. Con un gesto rápido solté la mano del abrazo de mi pareja y retiré la gotita de mi cara. Pensé que mi suerte no tenía límites al estar justamente debajo de la única gotera de la milonga, ya que el suelo estaba seco e impecable. Es ese tipo de suerte que se tiene cuando pasa una paloma por encima de un montón de gente y te cae justo a ti la sorpresita.

La segunda gota, justo cuando pasábamos por el mismo lugar, me irritó un poco, me desconcentró, e hizo que mirara instintivamente hacia arriba para buscar la gotera o un posible bromista subido a una viga, pasándoselo en grande con una flor de esas que tienen los payasos en la solapa y que tiran un chorrito de agua cuando te acercas. Pero no, ni había payaso ni alma alguna sobre las vigas.

La tercera gotita, ya dentro del segundo tango, hizo que me diera cuenta de que por mucho que no me gusten las goteras y los payasos, hay todavía cosas peores. Esa vez estaba totalmente decidida a averiguar qué pasaba, e incluso a buscar ayuda en mi pareja de baile para localizar la gotera. Entonces lo miré. Lo siguiente que recuerdo es el esfuerzo sobrehumano que hice para no dar un grito de horror ahí mismo, al descubrir que las gotitas de lluvia no eran tales sino sudor de mi pareja de baile, cayendo directamente sobre mi, como si de gotas de lluvia se trataran.

Lo que además me dejó totalmente anonadada es que él se dio cuenta, sacó un pañuelo de papel para secarse, sonrió a modo de disculpa, y continuó bailando como si nada. No tuve el valor para sentarle pero si para adaptar mi abrazo a la situación e intentar salvar una tanda insalvable: ni corta ni perezosa, abrí el abrazo todo lo que pude, eché mi cabeza hacia atrás y continué bailando esos tangos como si de valses vieneses se trataran.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Ciencia aplicada al baile

Me acuerdo que una vez leí un artículo muy curioso escrito por psicólogos de la Universidad de Northumbría, en Newcastle. Tras una serie de estudios, concluyeron que un hombre es mucho más atractivo para las mujeres si baila bien, e incluso decían que la forma de bailar del hombre da una señal a las mujeres de su capacidad reproductora o de su masculinidad.

Lo curioso de todo esto, o lo que a mí me llamó la atención, fue que la mujeres que participaron en el estudio hacían su valoración de si un hombre les parecía buen bailarín o no fijándose en ocho detalles del cuerpo, de los que desafortunadamente ahora no me acuerdo. ¿En tanto nos fijamos nosotras cuando miramos bailar a un hombre? Supongo que nuestro cerebro tiene una capacidad de procesar datos muy superior a aquella de la que somos conscientes.

Humildemente reconozco, y por ridículo que parezca, que es cierto que los buenos bailarines, al menos a mí, me parecen más guapos, más atractivos. Así que no añado comentarios o lo sin-sentido: evidentemente soy parte de la regla y no una excepción. Supongo además, que eso explica porqué chicos poco atractivos, pero que bailan bien, tienen tanto éxito con las chicas.

Me viene al recuerdo un momento en el que estaba sentada en una milonga, en primera línea de pista, junto a un amigo, cuando me pareció que él me exclamó algo así como: "no se qué le ven las mujeres a ese chico, guapo, guapo no es...". El chico del que hablaba baila bien, efectivamente guapo no es, pero tiene el don de la palabra y sabe camelar bien a una chica, supongo que porque a pesar de su juventud, proyecta seguridad. Mi amigo no tiene nada que envidiarle porque aunque no baila tan bien ya que no tiene tanta experiencia, no lo hace nada mal y mejora día a día. Además, es buen chico, guapo, joven, aunque hay una cosa que lo diferencia del otro: su timidez. Yo creo que en el fondo la timidez podría ser inseguridad y creo que justamente por eso él cree que no tiene tanto éxito con las chicas, aunque en realidad se equivoca: sé de al menos una que le ronda, que está interesada en él; sin embargo, él no parece darse cuenta.

martes, 19 de noviembre de 2013

La actitud al bailar

Hace poco estuve en una clase poco convencional que me gustó mucho. En ella, los maestros no enseñaron figura alguna y aunque hicieron enfoque principalmente en la técnica, también lo hicieron en otro aspecto del tango que pocas veces se menciona en las clases o se dedica una clase en exclusiva a ello: la actitud al bailar.

Enfocaron su charla en explicar cómo al bailar la actitud debe de ser activa y de escucha a la música y a la pareja. Así como en una conversación hay que escuchar y dejar tiempo y espacio a los demás para que se expresen, ya que de no ser así, la comunicación no sería en forma de conversación (bilateral) sino más bien un monólogo (unilateral), en el baile ocurre exactamente igual: la comunicación debe fluir en ambos sentidos y no como se ve mucho en la pista de baile, en la que es el hombre quien marca y la mujer la que le sigue bien porque el hombre no le deja expresarse o bien porque ella no hace esfuerzo alguno por expresarse, por ser activa.

Por un lado, si un hombre no escucha a la mujer y no le deja que se exprese, solo baila él. Además, el abrazo también refleja una actitud, sea equivocada o no. Si un hombre está relajado, permite el movimiento de la mujer; si un hombre está rígido puede anular el movimiento de ella. Es una actitud inconsciente, pero que en mi opinión revela muchísimo: él es el que manda. Entiendo que habrá algún caso en el que sea simplemente la tensión por mantener una postura que no sale de forma natural, en cuyo caso habrá que trabajar mucho y aprender a relajarse para que ella se sienta cómoda también. A las milongueras no nos gustan los chicos que nos estrujan, van torcidos y nos obligan a tomar posturas incómodas que a veces incluso hacen daño. El tango no es un pulso, no va de fuerza, sino de energía. 

Por otro lado, si una mujer no es activa, es como si el hombre hablara solo, con lo cual él se aburre, pierde interés. El abrazo de ella es igualmente importante y también refleja una actitud: la rigidez que denota tensión por la falta de experiencia, por la desconfianza o por incomodidad. Amigos milongueros me han transmitido que ellos agradecen cuando ella facilita el movimiento y la comodidad del hombre no colgándose como un saco de patatas de él o moviéndose por sí misma sin esperar a que él la arrastre. Para conseguir esto último se necesita técnica (esta se adquiere tomando clases), seguridad y saber pisar, no ir de puntillas, inestable y como flotando. Hay que ser ligera, pero estar presente, sin que esto necesariamente signifique pesarle a él.

Yo saqué una conclusión muy clara de todo esto: en el baile debe de haber buena comunicación y ambos deben de ser activos para que, como en el sexo, la calidad de la experiencia mejore de forma considerable. Y también me quedó muy claro que el tango no es una dictadura, ya que no es él el que manda sino el que propone, el resto es un trabajo en equipo; pero el tango tampoco es un autobús en el que una milonguera se sube y espera a que la lleven. Ahora solo espero que yo, como estudiante de milonguera, tome nota y aplique la lección.

sábado, 16 de noviembre de 2013

La cotilla del bajo A aparece en la milonga

En aquella milonga casi la mitad de la gente que asistía era conocida o eran amigos a los que hacía tiempo que no veía: fue un encuentro añorado al que fui con mucha ilusión. Estaba feliz, como todo ese año en el que me había sentido en la cresta de la ola, llena de energía y positividad. Supongo que se notaba en mi baile porque la verdad es que esa noche tanto amigos como milongueros, con los que nunca había bailado antes o hacía mucho que no bailaba, me brindaron un montón de tandas maravillosas. Mis doloridos pies al final de la noche dieron fe de ello.

Esa noche tuve la suerte de poderme sentar en un lugar estratégico de la milonga, en primera línea, cerquita de la entrada y de la barra, gracias a unos amigos que habían llegado temprano y habían podido hacerse con un buen lugar. Entre ellos estaba un amigo con el que últimamente me muevo mucho a milonguear, hay buena complicidad y una amistad muy especial convertida en cariño. Supongo que eso se ve, al igual que con otros amigos y amigas, porque soy muy expresiva.

Esa noche hubo una invitación de un chico que se dedica profesionalmente al tango. Me encantó bailar con él una vez que pasé los primeros minutos de nervios y conseguí olvidarme un poco de la gente que sin lugar a dudas estaría mirándole: todos miramos a los maestros cuando salen a la pista, bailen con quien bailen. Lo más sorprendente no fue su invitación, sino que al acompañarme a mi silla me miró y pidió que le prometiera otra tanda más adelante. Y cómo no, la promesa fue hecha.

Ya el día anterior había estado simpático, como muchos otros chicos a los que les gusta piropear a las chicas, y me había dicho que estaba muy guapa. Ese día el cumplido se repitió pero a diferencia del día anterior, alguien lo oyó. Una señora que no había visto en mi vida y que por lo visto me había visto bailar con él las dos tandas. Asi que en un momento en el que me acerqué a la barra del bar a comprar un refresco, ella me asaltó por el camino, provocando que por el susto casi tirara mi refresco al suelo. Pero el susto más gordo no fue su asalto sino lo que me dijo: "a tu marido no le va a gustar que ese otro te haga ojitos y encima tú le sonrías....", mientras señalaba a "mi marido" primero y luego a "ese otro. Algún día me darán medallas por las caras de idiota que se me quedan a veces. Obvio es que pensó que mi amigo era mi marido y que el otro chico, el profesor, tenía un interés especial en mí solo por haber bailado dos tandas conmigo y ser simpático: dos conclusiones de lo más erróneas expresadas por una auténtica cotilla ridícula de las que no bailan casi nunca y van a la milonga a meterse donde no les llaman. Me recordó a esa mujer rubia teñida del bajo A de mi portal que espera en la ventana de su casa a que alguien salga o entre en el edificio para no perderse detalle de cómo va vestida, con quien va, echar imaginación con el resto y luego soltarlo a los cuatro vientos... a quien se apiade de ella y la escuche.