Hay un código de
la milonga que dice que mientras se baila, no se habla. Los códigos normalmente
tienen una razón de ser, que suele ser la educación y el respeto hacia los demás.
Luego está el sentido común, que en este caso en particular dice que el
silencio ayuda a concentrarse mejor en la música e ir a tiempo, sentirla más,
disfrutarla más, o a estar lo suficientemente alerta como para no ser un
peligro para los demás milongueros, provocando un accidente al chocar contra
ellos y crear así mal ambiente.
Yo me pregunto,
¿por qué, si en este país ponen multa a los conductores que hablan sin manos
libres mientras conducen, no hacen lo propio con los que hablan en la milonga? ¡Deberían
hacerlo!
Algo me queda
claro: no todos disfrutan de la milonga por igual. Y algunos no van a bailar,
sino a algo muy diferente. Eso explica porqué hay parejas que hablan, no entre
tango y tango dentro de la tanda, sino mientras bailan: las que están mirando a
la gente de fuera de la pista todo el tiempo y se enteran perfectamente de
quien entra y quien sale por la puerta de la milonga; las que coquetean y se
dicen tonterías; las que parece que están en una clase o una práctica en lugar
de una milonga (se identifican rápido porque normalmente es él, un tipo que
aventaja a la mujer en experiencia de baile y de vida, que se siente importante
haciendo de maestrillo); las que refunfuñan todo el tiempo y hablan solos en
voz alta porque las demás parejas les chocan, cuando en realidad son ellos
quienes esperan que todo el mundo se aparte a su paso; o las que van “cantando”,
y no hablo de las que parecen ruiseñores precisamente, sino de las que suenan
como un chirrido y a veces incluso se inventan la letra o algo peor.
Necesito
concentración y soy perfeccionista, y obviamente en la mayoría de las
situaciones no tengo el talento de hacer
dos cosas a la vez y encima hacerlas bien. Al bailar me pasa lo mismo y sin
embargo, me han dicho por ahí, que alguna vez me han visto hablar mientras
bailaba. He de confesar que no bailaba: ni siquiera escuchaba la música, tan sólo
me movía siguiendo a mi compañero y hablaba de jardines botánicos. Es lo que
pasa cuando estás en la pista con ciertas personas, o hablas de las flores, o
parece que la tanda no acaba, porque desde luego, bailar no bailas. Ahora bien,
alguna vez he sentido la necesidad de mandar callar a mi compañero de baile en
un intento de ser diplomática, diciendo algo así como “disculpa, pero me temo
que si hablo no puedo bailar: soy como los hombres, no puedo hacer dos cosas a
la vez…”. Y funciona porque se ríen o sonríen y callan, en lugar de ofenderse.
Aquella milonga de las sorpresas
tenía lugar en un pueblo costero de Francia, tan escondido que ni el GPS lo
encontraba y por ello muchos milongueros se perdieron y llegaron muy tarde a la
milonga. Aún así, había gente suficiente para crear un ambiente de lo más
agradable y el sitio y los anfitriones hacían el resto.
La primera sorpresa de la noche
vino por una invitación no esperada. Hay un chico que en el pasado fue mi
pareja de baile en unas clases grupales. Mi relación con él y como pareja de
baile concluyó el día que fui a una de las clases totalmente destrozada
emocionalmente, al recibir una triste noticia. Quizás no debí ir a la clase porque obviamente no estaba
en condiciones, pero allí me planté para no dejar en la estacada a mi compañero
de baile y para desconectar un poco. Antes de empezar la clase, sin dar
demasiadas explicaciones, le dije a mi pareja de baile que no tenía un buen
día, que no estaba bien. La clase comenzó y no estuve a la altura, él perdió la
paciencia y tuvo algún comentario, que posiblemente debido a mi estado de
ánimo, me sentó terriblemente mal. Soy una persona sensible y reactiva, y me
cuesta enfriarme cuando me hacen daño, así que desde entonces lo puse en mi
lista negra y no volví apenas ni a hablar con él ni tampoco a bailar: fue algo
así como un desamor mutuo, porque a partir de entonces había tensión e
incomodidad entre nosotros y no volvimos a bailar juntos, ni en clases, ni
fuera de ellas.
En esta milonga yo prestaba una
ayudita a los organizadores y cuando él vino a solicitar un baño para asearse y
poder bailar, yo le ofrecí un baño privado, ajeno al que se usaba en la
milonga, para que pudiera estar a gusto. Parece que apreció el gesto y poco más
tarde, cuando la milonga ya tomaba cuerpo, lo vi acercarse hacia donde yo
estaba. En ningún momento pensé que venia a invitarme a mí, sino más bien a
alguna de mis amigas, maravillosas milongueras con las que él suele bailar de
vez en cuando. Seguramente se me notó la cara de sorpresa desde lejos, pero me
alegró su gesto, su forma de buscar un acercamiento. El tiempo ha pasado y
aunque el recuerdo de aquella última clase no es agradable, quizás él también
tenía mal día, no captó que yo seguramente estaba peor que él y sucedió lo que
sucedió. Aún así creo que muchos de los sinsabores o roces con la gente son
parte de la naturaleza humana, imperfecta por defecto. Y creo que ambos dimos
un gran paso, un pacto sellado con un abrazo.
Y aquí va otro de esos chistes que me han hecho reír lo suyo. Espero que os guste:
Un gallego está sentado junto a un vasco en
la sala de espera de un aeropuerto esperando un vuelo largo. El vasco
mira al gallego pensando en aprovecharse de él
fácilmente, así que le pregunta al gallego si le gustaría jugar a un
divertido juego. El gallego, cansado, solo quería dormir una siesta.
Diplomáticamente rehusa y trata de darle la espalda. El vasco insiste y le dice que el juego es muy divertido. Le dice:
- El juego consite en que yo te hago una pregunta y si no la sabes, me pagas 5 €. Luego tú me haces una pregunta, y si no sé
la respuesta, yo te pagaré 500 € .
El gallego para callar al vasco, que se pone tan pesado, acepta
participar en el juego. El vasco hace la primera pregunta:
- ¿Cuál es la
distancia desde la Tierra hasta la Luna ?
El gallego no dice nada,
saca de su bolsillo un billete de 5 € y se lo entrega al vasco. Ahora,
es el turno del gallego, y le pregunta al vasco:
- ¿Qué sube una montaña
con tres pies, y baja con cuatro ?
Acto seguido el gallego se echa a dormir. El vasco
enciende su portátil, busca todas las referencias. Entra a la red y
accede a todas las enciclopedias mundiales, revisa en Wikipedia, manda
e-mails a todos los amigos que conoce, pero sin resultados. Después de una
hora de estar buscando se da por vencido. Despierta al gallego y le da
los 500 €. El gallego con los 500 € en el bolsillo, se da la vuelta y vuelve a dormirse. El Vasco cabreado como una mona por no haber
encontrado la respuesta, despierta al gallego y le pregunta:
- Bueno, ¿me
vas a decir qué es lo que sube una montaña con tres pies y baja
con cuatro?
El gallego saca 5 €, se los entrega al vasco y se da media vuelta para volverse a dormir.
Me impactó oír a una amiga
decir que la milonga es cruel, mientras subía y bajaba los hombros, con ese
gesto que hacemos a veces para dar a entender que algo es simplemente así, y
que hay que aceptarlo.
Hablábamos
entonces de las milongas, de cómo a veces se baila y otras no, de cómo algunas
chicas son ignoradas, de cómo la gente solo baila y se relaciona con quien le
interesa. Yo comentaba que hay mujeres, buenas milongueras, a las que no sacan
a bailar simplemente porque ya no tienen 20 o 30 años, y sin embargo hay chicas
jóvenes, aunque no por ello mejor bailarinas, a las que
siempre se las ve en la pista.
Pero en la vida real también es así a veces. Digamos que la vida
no es justa a veces, digamos que la milonga tampoco lo es.
Una noche, después de juntarme a bailar con un amigo, me llevaba a casa cuando en el camino hablábamos de ese tema precisamente: de lo mucho y lo poco que bailan algunas
chicas en la milonga y porqué. Salió el nombre de
una chica que los dos conocemos, de las que siempre están en la pista. Yo expresé que no lo entendía. He de puntualizar que a pesar de saber adornarse, le falta mucho en cuanto a técnica y no es especialmente guapa ni joven, aunque si explosiva, de las que sabe cómo hacer para que todos la miren. Alguna lengua la define como vulgar, pero en realidad es una chica agradable que en lugar de disimular un poquito sus curvas y sacar partido a su cuerpo para parecer sexy y sensual, se excede sin darse cuenta, supongo que por falta de confianza en sí misma, para sentirse bien siendo el objeto de atención de los hombres. Todos estos detalles los omití por respeto a mi amigo, ya que dicen que "donde ha habido fuego, suelen quedar cenizas"...y él, ya había ardido con esa chica en cuestión. Ni corto ni perezoso me respondió "tienes que ser hombre para entenderlo". Y no dijo más, como si esa fuera una razón para él, imposible de entender para mí. Me dieron ganas de estrangularlo, pero casi al mismo tiempo me entró la risa, al entender que no podía haberme dado una explicación mejor...
En el mes de mayo iba en coche con un amigo a una clase privada cuando nos pusimos a hablar de las milongas, los códigos de la milonga y del tan buscado tema de si ellas deberían o invitar a bailar tal y como hacen ellos.
Su opinión y la de su círculo de amigos era que las mujeres también deberían invitar por dos razones: la primera era que los códigos de la milonga se crearon hace mucho tiempo y son terriblemente machistas; la segunda era que a los hombres también les hace sentir bien y les gusta saber que una mujer quiere bailar con ellos y se toma la molestia de invitarles.
Yo le dí todas las razones por las que no invito yo, y tras mirarme con una sonrisa y esa cara que ponemos todos cuando con la mirada queremos decirle a alguien que no tiene remedio, va y me dice: "piensas demasiado, si te apetece invitar, invita". Ese día por la noche cuando llegué a casa me quedé pensando en sus palabras. Y razón no le faltaba. Así que decidí poner grises a los blancos o negros, y animarme a ser yo también la que invitara en las próximas milongas, y ver el resultado.
Sabía que cuando ese momento llegara, me iba a sentir como una niña a punto de hacer algo prohibido y que estaría nerviosa. También era consciente de que estaría emocionada, al asimilar que no bailaría tandas por compromiso al ser yo la que eligiera, que bailaría más de lo habitual al aprovechar todas las tandas que me apetecieran, y además, que por estadística, serían pocos los que rechazarían mi invitación, bien por compromiso o bien por sorpresa o quizás por estar encantados de recibir la invitación... ¡quien sabe!
Y entonces me di cuenta de que efectivamente mi amigo tenía razón: pensaba mucho. Y fue entonces cuando realmente decidí experimentar, siendo yo la que invitara a bailar en la próxima milonga.
Sales un sábado, tomas dos copas de más divirtiéndote, y al día siguiente juras
que nunca más vas a tomar de nuevo una copa, pero otro sábado vuelves a salir y la
tentación de disfrutar de una copa vuelve, y obviemanete, la historia se repite de nuevo. ¿Os suena?
Pues me ocurrió algo parecido con las clases de tango... la tentación es la tentación y nunca se sabe el final. Era la época en la que ya había
decidido no tomar más clases grupales, tan solo privadas. Ariadna y Fernando eran quienes daban las clases y no pude ni quise resistirme a tomarlas, aún sabiendo que era un riesgo porque no sabia si tendría
o no de pareja de baile, si podría o no aprovechar la clase, o si me permitían quedarme a escuchar, pagando los 20
euros de la clase, por supuesto.
No soy de las que tienen suerte
con las parejas que le asignan, así que en principio fui sin expectativas. La
primera la tome con un chico, voluntario forzoso, que además de simpático y
guapo, bailaba como un ángel: fue una de las clases más aprovechadas que he
tomado nunca. Después tenía tiempo de ir a la barra a tomar algo y descansar
mientras espera a la siguiente clase. Allí me encontré con un señor, milonguero de mi zona con el que me siento muy a gusto al bailar y con el
que alguna vez he tenido la suerte de tomar clases grupales sueltas, cuando él
se quedaba sin pareja. Parece ser que al principio querían habernos emparejado juntos
para las clases (él, como voluntario forzoso), y como es un encanto en todos los sentidos, vino a decirme que
se había enterado de que me habían emparejado con Ariadna para las clases y que obviamente al enterarse él, no había querido
decir nada, puesto que había sido una auténtica suerte y privilegio para mí el que me
tocara bailar con ella. He de aclarar que la chica a la que se refería obviamente
no era Ariadna, sino una chica con un nombre bastante parecido. Al principio al
darme cuenta del malentendido me entró la risa y luego me dieron ganas de comérmelo,
por lo ingenuo que había sido, y al mismo tiempo por ser tan encantador y todo un caballero. He de decir que la clase con “Ariadna” fue tan provechosa como la
primera o incluso más, y además, durante todo ese tiempo mi estado de ánimo fue
inmejorable, sonriendo a ratos, cada vez que recordaba la anécdota y el ingenuo malentendido.
Era negra, oscura, fría. Al
salir de ella parecía que salías a otro mundo: mar azul, un puerto precioso, un
atardecer, gente paseando, patinando... y la diferencia la hacía una sola
puerta. La diferencia es marcada muchas veces por cosas insignificantes.
Nada más entrar en la
milonga, entre tanta oscuridad, vi una luz: una amiga a la que hacía mucho que
no veía y que me hizo sentir que solo por verla, el viaje había merecido la
pena. Y así fue. Bailé poco aquella tarde, pero a gusto. El resto del tiempo
estuve charlando. Soy de las que prefiero bailar poco y a gusto que mucho y a
disgusto, aunque obviamente todas no pensamos igual.
Lo que cabe destacar de esa
milonga fue que me hizo ver que las tandas rosas se iban a poner de moda esta
primavera. Hacía menos de un mes que había disfrutado de mi primera tanda rosa,
y en esta milonga hubo dos más. Tan pronto como la anunciaron, hubo algunas
chicas que literalmente corrieron a buscar a alguien. No entiendo... ¡si la
música ni siquiera sonaba todavía! Les daba igual una tanda que otra con tal de
cazar bailarín. Y no se porqué creían que por el hecho de invitar ellas creían
que el chico estaba obligado a decir que sí. Pero por lo visto, ellos también
lo creían así o pensaron que un sacrificio en toda la milonga, no era mucho
pedir, conclusiones que saqué por lo que allí vi.
Yo no bailé. El DJ tuvo el
buen atino de escoger una tanda de milongas y casi todos los bailarines con los
que me podía apetecer bailar una milonga estaban ocupados ya: tenían cada uno a
alguna versión femenina de Usain Bolt a su lado. Decidí que, si bien había
algún otro con que el que podía bailar milonga, no me apetecía mucho bailar con
ellos, porque no eran de los que habitualmente me piden baile, con lo cual,
sabiendo que ellos no quieren bailar conmigo habitualmente, no me parecía cómodo
"obligarles" a una tanda comprometida.
La segunda tanda rosa se
debió exclusivamente a las quejas que le llegaron por elegir milongas en la
primera, así que después de anunciarla y pedir que por favor, los que tuvieran
pareja no la bailaran con su pareja, se volvió a repetir la escena anterior:
las mujeres de siempre corriendo a acaparar a los bailarines. Fue triste y una
perfecta vergüenza ajena. Tampoco bailé esa segunda tanda rosa. Pero observé.
Sentía curiosidad por saber qué chica había elegido a qué chico y porqué. E
hice descubrimientos de lo más interesantes, como por ejemplo: ver cómo mujeres
que nunca bailan, estaban todas en la pista; comprobar cómo esos bailarines que
nos agobian continuamente a todas y con los que nadie quiere bailar, no
bailaban; percibir cómo bailarines del montón estaban también sin bailar, con caritas porque nadie los había invitado, como un grupito de
escolares o los que han castigado sin recreo. Definitivamente no hay nada como cambiar
los roles de vez en cuando para ser algo más comprensivos y solidarios.
Para los que no sois
milongueros, explicaros lo que son las cortinas en una milonga. No
sirven para tapar la luz o para que el sol no estropee los muebles, ni para que
los vecinos chismosos no te vean, sino para algo muy distinto.
Lo primero que hay que
saber es que en las milongas hay tandas del mismo género, compuestas por
tangos, milongas y valses criollos, y que se bailan de tres en tres o de cuatro
en cuatro. Van separadas por otros temas de otro género musical, generalmente música
ligera, a los que llamamos “cortinas”. Éstas sirven para descansar,
intercambiar saludos y buscar nueva pareja de baile.
Las cortinas suelen ser la
firma del DJ, y varían muchísimo. Yo he estado en milongas en las que ponían
música folklórica tradicional, temas pop-rock, y música ligera de todo tipo.
Hay algunos DJ que ponen tangos no muy bailables o temas que pueden ser
bailados como tango por sus tiempos, pero en mi opinión, no es muy buena idea,
porque hay gente que o bien no se entera de que la tanda ha terminado (cosa que
no entiendo), o están tan emocionados con la experiencia que acaban de tener,
que incluso bailan la cortina. También están los que la bailarán de pura
alegría porque la tanda ha terminado, pero eso es otra historia.
No es que tenga nada en
contra de las milongas en Francia, ni de los franceses, a los que aprecio de
corazón, pero si os soy sincera, casi todas las anécdotas más curiosas que me
ocurren son en Francia. Me acuerdo una vez que me fui con una amiga a un
encuentro de tango, obviamente en Francia, y después de la primera tanda
escuché el trocito de cortina que decía algo así: “je ne t’aime plus, mon
amour” (perdón por mi francés), que significa algo así como “ya no te quiero
más mi amor”. Me pareció bonito el tema y muy en la línea con el ambiente.
Hasta ahí, todo bien. Al final de la segunda tanda sonó de nuevo la misma
canción y pensé que el DJ se había equivocado y había repetido cortina por
error. Tras la tercera tanda creí que se le habían borrado del ordenador el
resto de las cortinas y que el pobre estaba en un apuro. Pero ya tras la cuarta
tanda, me convencí de que o bien tenía un problema enfermizo con esa canción, o
bien se me escapaba algún dato importante. Y el dato importante era que es
común en Argentina y otros lugares que los DJ firmen su trabajo con un tema, y
lo repitan como cortina en cada milonga que musicalizan. Me parece bien que hagan esto si lo que pretenden es dar la
nota, pero si realmente quieren "poner su sello" o "firmar su trabajo" sería mejor que hicieran un esfuerzo mayor en mejorar la musicalización de la milonga en lugar de poner dolor
de cabeza a los pobres milongueros.
Hace poco volví a oír ese tema de “je ne t’aime plus, mon amour” y ya no sonaba igual que la primera vez que lo oí... quizás porque después de quince veces en aquella milonga, resultó tan empalagoso y cansino que le agarré un poco de manía.
Fue unos meses después de mi primera milonga en Buenos Aires, tiempo durante el que tomé clases grupales y no asistí a milongas, salvo las que organizaba mi profesor para sus alumnos, es decir, eran más bien prácticas que milongas. Estaba realmente muy verde, tanto, que lo poco que era capaz de hacer era el básico, perdiendo el eje completamente y encima a destiempo.
Aún así la tentación llamó a la puerta cuando me enteré que había festival internacional de tango en otra ciudad. Me enteré tarde, pero me moría de ganas de ver bailar a gente de otros lugares, de meterme en el ambiente, de vestirme de princesita y asistir a un baile, aunque fuera sin pareja. Estaba nerviosa, emocionada, como una niña que esperando al día en que vienen los Reyes Magos y le dejan regalos por lo buena que ha sido: asistir a esa milonga iba a ser como mi regalo por todos esos meses de clases con largas explicaciones en mis tardes de domingo, aguantando pisotones, abrazos que parecían estrangulamientos y muchos intentos por hacer algún ocho en pareja cuando tenía la suerte de tener a un chico disponible para ello.
La milonga era en un palacio al lado de mar, mirándolo, cantándole tangos al oido. Un lugar precioso, con suelo de madera y olores a otros tiempos. La magia que producían mis emociones hacía que mi sonrisa precediera a cada momento, y allí estaba yo, intentando que esos pies que ya bailaban solos, con sus uñas pintaditas de rojo, calzaran mis preciosas sandalias verdes.
Junté las rodillas, coloqué las manos sobre ellas y abrí los ojos para no perderme nada, con esa sonrisa que parecía que no iba a borrarse nunca. Y entonces llegó la primera invitación. Alguien preguntó: "¿bailas?". Me levanté como un rayo de la silla, tan demasiado apresuradamente que hasta el hombre que me invitó se asustó un poco. A veces desearía no ser como una niña, tan emotiva, pero a veces no puedo evitarlo: es mi forma de vivir intensamente cada momento. Aunque he de reconocer que a día de hoy voy ya controlando mis impulsos, canalizando mis emociones y también mi energía... creo que a eso se le llama madurez.
Mis emociones casi no tuvieron tiempo de asentarse. Apenas terminó el primer tango, que ya había comenzado cuando él me invitó a bailar, se arrepintió y me acompañó a mi silla. Yo estaba contentísima ya que por entonces ni siquiera sabía que no era un bonito gesto que te sentaran sin terminar la tanda. Los ignorantes son los más felices, doy fe. Acto seguido se dirigió a mi amiga, sentada junto a mí, y le pregunto: "¿tú bailas como tu amiga?" y ella le contestó con una sonrisa espléndida de oreja a oreja "siii! casi: ella empezó dos meses antes que yo a bailar...". Y no terminó la frase, el tipo se dio media vuelta y se fué. Mi sonrisa se apagó como una vela al comprender, mi ilusión se evaporó hacia el mar.
Quizás dos copas de vino ayudarían a templar mis emociones, calmarlas. Tras tomarlas regresé a mi silla. Decidí que la noche iba a ser inolvidable a pesar de todo: observaría bailar a otras parejas, imagináría que yo era una de esas chicas que bailaban como ángeles. Y pensándo en ángeles yo estaba cuando del cielo bajó uno, me sonrió, y me extendió la mano para invitarme a bailar. Lo miré, le di las gracias y le dije que apenas sabía bailar. Él me dijo que no importaba, y de nuevo me extendió la mano. Unos minutos después estaba caminando por la pista, envuelta en un increible abrazo, disfrutando de la música y de un estupendo bailarín que no paraba de sonreir. No me dejó tras el primer tango, ni tras el segundo y me hizo experimentar por primera vez ese placer indescriptible que te producen algunos momentos, ese que se siente cuando el tango engacha tu alma.
Me acuerdo cuando tomé mi primera clase privada con un chico que conozco, de los veteranos, con el que tengo confianza. Es un chico que parece tímido, pero es como si tuviera dentro otro yo que le empuja a luchar contra esa timidez y plantarse delante de gente para hablar si tiene que hacerlo. Es reservado y tiene una sonrisa que le llega de oreja a oreja. Con él tengo una de las sensaciones más extrañas del mundo ya que a ratos estoy muy cómoda con él y a ratos parece que faltan las palabras entre nosotros, a pesar de que ya hace tiempo que nos conocemos. A veces me saca a bailar, pero sospecho que lo hace más por compromiso que por ganas. Es de esos chicos que realmente disfruta bailando, y que le gusta jugar en la pista, experimentar y sonreír cuando del experimento, en lugar de mariposas, salen sapos: parece que en ese momento es justo cuando mejor se lo pasa. La experiencia de la clase con él fue buena, productiva, y me gustó. Sin embargo tuve la sensación de que aceptó mi petición de clase particular por compromiso y no volvimos a quedar para otra clase. Pero de eso hace ya tiempo.
Después intenté clases grupales por dos o tres meses. Quizás esta milonguera que escribe sea la persona más inconstante de la tierra en cuanto a clases de baile se refiere. Impaciente por naturaleza, dejé mis clases grupales hace ya un año, y decidí no perder ni mi tiempo ni mi dinero. En primavera de 2013 he tenido mi primera clase privada en pareja, que será la primera de unas cuantas, si todo va bien, y las ganas no flaquean.
Mi profesora es una chica con carácter, muy directa y además una buena amiga. Quizás por ello me habló con una franqueza total y me dijo que tenía que empezar de cero en casi todo. Y ahí estoy yo, empezando de cero, aprendiendo a armar mi espalda para poder bailar sin hacerme daño y poder mantener el eje en todo momento, a buscar la conexión permanente con mi pareja y a ser activa mientras bailo: mucho para una primera clase, pero ilusionada con tener por fin a alguien que me hable en un idioma que entiendo y que me explique todo enseñándome cómo se tiene que hacer y sobre todo cómo se tiene que sentir, que al final, es lo que más ayuda a la hora de corregir y darse cuenta de lo que una no hace bien. Básicamente me dijo que tengo que trabajar en mi técnica y que es lo único importante, lo demás viene solo. Creo que durante esa primera clase conseguí sentir cuándo un giro está bien hecho y cuando no, que no es poco, ya que una no puede corregir algo de lo que no es consciente que hace mal.
Una milonga local con buen
ambiente, entre amigos. Sentada junto a un cristal que daba a la calle,
descansando. Veía pasear a la gente bien abrigada y con sus paraguas, era
invierno. De pronto la música cesa y se anuncia algo, una tanda rosa.
Yo no daba crédito a lo que
acaba de oír. ¿Una tanda rosa? Me acuerdo de aquella mañana tomando mate en la
que un amigo me habló de lo que era una milonga rosa, milonga en la que son
ellas y no ellos quienes invitan a bailar. No me quedó tiempo apenas para
digerir la información porque de repente alguien me había invitado a bailar y
caminaba hacia la pista. La tanda rosa sería la siguiente.
Fue tal mi desconexión del
mundo mientras bailaba, que ni de la tanda rosa me acordé, ni tampoco de pensar
a quién me gustaría invitar a bailar. Y de pronto la tanda había acabado y yo
regresaba a mi mesa, pero a medio camino me choqué de frente con una pareja que
hacía tiempo que no veía: el destino me había puesto delante al que iba a
brindarme mi tanda rosa… ¡y qué bueno fue conmigo el destino!
Los saludé y no se cómo
transcurrió la conversación pero me acuerdo que ella dijo algo de que era la
tanda rosa, y yo, que estaba en las nubes, bajé a tierra. No podía tener tanta
suerte: le miré a él y sonreí, él hizo lo mismo con una de esas sonrisas de
oreja a oreja, y luego no fue necesario decir más. Un instante después estábamos
bailando. He de decir que nos conocemos desde hace dos años y desde entonces
conectamos al bailar, y casi siempre que coincidimos en una milonga me invita a
una tanda, que yo acepto encantadísima. Él baila como un ángel, es algo tímido,
encantador y dulce, y tal como es él, él baila. Lo malo es que cada vez es más
difícil bailar con él, porque continuamente se ve a mujeres buscándolo, invitándolo
a bailar, y me imagino que él acepta muchas de esas invitaciones por compromiso,
con lo cual sospecho que en ese momento me odiaron unas cuantas mujeres. Pero
no importa: disfruté de una de las mejores tandas de la noche, quizás la mejor.
Acababa de finalizar un festival
internacional y mi vuelo de regreso a casa salía dos días después de que éste
acabara, con lo cual, apurando al máximo posible las horas para poder bailar tango, decidí
aventurarme a una milonga local a la que me habían invitado.
Ganas tenía todas, pero no estaba
segura de que mis pies estarían o no de acuerdo conmigo. De hecho, antes de
ir a la milonga fui a cenar con una amiga y me vi en serias dificultades para
poder llegar al restaurante: cada paso que daba eran mil aguas clavándose en
mis pies, y eso que había tenido unas horas de sueño y durante el día no había
bailado en absoluto, tan solo había estado adquiriendo souvenirs, eso sí, caminando
por toda la ciudad. Me salvaron mis chancletas de silicona, escondidas en mi
mochila, de las de todo a 1 euro, que aún hoy en día sostengo que han sido una
de las mejores compras de mi vida. Al final conseguí llegar al restaurante y
tras dos horas de relax mientras cenaba en buena compañía, mi dolor de pies mitigó bastante.
Tomé un taxi del hotel a la
milonga y llegué a un hotel en la zona vieja, con suelo de baldosas lisas, de
piedra. Nada más entrar el chico que me había invitado me recibió y me sentó en
su mesa, con toda su gente. Me presentó a todos los que allí había y la
verdad es que me sentí muy bienvenida por su amabilidad. Tras explicarme que
con la entrada tenía derecho a dos consumiciones y un plato de fruta fresca, me
dejó tiempo para que hiciera contorsionismo y metiera mis hinchados pies en
esos zapatitos que ahora parecían de una niña… ¡no entraban! Pero cuando una se
propone algo, lo consigue.
Ya calzada, me brindó la primera
tanda de la noche. Desde aquí doy gracias a mi anfitrión por su amabilidad, ya que con ese gesto dio pie a que otros milongueros se percataran de que había chica nueva en la oficina... en la milonga, quiero decir. Pero no era la única, tres simpáticas rusas acababan de entrar y se cambiaban los zapatos al otro lado de la pista. Tras esa primera tanda, siguieron cuatro horas de tango sobre siete centímetros
de tacón. Estupendos los anfitriones, que nos tuvieron a las rusas y a mí bailando sin parar de principio a
fin, toda la milonga. He de confesar que cada tanda fue increíble, y hoy la recuerdo como una de las milongas con más experiencias religiosas experimentadas en una sola noche. Sin palabras. Tanto, que ni me
acordé de que me dolían los pies. Eso sí, regresé descalza al hotel, ya que fue misión imposible calzarme de nuevo los zapatos de calle.
En esa mágica noche en la
ciudad de las mil y una noches, me dijeron la segunda cosa más bonita que me
habían dicho nunca bailando. Tras una tanda, en la que me lo había pasado
realmente bien, con uno de esos bailarines juguetones que le encantan poner
trampas a la chica y ver qué pasa, mi pareja de baile me dijo que le había encantado bailar conmigo y sobre todo porque por mi forma de bailar, se notaba que lo hacía con el corazón. Me quedé de piedra porque como es obvio que mi técnica todavía deja mucho que desear, no esperaba escuchar algo así y menos de un bailarín como él. Tardé un rato en
reaccionar y darle las gracias por el cumplido. Pero lo que
hizo que la piedra se transformara en diamante se debió a que no fue el único,
sino que dos bailarines más, como si se hubieran puesto de acuerdo al decírmelo,
me dijeron exactamente lo mismo con respecto a mi forma de bailar. Una noche
mágica, sin lugar a dudas. Creo que esa noche no dormí mucho, pero no se muy bien si fue por la emoción... o por el dolor de pies.
Ada Falcón nació en 1905
en Buenos Aires. Su verdadero nombre era Aída Elsa Ada Falcone. Fue hija de
descendientes de vascos, y hermana de dos cantantes sin apenas trascendencia:
se llamaban Amanda y Adhelma. Ada no conoció a su padre, ya que desafortunadamente
él viajo a Francia enfermo de cáncer y murió allí antes de que Ada naciera.
Quizás esta fue la razón por la que Ada estuvo tan unida a su madre y
permanecieron juntas hasta que esta última murió.
A los 5 añitos, como la
"joyita argentina" ya empezó a deleitar al público con su voz, y poco
tiempo después ya rompía corazones. En 1919, a los 14 años, debutó en la
película muda “El festín de los caranchos”. Dicen que poseía una mirada intensa
y con sus ojos verdes cautivaba a las cámaras. En 1925 trabajó en la película "Tu
cuna también fue un conventillo".
Fue en ese mismo año1925
cuando comenzó su trabajo con la sala de grabación de RCA Víctor, acompañada
por la orquesta de Osvaldo Fresedo. Ada Falcón fue la emperatriz del tango
durante las décadas de los 30 y los 40, quizás por esa peculiar voz, que tenía
un registro de mezzosoprano. Fue la tercera mujer argentina en grabar un disco
tras Rosita Quiroga y Azucena Maizani, que lo hicieron en 1923. Después de Ada
Falcón, lo hicieron en 1927 Tita Merello, Libertad Lamarque y Mercedes Simone.
Para 1929, además de salir
en las portadas de revistas como Sintonía y La Canción Moderna, el compositor
Enrique Delfino la había hecho firmar con el sello Odeón; él mismo la acompañó
al piano en catorce temas, junto con el guitarrista Manuel Parada.
Fue amiga y compañera
artística de Carlos Gardel y Enrique Santos Discépolo, a quien dicen que
siempre cautivó. Entre los temas más
destacados de Ada están Envidia, Caminito y Cambalache,
pero su estilo también quedó plasmado en Madreselva, Tus besos fueron míos,
Tres esperanzas, Destellos, Corazón de oro, La pulpera de Santa Lucía, pero
sobre todo en Yo no sé qué me han hecho tus ojos, tema que Francisco
Canaro compuso pensando en ella.
Él fue su
gran amor, ya casado cuando ellos se conocieron y enamoraron. Era 1929, ella
tenía 24 años de edad, y comenzaban también una relación laboral. Llegó a
trabajar con él en alrededor de 180 ocasiones, comenzando con la grabación del
tango La Morocha. Ya en los años 30 llegaría a grabar con su orquesta
quince discos por mes, al mismo tiempo que debutó en Radio Cultura, Stentor, Splendid,
Argentina, Prieto, Belgrano y El Mundo.
En 1934, participó en la
película de Eduardo Morera “Ídolos de la radio” como co-protagonista junto a Ignacio
Corsini, Olinda Bozán, Dorita Davis y Tita Merello.
En 1935, la diva Falcón
decidió que no realizaría más presentaciones en público, y Radio El Mundo le
puso a su disposición la sala «F», de menores dimensiones, a la cual
denominaban «la sala Falcón».
En 1938 dejó de trabajar
con Canaro. En 1940 terminó cantando escondida tras cortinas, separada de sus
músicos.
Quizás Canaro consideró en
dejar a su mujer, alias La Francesa, por Ada, pero al explicarle su abogado que
la mitad de su fortuna pasaría a manos de su ex mujer, decidió permanecer
casado, a pesar de que ella había aceptado el divorcio. Quizás fue por esta
razón o quizás porque un día La Francesa los sorprendió juntos, a Ada sentada
sobre las rodillas de Canaro, y les amenazó a punta de pistola, pero el caso es
que en 1942, Ada y Canaro rompieron su relación. Dicen por ahí que hay una
tercera versión: aquella en la que Canaro le engaña con Adhelma, una de las
hermanas de Ada. Como detalle, es bueno saber que Canaro estrenaba cada año una
comedia musical, pero la Falcón que actuaba en ellas era Adhelma, no Ada. Desde
que Canaro y Ada rompieron es sabido que las hermanas no tuvieron relación
alguna, así que existe la posibilidad que algo de esto sea cierto: dicen que
cuando el río suena, algo lleva.
Fue en ese año cuando grabó
su último disco con dos temas, el tango «Corazón encadenado» y el vals «Viviré
con tu recuerdo», de Canaro e Ivo Pelay.
Ada, incapaz de
sobreponerse y con el corazón destrozado, deja su carrera atrás y se retira con
su madre a la provincia de Córdoba. Debido a sus constantes visitas a la
iglesia, la prensa del corazón la calificó como «puta a los 20, monja a los
40». Poco tiempo después había profesado la Regla de la Tercera Orden
Franciscana y lo hizo durante el resto de su vida, hasta 2002, año en el que
muere casi centenaria por causas naturales. Sus restos fueron trasladados a
Buenos Aires, y descansan en el panteón de la SADAIC del cementerio de la
Cahcarita, a pocos metros de los restos de Canaro.
Se sabe que en 1982
concedió alguna entrevista y ella dijo así: «en plena juventud tuve riquezas y
belleza, tuve una visión maravillosa del Señor y no vacilé un instante en
dejarlo todo y recluirme en las sierras con mamita, en un convento franciscano,
y vivir con humildad. Desde que nací, dormí junto a mi madre, y su muerte me
destrozó». Afirmó también estar purgando un pecado, y que le habían robado sus
propios discos, casi todas las fotos, las cartas que durante 15 años le había
escrito José Mojica, cantor peruano que tomó los hábitos franciscanos. También
sus Memorias. Acusó a Odeón de no querer reeditar sus discos, cuando lo cierto
era que ella no lo permitía. Además dijo: «durante treinta años cobró otra
persona todos mis derechos; fue una venganza de una persona muy poderosa que ya
murió, que me dijo que me iba a hacer morir de hambre». ¿Hablaba de Canaro?
Al año siguiente de su
fallecimiento, en 2003, se estrenó un documental sobre su vida titulado "Yo
no se que me han hecho tus ojos", melodrama y reportaje, donde se incluye
la última entrevista realizada a Ada un año antes de su muerte. Hay algo
realmente interesante mencionar, y es que a la anciana Ada, cuando fue
entrevistada por última vez un año antes de morir, le preguntaron si tuvo un
gran amor y ella dijo que no recordaba. El documental fue dirigido por Sergio
Wolf y Lorena Muñoz; producido por Marcelo Céspedes y Carmen Guarini; y
participaron en ella Ada Falcón, Aníbal Ford, Rolando Goyaud, José A. Martínez
Suárez, Miguel Ciacci, Sergio Wolf. Obtuvo un premio Cóndor de Plata, un premio
Clarín, dos reconocimientos del Festival de Cine de La Habana y otro de BAFICI
como Mejor Documental en 2004.
Durante un festival de tango local, quedé a comer con unos milongueros amigos. Charlamos de música y otros temas, y ya por el café, empezamos a contar anécdotas que nos habían sucedido y los comportamientos curiosos de la milonga.
Entonces fue cuando les conté que a veces se dan casos muy peculiares y que una vez vi a un chico, que después de ser rechazado, tomó del brazo a la bailarina, la arrancó de la silla y la arrastró a la pista. Este chico parecía que no estaba dispuesto a aceptar un no bajo ningún concepto. Incluso me atreví a confesar que a mi me había pasado en alguna ocasión. Parece que no me creyeron porque dijeron que ningún bailarín es tan bruto y capaz de hacer algo así.
Ese mismo día fuimos todos a una milonga de tarde. Llegamos temprano y
nos hicimos con un lugar de lo más estratégico para sentarnos, pedir unas copas y además poder ver bien la pista. Estábamos brindando y charlando cuando se acercó a mí un chico conocido y
me pidió baile. No era el momento, estaba muy a gusto charlando y la
pista estaba todavía medio vacía (no me gusta bailar cuando no hay casi
nadie en la pista), así que rechacé con una sonrisa la invitación
diciendo "ahora no, bailamos más tarde si quieres". Al ser conocido y para evitar incomodidades le dije que no sonriendo. No sirvió de nada.
Bien porque no supo aceptar el rechazo, o bien porque no le apetecía aceptarlo, su respuesta fue "es
que tú eres la única que me dice que no...". Acto seguido me quitó la
copa de la mano, la dejó sobre una mesa cercana, y tiró de mi brazo
arrastrándome de la silla hacia la pista. Me pilló tan de sorpresa que ni reaccioné al principio y luego sucedieron tres cosas: una, por no crear una situación aún más incómoda terminé aceptando "su invitación", pero me pareció muy desagradable su actitud, por muy conocido que fuera; dos, los milongueros que me acompañaban se quedaron con la boca abierta sin dar crédito a la escena que estaban presenciando; tres, supe que mis queridos acompañantes ahora sí me creían... y casi hasta llegué a la pista con una sonrisa. Al regresar de la pista no me pude reprimir un "os lo dije... ¿veis? ¡Sí que pasan estas cosas!"
Espero que los chicos que tienen esta costumbre lean esta entrada al blog y aquí va mi mensaje para ellos: señores, eso no se hace. Si una chica dice que no, significa no, aunque te sonría. Es un comportamiento de mala educación, agresivo y propio de un auténtico bruto. Capito?
Estaba compartíendo mate con un amigo cuando me contó que había estado en una milonga rosa. Era la primera vez que oía hablar de tales milongas. Parece que son aquellas milongas en las que es la mujer y no el hombre quien invita a bailar.
Me interesé en seguida, ya que además de que no he estado en ninguna, me parecen de lo más curiosas, y seguramente de lo más instructivas. De igual modo que opino que muy de vez en cuando, en las clases de tango deberían cambiarse los roles para que las mujeres hagan de hombre y los hombres de mujeres para aprender a ser algo más comprensivos los unos con los otros.
El fue a bailar con una amiga a una milonga. Al llegar, su amiga en lugar de bailar con él la primera tanda, como se hace por cortesía con la persona con la que has asistido a la milonga o de igual modo bailas la última tanda con esa misma persona, la bailó con otro chico al que ya se la había prometido días antes. Fue su primera sorpresa.
Poco tiempo después, estaba en la barra y se le acercaron dos chicas con intención de invitarle a bailar. Aceptó una invitación de la primera y a la segunda le prometió la siguiente tanda. Sucedió que cuando iba a buscar a la segunda chica, su amiga le invitó a bailar y tuvo que rechazarla porque ya tenía prometida la tanda. Finalmente se quedó sin bailar porque la segunda chica le dijo que esa tanda en particular que estaba sonando se la había prometido a otro chico... y su amiga ya estaba en la pista acompañada.
Pero hubo más sorpresas. Cuando por fín iba a bailar con la segunda chica, esta le abandonó después de un tango por otro chico, estupendo bailarín, a los que cuanto te invitan nunca les dices que no. Ni corta ni perezosa dejó a mi amigo plantado en la pista. El comportamiento de ella fue grosero como mínimo y creo no conocer a chico alguno que haría algo así. Este pequeño episodio sirvió para que mi amigo crea que esto les sucede también a las chicas, y supongo que se despertaría en él un sentido agudo de solidaridad hacia nosotras.
La noche prometía más sorpresas, así que al finalizar la milonga hubo una más. Él ya tenía en el suelo sus zapatos de calle alineados, se había quitado uno de los de baile y estaba a punto de desatarse el otro cuando se le acercó otra chica y le preguntó: "¿te estás cambiando ya?". El se sorprendió de una pregunta que para él era evidente ya que si tienes cuatro zapatos a tu lado y estás agachado, no es precisamente para sacarles brillo, sino para calzarte los de calle e irte a casa. También le sorprendió que ella, teniendo toda la milonga, decidiera sacarle a bailar justo cuando ya se estaba cambiando, como si no hubiera tenido tiempo antes. Aún así, supongo que se volvió a calzar y bailó de nuevo, como hacemos el resto si realmente queremos bailar con esa persona y si los pies nos lo permiten. Porque a veces se quiere, pero no se puede.
Lo curioso y gracioso de esta última situación: mi amigo me confesó que cuando le sucedió esto último se acordó de mí, ya que esa misma situación se había dado entre nosotros en más de una ocasión, siendo yo la que se estaba cambiando los zapatos y él quien venía a preguntarme si quería bailar. Me resultó de lo más simpático.
No hay nada como cambiar los roles de vez en cuando para aprender a ser más comprensivos.
Nota: como lo más habitual es una pareja mixta y
que la mujer haga el rol de seguidora, generalizo, aunque hay que entender que
al referirme a "mujer" o "bailarina" me refiero a quien
hace el rol de seguidor, ya que obviamente hay mujeres que bailan con mujeres y
hombres que bailan con hombres.
Primavera. Fui con una amiga a una milonga que prometía ser algo especial porque había actuación de una pareja de bailarines profesionales, Murat y Michelle Erdemsel, que habían sido invitados para la ocasión.
Nos hospedamos bastante cerca de la milonga, pero aún así, fuimos en coche ya que después de una milonga 100 metros caminando pueden parecer 100 kilómetros. Logramos estacionar en la parte trasera del edificio que marcaba el GPS, y luego, poner en funcionamiento la táctica de siempre para localizar la milonga, es decir, esperar a que apareciera alguien portando una bolsa de zapatos de baile y seguirle. Pero nadie aparecía, así que recurrimos a la táctica de emergencia: intentar localizar la música.
Dimos con una puerta que al abrirla daba a un pasillo de lo que parecía una casa desierta. De repente vimos unas velitas en el suelo, así que en lugar de ir apagando las velitas, decidimos seguir el caminito, y tras un pasillo algo peculiar, atravesamos un patio pequeño algo tétrico pero limpio, aún así yo estaba inquieta, esperando que alguna rata apareciera en cualquier momento. En unos segundos estábamos subiendo unas escaleras de hormigón, que daban a una puerta. Allí supimos que íbamos bien porque todos los fumadores estaban allí aglomerados, apurando las caladitas para volver a la pista. Tras la puerta, otro largo pasillo, y finalmente la milonga.
Pagamos los 17 euros de la entrada, con la que teníamos derecho a consumición y un postre típico y nos daban una pulserita en forma de cuerda, que luego según nos informaron, era tradición en no-se-dónde y había que atarla a un árbol para que nos diera suerte, o algo así, no nos enteramos muy bien. Buscamos un lugar donde sentarnos. La pista era buena, cuadrada y tenía sillas y bancos alrededor.
A pesar de ser de las pocas personas de fuera, al principio nadie nos invitaba a bailar, pero fuimos saludando a algunas caras conocidas, aún así sin éxito. Luego, por suerte, llegaron unos amigos y él nos invitó a una tanda a cada una, lo que dio pie a que alguno otro le imitara. Hubo un señor en especial, muy milonguero él, que nos brindó más de una tanda a cada una, todo un anfitrión. También conocimos a una pareja joven y simpática, ella argentina, él francés, y la milonga se fue haciendo amena. Él también nos invitó a las tres. Después tuve la suerte de ir viendo alguna cara conocida y entre saludos y saludos, ni me enteré que la milonga transcurría. Ya anunciaban casi el final de la milonga y estábamos algo decepcionadas por la acogida, y con los pies más fresquitos que una lechuga. Pero al final a mí me pasó algo que hizo que el viaje mereciera la pena: un chico llamado Andrés, al que ya conocía, pero con el que nunca había bailado, me invitó a una tanda. Me encantó, fue mi experiencia religiosa de la noche, y después, despacio me fui descalzando, disfrutando en el recuerdo reciente de esa maravillosa y última tanda.
Era un día entre semana, y yo por costumbre ni voy a clases, ni a
prácticas ni a milongas durante la semana, ya que tengo bastante con
poner lavadoras, hacer la comida para el día siguiente, limpiar algo la casa, ir a clases de estiramientos o pilates, ir a trabajar y
ponerme al día con alguna amiga a base de cafés o tés. Pero esa semana
me apetecía hacer algo diferente, y aprovechando que había
una práctica a la que se me antojó ir, tiré de San Facebook para
coordinar con amigos y organizar un mini-convoy para ir.
Al final fuimos solo dos, número perfecto para hacer el viaje ameno, bebiendo mate todo el trayecto y poniéndonos al día sobre
vidas amorosas, milongas, y otros temas, eso sí, de la "cosa" (llámese
crisis españolita que no acaba nunca), ni palabra. Prohibido.
Mi amigo conducía y esta milonguera que escribe, que iba de copiloto, tuvo la difícil tarea de preparar el mate, en movimiento. Yo me dije, si he visto a argentinos prepararse mate mientras van en bici, sin quemarse con el agua hirviendo, esto es pan comido. Pero no señores, de fácil nada.
En mi papel de alumna, seguí al pie de la letra las instrucciones que me daban, para obtener el mate justo al punto. Primero saqué la yerba y el mate, que es la cosita que se utiliza para cebar el mate. Luego mi amigo se empezó a reír y me dijo que si me atrevía, tenía que echar yerba hasta llenar casi el mate y dejar como un dedo sin llenar, para que nos entendamos, como unos 2/3 de su capacidad. Hasta ahí todo bien. Luego tenía que poner mi mano encima, haciendo de tapa, y dar un golpe seco y agitar un poco al mismo tiempo que lo volteaba todo sobre mi palma, sin dejar caer nada de yerba, y luego volverlo a su posición original. Sus risas las entendí en ese punto, cuando descubrí que mi mano estaba llena de polvo, que por reflejo sacudí un poco, y en consecuencia casi me ahogo con el polvillo. Hace poco me he enterado que el mate se sacude no para quitar el polvillo -que es un mito en la preparación de mate-, sino para mezclar sus componentes. De hecho, el polvillo no es malo, sino que hace que le de un poquito de espuma al mate.
Lo difícil venía ahora. Tras inclinar el mate unos 45%, de forma que quedara inclinada la yerba, y vertir un poco de agua muy caliente, mientras bajábamos un puerto con más curvas que la calle Lombard de San Francisco, había que introducir en el medio de la yerba mojada la bombilla hasta el fondo, y seguir echando agua, aunque siempre lo más cerca posible de la bombilla. Se supone que el primer sorbo es el de los boludos o ni se cómo lo llamó, porque tomas aire más que mate, así que todo caballero él, dio el primer sorbo.
Luego siguieron más tentaciones a mi buen pulso, ya que tenía que ir echando el agua próxima a la zona mojada, pero en una zona seca, así poco a poco, hasta después de muchísimas curvas y equilibrios, terminar el agua poco tiempo antes de que la yerba seca dejara de estarlo. Por lo visto deja de tener sentido echar agua cuando la yerba empieza a flotar (lo llaman mate lavado), ya que es entonces cuando deja de tener sabor y hay que reemplazar la parte de la yerba mojada.
Todavía no entiendo porqué no iba yo conduciendo y él, el experto,
preparando el mate, pero la verdad es que aprendí mucho sobre un ritual o tradición, que es muy común en Argentina y Uruguay como momento para compartir. La vida pone pruebas dificilísimas a esta
milonguera, pero ¡ya se cebar unos “verdes”!
Me acuerdo cuando empezaba a bailar tango. Iba
sin pareja de baile a las clases, al igual que otras tantas chicas cuya pareja sentimental no bailaba tango o que no tenían pareja sentimental. Pasábamos buena parte de
la clase observando, sin bailar, como los jugadores de fútbol en el banquillo esperando a que una mujer con alma solidaria nos dejara un minuto para practicar con su pareja. Si empezaba en la clase un chico nuevo o
había alguien con el que nadie quería bailar, nos tocaba a alguna de nosotras. Es lo que había, y lo consideraba el precio para poder aprender tango.
Pero llegó un momento en el que decidí que era un precio que no me apetecía pagar. Cambié de clase y de profesores. Estos nuevos profesores, muy amables, porque en reallidad no tenían porqué hacerlo, se encargaban de buscarme pareja. Por diferentes motivos no pude continuar con las clases, aunque esto no me importó demasiado, ya que me parecía que yo evolucionaba al ritmo de mi pareja de baile, y no al mío. Impaciente como soy por naturaleza, unas veces podían mis ganas e ilusión y otras veces no, pero afortunadamente solo me ocurría por temporadas: era como estar sobre una ola... a veces arriba, a veces abajo. El problema, definitivamente, era yo.
Después vino la etapa en la que decidí que no quería más aventuras en las clases y quise ir a lo seguro: dije adiós a las clases grupales, aunque eso sí, seguí asistiendo a algunas como oyente, si los maestros me parecían especiales por algún motivo, y creía que podía merecer la pena tan solo escucharles. Y fue un gran descubrimiento hacer esto. Ahora tengo la posibilidad de observar y mi escucha resulta ser mucho más activa, ya que si tengo pareja de baile en la clase, mi naturaleza impaciente se desborda y una parte de mí está deseando que termine la explicación para poder practicar, mientras que si no tengo pareja de baile, deseo que sigan explicando y soltando detalles importantes que de otra manera puedo pasar por alto, pero que son los que realmente cuentan a la hora de perfeccionar una postura o un moviento.
tangofobia[tango'foβja]s. f. Miedo
enfermizo a que tu pareja vaya a bailar tango.
tangofobia f.psicol.
Temor anormal a que tu pareja vaya a bailar tango acompañado de trastornos
nerviosos.
Síntomas: sudores, malestares estomacales,
insomnio, irritación o dolor de cabeza entre otros.
Otras formas de deterctar el trastorno: eres una mujer y tu pareja te dice al
volver a casa que hueles a perfume de otro hombre; eres hombre, y tu mujer te dice que tienes
carmín de otra mujer en la camisa; eres hombre o mujer y reprochas a tu pareja que te abandona, que
está obsesionada con el tango, y en casos extremos, que quiere más al tango que
a ti. ¿Conoceis más ejemplos? Colaborad por favor e informad: se trata de una grave enfermedad terrible que hay que detectar cuanto antes para ponerle remedio.
Posibles curas:
1. Asumir que como toda aficción requiere tiempo, y se hacen buenos amigos con los que te gusta compartir más tiempo. 2. Entender que es una actividad sana, una forma de hacer ejercio.
3. Aceptar
que para bailar tango hay que abrazar, y a veces este abrazo se le da a un
hombre o a una mujer, es abierto o es más cerrado, pero es tan solo un gesto, una forma de relacionarse. 4. Leer sobre el abrazo y sus beneficios para la salud mental y lo importante que es en nuestras vidas.
5. Confiar
en que tu pareja va a buscar compartir buenos momentos entre amigos o entre
desconocidos disfrutando de la música y el baile, no sexo, tampoco un romance.
6. Bailar tango con tu pareja o acompañarle a las milongas.
7. Pedir ayuda médica ya que además de tangofobia puede que se sufra de algo más: celos, necesidad excesiva de control sobre la pareja, o tan solo inseguridad.
¿Os habéis encontrado alguna vez en una milonga donde no conoces a prácticamente nadie, ningún chico te saca a bailar, y encuentras a otras mujeres con ganas de pasárselo bien, pero que están en la misma situación que tú? A mí me sucedió en un festival internacional, allí donde acaba Europa y empieza Asia.
Conocí a dos chicas simpatiquísimas que vivían en el extremo opuesto del globo terrestre. Me sorprendió congeniar tan sumamente bien con ellas, incluso en lo relativo al sentido del humor, ya que al ser algo cultural y pertenecer a culturas tan distintas, a veces no es fácil. Eran alegría en estado puro y su humor de lo más contagioso. Después de un rato compartiendo nuestras experiencias como turistas, en algún momento surgió ese tema de conversación tan común entre milongueras: qué bailarines nos gustan y cuales no, para bailar, claro.
Estábamos sentadas en una mesita rectangular justo al borde de la inmensa pista de baile. Todo lo que había detrás de las mesas que rodeaban la pista eran sillas, con lo cual éramos unas auténticas privilegiadas por tener un lugar donde posar la copa de vino, y el "tablero" de un juego que inventamos in situ. El "tablero" estaba compuesto de dos papeles: uno verde y otro blanco. El juego consistía en observar a la pareja que pasara justo por delante de nuestra mesa, y apuntar lo más discretamente posible con el dedo a la carta verde, si nos gustaría bailar con el chico en cuestión, o apuntar a la blanca si le diríamos que no a una invitación suya. He de confesar que fue muy interesante y divertido comprobar que nuestro criterio era prácticamente idéntico, aunque nuestro nivel de baile no lo fuera. También he de confesar, que una vez inmersas en el juego, la emoción hizo olvidarnos de la discrección, y salió alguna observación hecha con algo más énfasis del que nos hubiera gustado. Aún así, creo que nadie se percató del juego, y nos sirvió para ir quedándonos con las caras de los chicos, y poder aceptar o rechazar invitaciones con más confianza en las siguientes milongas.
Unas semanas después del viaje le conté el juego milonguero a una amiga y decidimos aplicarlo un viernes por la noche mientras salíamos de copas. Ahora bien, la versión del juego era algo diferente: un sorbo a la copa que estuvieramos bebiendo significaba que no aceptaríamos una cita del chico; dos sorbos que sí la aceptaríamos. Nos lo pasamos genial, pero no se en que momento la cerradura dejó de entrar en la llave... aunque claro está, eso es otra historia.
Era una milonga de domingo
por la tarde, la última que se celebró en un festival local. El ambiente,
espectacular, con pista rectangular, suelo de madera, y muy cálido. Y allí
estaba yo, una milonguera con pies perfectamente descansados, sentadita en un sofá
lleno de abrigos y bolsas de zapatos. Y como no, un tema precioso de fondo
sonando.
Y allí estaba él, por
entonces conocido, hoy amigo. Observando, escuchando y eligiendo su mejor
bailarina para los temas que iban entrando, y justo entonces comenzaron los
primeros compases de una tanda de esas en la que parece que tu cuerpo cobra vida y tus pies empiezan a moverse solos.. a pesar de estar todavía sentada. Me buscó con la mirada, pero esta
milonguera que se queja tanto de lo poco que se estila el cabeceo en las
milongas europeas, nunca mira ni facilita el cabeceo, solo obseva la pista,
escucha la música y a veces charla. Muy mal. Así que no hubo encuentro de
miradas, pero él ni se lo pensó y vino a buscarme. Sonreí y antes de que me
diera cuenta ya estábamos abrazados, mis ojos se habían cerrado y estaba
entregada en cuerpo y alma a la música y al abrazo.
Tan pronto empezó la
primera frase musical, llegó la última del último tango de la tanda. Cuando son
momentos de entrega y disfrute total, el tiempo vuela. Abrí los ojos, como decepcionada
de que acabara la tanda, quería más. Y él me miraba, y vi emoción en sus ojos
vidriosos. Sinceramente no me acuerdo del comentario que hice pero dio pie a
una explicación, y fue entonces cuando él me dijo "cuando tengo un tema
que me llega y lo bailio con una bailarina como tú, no puedo evitar
emocionarme". Creo que ese fue una de las cosas más bonitas que me han
dicho en mi vida. Conectamos muy bien al bailar y la música y su forma de
bailar hicieron el resto. Es de esos milongueritos que apenas hacen una
caminadita y dos o tres giros, y ya te hacen sumergirte en otro mundo. Todo
un caballero, un once sobre diez.
Fui un
fin de semana a bailar a un encuentro, en el cual las milongas eran todas en el
mismo lugar: un hotel de cuatro estrellas. Moderno, de esos en los que no
puedes abrir las ventanas para conseguir que sea térmicamente eficiente, con un
color verde quirófano poco acertado. Habitaciones luminosas, con armarios
diminutos y baño de cristal ideal para parejas, puesto que podías elegir o no
si tener intimidad al ducharte.
Llegó
la hora de prepararse, y me costó elegir qué ponerme. Todos los días no estoy
con el mismo humor, ni con las mismas ganas de vestir una u otra cosa, así que
fui haciendo la pasarela Cibeles delante de mi compañera de habitación. Para
cuando por fin me decidí, me duché, me maquillé y me puse los tacones, hacía más
de una hora que la milonga había comenzado.
Bajé a
la milonga. La sala tenía un suelo espectacular de madera, ideal para bailar. Las
mesas, enormes, estaban distribuidas de tal forma que ocupaban gran parte de la
pista de baile. Encontré un lugar en un lugar poco visible, pero no quedaban
mejores sitios. Seguramente había gente haciendo cola antes de que empezara la
milonga, esperando a que dieran permiso para entrar y hacerse con una buena
mesa. Además, estaba toda la gente que había ido llegando antes que yo y que
había ocupado las siguientes mesas. Dicen que es el pájaro madrugador el que se
lleva el gusano, aunque no siempre he estado muy de acuerdo con este dicho ya el
gusano madrugador no creo que corra la misma suerte.
Pero
hay gusanos madrugadores de otro tipo. Todos sabemos que al entrar a una
milonga a veces te encuentras con las típicas mesas de milongueros invisibles,
no porque estén tomando algo en la barra, o estén en el baño o bailando, sino porque
van a la milonga mucho antes de que ésta empiece, ocupan las sillas con
abrigos, luego se van a cenar, se duchan, se visten y llegan dos horas tarde a
la milonga, y encima encuentran sus sillas y sus abrigos esperándoles, en
primera fila de la milonga. Pero parece ser que esta vez no fue así: a los pájaros
madrugadores no les hizo gracia encontrar las mejores mesas con milongueros
invisibles. Así que estos pajaritos, ni cortos ni perezosos, movieron los
abrigos sin dueño a las mesas más alejadas de la pista. Ellos entonces se
sentaron en primera fila, puesto que para eso habían “madrugado”.
La
tormenta debió de estallar cuando los milongueros invisibles dejaron de serlo,
y encontraron que sus abrigos no estaban, que les habían “robado” las mesas y
sillas. Yo no presencié la escena, pero me la contaron, y parece ser que dio
mucho para hablar. ¿Qué opináis? Este es un tema espinoso. En la cultura
española, las abuelas lo primero que te enseñan cuando eres una mocosa es que “quien
fue a Sevilla, perdió su silla”, es decir, nada de respeto, y el mensaje de
andarse listo queda muy claro. ¿Cómo esperamos entonces que no ocurran estas
cosas? Algo que me llama la atención es que por ejemplo se considera correcto ocupar
una persona una silla y siete o ciento siete más para todos sus amigos aunque
estos no hayan llegado, pero ya no lo es cuando no hay un representante del
grupo.
Creo
que puesto que la educación a veces brilla por su ausencia, quizás los
organizadores de las milongas deberían plantearse poner unas normas de civismo
ya que los adultos parecen niños de guardería a veces. O quizás, poner
suficientes mesas y sillas para todos, porque el problema suele llegar a extremos
algo incómodos cuando hay trescientos milongueros y ciento cincuenta sillas. Todavía
no he visto a nadie llegar a los puños, pero a este paso, todo llegará.
Francisco Canaro cuyo nombre original es Francisco Canarozzo nació en San José de Mayo, en Uruguay en el año1888. Alias Pirincho, según cuentan porque fue lo que exclamó la partera al verle nacer debido a la forma de su pelo, aludiendo a un pajarito común en Río de la Plata.
De niño fue a vivir con sus padres a Buenos aires, en conventillos o casas de inquilinato, ya que su familia era muy humilde, y por esa razón, a la temprana edad 10 años Canaro ya trabajaba en las calles vendiendo periódicos. Luego fue pintor de brocha gorda, e incluso de dice que
trabajó en las obras del Congreso de la Nación. Amante de la música, probó sacando unos tonos a una guitarra gracias
a las enseñanzas de un vecino zapatero. Pero como le cautivaba el
violín, él mismo construyó su primer violín con envases de aceite de lata, y
así inició su carrera, tocando en bailes de la vecindad hasta ganar
suficiente dinero para comprar un violín de madera.
En 1906 comenzó a tocar el violín en un trío, donde debutó en Ranchos, un
pueblo muy a las afueras de Buenos Aires. Pero no actuaron por mucho tiempo y ya en 1908 debutó en de La Boca, Buenos Aires. A pesar de no tener formación académina, era un genial autodidacta y tuvo la suerte de tener como vecino el bandoneonista Vicente Greco, cuyos conocimientos
influyeron en Canaro. En 1910 actuó con la orquesta de
Vicente Greco y contunuaron de giras durante 6 años. Durante esa gira, en 1912, empezó a componer y creó "Pinta brava" y "Matasanos". Esta última la escribió por petición de los estudiantes
de medicina a punto de recibirse, que en el día de la primavera
organizaban los llamados "Bailes
del internado".
En 1916 Canaro fundó su propia agrupación, muy exitosa a nivel local. Musicalmente hablando, sus conjuntos no cultivaron un estilo
definido, sino que Canaro fue adaptándose a cada momento, encontrando
siempre la manera de conservar su espacio sin entrar en competencia
con otras figuras del género.
Fue él quien en 1918 luchó por los derechos de autor, no reconocidos en la época, que llevó a que posteriormente, en 1935 se creara la actual SADAIC
(Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música), cuyo edificio fue construido sobre terrenos adquiridos por
Canaro.
Durante estos años, hasta que grabó su primer disco en 1922, incorporó el contrabajo a la
orquesta de tango, eligiendo para ello a Leopoldo Thompson. Dos años más tarde incorporó una voz por primera vez en una orquesta, aunque solo fuera para cantar el estribillo. Así comenzó una nueva era de "estribillistas"
o "chansonniers", de los cuales el primero fue Roberto
Díaz.
En 1925, es decir, un año después, comenzó una gira por el mundo,
visitando países como España, Francia y Estados
Unidos, hecho que contribuyó a la extensión y popularidad del tango en Europa. Primero visitó París, donde el tango era muy popular y donde estaban Manuel Pizarro y sus hermanos. Canaro fue allí con los estribillistas Agustín Irusta y Roberto Fugazot, dúo al que junto al pianista Lucio Demare triunfaron por más de 10 años en España y otros países. Trabajó también en paris con una cancionista llamada Teresa asprella y luego en Estados Unidos, con Linda Telma.
En 1932 regresó a Buenos Aires donde comenzó su etapa de director y
compositor.
Ahí comenzó a escribir partituras para comedias musicales y más tarde se estrenó “La muchachada del centro” en el teatro El
Nacional. Con los años, siguieron estrenos como “La
historia del tango” en 1941, “Sentimiento gaucho” en 1942 y “Dos
corazones” en 1944. Los éxitos continuaron con “El tango en
París” y otras obras posteriores.
Canaro convirtió muchos tangos ya existentes en versiones más sinfónicas, cambiándoles el nombre, y además, si más tarde les añadía letra, volvía a cambiarles el nombre. Por ejemplo, su tango sinfónico "Pájaro
azul" provenía de su anterior "Nueve puntos"; "Halcón
negro", de 1932, era previamente "La
llamada", y ya con letra pasó a ser "Rosa de amor". Intentó introducir un nuevo ritmos, llamado tangón, pero aquello no terminó de funcionar. Igualmente lo intentó con el milongón, con idénticos resultados.
Como detalle, decir que en 1940 se nacionalizó argentino.
Otro detalle es que fundó la productora Río de la Plata e hizo sus pinitos en el cine, pero fracasó.
Sus tangos más destacados son Se dice de mí, del año 1943, especialmente conocida la versión de Tita Merello. Muy recomendada, me encantó la primera vez que la oí y me hizo reír. También son conocidos Madreselva, del año 1940 y llamada anteriormente La Polla, Sentimiento
gaucho, y Envidia. Otros temas conocidos son: Yo no sé que me han hecho tus
ojos, del año 1933 (dedicada a un amor: Ana Falcón, emperatriz del tango), Adiós, pampa mía, de 1945, en la que fue coautor junto con Ivo Pelay y
Mariano Mores, Pinta brava, del año 1912, Sufra, La última copa, el maravilloso vals Soñar y nada más, Mano brava, El alacrán, Dos corazones, El internado, y Destellos, del año 1942, El chamuyo, El pollito, Charamusca, Nobleza de arrabal, La tablada, El opio, Sentimiento
gaucho, La
última copa, Déjame, Envidia, La brisa, y El
tigre Millán.
En 1956 publicó sus memorias, tituladas "Mis
50 años con el tango".
Canaro actuó en diversos países de Sudamérica, como Brasil,
Uruguay y Chile. Ya en los 60 se animó a hacer gira por Japón.
En su trayectoria,
se registra que grabó 7.000 discos de tangueros, y se dice también que compuso tal número de obras que se cree que muchas de ellas las firmó a cambio de dinero, aún así, no se puede quitar mérito a todo su impresionante creacción y trabajo.
Este compositor, violinista, director de orquesta, y pionero del jazz en Argentina, y una de las figuras más conocidas en el mundo del tango y amigo de Gardel, dejó que la enfermedad de Paget se lo llevara de este mundo en 1964, en la ciudad de Buenos Aires. Fue tan rico, que popularmente había un dicho que decía «tiene más
plata que Canaro».
Me gustaría daros las gracias a todos los seguidores de Entre Milongas. Desde que inicié el blog hace ya cinco meses, veo que cada vez sois más y de más procedencias, entre ellas España, Estados Unidos, Rusia, Alemania, Reino Unido, Argentina, Colombia, Francia, Chile, Brasil y Ecuador.
Me encantaría no obstante recibir comentarios, pero todo llegará. Dicen que la paciencia es una gran virtud, y tenerla con mi "niña" Entre Milongas es además, un placer.
Solo deciros que estoy abierta a sugerencias sobre los temas que más os interesan, ya que a pesar de que tengo más de un centenar de entradas listas para publicar, iré amoldándome también a vuestros intereses.
Tengo amigos que dicen
saber perfectamente cuando una bailarina quiere o no bailar con ellos, y si
está cómoda o no bailando, y estos mismos afirman que quien dice lo contrario,
miente.Yo sin embargo creo que hay hombres que realmente no se enteran, de igual
modo que hay gente en la vida que parece que nunca se entera de nada.
Algunos milongueros van a
pasar un buen rato, viven la música como nadie, y son amantes del tango como
ninguno, y aunque intentan tratar a su bailarina como una reina, realmente no
la escuchan.Y cuando invitan a bailar, hacen exactamente lo mismo: no leen el
lenguaje corporal, que dice más que mil palabras, así que cuando ella no quiere
bailar, ni se dan cuenta. Y ellas encima, no arreglan nada el asunto aceptando
la invitación por compromiso.
Hay mujeres de lo más
diplomáticas, de las que nunca dicen que no aunque quieran rechazar la
invitación: se lo bancan todo. Y se les nota mucho porque muchas de ellas
cuando bailan no saben como fingir que están disfrutando, y en realidad están
deseando que acabe la tanda. ¿Habeis observado alguna vez las expresiones de la
gente cuando baila? se nota perfectamente los bailarines entregados y
disfrutando, a los que están incómodos, y a los que ni les va ni les viene, les
da todo igual.
En mi opinión, la mujer
debería rechazar la invitación si no le apetece bailar, y no sentirse mal por
ello. Y el hombre debería aceptarlo de forma natural, sin hacer drama. Y si
esto no es plato de buen gusto para todos los milongueros y milongueras, quizás
podrían invitar tanto ellas como ellos. Cualquiera de las dos opciones sería
justa tanto para hombres como para mujeres. ¿O no?