Creo que toda milonguera tiene al menos un talón de Aquiles. Hablo de esos milongueros a los que una ni puede ni quiere rechazar una invitación suya, de esos cuya conexión en el abrazo es tal, que garantiza una tanda maravillosa, que sabes que será igual de bueno suene un tango, una milonga o un vals, Canaro, Pugliese o eso que llaman tango nuevo. Pero esos puntos débiles que una tiene, van cambiando con el tiempo, a medida que la experiencia los va transformando, o las circunstancias dadas por el momento o las etapas de la vida.
Recuerdo que cuando empecé a bailar, tenía muchos talones de Aquiles: todos los milongueros me parecían maravillosos. Luego empecé a seleccionar y a quitar del grupo a aquellos que me hacían daño al abrazarme, me empujaban, me daban lecciones mientras bailábamos, olían a todo menos a rosas, en definitiva, todos los que me hacían sentir incómoda. El grupo se redujo considerablemente. Se convirtió en una lista en el momento en el que eliminé a todos los que no escuchaban la música. Con el tiempo, la lista se quedó temblando, pero también ha sido porque he afinado la definición de talón de Aquiles, dejando en ella tan solo a aquellos milongueros con los que siento algo mágico y se con seguriad que es compartido, con los que me hacen sonreír y temblar a cada momento, con los que podría pasarme toda una milonga sin separarme de ellos.
Ahora os hablaré de uno de los pocos milongueros que a día de hoy forman parte de mis talones de Aquiles.
Lo conocí hace algún tiempo, cuando yo todavía era incapaz de mantener mi eje, la perfecta pesadilla de cualquier milonguero. Me pareció un
chico guapo y buen bailarín, bastante fuera de mi
alcance debido a su nivel de baile. Así que el día que me invitó por primera vez, no me lo podía ni creer: supongo que se
equivocó, pero como regalos como ese no caen del cielo cada día, acepté. Fue lo que estaba destinado a ser: un desastre, y no por él, sino por mí, que estaba tan nerviosa que fui incapaz de dar dos pasos seguidos a ritmo o en mi eje. Aún así, disfruté, pero seguro que este disfrute fue unilateral. Terminamos la tanda, y después de sonreír, me dio las gracias.
Pasó bastante tiempo hasta que volvimos a coincidir, y para sorpresa mía, me volvió a invitar. Supongo que sentiría curiosidad por ver que cómo había evolucionado mi eje, si seguía como la torre de Pisa o empezaba a parecerse más a la torre Ader. Por entonces ya lograba mantener mi eje bastante mejor, empezaba a necesitar algo menos de concentración para "traducir" las intenciones del chico y por tanto prestaba más atención a la música. Aún así, disfruté la tanda menos que la primera vez, porque aunque él se adaptaba a mi en todo momento, yo no alcanzaba a relajarme, bajo la presión de no estar a su altura, de que él no disfrutara.
Bastante tiempo después, volví a coincidir con él: de nuevo me sorprendió, me volvió a invitar a bailar. Esa vez conecté con él, ya dueña de mi eje, entregada tan solo a su abrazo y a la música, pude brindarle una tanda que se que él también disfrutó, y lo sé porque no bailamos una, sino dos tandas seguidas. Es increíble cómo aquel chico, con el que nunca hasta la
fecha había vivido esa magia tan especial que te deja temblando al compartir un abrazo, de repente se convirtió en uno de mis talones de Aquiles.
Hoy en día, aunque son bastantes los milongueros con los disfruto bailando, cada vez el número se reduce más y más. En ese grupito selecto de mis talones de Aquiles están aquellos con los que además de disfrutar bailando, puedo jugar con la música, me sorprenden, me dejan con una sonrisa permanente en la cara tras cada tema o un suspiro mal contenido al finalizar la tanda, cuando se acaba y no quiero que lo haga, pero sobre todo, cuando se que todo esto que me hace sentir es compartido.
Hay que disfrutarlos todo lo que se puede, porque hoy están, mañana ya no; porque el tiempo y la experiencia van moldeando, cambiando a las personas; porque lo que hoy te parece un abrazo maravilloso, mañana puede que deje de serlo. El gran consuelo es saber que cuando pierdes un talón de Aquiles, normalmente sueles descubrir otro... u otros.
Curiosidades y anécdotas de momentos vividos en la milonga a través de los ojos y experiencias de una milonguera.
sábado, 13 de septiembre de 2014
Los talones de Aquiles
Etiquetas:
Lecciones,
milongueros,
Sentimientos
martes, 9 de septiembre de 2014
Al rescate
Era el festival de Tarbes y yo estaba sentada en la última fila de las gradas laterales, esas con peldaños tan mortíferos que hacen que cada año más de una milonguera esté apunto de quedarse sin dientes tras rodar unos cuantos escalones abajo. Había elegido aquel sitio porque a parte de que me gusta la aventura, era uno de los sitios más discretos para dejar las pertenencias, era además un lugar donde observar bien la pista y el ambiente, y a la vez ideal para evitar un exceso de invitaciones directas incómodas.
Sonaban los primeros acordes de uno de esos temas que te hacen saltar de la silla y ponerte como una loca de emoción y de ganas de bailar. En aquel momento yo estaba cambiando mis zapatos a unos con menos tacón. Creo que entonces batí el record del mundo en ajustarme las tiras de las sandalias y salir corriendo a la pista en busca de una pareja para bailar la orquesta de mis amores... y todo eso conservando cada una de las piezas que componen mi sonrisa.
Una vez en la pista intenté relajarme y concentrarme para mirar a aquellos bailarines con los que me gustaba la idea de bailar esa tanda tan especial. Sentía que no podía bailarla con cualquiera: necesitaba alguien con sentido de la musicalidad, con ganas de jugar, de escuchar, de ser cómplice, de hacerme volar. Cabeceé a uno, pero no hubo suerte. Finalmente, algo desesperada, localicé a mi lado a uno de mis bailarines favoritos y haciendo eso que solo hago en situaciones muy particulares, invité de forma directa. Tampoco tuve suerte esa vez: él rechazó mi invitación.
A veces no puede ser, así que con cara de pena, pero al menos con ganas de disfrutar la música sentada en mi silla, subí las escaleras del exorcista, donde un amigo me miraba con cara de sorpresa por no estar bailando mi tanda favorita. No se lo pensó dos veces: se levantó, como el mejor de los amigos, me invitó a bailar.
¡Y qué contaros! a pesar de que solo llegamos a bailar los dos últimos temas, él los hizo inolvidables. Como siempre, supo esperar, sintió, escuchó, permitió que mis pies jugaran con la música, e hizo que aquella conversación de a trés -la música, él y yo-, fuera inolvidable. Me hizo volar. Gracias por todo, D'Artañan.
Sonaban los primeros acordes de uno de esos temas que te hacen saltar de la silla y ponerte como una loca de emoción y de ganas de bailar. En aquel momento yo estaba cambiando mis zapatos a unos con menos tacón. Creo que entonces batí el record del mundo en ajustarme las tiras de las sandalias y salir corriendo a la pista en busca de una pareja para bailar la orquesta de mis amores... y todo eso conservando cada una de las piezas que componen mi sonrisa.
Una vez en la pista intenté relajarme y concentrarme para mirar a aquellos bailarines con los que me gustaba la idea de bailar esa tanda tan especial. Sentía que no podía bailarla con cualquiera: necesitaba alguien con sentido de la musicalidad, con ganas de jugar, de escuchar, de ser cómplice, de hacerme volar. Cabeceé a uno, pero no hubo suerte. Finalmente, algo desesperada, localicé a mi lado a uno de mis bailarines favoritos y haciendo eso que solo hago en situaciones muy particulares, invité de forma directa. Tampoco tuve suerte esa vez: él rechazó mi invitación.
A veces no puede ser, así que con cara de pena, pero al menos con ganas de disfrutar la música sentada en mi silla, subí las escaleras del exorcista, donde un amigo me miraba con cara de sorpresa por no estar bailando mi tanda favorita. No se lo pensó dos veces: se levantó, como el mejor de los amigos, me invitó a bailar.
¡Y qué contaros! a pesar de que solo llegamos a bailar los dos últimos temas, él los hizo inolvidables. Como siempre, supo esperar, sintió, escuchó, permitió que mis pies jugaran con la música, e hizo que aquella conversación de a trés -la música, él y yo-, fuera inolvidable. Me hizo volar. Gracias por todo, D'Artañan.
Etiquetas:
Anécdotas,
Festivales,
milongas,
Sentimientos,
tango
sábado, 6 de septiembre de 2014
SoloOcho
Todas las milongueras, tarde o temprano pecamos comprando unos zapatos, una falda, un top o cualquier otra preciosidad que vemos en las tiendas ambulantes de ropa de tango que van a los encuentros milongueros o festivales. Normalmente todas miramos la ropa, la deseamos, pero luego intentamos resistirnos todo lo posible, ya que el bolsillo no da para satisfacer cada capricho, sobre todo, porque los caprichos en cuestión van normalmente desde los cincuenta a los doscientos euros.
Ese día había desayunado muy temprano, al finalizar la milonga, antes de ir a dormir. Engañé al estómago lo suficiente como para dormir unas horas, pero después de bailar durante toda una noche, por mucho que le engañes, en pocas horas despiertas famélica total. Así estaba yo esperando a que abrieran el comedor para devorar lo que fuera, cuando conocí a Elvira, la creadora de las preciosidades de SoloOcho. Pero el encuentro duró muy poquito y me quedé con ganas de observar los trapitos al detalle, ya que poco después, el ruido de mi estómago batallando contra el hambre y el ruido de las puertas del comedor al abrirse se transformaron para mi en una orquesta que hizo que mis pies volaran comedor adentro, justo como me sucede cuando oigo un tango que me gusta.
Por la tarde, ya tranquila la fiera, volví a ver los modelitos con el estómago lleno, y qué cosa, ¡parecían incluso más bonitos! Allí estaban todos ellos, colgados en perchas, preparados para tentarnos a todas las milongueras. Ya tenía un modelito casi elegido cuando vi como una amiga sostenía una falda entre sus manos... y fue inevitable: me enamoré. Me la probé, pero justa de talle como me quedaba, volví a colocarla en su percha con cara de pena. Elvira me vio y se ofreció a tomarme las medidas para hacerme una de mi talla. Pagué la falda y semanas después, el cartero llamaba a mi puerta con mi auto regalo de Navidad.
Corrí como una loca a ponérmela y casi me muero del susto cuando vi que no me quedaba bien: el tinte de la tela no era exactamente como el que me había probado y me quedaba alta en la cintura, así que decidí escribir a Elvira. Ella, profesional como es, en seguida me ofreció soluciones y me pidió que le enviara la falda para arreglarla o incluso hacerme una nueva, haciéndose ella cargo de todo. Da gusto encontrar gente como ella, la verdad.
Cosas de la vida y la milonga que a la semana siguiente me la encontré en un festival, me tomó medidas de nuevo, charlamos, y tuvo el detallazo de regalarme un top para la falda como compensación por las molestias causadas. No me lo podía creer, un amor, definitivamente.
Unas semanas después, aunque con algo de retraso, tenía mi preciosa falda. La lucí por primera vez en una milonga malagueña... y no pude evitarlo: me volví a enamorar del trapito.
Así que chicas, os recomiendo SoloOcho, no solo por la preciosidad de modelos que ofrece sino porque podéis tener la completa seguridad de que detrás, está Elvira, una auténtica profesional que os tratará como reinas.
Ese día había desayunado muy temprano, al finalizar la milonga, antes de ir a dormir. Engañé al estómago lo suficiente como para dormir unas horas, pero después de bailar durante toda una noche, por mucho que le engañes, en pocas horas despiertas famélica total. Así estaba yo esperando a que abrieran el comedor para devorar lo que fuera, cuando conocí a Elvira, la creadora de las preciosidades de SoloOcho. Pero el encuentro duró muy poquito y me quedé con ganas de observar los trapitos al detalle, ya que poco después, el ruido de mi estómago batallando contra el hambre y el ruido de las puertas del comedor al abrirse se transformaron para mi en una orquesta que hizo que mis pies volaran comedor adentro, justo como me sucede cuando oigo un tango que me gusta.
Por la tarde, ya tranquila la fiera, volví a ver los modelitos con el estómago lleno, y qué cosa, ¡parecían incluso más bonitos! Allí estaban todos ellos, colgados en perchas, preparados para tentarnos a todas las milongueras. Ya tenía un modelito casi elegido cuando vi como una amiga sostenía una falda entre sus manos... y fue inevitable: me enamoré. Me la probé, pero justa de talle como me quedaba, volví a colocarla en su percha con cara de pena. Elvira me vio y se ofreció a tomarme las medidas para hacerme una de mi talla. Pagué la falda y semanas después, el cartero llamaba a mi puerta con mi auto regalo de Navidad.
Corrí como una loca a ponérmela y casi me muero del susto cuando vi que no me quedaba bien: el tinte de la tela no era exactamente como el que me había probado y me quedaba alta en la cintura, así que decidí escribir a Elvira. Ella, profesional como es, en seguida me ofreció soluciones y me pidió que le enviara la falda para arreglarla o incluso hacerme una nueva, haciéndose ella cargo de todo. Da gusto encontrar gente como ella, la verdad.
Cosas de la vida y la milonga que a la semana siguiente me la encontré en un festival, me tomó medidas de nuevo, charlamos, y tuvo el detallazo de regalarme un top para la falda como compensación por las molestias causadas. No me lo podía creer, un amor, definitivamente.
Unas semanas después, aunque con algo de retraso, tenía mi preciosa falda. La lucí por primera vez en una milonga malagueña... y no pude evitarlo: me volví a enamorar del trapito.
Así que chicas, os recomiendo SoloOcho, no solo por la preciosidad de modelos que ofrece sino porque podéis tener la completa seguridad de que detrás, está Elvira, una auténtica profesional que os tratará como reinas.
miércoles, 3 de septiembre de 2014
¿Diamantes en los tacones?
Los zapatos de tango son preciosos, suelen ser de calidad y
cómodos. Ves unos que te gustan, te los pruebas y a veces tienes la
sensación de que deben de tener algún diamante escondido en los tacones,
sobre todo cuando ves el precio. Lo bueno casi siempre cuesta dinero,
cierto; pero a veces, estos precios son sencillamente exagerados.
Hace menos de dos años viajé a un país del este. Visité una tienda de zapatos de tango y compré unos por 80 euros. Los dueños de la tienda eran los fabricantes. La razón de obtener un precio tan ventajoso fue que se trató de una compra colectiva entre un grupo de amigos milongueros, y que no eran intermediarios. Ese mismo año, alguien, de los que no pueden hacer factura y de los que venden en un puesto dentro del festival, ofrecía esa misma marca por 160 y 180 euros.
Al año siguiente viajé de nuevo a otro país y visité otra tienda de zapatos de tango de otra marca diferente. Los dueños de la tienda no eran los fabricantes, sino intermediarios, legales, verdaderos, de los que hacen factura. Obtuve un precio algo menos económico porque compré dos pares. Pagué 105 euros por cada uno. En cuanto a calidades, debo aclarar que eran similares a los del año anterior. Casualmente, también en ese año y en otro festival, vi otra persona, de los que venden zapatos en festivales, que ofrecía exactamente esa misma marca, pero por 160 euros. Sinceramente, no se si estos eran o no verdaderos intermediarios, aunque tengo mis dudas.
Sacar conclusiones aquí es fácil: los zapatos no tienen diamantes en los tacones, sino gente avariciosa y no muy legal que se quiere hacer de oro a costa de la ingenuidad de los demás.
Profundizando en el tema, aclaro que en el caso de los zapatos de tango, como milonguera consumidora, entiendo que el precio del fabricante debe de ser relativamente alto (que no es lo mismo que caro) porque usan materiales de calidad y es un trabajo artesanal, con lo cual, además es lógico que añadan un margen significante para el beneficio de su empresa. También me parece bien que los verdaderos intermediarios añadan el coste de la distribución y un margen para obtener a su vez un beneficio. Hasta ahí, todo correcto.
Luego llegan los avariciosos de los que hablo, es decir, particulares disfrazados de asociaciones, escuelas, o lo que sea, que compran estos zapatos, que los transportan a otro país y los venden incrementando su precio a veces hasta en un 100% o más, sin ningún miramiento, aprovechándose así de los milongueros y milongueras que desconocen el verdadero precio de esos zapatos. Reconozco que cada uno es libre de poner el margen que quiera para obtener un beneficio en su empresa, pero para hacer eso hay que tener una empresa. Lo que sucede es que la mayoría de esta gente no son empresas, ni pagan impuestos, ni siquiera son legales, y mucho menos, intermediarios. Para comprobar lo dicho solo teneis que pedir factura y ver la cara que ponen. Yo me niego a comprar a esta gente porque primero, estafan al consumidor final, hacen competencia desleal a los verdaderos distribuidores y encima, cometen delito por no declarar impuestos, cosa que nos perjudica absolutamente a todos. Os dejo pensando...
Hace menos de dos años viajé a un país del este. Visité una tienda de zapatos de tango y compré unos por 80 euros. Los dueños de la tienda eran los fabricantes. La razón de obtener un precio tan ventajoso fue que se trató de una compra colectiva entre un grupo de amigos milongueros, y que no eran intermediarios. Ese mismo año, alguien, de los que no pueden hacer factura y de los que venden en un puesto dentro del festival, ofrecía esa misma marca por 160 y 180 euros.
Al año siguiente viajé de nuevo a otro país y visité otra tienda de zapatos de tango de otra marca diferente. Los dueños de la tienda no eran los fabricantes, sino intermediarios, legales, verdaderos, de los que hacen factura. Obtuve un precio algo menos económico porque compré dos pares. Pagué 105 euros por cada uno. En cuanto a calidades, debo aclarar que eran similares a los del año anterior. Casualmente, también en ese año y en otro festival, vi otra persona, de los que venden zapatos en festivales, que ofrecía exactamente esa misma marca, pero por 160 euros. Sinceramente, no se si estos eran o no verdaderos intermediarios, aunque tengo mis dudas.
Sacar conclusiones aquí es fácil: los zapatos no tienen diamantes en los tacones, sino gente avariciosa y no muy legal que se quiere hacer de oro a costa de la ingenuidad de los demás.
Profundizando en el tema, aclaro que en el caso de los zapatos de tango, como milonguera consumidora, entiendo que el precio del fabricante debe de ser relativamente alto (que no es lo mismo que caro) porque usan materiales de calidad y es un trabajo artesanal, con lo cual, además es lógico que añadan un margen significante para el beneficio de su empresa. También me parece bien que los verdaderos intermediarios añadan el coste de la distribución y un margen para obtener a su vez un beneficio. Hasta ahí, todo correcto.
Luego llegan los avariciosos de los que hablo, es decir, particulares disfrazados de asociaciones, escuelas, o lo que sea, que compran estos zapatos, que los transportan a otro país y los venden incrementando su precio a veces hasta en un 100% o más, sin ningún miramiento, aprovechándose así de los milongueros y milongueras que desconocen el verdadero precio de esos zapatos. Reconozco que cada uno es libre de poner el margen que quiera para obtener un beneficio en su empresa, pero para hacer eso hay que tener una empresa. Lo que sucede es que la mayoría de esta gente no son empresas, ni pagan impuestos, ni siquiera son legales, y mucho menos, intermediarios. Para comprobar lo dicho solo teneis que pedir factura y ver la cara que ponen. Yo me niego a comprar a esta gente porque primero, estafan al consumidor final, hacen competencia desleal a los verdaderos distribuidores y encima, cometen delito por no declarar impuestos, cosa que nos perjudica absolutamente a todos. Os dejo pensando...
sábado, 30 de agosto de 2014
Aire
"Aire", de Pedro Marín. La primera vez que la oí fue en el 2007 aunque creo que es un tema de los 80. De pronto el otro día iba conduciendo mi coche cuando por la radio lo escuché de nuevo, con su estribillo tan pegadizo: "aire, soy como el aire, pegado a ti, siguiéndote al andar... porque te juro que, soy aire, soy como el aire, pegado a ti, no puedes escapar, no te resistas nunca". Y será porque soy milonguera, pero de repente la canción tenía otro sentido y mi mente voló a los abrazos en el tango, a esos que son como el aire de esta canción.
El tango es un abrazo, pero no cualquier abrazo: es aquel entregado de corazón, el que es conexión, comunicación, un intercambio de energía, sensaciones y emociones. Hablo de un abrazo que sin ser asfixiante, sea firme y suave al mismo tiempo, pero por encima de todo, respete, no se imponga.
Hay abrazos en el tango que no son así, sino que son agobiantes, de los que creen que te atrapan, te dicen que no puedes escapar y que no te resistas. Esos abrazos que llaman resistencia a moverte para poder respirar. Los detesto.
Normalmente los hombres que te abrazan así son rígidos, se mueven en bloque, no disocian, te atrapan y te encierran en sus brazos porque son incapaces de comunicarse, así que imponen. Muchos de ellos además son experimentados, les gusta bailar en cortito sin terminar de marcar del todo los cambios de peso y se creen muy milongueros. Obviamente creen que su forma agobiante de abrazar es la forma más milonguera y correcta.
El caso es que cuando vas a una milonga donde no conoces a la mayoría de los milongueros, es difícil fijarte y acordarte de todos, de cómo bailan, de su abrazo, con lo cual si hay cabeceo es sencillo porque hasta que no has evaluado, no miras. Pero, si no hay cabeceo y te invitan directamente, te tienes que arriesgar. Así que como soy consciente de que no puedo enfadarme ni dejar plantado a cada tipo de estos con los que termino bailando, quizás debo de rechazar toda invitación directa que me hagan a partir de ahora.
Quizás también debería empezar a desviar mi energía a algo más productivo que enfadarme, como por ejemplo, escribir mi lista de deseos milongueros para el año nuevo 2015. Así que ya puesta, aquí va el primero: que algún profesor de tango nos haga un favor enorme a todas las milongueras del planeta haciendo el milagro de hacer entender como sea a este tipo de milongueros la diferencia este asfixiar y abrazar, entre imponer e invitar, entre bailar tango y no hacerlo.
El tango es un abrazo, pero no cualquier abrazo: es aquel entregado de corazón, el que es conexión, comunicación, un intercambio de energía, sensaciones y emociones. Hablo de un abrazo que sin ser asfixiante, sea firme y suave al mismo tiempo, pero por encima de todo, respete, no se imponga.
Hay abrazos en el tango que no son así, sino que son agobiantes, de los que creen que te atrapan, te dicen que no puedes escapar y que no te resistas. Esos abrazos que llaman resistencia a moverte para poder respirar. Los detesto.
Normalmente los hombres que te abrazan así son rígidos, se mueven en bloque, no disocian, te atrapan y te encierran en sus brazos porque son incapaces de comunicarse, así que imponen. Muchos de ellos además son experimentados, les gusta bailar en cortito sin terminar de marcar del todo los cambios de peso y se creen muy milongueros. Obviamente creen que su forma agobiante de abrazar es la forma más milonguera y correcta.
El caso es que cuando vas a una milonga donde no conoces a la mayoría de los milongueros, es difícil fijarte y acordarte de todos, de cómo bailan, de su abrazo, con lo cual si hay cabeceo es sencillo porque hasta que no has evaluado, no miras. Pero, si no hay cabeceo y te invitan directamente, te tienes que arriesgar. Así que como soy consciente de que no puedo enfadarme ni dejar plantado a cada tipo de estos con los que termino bailando, quizás debo de rechazar toda invitación directa que me hagan a partir de ahora.
Quizás también debería empezar a desviar mi energía a algo más productivo que enfadarme, como por ejemplo, escribir mi lista de deseos milongueros para el año nuevo 2015. Así que ya puesta, aquí va el primero: que algún profesor de tango nos haga un favor enorme a todas las milongueras del planeta haciendo el milagro de hacer entender como sea a este tipo de milongueros la diferencia este asfixiar y abrazar, entre imponer e invitar, entre bailar tango y no hacerlo.
martes, 26 de agosto de 2014
Morirse de vergüenza
Era un fin de semana especial de tango en el que casi todos los asistentes eran amigos o conocidos, aunque a muchos de ellos hacía tiempo que no veía. Entre ellos, un amigo milonguero con el que siempre me pongo nerviosa al bailar, quizás porque es mucho más
experimentado que yo y temo no estar a la altura, no hacerle disfrutar, y quizás también porque sonríe cada vez que meto la pata, aunque lo hace de forma amigable, en plan tranquilizador. Y eso me pone más nerviosa aún, he incluso hace que me sonroje. Esa es la razón por la que evito mirarle.
Descubrir cuando empecé a bailar tango que en el fondo existe una timidez en mi que desconocía, me dejó fuera de juego; descubrir que las miradas intensas también me dejaban fuera de juego, fue el colmo de los colmos. No entiendo cómo a estas alturas, que ya soy mayorcita, soy capaz de sentirme insegura entre milongas cuando fuera de ellas tengo la situación controlada. Es un fastidio y encima me pasa con más de un milonguero, con varios, por cierto. Normalmente bailo con los ojos cerrados para evitar esto, pero a veces, cuando el estilo que me marcan requiere abrazo abierto, tengo que abrirlos forzosamente.
Este chico en cuestión es de los que le gusta bailar en abierto. En aquella milonga me cabeceó desde lejos, en una de esas veces en las que no tienes duda alguna de que el cabeceo está dirigido a ti, luego nos dirigimos a la pista y me recibió con una sonrisa mientras me ofrecía su abrazo. Bailamos el primer tango, en el que fui incapaz de mirarle a los ojos ni una sola vez. Me encantó. En el segundo conseguí levantar la mirada un par de veces, y cada una de esas veces me encontré con su sonrisa y conmigo misma sonrojándome, para mi propia vergüenza. En el tercer tango me acorbardé y ya no volví a mirarle a los ojos, hasta que terminó la tanda.
Fue entonces cuando con esa sonrisa suya me dijo que aunque normalmente no lo hacía nunca, me quería decir algo: que había evolucionado mucho en cuanto a mi baile - toma piropo-, y que lo único que el me aconsejaba era que al bailar mirara hacia arriba, aunque no lo hiciera a los ojos de mi pareja. Muy perceptivo: se había dado cuenta de que miro hacia abajo para evitar cruzar miradas, ponerme nerviosa y sonrojarme; luego trató de decirme que para evitar mirar a los ojos a un chico no es necesario mirar hacia abajo, sino solo mirar hacia otra parte. Definitivamente en ese momento sentí morirme de vergüenza. No sabía que era tan obvio. Lo peor es que pensarán cualquier cosa cuando me sonrojo e incluso a lo mejor confunden el asunto con un interés de otro tipo, al menos hasta que se den cuenta de que me pasa con casi todos. Definitivamente tengo un pequeño problema. ¿Consejos?
Descubrir cuando empecé a bailar tango que en el fondo existe una timidez en mi que desconocía, me dejó fuera de juego; descubrir que las miradas intensas también me dejaban fuera de juego, fue el colmo de los colmos. No entiendo cómo a estas alturas, que ya soy mayorcita, soy capaz de sentirme insegura entre milongas cuando fuera de ellas tengo la situación controlada. Es un fastidio y encima me pasa con más de un milonguero, con varios, por cierto. Normalmente bailo con los ojos cerrados para evitar esto, pero a veces, cuando el estilo que me marcan requiere abrazo abierto, tengo que abrirlos forzosamente.
Este chico en cuestión es de los que le gusta bailar en abierto. En aquella milonga me cabeceó desde lejos, en una de esas veces en las que no tienes duda alguna de que el cabeceo está dirigido a ti, luego nos dirigimos a la pista y me recibió con una sonrisa mientras me ofrecía su abrazo. Bailamos el primer tango, en el que fui incapaz de mirarle a los ojos ni una sola vez. Me encantó. En el segundo conseguí levantar la mirada un par de veces, y cada una de esas veces me encontré con su sonrisa y conmigo misma sonrojándome, para mi propia vergüenza. En el tercer tango me acorbardé y ya no volví a mirarle a los ojos, hasta que terminó la tanda.
Fue entonces cuando con esa sonrisa suya me dijo que aunque normalmente no lo hacía nunca, me quería decir algo: que había evolucionado mucho en cuanto a mi baile - toma piropo-, y que lo único que el me aconsejaba era que al bailar mirara hacia arriba, aunque no lo hiciera a los ojos de mi pareja. Muy perceptivo: se había dado cuenta de que miro hacia abajo para evitar cruzar miradas, ponerme nerviosa y sonrojarme; luego trató de decirme que para evitar mirar a los ojos a un chico no es necesario mirar hacia abajo, sino solo mirar hacia otra parte. Definitivamente en ese momento sentí morirme de vergüenza. No sabía que era tan obvio. Lo peor es que pensarán cualquier cosa cuando me sonrojo e incluso a lo mejor confunden el asunto con un interés de otro tipo, al menos hasta que se den cuenta de que me pasa con casi todos. Definitivamente tengo un pequeño problema. ¿Consejos?
Etiquetas:
Anécdotas,
entre milongas,
milongueros,
piropos,
Sentimientos
viernes, 22 de agosto de 2014
Polvos mágicos
Era uno de esos lugares que parece que están hechos para que tenga lugar una milonga en ellos, y sin embargo era el sótano de un hotel, en un polígono industrial. El suelo de madera, aunque no muy bien cuidada, apenas resbalaba, pero a mi me daba igual: estaba contenta. Me gustan los suelos así porque en ellos me siento más segura. Además, los organizadores habían pensado casi todo y al lado de cada columna exterior había montoncitos de polvo blanco para pisar a conveniencia y así poder resbalar mejor.
Y digo que los organizadores pensaron en casi todo porque se les pasó un detalle que dio lugar a la anécdota de la milonga. Como aquel espacio tenía pinta de ser un lugar en que se celebraban bodas y eventos similares, en cada columna interior había un cubitero, que en otros momentos habría albergado muchos hielos y alguna botella de vino o de cava. Supongo que los dejaron ahí, cerca de las columnas pensando que no molestarían. Y no molestaban, pero todos sabemos que a veces la pista de baile, en lugar de parecerse a una milonga, se parece más bien a un campo de fútbol.
Aquel día, la gente bailaba relajada, pero aún así, alguno se creía en el mundial y aunque no terminó metiendo gol, si dio alguna patada que otra. Con una de ellas, una de las cubiteras de metal quedó desparramada por la pista, con sus litros de agua circulando como si de un río se tratara. A los pocos segundos aquello ya parecía más bien a un lago, ocupando un cuarto de la pista de baile.
Obviamente, yo estaba cerca de la catástrofe, como siempre. Con suerte, mi milonguero, que estaba a todas, evitó que tuviéramos que salir remando del lugar: el agua ni nos tocó. Después los organizadores delimitaron de forma rápida y efectiva el lugar inundado y en apenas unos minutos, mientras sonaba la siguiente cortina, lo limpiaron y quedó como si ahí no hubiera pasado nada. Aún así, me dio tiempo a pisar el agua, o lo que fuera aquello, y convertir las suelas de mis sandalias en pegamento, hasta que me acordé de los montones de polvos mágicos que había esparcidos cerca de las otras columnas, esos polvos talco que tanto ayudan cuando la pista no resbala.
Y digo que los organizadores pensaron en casi todo porque se les pasó un detalle que dio lugar a la anécdota de la milonga. Como aquel espacio tenía pinta de ser un lugar en que se celebraban bodas y eventos similares, en cada columna interior había un cubitero, que en otros momentos habría albergado muchos hielos y alguna botella de vino o de cava. Supongo que los dejaron ahí, cerca de las columnas pensando que no molestarían. Y no molestaban, pero todos sabemos que a veces la pista de baile, en lugar de parecerse a una milonga, se parece más bien a un campo de fútbol.
Aquel día, la gente bailaba relajada, pero aún así, alguno se creía en el mundial y aunque no terminó metiendo gol, si dio alguna patada que otra. Con una de ellas, una de las cubiteras de metal quedó desparramada por la pista, con sus litros de agua circulando como si de un río se tratara. A los pocos segundos aquello ya parecía más bien a un lago, ocupando un cuarto de la pista de baile.
Obviamente, yo estaba cerca de la catástrofe, como siempre. Con suerte, mi milonguero, que estaba a todas, evitó que tuviéramos que salir remando del lugar: el agua ni nos tocó. Después los organizadores delimitaron de forma rápida y efectiva el lugar inundado y en apenas unos minutos, mientras sonaba la siguiente cortina, lo limpiaron y quedó como si ahí no hubiera pasado nada. Aún así, me dio tiempo a pisar el agua, o lo que fuera aquello, y convertir las suelas de mis sandalias en pegamento, hasta que me acordé de los montones de polvos mágicos que había esparcidos cerca de las otras columnas, esos polvos talco que tanto ayudan cuando la pista no resbala.
Etiquetas:
Anécdotas,
Codigos milongueros,
entre milongas,
Humor,
milongas
domingo, 17 de agosto de 2014
Hablando de escuchar
En una milonga, puede que el ambiente no sea de tu gusto, o quizás el suelo de la pista de baile, o la luz, o cualquier otra cosa, pero creo que definitivamente tiene que estar a la altura, es la música. Si la música falla, falla todo. Por suerte para los musicalizadores, Djs, y amantes del tango atrevidos, mucha gente de la que va a las milongas no escucha la música.
Llegué a esta conclusión hace mucho tiempo tras observar la pista de baile y fijarme en cuanta gente pisaba a tiempo; tras recibir invitaciones sin ni siquiera haber empezado a sonar la música; tras ver cómo la gente bailaba un tango como milonga, una milonga como tango y un vals de cualquier manera; tras oír decir a más de uno que ellos lo bailaban todo. Quizás soy un bicho raro, pero a mí todo no me gusta bailar: hay temas que me emocionan, otros que no, y una ranchera con ritmo de tango va a ser que tampoco lo bailo porque no me nace bailarlo como tango, sin más.
De todo lo que te puede llegar a sorprender, hubo un día en el que escuché sonar dos tangos idénticos seguidos. Obviamente, al Dj le había dado algún tipo de locura temporal o quiso jugar un poco con los milongueros, pero el caso es que los sorprendidos, mirándonos entre nosotros, no éramos más de diez, y eso, en una milonga de unas cincuenta personas, es bien poco. El resto de la gente bailaba otra vez el tango, como si no se tratase de un error, sino de un nuevo tango que sonaba. Me sorprendió. En otra ocasión ocurrió lo mismo con una tanda entera. De nuevo, los que se dieron cuenta fueron una minoría.
Recuerdo otro día en el que estaba sentada, observando la pista. El primer tango terminó y el segundo no correspondía ni en época ni en orquesta ni en estilo. Tampoco se trataba de una tanda mixta en el que a veces algunos Djs componen una tanda de tangos de la misma época y que al menos son del mismo estilo aunque las orquestas no sean las mismas. Aquella vez era algo chocante, raro, pero de nuevo, solo lo fue para unos pocos. Aún así vi como dos parejas dejaban de bailar y se sentaban debido al cambio o la ruptura de la tanda, algo sorprendidos, molestos... y eso, no se porqué, me hizo sonreír.
Llegué a esta conclusión hace mucho tiempo tras observar la pista de baile y fijarme en cuanta gente pisaba a tiempo; tras recibir invitaciones sin ni siquiera haber empezado a sonar la música; tras ver cómo la gente bailaba un tango como milonga, una milonga como tango y un vals de cualquier manera; tras oír decir a más de uno que ellos lo bailaban todo. Quizás soy un bicho raro, pero a mí todo no me gusta bailar: hay temas que me emocionan, otros que no, y una ranchera con ritmo de tango va a ser que tampoco lo bailo porque no me nace bailarlo como tango, sin más.
De todo lo que te puede llegar a sorprender, hubo un día en el que escuché sonar dos tangos idénticos seguidos. Obviamente, al Dj le había dado algún tipo de locura temporal o quiso jugar un poco con los milongueros, pero el caso es que los sorprendidos, mirándonos entre nosotros, no éramos más de diez, y eso, en una milonga de unas cincuenta personas, es bien poco. El resto de la gente bailaba otra vez el tango, como si no se tratase de un error, sino de un nuevo tango que sonaba. Me sorprendió. En otra ocasión ocurrió lo mismo con una tanda entera. De nuevo, los que se dieron cuenta fueron una minoría.
Recuerdo otro día en el que estaba sentada, observando la pista. El primer tango terminó y el segundo no correspondía ni en época ni en orquesta ni en estilo. Tampoco se trataba de una tanda mixta en el que a veces algunos Djs componen una tanda de tangos de la misma época y que al menos son del mismo estilo aunque las orquestas no sean las mismas. Aquella vez era algo chocante, raro, pero de nuevo, solo lo fue para unos pocos. Aún así vi como dos parejas dejaban de bailar y se sentaban debido al cambio o la ruptura de la tanda, algo sorprendidos, molestos... y eso, no se porqué, me hizo sonreír.
martes, 12 de agosto de 2014
Mi segunda maratón
Era primavera y era la segunda vez que iba a una maratón de tango. Mi experiencia y la de mis amigas milongueras era que en este tipo de
eventos tango, si no bailas bien y no conoces gente, apenas bailas. De hecho, la primera maratón a la que había asistido unos cuantos meses antes fue un auténtico desastre. Así que cuando llegó el día de ir a esta otra, a la que me había apuntado por estar relativamente cerca de casa y porque tenía especial ilusión por juntarme con una amiga milonguera a la que hacía tiempo que no veía, no estaba muy emocionada. Pero a veces, cuando no tienes expectativas, encuentras sorpresas agradables.
Llegué de noche, sola. Nada más llegar me topé con unos amigos y tras seleccionar riquísima comida de un bufé preparado con mucho cariño en la que nos dieron hasta helado de postre, me senté con ellos a cenar. La maratón acaba de empezar hacía unas pocas horas y en esa milonga del primer día pude tantear bien el ambiente, observar, bailar un poquito con amigos y conocidos y relajarme. No bailé mucho, pero disfruté.
Al día siguiente, más descansada, la gente menos ansiosa por bailar, hizo que tuviera una tarde de milongueo en la que fueron lloviendo invitaciones poco a poco, y fui experimentando nuevos abrazos, de los cuales algunos noruegos y franceses, me volvieron loca.
La noche llegó y por fin mi amiga apareció. Con ella, un amigo con el que me encanta bailar, pero que me pone nerviosa porque es mucho más experimentado que yo y como miedo común de todo milonguer@ en una situación similar, temo no estar a la altura y hacerle disfrutar. Como siempre que nos vemos, fueron bastantes las tandas que bailé con él. Supongo que él se rige por los mismos principios que yo y baila por afinidad personal, por encima de todo lo demás. Pero me sorprendió el último día en un momento en el que descansábamos sentados en un escalón de la pista de baile y me dijo que con las dos milongueras con las que más conexión había sentido al bailar habían sido mi amiga y yo. Me sorprendió, no lo esperaba, y también me hizo mucha ilusión escucharlo. La verdad es que cuando cumplidos que no escuchas a menudo caen así, te alegran el alma.
Aquella maratón la disfruté muchísimo en cuanto al baile, conocí a mucha gente nueva y profundicé con otros milonguer@s que ya conocía, descansé, y me llené de energía positiva. Empiezo a cambiar mi idea sobre este tipo de eventos de tango que tan poco gusta a los bailarines profesionale, y comienzan a gustarme, definitivamente. Creo que la clave para disfrutarlos es ser muy sociable, conocer y que te vayan conociendo, y para ello es necesario milonguear, moverte a otros lugares a bailar fuera de tus milongas locales.
Llegué de noche, sola. Nada más llegar me topé con unos amigos y tras seleccionar riquísima comida de un bufé preparado con mucho cariño en la que nos dieron hasta helado de postre, me senté con ellos a cenar. La maratón acaba de empezar hacía unas pocas horas y en esa milonga del primer día pude tantear bien el ambiente, observar, bailar un poquito con amigos y conocidos y relajarme. No bailé mucho, pero disfruté.
Al día siguiente, más descansada, la gente menos ansiosa por bailar, hizo que tuviera una tarde de milongueo en la que fueron lloviendo invitaciones poco a poco, y fui experimentando nuevos abrazos, de los cuales algunos noruegos y franceses, me volvieron loca.
La noche llegó y por fin mi amiga apareció. Con ella, un amigo con el que me encanta bailar, pero que me pone nerviosa porque es mucho más experimentado que yo y como miedo común de todo milonguer@ en una situación similar, temo no estar a la altura y hacerle disfrutar. Como siempre que nos vemos, fueron bastantes las tandas que bailé con él. Supongo que él se rige por los mismos principios que yo y baila por afinidad personal, por encima de todo lo demás. Pero me sorprendió el último día en un momento en el que descansábamos sentados en un escalón de la pista de baile y me dijo que con las dos milongueras con las que más conexión había sentido al bailar habían sido mi amiga y yo. Me sorprendió, no lo esperaba, y también me hizo mucha ilusión escucharlo. La verdad es que cuando cumplidos que no escuchas a menudo caen así, te alegran el alma.
Aquella maratón la disfruté muchísimo en cuanto al baile, conocí a mucha gente nueva y profundicé con otros milonguer@s que ya conocía, descansé, y me llené de energía positiva. Empiezo a cambiar mi idea sobre este tipo de eventos de tango que tan poco gusta a los bailarines profesionale, y comienzan a gustarme, definitivamente. Creo que la clave para disfrutarlos es ser muy sociable, conocer y que te vayan conociendo, y para ello es necesario milonguear, moverte a otros lugares a bailar fuera de tus milongas locales.
Etiquetas:
entre milongas,
Experiencias,
maratón de tango,
milongas,
milongueros,
Sentimientos
jueves, 7 de agosto de 2014
Las dimensiones de un ego
Aquello no era la corte, pero alguno se creía el rey.
Estábamos en una comida previa a una milonga, sentados en una mesa redonda de ocho comensales, esperando la deliciosa comida con la que cargaríamos energía para bailar toda la tarde. Yo no las tenía todas conmigo porque estaba lesionada, pero aún así, la milonga prometía. La conversación de la mesa también, ya que estábamos compartiendo vino milongueros de distintas procedencias, de muy distintas madres. En el grupo estaba un chico, protagonista de varias de mis entradas al blog, por ser alguien con quien no me gusta bailar, al que he rechazado invitaciones a montones y aún así sigue insistiendo en bailar conmigo: no entiendo porqué.
Como en todas las comidas de milongueros, el tema común y fácil era el tango. Después de que alguien sacara el tema del cabeceo, al menos por trigésima novena vez, decidí que definitivamente es el tema por excelencia elegido siempre para debatir. Yo estaba famélica, así que escuchaba y comía.
En un momento dado de la conversación escuché a un chico decir: "ya, pero el cabeceo aquí no funciona porque hay chicas que nunca miran..". Levanté lo ojos y al darme cuenta de quien era el que lo había dicho, no me pude reprimir, y aunque muy educadamente, le contesté que quizás otra posibilidad podría ser que las chicas estuvieran atentas al cabeceo pero no quisieran bailar con él. Me miró sorprendido y exclamó "¡pero si yo bailo muy bien...!". Casi me atraganto. Olé su ciego ego. Lo triste es que hay más como él, para los que la humildad es una palabra que no está en su diccionario, y que además ven la realidad algo o muy distorsionada. En el caso de este chico, es más bien mucho.
Tan pronto como se me fue el susto y la sorpresa por lo que había escuchado, me enfadé. Me recordó a esos tipos que ni dentro ni fuera de milongas soportan un rechazo y se auto-convencen de que cuando una chica les dice que no, es por "hacerse la interesante". Es el único razonamiento que encuentra su retorcido ego, que es tan grande que le hace de pantalla para ver la realidad: un NO es un NO, en el idioma que sea. Y si una chica no le mira, no es porque no le ve, sino porque no quiere verle, que es muy distinto.
Estábamos en una comida previa a una milonga, sentados en una mesa redonda de ocho comensales, esperando la deliciosa comida con la que cargaríamos energía para bailar toda la tarde. Yo no las tenía todas conmigo porque estaba lesionada, pero aún así, la milonga prometía. La conversación de la mesa también, ya que estábamos compartiendo vino milongueros de distintas procedencias, de muy distintas madres. En el grupo estaba un chico, protagonista de varias de mis entradas al blog, por ser alguien con quien no me gusta bailar, al que he rechazado invitaciones a montones y aún así sigue insistiendo en bailar conmigo: no entiendo porqué.
Como en todas las comidas de milongueros, el tema común y fácil era el tango. Después de que alguien sacara el tema del cabeceo, al menos por trigésima novena vez, decidí que definitivamente es el tema por excelencia elegido siempre para debatir. Yo estaba famélica, así que escuchaba y comía.
En un momento dado de la conversación escuché a un chico decir: "ya, pero el cabeceo aquí no funciona porque hay chicas que nunca miran..". Levanté lo ojos y al darme cuenta de quien era el que lo había dicho, no me pude reprimir, y aunque muy educadamente, le contesté que quizás otra posibilidad podría ser que las chicas estuvieran atentas al cabeceo pero no quisieran bailar con él. Me miró sorprendido y exclamó "¡pero si yo bailo muy bien...!". Casi me atraganto. Olé su ciego ego. Lo triste es que hay más como él, para los que la humildad es una palabra que no está en su diccionario, y que además ven la realidad algo o muy distorsionada. En el caso de este chico, es más bien mucho.
Tan pronto como se me fue el susto y la sorpresa por lo que había escuchado, me enfadé. Me recordó a esos tipos que ni dentro ni fuera de milongas soportan un rechazo y se auto-convencen de que cuando una chica les dice que no, es por "hacerse la interesante". Es el único razonamiento que encuentra su retorcido ego, que es tan grande que le hace de pantalla para ver la realidad: un NO es un NO, en el idioma que sea. Y si una chica no le mira, no es porque no le ve, sino porque no quiere verle, que es muy distinto.
Etiquetas:
Lecciones,
milongueros,
Sentimientos
sábado, 2 de agosto de 2014
Amor a primera vista
Una tarde de primavera, preciosa, soleada, junto al mar. Una milonga local, en la calle, esperando a que el sol duerma. Gente paseando alrededor, degustando helados artesanos, contemplando abrazos y sonrisas desplazarse sobre tablones de madera. Una milonguera que intenta bailar, mientras respira a mar, mientras siente la brisa revolver su pelo. Ella esquiva como puede agujeros que hay entre los tablones y que forman la pista de baile. Es su tarde de suerte: diana total con su tacón en cinco de ellos.
Un chico que observa, se ríe. Es joven, guapo. Hace tiempo que mira a la gente bailar. Amor a primera vista, del tango, sin duda. Una milonguera de rojo le mira, él la mira. Vuelve a mirar, ella también. Él se queda allí, observando, disfrutando, aplaudiendo cuando acaba una tanda. Ella recibe una invitación y baila, y mientras baila, ella le vuelve a mirar. Él la mira también.
Él se levanta, busca a alguien a quien preguntar, aunque no por ella. Le dan información sobre clases de tango, seguro que llamará. Quizás un futuro milonguero acabe de nacer mientras otro chico observaba, este otro también joven, no tan guapo, sí muy simpático. Pregunta también por clases. Quizás el tango ha vuelto a enamorar.
Milongueras jóvenes, guapas, sonrientes, encantadas del interés que despierta el tango en chicos jóvenes. Rodean al simpático, le enseñan sus primeros pasos. Él, feliz, disfruta, ríe, queda hipnotizado por ellas, un perfecto akelarre de milongueras. El otro chico, más tímido, observa de reojo, también encandilado, deseando ser embrujado por ellas.
Un chico que observa, se ríe. Es joven, guapo. Hace tiempo que mira a la gente bailar. Amor a primera vista, del tango, sin duda. Una milonguera de rojo le mira, él la mira. Vuelve a mirar, ella también. Él se queda allí, observando, disfrutando, aplaudiendo cuando acaba una tanda. Ella recibe una invitación y baila, y mientras baila, ella le vuelve a mirar. Él la mira también.
Él se levanta, busca a alguien a quien preguntar, aunque no por ella. Le dan información sobre clases de tango, seguro que llamará. Quizás un futuro milonguero acabe de nacer mientras otro chico observaba, este otro también joven, no tan guapo, sí muy simpático. Pregunta también por clases. Quizás el tango ha vuelto a enamorar.
Milongueras jóvenes, guapas, sonrientes, encantadas del interés que despierta el tango en chicos jóvenes. Rodean al simpático, le enseñan sus primeros pasos. Él, feliz, disfruta, ríe, queda hipnotizado por ellas, un perfecto akelarre de milongueras. El otro chico, más tímido, observa de reojo, también encandilado, deseando ser embrujado por ellas.
miércoles, 30 de julio de 2014
Un canon de entrada
Fui a una milonga
especial, con exhibición, que era la guinda a un fin de semana de clases con
maestros invitados venidos de lejos. A las clases no pude apuntarme, por no
tener pareja y porque había un aforo limitado, y como de costumbre, la idea de
asistir se me ocurrió demasiado tarde. Me explicaron que no querían sobrepasar
los límites de asistentes establecidos para que los profesores pudieran dedicar
tiempo a cada pareja, exigiendo así un nivel de calidad en la atención. Me
pareció perfecto. Ojalá todas las clases se organizaran pensando en ello. Lo
que no me pareció perfecto es que debido a ello, el resto de los milongueros de
la zona tuviéramos que pagar doble la entrada a la milonga para cubrir los costes de organizar todo ese evento.
Ahora bien, pasando a otro nivel de sinceridad, quizás el motivo por el que enfadó tanto este asunto es porque como consumidora, en cualquier situación, espero una relación calidad-precio aceptable: y el problema es que esta milonga no cumplió con mis expectativas. La milonga tenía lugar en un salón de baldosa de piedra que era un terror debido al calor que hacía y bailar de forma cómoda era imposible. La razón: el suelo parecía una pileta debido a la condensación, totalmente mojado, resbaloso, y también peligroso. Obviamente, a pesar de haber organizado todo con cariño porque era su primer evento del estilo, no prestaron la misma atención a la calidad del lugar y la pista de baile como a la de las clases. Supongo que la siguiente vez lo harán mejor... eso espero, aunque quizás no me queden ganas de asistir.
Me imagino que
cuesta mucho dinero traer a maestros de tan lejos, pagarles el viaje, el alojamiento, las comidas y todo lo demás establecido, clases y
exhibición incluidos. Ahora bien, si yo no voy a las clases y tampoco a la exhibición, ¿por qué me obligan a pagar una desorbitada cantidad de dinero
en la entrada?¿y si no me interesa ver la exhibición sino solo ir a la milonga? No me parece justo. Si con las clases, en un intento de mantener
un aforo para asegurar una calidad mínima en la atención de los profesores, no
cubren el coste de los maestros, no deberían cargar el resto a la gente que
simplemente asiste a bailar a la milonga. En mi opinión deberían ofrecer la
opción de pagar la mitad, si la entrada a la milonga se da después de la
exhibición. Más justo, ¿no?
Ahora bien, pasando a otro nivel de sinceridad, quizás el motivo por el que enfadó tanto este asunto es porque como consumidora, en cualquier situación, espero una relación calidad-precio aceptable: y el problema es que esta milonga no cumplió con mis expectativas. La milonga tenía lugar en un salón de baldosa de piedra que era un terror debido al calor que hacía y bailar de forma cómoda era imposible. La razón: el suelo parecía una pileta debido a la condensación, totalmente mojado, resbaloso, y también peligroso. Obviamente, a pesar de haber organizado todo con cariño porque era su primer evento del estilo, no prestaron la misma atención a la calidad del lugar y la pista de baile como a la de las clases. Supongo que la siguiente vez lo harán mejor... eso espero, aunque quizás no me queden ganas de asistir.
domingo, 27 de julio de 2014
Esperando que unos polvos hagan milagros
Estaba pasando un fin de semana de turismo y tango con una amiga en una preciosa ciudad francesa. Era sábado y habíamos oído hablar de una milonga con mucho encanto que tenía lugar en una plaza céntrica en la que había bancos de madera para sentarse, un banco corrido de piedra, y un par de cafeterías alrededor, para reponer fuerzas a mitad de milonga.
Me sorprendió el equipo de música excepcional que tenían allí desplegado, así como la cantidad de gente que había ido a disfrutar y también la cantidad de gente que observaba la milonga con esos de sorpresa y de "yo quiero" con los que todos miramos alguna vez a las parejas cuando bailan. Era una milonga preciosa en la que la gente estaba muy mezclada, y se respiraba buena onda.
Lo único a lo que poner pegas de aquella milonga era el suelo, que al fin y al cabo no era el más ideal para bailar. Por lo visto, alguno de los organizadores o quizás alguno de los milongueros asistentes había pensado exactamente lo mismo y tuvo la brillante idea de poner polvos talco cerca de uno de los altavoces. Todo el mundo iba como loco a pisar los polvitos blancos con la absurda esperanza de deslizarse mejor por la pista, porosa, irregular y de baldosa... especialmente las elegante mujeres francesas que insistían en lucir sus bonitos zapatos en un suelo que no estaba hecho para ellos. No pude evitar una sonrisa al ver aquello. ¡Qué afán por conseguir que un suelo que era imposible que resbalara, lo hiciera!
Cuando la milonga terminó miré hacia lo que quedaba de lugar donde habíamos bailado. Aquello parecía más bien una pista de ski que el suelo donde había tenido lugar una milonga. Eso sí, obviamente no por lo que deslizaba, sino por el colorcito blanco-nieve que cubría toda la zona de baile. ¡Que pena que no llovió! ¡De haberlo hecho podríamos haber convertido la milonga en una batalla de "bolas de nive"!
Me sorprendió el equipo de música excepcional que tenían allí desplegado, así como la cantidad de gente que había ido a disfrutar y también la cantidad de gente que observaba la milonga con esos de sorpresa y de "yo quiero" con los que todos miramos alguna vez a las parejas cuando bailan. Era una milonga preciosa en la que la gente estaba muy mezclada, y se respiraba buena onda.
Lo único a lo que poner pegas de aquella milonga era el suelo, que al fin y al cabo no era el más ideal para bailar. Por lo visto, alguno de los organizadores o quizás alguno de los milongueros asistentes había pensado exactamente lo mismo y tuvo la brillante idea de poner polvos talco cerca de uno de los altavoces. Todo el mundo iba como loco a pisar los polvitos blancos con la absurda esperanza de deslizarse mejor por la pista, porosa, irregular y de baldosa... especialmente las elegante mujeres francesas que insistían en lucir sus bonitos zapatos en un suelo que no estaba hecho para ellos. No pude evitar una sonrisa al ver aquello. ¡Qué afán por conseguir que un suelo que era imposible que resbalara, lo hiciera!
Cuando la milonga terminó miré hacia lo que quedaba de lugar donde habíamos bailado. Aquello parecía más bien una pista de ski que el suelo donde había tenido lugar una milonga. Eso sí, obviamente no por lo que deslizaba, sino por el colorcito blanco-nieve que cubría toda la zona de baile. ¡Que pena que no llovió! ¡De haberlo hecho podríamos haber convertido la milonga en una batalla de "bolas de nive"!
jueves, 24 de julio de 2014
Se enfadó...
Era la primera milonga de un festival, de eso me acuerdo bien. Seguramente él me miró, yo le miré; él me cabeceó, yo acepté; y finalmente nos encontramos en la pista, donde él me ofreció su abrazo. Esa primera tanda que bailé con él era rítmica, con energía, aunque no me acuerdo de la orquesta porque hace ya tiempo que sucedió, pero si era de ritmo muy marcado.
La disfruté mucho y el hombre me pareció encantador en todos los sentidos. Su forma de bailar era técnicamente buena, su abrazo agradable y su sentido del ritmo muy acertado. Por aquel entonces nunca bailaba más de una tanda seguida con nadie y con él no fue una excepción, así que a pesar de que no me hubiera importado repetir, le di las gracias y regresé a la mesa donde tenía mi abrigo y mi botellín de agua.
Más tarde, durante la misma milonga, volvió a invitarme otra vez más y esta vez tocaba el momento romántico, las tandas melódicas, esas en las que al terminar, muchas veces dejas escapar un suspiro. Ahi es cuando fui consciente de que la primera tanda había sido casualidad, de que él yo yo realmente escuchábamos algo diferente. Su baile no se adaptó a la música, y aunque pisando a ritmo, me bailó cualquier cosa menos lo que la música pedía a gritos. Fue frustrante sentir cómo ese milonguero que me había encantado al principio de la noche, me desencantó de golpe.
Sin embargo, intente comunicarme con él para solucionarlo. Intenté frenar su energía, su correr como loco por la pista, intentando dar tiempo al tiempo, rarentizando en lo posible los movimientos, enviándole un mensaje de cómo la música pedía otra cosa, silencios, sentir. Yo también quería bailar a mi manera aunque fuera una tanda. Pero él iba a lo suyo, no me escuchaba e incluso parecía molesto de que yo intentara frenar sus movimientos. Finalmente comprendí que no iba a a ser posible y desistí. Hay chicos que escuchan a su pareja, otros que bailan para sí mismos y esperan a que ellas se adapten en todo momento a ellos y no hacen del baile algo entre dos. Este hombre era de este segundo grupo.
Después de esto, me sorprendió recibir otra invitación suya ya casi al finalizar la noche. También era una tanda melódica y esa vez rechacé su invitación. Creo que por esa noche era suficiente. Bailaría con él otro día, pero fijo que otro tipo de tanda. Durante esa misma tanda o la siguiente (no me acuerdo bien) acepté la invitación de otro chico con el que no había bailado aún y con el que tenía ganas de bailar, pero honestamente, de ninguna manera había esperado una invitación suya. Él lo vio todo y no le gustó.
Al día siguiente, en un intento de compensarle, le miré para un cabeceo, en una tanda de las que le van a él, pero desvió bruscamente la mirada: fue la confirmación que esperaba de que realmente se había enfadado. Lo curioso es que no me importó: seguramente no volvería a verlo, así que miré hacia otro lado, sonreí, y al minuto siguiente estaba disfrutando de otro abrazo.
La disfruté mucho y el hombre me pareció encantador en todos los sentidos. Su forma de bailar era técnicamente buena, su abrazo agradable y su sentido del ritmo muy acertado. Por aquel entonces nunca bailaba más de una tanda seguida con nadie y con él no fue una excepción, así que a pesar de que no me hubiera importado repetir, le di las gracias y regresé a la mesa donde tenía mi abrigo y mi botellín de agua.
Más tarde, durante la misma milonga, volvió a invitarme otra vez más y esta vez tocaba el momento romántico, las tandas melódicas, esas en las que al terminar, muchas veces dejas escapar un suspiro. Ahi es cuando fui consciente de que la primera tanda había sido casualidad, de que él yo yo realmente escuchábamos algo diferente. Su baile no se adaptó a la música, y aunque pisando a ritmo, me bailó cualquier cosa menos lo que la música pedía a gritos. Fue frustrante sentir cómo ese milonguero que me había encantado al principio de la noche, me desencantó de golpe.
Sin embargo, intente comunicarme con él para solucionarlo. Intenté frenar su energía, su correr como loco por la pista, intentando dar tiempo al tiempo, rarentizando en lo posible los movimientos, enviándole un mensaje de cómo la música pedía otra cosa, silencios, sentir. Yo también quería bailar a mi manera aunque fuera una tanda. Pero él iba a lo suyo, no me escuchaba e incluso parecía molesto de que yo intentara frenar sus movimientos. Finalmente comprendí que no iba a a ser posible y desistí. Hay chicos que escuchan a su pareja, otros que bailan para sí mismos y esperan a que ellas se adapten en todo momento a ellos y no hacen del baile algo entre dos. Este hombre era de este segundo grupo.
Después de esto, me sorprendió recibir otra invitación suya ya casi al finalizar la noche. También era una tanda melódica y esa vez rechacé su invitación. Creo que por esa noche era suficiente. Bailaría con él otro día, pero fijo que otro tipo de tanda. Durante esa misma tanda o la siguiente (no me acuerdo bien) acepté la invitación de otro chico con el que no había bailado aún y con el que tenía ganas de bailar, pero honestamente, de ninguna manera había esperado una invitación suya. Él lo vio todo y no le gustó.
Al día siguiente, en un intento de compensarle, le miré para un cabeceo, en una tanda de las que le van a él, pero desvió bruscamente la mirada: fue la confirmación que esperaba de que realmente se había enfadado. Lo curioso es que no me importó: seguramente no volvería a verlo, así que miré hacia otro lado, sonreí, y al minuto siguiente estaba disfrutando de otro abrazo.
Etiquetas:
Anécdotas,
el abrazo,
milongas,
milongueros
lunes, 21 de julio de 2014
Una acompañante especial
La milonga tenía lugar en un espacio acondicionado de unos 200 m2 de un suelo de madera ideal para bailar. Había bancos corridos de madera, unas pocas mesitas, un escenario, una barra y una habitación a parte que hacía de ropero y de mini-restaurante donde te servían ensaladas y crepes dulces y salados a un precio muy económico. El ambiente muy agradable, la gente muy mezclada, y la generación mayoritaria era de milongueros nacidos en los años de la hegemonía del peronismo. Definitivamente, uno de los mejores lugares en los que he estado milongueando.
Allí me encontré con una mujer que al principio no reconocí. Fue ella quien se acercó a saludarme, me refrescó la memoria, y finalmente cuando caí en cuanta de quien era y cómo nos habíamos conocido, desplegué mi sonrisa y me quedé con ella a charlar un buen rato. La acompañaba otra mujer de más o menos su edad, de piel negra con un vestido blanco que la hacía resaltar por encima de todas las demás. Iba muy guapa y estaba sentada, escuchando la música. En un momento dado, un hombre se acercó a ella, le hizo una invitación verbal mientras sonreía, y ella le devolvió la sonrisa mientras extendía su mano. Él la tomó y se dirigieron juntos a la pista. Aunque era una escena de lo más normal en la milonga, me quedé mirando porque me pareció una invitación especial y me gusta vivir experiencias a través de los demás.
Estaba todavía mirándoles acercarse a la pista cuando la otra mujer me dijo que ella era su acompañante, palabra que normalmente no la usas con una amiga con la que vas a la milonga. Pensé que podría estar hablando de su pareja sentimental, pero apenas se me estaba pasando por la cabeza, cuando ella me explicó que pertenecía a un grupo de voluntari@s milonguer@s que colaboraban con una asociación de invidentes y que les estaban enseñando a bailar tango. La emoción de escuchar eso me humedeció los ojos e hizo que cobrara un sentido más intenso la escena que acababa de presenciar. Vi preciosa la iniciativa de esos milonguer@s voluntari@s y desde luego, un ejemplo a seguir.
Allí me encontré con una mujer que al principio no reconocí. Fue ella quien se acercó a saludarme, me refrescó la memoria, y finalmente cuando caí en cuanta de quien era y cómo nos habíamos conocido, desplegué mi sonrisa y me quedé con ella a charlar un buen rato. La acompañaba otra mujer de más o menos su edad, de piel negra con un vestido blanco que la hacía resaltar por encima de todas las demás. Iba muy guapa y estaba sentada, escuchando la música. En un momento dado, un hombre se acercó a ella, le hizo una invitación verbal mientras sonreía, y ella le devolvió la sonrisa mientras extendía su mano. Él la tomó y se dirigieron juntos a la pista. Aunque era una escena de lo más normal en la milonga, me quedé mirando porque me pareció una invitación especial y me gusta vivir experiencias a través de los demás.
Estaba todavía mirándoles acercarse a la pista cuando la otra mujer me dijo que ella era su acompañante, palabra que normalmente no la usas con una amiga con la que vas a la milonga. Pensé que podría estar hablando de su pareja sentimental, pero apenas se me estaba pasando por la cabeza, cuando ella me explicó que pertenecía a un grupo de voluntari@s milonguer@s que colaboraban con una asociación de invidentes y que les estaban enseñando a bailar tango. La emoción de escuchar eso me humedeció los ojos e hizo que cobrara un sentido más intenso la escena que acababa de presenciar. Vi preciosa la iniciativa de esos milonguer@s voluntari@s y desde luego, un ejemplo a seguir.
Etiquetas:
entre milongas,
Lecciones,
Sentimientos
viernes, 18 de julio de 2014
Pegadita a él
Era una tarde calurosa de domingo. Estábamos cuatro amigas sentadas en la entrada de una milonga local mientras nos poníamos al día después de un tiempo sin vernos. Una de mis amigas recibió una invitación a bailar. Aquel hombre era uno de "los de casa", muy
querido por ella, pero con el que creo que nunca había bailado antes. Aceptó encantada mientras el resto nos quedamos charlando hasta finalizar la tanda. Ya sonaba la cortina cuando ella apareció de nuevo, exaltada, riendo, algo indignada. Se acercó y me dijo: "¡no sabes lo que me ha pasado!¡te lo cuento para tu blog!" Me hizo gracia su arrebato y también me hizo ilusión por su gesto al acordarse de Entre Milongas. Así que aquí va la anécdota que, tras serenarse un poco, nos relató.
Todas solemos esperar esa sensación que produce una tanda bien bailada, y también ese tipo de finales que le siguen, en los que te quedas pegadita a tu pareja, casi sin respirar, disfrutando de esos segundos tan especiales en los que os miráis a los ojos, sonreís, y parece que el tiempo se para. Me imagino que ella también esperaba todo esto, y aunque no se si lo consiguió, de lo que estoy segura es de al menos, sí terminó pegadita a él. El nexo de unión: ¡un chicle!
Muchos milongueros y milongueras comen caramelos o mastican chicle para camuflar el aliento, sobre todo si es una milonga tras una comida en la que se te ha olvidado el cepillo de dientes en casa. Nuestro protagonista bailaba con uno en la boca. No sabemos si es que el chicle tenía calor y decidió airearse, obligando al pobre milonguero a masticar con la boca abierta (ajjj); o puede que al milonguero en cuestión le diera por recordar sus tiempos tiernos en los que jugaba con otros niños a ver quien hacía el globo más grande; o incluso pudo ser el arrebato musical del momento; o a lo mejor se tropezó o alguien le puso la zancadilla y el chicle salió disparado como un misil; o también pudo ser que se le escapara el chicle del susto al darse cuenta de que a su pareja de baile se le veía el ombligo, pero el caso es que por curiosos misterios de la milonga el dichoso chile terminó pegado al pelo de mi amiga.
Después de reírnos hasta casi llorar, nos entró la curiosidad y le preguntamos qué había pasado después, cómo había reaccionado él, qué habían hecho. Fue entonces cuando descubrimos porqué al finalizar la tanda ella había venido en un estado tan alterado: no fue porque el chile se le pegara al pelo, sino que él lo recuperó y ¡se lo volvió a meter en la boca como si nada!
Todas solemos esperar esa sensación que produce una tanda bien bailada, y también ese tipo de finales que le siguen, en los que te quedas pegadita a tu pareja, casi sin respirar, disfrutando de esos segundos tan especiales en los que os miráis a los ojos, sonreís, y parece que el tiempo se para. Me imagino que ella también esperaba todo esto, y aunque no se si lo consiguió, de lo que estoy segura es de al menos, sí terminó pegadita a él. El nexo de unión: ¡un chicle!
Muchos milongueros y milongueras comen caramelos o mastican chicle para camuflar el aliento, sobre todo si es una milonga tras una comida en la que se te ha olvidado el cepillo de dientes en casa. Nuestro protagonista bailaba con uno en la boca. No sabemos si es que el chicle tenía calor y decidió airearse, obligando al pobre milonguero a masticar con la boca abierta (ajjj); o puede que al milonguero en cuestión le diera por recordar sus tiempos tiernos en los que jugaba con otros niños a ver quien hacía el globo más grande; o incluso pudo ser el arrebato musical del momento; o a lo mejor se tropezó o alguien le puso la zancadilla y el chicle salió disparado como un misil; o también pudo ser que se le escapara el chicle del susto al darse cuenta de que a su pareja de baile se le veía el ombligo, pero el caso es que por curiosos misterios de la milonga el dichoso chile terminó pegado al pelo de mi amiga.
Después de reírnos hasta casi llorar, nos entró la curiosidad y le preguntamos qué había pasado después, cómo había reaccionado él, qué habían hecho. Fue entonces cuando descubrimos porqué al finalizar la tanda ella había venido en un estado tan alterado: no fue porque el chile se le pegara al pelo, sino que él lo recuperó y ¡se lo volvió a meter en la boca como si nada!
martes, 15 de julio de 2014
Cuando el remedio es peor que la enfermedad
Ya había bailado con él antes, aunque no me acuerdo bien en dónde fue. Él, muy simpático, me invitó a bailar de nuevo. Aunque por lo general no me gusta aceptar una invitación de alguien con quien no me gusta bailar, a veces me resulta difícil resistirme a una sonrisa, así que acepté su invitación. La mayoría de la gente tropieza dos veces en la misma piedra: esta milonguera que escribe, no dos, sino tres.
A pesar de que era algo rígido en el abrazo y de que su musicalidad brillaba por su ausencia, él sonreía y se lo pasaba de maravilla, así que al final me contagió y con eso de "be water, my friend", puse mis cinco sentidos en intentar adaptarme a su baile. Todo fue bien, hasta casi el final del segundo tango. Bien porque él me había arrastrado a la tragedia o porque otro la había provocado, recibí una patada de hombre en el tobillo. No grité de milagro porque la verdad es que el dolor me subió por la pierna, quizás porque tocó un nervio o me dio en un punto muy sensible. Conseguí terminar la tanda a pesar de la incomodidad y después fui a la barra a pedir hielo: aquello empezaba a parecerse a un zeppelin y tenía que bajar la inflamación como fuera. El frío me ayudó bastante, pero también una cremita milagrosa que me ofreció una simpática milonguera francesa con la que suelo coincidir a veces en algún encuentro de tango.
Mientras estaba sentada, recuperándome del golpe, apareció a mi lado el hombre que me había dado la patada. Me imagino que se sentía culpable y quiso "compensarme" invitándome a bailar. Y no tuve el valor de decirle que no. De nuevo, error, y de los grandes: no aprendo.
Lo bueno de la tanda que bailé con él es que ni me acordé del tobillo. Él hacía tanta fuerza en apretarme contra él, que con la sensación de que en algún momento me iba a partir en dos y para evitarlo, yo tenía que hacer la misma fuerza para separarme. Aquello era un auténtico pulso y me tenía tan concentrada que ni escuché la tanda.
Al acabar la tanda, tenía los músculos de los brazos doloridos y me dolía la espalda, bastante más que el tobillo, por cierto. Os preguntareis porqué no le di las gracias y me senté. Buena pregunta... ¡si alguien la sabe, que me lo explique!. Pero que conste que algo sí aprendí: me quedé con su cara para no volver a bailar nunca más con él.Y además, a partir de esa tanda y ese momento decidí que mis tandas ONGs habían finalizado. Después y a lo largo de la velada rechacé al menos seis invitaciones, y todas las tandas que bailé fueron increíbles.
A pesar de que era algo rígido en el abrazo y de que su musicalidad brillaba por su ausencia, él sonreía y se lo pasaba de maravilla, así que al final me contagió y con eso de "be water, my friend", puse mis cinco sentidos en intentar adaptarme a su baile. Todo fue bien, hasta casi el final del segundo tango. Bien porque él me había arrastrado a la tragedia o porque otro la había provocado, recibí una patada de hombre en el tobillo. No grité de milagro porque la verdad es que el dolor me subió por la pierna, quizás porque tocó un nervio o me dio en un punto muy sensible. Conseguí terminar la tanda a pesar de la incomodidad y después fui a la barra a pedir hielo: aquello empezaba a parecerse a un zeppelin y tenía que bajar la inflamación como fuera. El frío me ayudó bastante, pero también una cremita milagrosa que me ofreció una simpática milonguera francesa con la que suelo coincidir a veces en algún encuentro de tango.
Mientras estaba sentada, recuperándome del golpe, apareció a mi lado el hombre que me había dado la patada. Me imagino que se sentía culpable y quiso "compensarme" invitándome a bailar. Y no tuve el valor de decirle que no. De nuevo, error, y de los grandes: no aprendo.
Lo bueno de la tanda que bailé con él es que ni me acordé del tobillo. Él hacía tanta fuerza en apretarme contra él, que con la sensación de que en algún momento me iba a partir en dos y para evitarlo, yo tenía que hacer la misma fuerza para separarme. Aquello era un auténtico pulso y me tenía tan concentrada que ni escuché la tanda.
Al acabar la tanda, tenía los músculos de los brazos doloridos y me dolía la espalda, bastante más que el tobillo, por cierto. Os preguntareis porqué no le di las gracias y me senté. Buena pregunta... ¡si alguien la sabe, que me lo explique!. Pero que conste que algo sí aprendí: me quedé con su cara para no volver a bailar nunca más con él.Y además, a partir de esa tanda y ese momento decidí que mis tandas ONGs habían finalizado. Después y a lo largo de la velada rechacé al menos seis invitaciones, y todas las tandas que bailé fueron increíbles.
Etiquetas:
Anécdotas,
Codigos milongueros,
milongas,
milongueros
sábado, 12 de julio de 2014
Buscando una sensación
La gente va a la milonga por muchas razones. Según lo que yo he observado, principalmente hay dos: divertirse y socializar, o buscar una sensación muy especial y definida, aunque a veces es más bien una mezcla de ambas. Pero son etapas. Creo que al principio la gente va para divertirse y socializar, y una vez que descubre la sensación que deja tu alma y tu cuerpo temblando, la sigue buscando como una droga, y ya no se conforma con menos. El ser humano es así.
Los que van solo a divertirse y socializar, suelen ser gente relativamente nueva en el tango, aunque siempre hay excepciones para todo, y no buscan una afinidad concreta en el baile, sino que aprenden a sacar lo mejor de cada persona con la que bailan, disfrutan con todo el mundo. Esta es la etapa más feliz de cualquier milonguer@. Para este grupo, la parte más importante de la la milonga es la parte social y no buscan una sensación que el cuerpo les pide porque no la conocen, o porque la conocen y saben que es muy difícil conseguirla, y cuando lo hacen, lo reciben como un regalo. El punto de inflexión llega cuando empiezan a obtener esa sensación más a menudo, analizan la situación, y se dan cuenta de que la consiguen casi todo el tiempo con gente que baila como ellos o que es más experimentada. Y la clave de todo este asunto es que cuando empiezas, casi todos bailan como tú o mejor, pero a medida que vas siendo más experimentado (siempre y cuando sigas evolucionando en tu baile), hay menos que bailan como tú o mejor. Es lógico, es normal. De esta forma, poco a poco dejan disfrutar de cualquier manera y con cualquiera, y empiezan a anhelar bailar con gente afín a ellos a nivel personal o en cuanto a nivel de baile, gente que les de esa sensación que han conocido y que es la que realmente te engancha como una droga al tango.
Los que van a lo segundo son gente que por lo general ya ha pasado por la primera etapa hace ya tiempo y se han vuelto algo exigentes e inconformistas. Más intensos, bailan con otros que conocen y con los que saben que van a obtener esa sensación que anhelan, pero también buscan nuevos abrazos que puedan provocársela. Se sienten completos con su vida social y de pareja y seleccionan mucho la gente nueva que incorporan a su circulo social, aunque se relacionen con todos. Rara vez bailan por compromiso. Cuando bailan, lo hacen motivados por un lazo de algún tipo, como es la afinidad o la amistad. No buscan mezclarse con cualquiera porque sí, simplemente por conocer gente y experimentar, sino más bien bailan poco pero seleccionan lo que bailan y con quien: priman la calidad antes que la cantidad. Buscan la compenetración total con la pareja de baile, que es lo que les produce la sensación que tanto persiguen, y aunque no siempre, el nivel de baile de las personas con las que bailan suele ser importante para conseguirlo.
Pero cada milonguer@ es un mundo y cada cual tenemos diferentes motivaciones según nuestra edad, nuestro estado emocional, y nuestra experiencia.
Los que van solo a divertirse y socializar, suelen ser gente relativamente nueva en el tango, aunque siempre hay excepciones para todo, y no buscan una afinidad concreta en el baile, sino que aprenden a sacar lo mejor de cada persona con la que bailan, disfrutan con todo el mundo. Esta es la etapa más feliz de cualquier milonguer@. Para este grupo, la parte más importante de la la milonga es la parte social y no buscan una sensación que el cuerpo les pide porque no la conocen, o porque la conocen y saben que es muy difícil conseguirla, y cuando lo hacen, lo reciben como un regalo. El punto de inflexión llega cuando empiezan a obtener esa sensación más a menudo, analizan la situación, y se dan cuenta de que la consiguen casi todo el tiempo con gente que baila como ellos o que es más experimentada. Y la clave de todo este asunto es que cuando empiezas, casi todos bailan como tú o mejor, pero a medida que vas siendo más experimentado (siempre y cuando sigas evolucionando en tu baile), hay menos que bailan como tú o mejor. Es lógico, es normal. De esta forma, poco a poco dejan disfrutar de cualquier manera y con cualquiera, y empiezan a anhelar bailar con gente afín a ellos a nivel personal o en cuanto a nivel de baile, gente que les de esa sensación que han conocido y que es la que realmente te engancha como una droga al tango.
Los que van a lo segundo son gente que por lo general ya ha pasado por la primera etapa hace ya tiempo y se han vuelto algo exigentes e inconformistas. Más intensos, bailan con otros que conocen y con los que saben que van a obtener esa sensación que anhelan, pero también buscan nuevos abrazos que puedan provocársela. Se sienten completos con su vida social y de pareja y seleccionan mucho la gente nueva que incorporan a su circulo social, aunque se relacionen con todos. Rara vez bailan por compromiso. Cuando bailan, lo hacen motivados por un lazo de algún tipo, como es la afinidad o la amistad. No buscan mezclarse con cualquiera porque sí, simplemente por conocer gente y experimentar, sino más bien bailan poco pero seleccionan lo que bailan y con quien: priman la calidad antes que la cantidad. Buscan la compenetración total con la pareja de baile, que es lo que les produce la sensación que tanto persiguen, y aunque no siempre, el nivel de baile de las personas con las que bailan suele ser importante para conseguirlo.
Pero cada milonguer@ es un mundo y cada cual tenemos diferentes motivaciones según nuestra edad, nuestro estado emocional, y nuestra experiencia.
Etiquetas:
entre milongas,
evolución,
milongueros,
Sentimientos
miércoles, 9 de julio de 2014
Tierra trágame
Me acuerdo que hace tiempo estaba en una milonga, sentada junto a una columna, en primera línea de pista, junto a otras tres milongueras. Todas mirábamos hacia una esquina en particular, cerca de la entrada, donde había un grupo de milongueros listos para bailar. Cada una buscaba su cabeceo.
Hubo un hombre que cabeceó a alguna, aunque ninguna de nosotras sabíamos fijo a quien. Aún así una de las milongueras junto a mi, que vestía una falda verde, se levantó y se dirigió a la pista. Al yo no tener claro a quien iba dirigido el cabeceo, no me levanté. Me habían enseñado que cuando un hombre te cabecea y siempre y cuando haya más milongueras a tu lado, no es buena idea dirigirte a la pista para esperarle, sino seguirle con los ojos, y cuando él se acerca, si es a ti a quien ha cabeceado, lo hará de nuevo cuando esté a un metro o dos de ti, para que no haya duda alguna.
Yo estaba convencida de que me había cabeceado a mí, pero frené mis impulsos de levantarme. Y menos mal. Lo primero, porque él pasó de largo junto a la milonguera de la falda verde, que ya lo esperaba en la pista, creyendo que era a ella a quien había invitado, y se acercó a nosotras. La mujer de verde se quedó sorprendida, molesta y algo avergonzada por la metedura de pata, pero aun con ese gesto de "tierra, trágame", disimuló como pudo y se fue al baño. Y lo segundo, porque para mi asombro, al acercarse a nosotras, se dirigió hacia la milonguera del vestido gris que estaba a mi derecha para saludarla, gesto que hizo que ella se levantara pensando que la invitación era también para ella, y se tuviera que sentar de nuevo al darse cuenta de que el extendía su mano hacia la siguiente chica a su lado, que iba vestida con una falda negra y un top rojo, que lo miraba sorprendida.
A ver, malentendidos suceden, pero que sean cuatro chicas las que te interpretan mal la invitación de un milonguero.. ¿no es un poco extraño? Quizás deberían enseñar a los milongueros, así como a milongueras como yo nos enseñaron a no movernos de la silla hasta estar al 100% seguras, a no ser tan dispersos en sus invitaciones.
Hubo un hombre que cabeceó a alguna, aunque ninguna de nosotras sabíamos fijo a quien. Aún así una de las milongueras junto a mi, que vestía una falda verde, se levantó y se dirigió a la pista. Al yo no tener claro a quien iba dirigido el cabeceo, no me levanté. Me habían enseñado que cuando un hombre te cabecea y siempre y cuando haya más milongueras a tu lado, no es buena idea dirigirte a la pista para esperarle, sino seguirle con los ojos, y cuando él se acerca, si es a ti a quien ha cabeceado, lo hará de nuevo cuando esté a un metro o dos de ti, para que no haya duda alguna.
Yo estaba convencida de que me había cabeceado a mí, pero frené mis impulsos de levantarme. Y menos mal. Lo primero, porque él pasó de largo junto a la milonguera de la falda verde, que ya lo esperaba en la pista, creyendo que era a ella a quien había invitado, y se acercó a nosotras. La mujer de verde se quedó sorprendida, molesta y algo avergonzada por la metedura de pata, pero aun con ese gesto de "tierra, trágame", disimuló como pudo y se fue al baño. Y lo segundo, porque para mi asombro, al acercarse a nosotras, se dirigió hacia la milonguera del vestido gris que estaba a mi derecha para saludarla, gesto que hizo que ella se levantara pensando que la invitación era también para ella, y se tuviera que sentar de nuevo al darse cuenta de que el extendía su mano hacia la siguiente chica a su lado, que iba vestida con una falda negra y un top rojo, que lo miraba sorprendida.
A ver, malentendidos suceden, pero que sean cuatro chicas las que te interpretan mal la invitación de un milonguero.. ¿no es un poco extraño? Quizás deberían enseñar a los milongueros, así como a milongueras como yo nos enseñaron a no movernos de la silla hasta estar al 100% seguras, a no ser tan dispersos en sus invitaciones.
Etiquetas:
cabeceo,
Codigos milongueros,
entre milongas,
malentendidos
domingo, 6 de julio de 2014
Abriendo puertas
Entre milongas es normal observar a milongueras que no suelen
bailar mucho, bien porque no conocen a la gente en la milongas, son
novatas, no han sabido elegir un buen sitio para sentarse, no son muy jóvenes (las jóvenes por lo general bailan
más aunque no sepan bailar), o muchas otras razones, aunque a veces no hay ninguna en particular.
Algunas veces, sin embargo, he observado que hay milongueras sentadas, esperando, observando, apenas sonríen, están como abstraídas del mundo, supongo que aburridas porque no bailan. Cuando estás aburrida es difícil sonreír porque no es lo natural, y si lo haces, se suele ver forzado, falso. Por eso es importante aprender a buscar razones verdaderas para sonreír, tanto en la vida como en la milonga, y ponerlas en práctica, aunque esto no se fácil a veces. La razón: quien sonríe, baila más. La gente va a disfrutar y a divertirse a la milonga y por lo general busca gente que esté en la misma onda. En este caso, no son los polos opuestos los que se atraen.
Yo me acuerdo un día en el que fui a relajarme a la milonga. Estaba triste, decaída y aunque fui allí porque quería cambiar mi estado de ánimo, durante la primera hora de la milonga mi negra energía me hizo invisible al resto de los milongueros. Decidí acercarme a la barra y pedir un vino que me templara un poco y regresé a mi silla con copa en mano, algo más relajada, descontracturados ya los músculos de la sonrisa. Entonces observé la pista y de repente vi un pequeño altercado de una pareja: uno de esos en los que ves un malentendido tomado con humor.
Esa pareja me contagió y con una sonrisa todavía en la boca, pasé la vista por la barra. Fue entonces cuando crucé mirada con dos milongueros y ambos me cabecearon. Se creó una pequeña confusión entre ellos, pero finalmente, tras intercambiar unas palabras y disculpas, se acercó uno de ellos. Me brindó una tanda maravillosa. Pero lo mejor fue que mi pareja de baile hizo que tanda acabara justo al lado de la barra, donde el otro milonguero me esperaba para tomar el relevo. Fue divertido ver cómo uno me cedía al otro y obviamente, la situación provocó risas. A partir de entonces no paré de bailar, de reírme, de pasarlo bien. Objetivo cumplido. Esta milonguero antes tristona, volvió feliz a su casa. Definitivamente sonreír abre puertas... ¿quién se resiste a una sonrisa?
Algunas veces, sin embargo, he observado que hay milongueras sentadas, esperando, observando, apenas sonríen, están como abstraídas del mundo, supongo que aburridas porque no bailan. Cuando estás aburrida es difícil sonreír porque no es lo natural, y si lo haces, se suele ver forzado, falso. Por eso es importante aprender a buscar razones verdaderas para sonreír, tanto en la vida como en la milonga, y ponerlas en práctica, aunque esto no se fácil a veces. La razón: quien sonríe, baila más. La gente va a disfrutar y a divertirse a la milonga y por lo general busca gente que esté en la misma onda. En este caso, no son los polos opuestos los que se atraen.
Yo me acuerdo un día en el que fui a relajarme a la milonga. Estaba triste, decaída y aunque fui allí porque quería cambiar mi estado de ánimo, durante la primera hora de la milonga mi negra energía me hizo invisible al resto de los milongueros. Decidí acercarme a la barra y pedir un vino que me templara un poco y regresé a mi silla con copa en mano, algo más relajada, descontracturados ya los músculos de la sonrisa. Entonces observé la pista y de repente vi un pequeño altercado de una pareja: uno de esos en los que ves un malentendido tomado con humor.
Esa pareja me contagió y con una sonrisa todavía en la boca, pasé la vista por la barra. Fue entonces cuando crucé mirada con dos milongueros y ambos me cabecearon. Se creó una pequeña confusión entre ellos, pero finalmente, tras intercambiar unas palabras y disculpas, se acercó uno de ellos. Me brindó una tanda maravillosa. Pero lo mejor fue que mi pareja de baile hizo que tanda acabara justo al lado de la barra, donde el otro milonguero me esperaba para tomar el relevo. Fue divertido ver cómo uno me cedía al otro y obviamente, la situación provocó risas. A partir de entonces no paré de bailar, de reírme, de pasarlo bien. Objetivo cumplido. Esta milonguero antes tristona, volvió feliz a su casa. Definitivamente sonreír abre puertas... ¿quién se resiste a una sonrisa?
jueves, 3 de julio de 2014
Des-sincronización total
Supongo que esa fue la tercera o cuarta vez que tropezaba con la misma piedra. Acepté una invitación sabiendo que la palabra "tragedia" estaba escrita en nuestro destino, pero como era el novio de una amiga, me sentía mal por rechazar su invitación y acepté por compromiso: tocaba momento ONG o de suicidio milonguero, o como queramos llamarlo.
Sonaba una de milongas...¡milongas! Él sonrió. Yo sonreí y respiré profundo intentando armarme de valor. Me concentré, sabía que iba a necesitarlo. Sonó el primer compás, el segundo, el tercero, los treinta primeros. No nos movíamos. Al final se dio el milagro, pero era algo así como un coche sin batería: un intento, una calada. ¡Ayyyy! En el segundo intento conseguimos hacer un movimiento, todavía en la misma baldosa, pero aquello era más bien a un balanceo poco sincronizado. Yo me sentía como una barca de remos en medio de una tormenta, me parecía extrañísima su forma de moverse. Los intentos se repitieron, pero el resultado el mismo. En mi vida me había pasado algo igual, de no se capaz de coordinar con mi pareja ni dos segundos y dar un paso.
La primera milonga terminó, comenzó la segunda, nosotros permanecíamos en el mismo lugar. La historia se repitió. La frustración era patente, había miradas de incomprensión: él, como diciendo "¿porqué no me entiendes?"; yo, "¿me estás hablando en chino?". Yo no hacía nada, no sabía qué hacer, no entendía sus marcas. Definitivamente, el tango es cosa de dos.bLo que está claro es que no deberíamos haber bailado: ni yo debería haber aceptado su invitación, ni él debería haberme invitadosospechando que no me gusta bailar con él, no después de haber rechazado sus invitaciones en numerosas ocasiones.Al final, pasó lo que tenía que pasar: hablamos de lo que sucedía, dejamos de "bailar", dejamos la tanda sin terminar.
Pasó muchísimo tiempo más, meses, hasta que volvió a invitarme. ¿Y sabeis qué? ¡Que no aprendo! Quinto error: seguía siendo el novio de mi amiga y volví a decirle que si por compromiso. Lo hizo con una tanda de tangos, no milongas, y aunque el resultado fue mejor, definitivamente ese chico y yo no somos compatibles. Yo ya me di cuenta hace tiempo, ¿porqué él sigue insistiendo?
Sonaba una de milongas...¡milongas! Él sonrió. Yo sonreí y respiré profundo intentando armarme de valor. Me concentré, sabía que iba a necesitarlo. Sonó el primer compás, el segundo, el tercero, los treinta primeros. No nos movíamos. Al final se dio el milagro, pero era algo así como un coche sin batería: un intento, una calada. ¡Ayyyy! En el segundo intento conseguimos hacer un movimiento, todavía en la misma baldosa, pero aquello era más bien a un balanceo poco sincronizado. Yo me sentía como una barca de remos en medio de una tormenta, me parecía extrañísima su forma de moverse. Los intentos se repitieron, pero el resultado el mismo. En mi vida me había pasado algo igual, de no se capaz de coordinar con mi pareja ni dos segundos y dar un paso.
La primera milonga terminó, comenzó la segunda, nosotros permanecíamos en el mismo lugar. La historia se repitió. La frustración era patente, había miradas de incomprensión: él, como diciendo "¿porqué no me entiendes?"; yo, "¿me estás hablando en chino?". Yo no hacía nada, no sabía qué hacer, no entendía sus marcas. Definitivamente, el tango es cosa de dos.bLo que está claro es que no deberíamos haber bailado: ni yo debería haber aceptado su invitación, ni él debería haberme invitadosospechando que no me gusta bailar con él, no después de haber rechazado sus invitaciones en numerosas ocasiones.Al final, pasó lo que tenía que pasar: hablamos de lo que sucedía, dejamos de "bailar", dejamos la tanda sin terminar.
Pasó muchísimo tiempo más, meses, hasta que volvió a invitarme. ¿Y sabeis qué? ¡Que no aprendo! Quinto error: seguía siendo el novio de mi amiga y volví a decirle que si por compromiso. Lo hizo con una tanda de tangos, no milongas, y aunque el resultado fue mejor, definitivamente ese chico y yo no somos compatibles. Yo ya me di cuenta hace tiempo, ¿porqué él sigue insistiendo?
Etiquetas:
Anécdotas,
Codigos milongueros,
Lecciones,
milongas,
milongueros,
Sentimientos
lunes, 30 de junio de 2014
Un par de tortolitos
Entre milongas a menudo se ven parejas bailando tango y mostrándose afecto mientras lo hacen. Hay una pareja que me llamaba siempre la atención porque parecía que cada día se les veía más cariñosos, más enamorados. Me quedé sorprendida cuando supe que eran un matrimonio consolidado, con muchos años de casados. Costaba creérselo viéndoles.
El tiempo pasó y seguían compartiendo carantoñas, sonrisas, besos, y también muchos abrazos. Obviamente nadie finge tan bien ni tanto tiempo. Luego empecé a conocerles mejor y en lugar de descubrir que eran dignos de un Oscar, me sorprendí encontrándome con una mujer que hablaba de lo afortunada que era por tener un marido como él, mientras esa sonrisa suya salía por los ojos; con un hombre que que le oía decir que nadie le bailaba tan bien como su mujer, describiendo en que momentos, mientras bailaban, él se derretía totalmente por ella.
Me sorprendí más aún, cuando una noche, mientras esperaban a un ascensor y creyéndose a solas, parecían unos tortolitos, una pareja enamorada a punto de pasar su noche de bodas. En fin, que si, que era verdad. El amor así existe, y supongo que con mucho trabajo (comunicación, respeto, apoyo...) se consolida, crece con el tiempo y se hace más fuerte. También he llegado a la conclusión de que así como dicen que quien vive con amimales es más feliz, quien tiene una pasión y encima la comparte con su amor, no puede ser más feliz. También creo que hay pasiones que tienen un algo especial, que funcionan como un catalizador para estos sentimientos, como en su caso es el caso del tango...
El tiempo pasó y seguían compartiendo carantoñas, sonrisas, besos, y también muchos abrazos. Obviamente nadie finge tan bien ni tanto tiempo. Luego empecé a conocerles mejor y en lugar de descubrir que eran dignos de un Oscar, me sorprendí encontrándome con una mujer que hablaba de lo afortunada que era por tener un marido como él, mientras esa sonrisa suya salía por los ojos; con un hombre que que le oía decir que nadie le bailaba tan bien como su mujer, describiendo en que momentos, mientras bailaban, él se derretía totalmente por ella.
Me sorprendí más aún, cuando una noche, mientras esperaban a un ascensor y creyéndose a solas, parecían unos tortolitos, una pareja enamorada a punto de pasar su noche de bodas. En fin, que si, que era verdad. El amor así existe, y supongo que con mucho trabajo (comunicación, respeto, apoyo...) se consolida, crece con el tiempo y se hace más fuerte. También he llegado a la conclusión de que así como dicen que quien vive con amimales es más feliz, quien tiene una pasión y encima la comparte con su amor, no puede ser más feliz. También creo que hay pasiones que tienen un algo especial, que funcionan como un catalizador para estos sentimientos, como en su caso es el caso del tango...
Etiquetas:
amor,
milongueros,
Sentimientos,
tortolitos
viernes, 27 de junio de 2014
Una vez más, hablamos del cabeceo
En
la milonga, esconderse sirve de poco. Fingir que no ves a alguien, sirve de lo mismo. Lo curioso es que algunos no captan
el mensaje, o mejor dicho, no quieren captarlo. Hay hombres que se
empeñan en conseguir su objetivo a cualquier precio, es decir, una milonguera con la que ellos quieren bailar, ignorando los códigos, y forzando situaciones. La excusa
es que el cabeceo no se estila en Europa. La verdad es que a algunos no
les conviene que se estile porque así tienen la opción de poner en
compromiso a más mujeres, que educadas para complacer, la mayoría no
sabe declinar una invitación o se siente mal al hacerlo, y finalmente aceptan por
evitar una situación incómoda.
Ahora bien, también hay mujeres que hacen exactamente lo mismo. Se amparan en esa afirmación de que el código de la milonga es machista y lo que hacen es imponer ellas de igual manera su "invitación", ya que de no hacerlo, sus posibilidades de bailar, y más aún de hacerlo con aquellos bailarines con quienes ellas quieren, decrecen considerablemente.
Creo que esta es una razón de peso por la que a mucha gente no le gusta el cabeceo. A mi, sin embargo, me parece una buena solución ya que con este método de invitación ambos eligen por igual. Yo como mujer, si no quiero bailar con un hombre, no le miro y punto; si quiero bailar con un hombre, le miro y con suerte me mirará y me cabeazará. Él hará exactamente lo mismo con las mujeres con las que quiere bailar. Si no lo hace, significa que prefiere bailar otro tipo de música conmigo, o que prefiere bailar con otra, o que no quiere bailar conmigo. Todo bien, sea la razón que sea. ¿Es tan difícil seguir un código que evita situaciones incómodas y pone en compromiso a otras personas?
Afortunadamente para el tango, cada vez hay más mujeres y hombres que declinan invitaciones con naturalidad. Ahora lo que falta es que nadie se ofenda ni se enfade. Quien invita, arriesga, aunque también es sabido que quien no arriesga, nada consigue. Es elección de cada persona de forma individual el invitar o no hacerlo, pero sería interesante ser consecuente con ello: si eres hombre y te gusta que te inviten también, tendrás que aprender a decir "no" de vez en cuando; si eres hombre y no te gusta que te inviten, acepta que tú invitarás pero ella, con el mismo derecho de elegir que tú te otorgas, elegirá y aceptará o no tu invitación; si eres mujer y no invitas porque les cedes a ellos ese privilegio, tendrás que esperar a recibir invitaciones que puede que no lleguen pero como premio, tendrás todo privilegio y derecho de rechazar invitaciones si así lo deseas; si eres mujer e invitas, al igual que ellos, acepta que tú invitarás pero él, con el mismo derecho de elegir que tú te otorgas, elegirá y aceptará o no tu invitación.
Ahora bien, también hay mujeres que hacen exactamente lo mismo. Se amparan en esa afirmación de que el código de la milonga es machista y lo que hacen es imponer ellas de igual manera su "invitación", ya que de no hacerlo, sus posibilidades de bailar, y más aún de hacerlo con aquellos bailarines con quienes ellas quieren, decrecen considerablemente.
Creo que esta es una razón de peso por la que a mucha gente no le gusta el cabeceo. A mi, sin embargo, me parece una buena solución ya que con este método de invitación ambos eligen por igual. Yo como mujer, si no quiero bailar con un hombre, no le miro y punto; si quiero bailar con un hombre, le miro y con suerte me mirará y me cabeazará. Él hará exactamente lo mismo con las mujeres con las que quiere bailar. Si no lo hace, significa que prefiere bailar otro tipo de música conmigo, o que prefiere bailar con otra, o que no quiere bailar conmigo. Todo bien, sea la razón que sea. ¿Es tan difícil seguir un código que evita situaciones incómodas y pone en compromiso a otras personas?
Afortunadamente para el tango, cada vez hay más mujeres y hombres que declinan invitaciones con naturalidad. Ahora lo que falta es que nadie se ofenda ni se enfade. Quien invita, arriesga, aunque también es sabido que quien no arriesga, nada consigue. Es elección de cada persona de forma individual el invitar o no hacerlo, pero sería interesante ser consecuente con ello: si eres hombre y te gusta que te inviten también, tendrás que aprender a decir "no" de vez en cuando; si eres hombre y no te gusta que te inviten, acepta que tú invitarás pero ella, con el mismo derecho de elegir que tú te otorgas, elegirá y aceptará o no tu invitación; si eres mujer y no invitas porque les cedes a ellos ese privilegio, tendrás que esperar a recibir invitaciones que puede que no lleguen pero como premio, tendrás todo privilegio y derecho de rechazar invitaciones si así lo deseas; si eres mujer e invitas, al igual que ellos, acepta que tú invitarás pero él, con el mismo derecho de elegir que tú te otorgas, elegirá y aceptará o no tu invitación.
Etiquetas:
cabeceo,
Codigos milongueros,
milongas
martes, 24 de junio de 2014
El primer desplante
Yo lo había conocido unas semanas antes, cuando lo vi hablando con un amigo, del cual él es alumno. Él miraba la pista, de vez en cuando se animaba a invitar a alguna chica. Le invité a bailar porque pensé que quizás él no lo hacía por timidez, por su inexperiencia. Disfruté mucho de la tanda: de su musicalidad, de su atrevimiento al intentar experimentar con sus pocos recursos, de su abrazo suave, y de su simpatía, siempre con una sonrisa. A partir de entonces, tras hablar y conocernos un poco fuera de la pista de baile, la afinidad fue palpable. Parecía que nacía una amistad.
Apenas dos semanas más tarde, él vino a aquella milonga en la que ardió Troya. Formaba parte de mi grupo de amigos, que ocupábamos una mesa en primera fila, justo al lado de la pista. Él bailó menos esa vez, quizás algo intimidado por sentirse en un lugar nuevo o quizás por el peso de sus tres o cuatro meses de clases y poco más de media docena de milongas en su haber. A pesar de eso se le veía a gusto, emocionado, esperando poder disfrutar de unas cuantas tandas y seguir aprendiendo. Yo y mis amigas lo invitamos, una por una, todas a bailar. Más tarde, él mismo se animó a invitar a otras milongueras.
En un momento dado de la noche, yo estaba sentada observando la pista, cuando después del primer tango, el apareció a mi lado. Le pregunté: "¿qué tal va la noche?". No necesité respuesta, ví su cara, algo había pasado, algo no había ido bien. Le pregunté y me contó que había invitado a una chica y que ella, tras el primer tango, le había preguntado si hacía mucho que bailaba. Él había sido sincero y le había explicado que estaba empezando, y después, sin decir ni un gracias, ella se dio media vuelta y se fue. Planchazo total.
Yo reconozco haber dejado en la pista a alguno en más de una ocasión, pero siempre ha sido porque me hacían daño, porque mi pareja era un loco descontrolado, o porque los dos habíamos estado de acuerdo en parar de bailar por la música. Sin embargo, este chico, a pesar de ser novato, tiene un bonito abrazo, musicalidad, no hace daño, tiene cuidado en la pista y no te choca con nadie, y es educado y respetuoso. No lo entiendo. Sin embargo, he hecho mis suposiciones. A ella la conozco. Es una milonguera que sin ser principiante, no destaca por su baile, ni por su musicalidad. Quizás no supo seguirle, adaptarse a él, se agobió, y terminó dejándole. Hasta ahí bien, todos tenemos inseguridades y derecho a parar cuando no estamos cómodos. Pero hay unas formas. Creo que lo apropiado es dar una explicación, dar las gracias y retirarse juntos de la pista, y no darse la vuelta e irse sin más.
Fue entonces cuando intenté consolarle contándole mi anécdota "En un palacio al lado del mar", que publiqué del 3 de junio de 2013. Luego, una de mis amigas más veteranas lo invitó a bailar, y supongo que él se fue animando poco a poco. Lo triste es que estoy segura de que se fue de la milonga con un sabor agri-dulce. Aunque creo que es sano que todos tengamos experiencias de estas, para luego apreciar mejor las que no son así, si te ocurre algo como esto en una de tus primeras milongas, te puede llegar a desanimar bastante.
Apenas dos semanas más tarde, él vino a aquella milonga en la que ardió Troya. Formaba parte de mi grupo de amigos, que ocupábamos una mesa en primera fila, justo al lado de la pista. Él bailó menos esa vez, quizás algo intimidado por sentirse en un lugar nuevo o quizás por el peso de sus tres o cuatro meses de clases y poco más de media docena de milongas en su haber. A pesar de eso se le veía a gusto, emocionado, esperando poder disfrutar de unas cuantas tandas y seguir aprendiendo. Yo y mis amigas lo invitamos, una por una, todas a bailar. Más tarde, él mismo se animó a invitar a otras milongueras.
En un momento dado de la noche, yo estaba sentada observando la pista, cuando después del primer tango, el apareció a mi lado. Le pregunté: "¿qué tal va la noche?". No necesité respuesta, ví su cara, algo había pasado, algo no había ido bien. Le pregunté y me contó que había invitado a una chica y que ella, tras el primer tango, le había preguntado si hacía mucho que bailaba. Él había sido sincero y le había explicado que estaba empezando, y después, sin decir ni un gracias, ella se dio media vuelta y se fue. Planchazo total.
Yo reconozco haber dejado en la pista a alguno en más de una ocasión, pero siempre ha sido porque me hacían daño, porque mi pareja era un loco descontrolado, o porque los dos habíamos estado de acuerdo en parar de bailar por la música. Sin embargo, este chico, a pesar de ser novato, tiene un bonito abrazo, musicalidad, no hace daño, tiene cuidado en la pista y no te choca con nadie, y es educado y respetuoso. No lo entiendo. Sin embargo, he hecho mis suposiciones. A ella la conozco. Es una milonguera que sin ser principiante, no destaca por su baile, ni por su musicalidad. Quizás no supo seguirle, adaptarse a él, se agobió, y terminó dejándole. Hasta ahí bien, todos tenemos inseguridades y derecho a parar cuando no estamos cómodos. Pero hay unas formas. Creo que lo apropiado es dar una explicación, dar las gracias y retirarse juntos de la pista, y no darse la vuelta e irse sin más.
Fue entonces cuando intenté consolarle contándole mi anécdota "En un palacio al lado del mar", que publiqué del 3 de junio de 2013. Luego, una de mis amigas más veteranas lo invitó a bailar, y supongo que él se fue animando poco a poco. Lo triste es que estoy segura de que se fue de la milonga con un sabor agri-dulce. Aunque creo que es sano que todos tengamos experiencias de estas, para luego apreciar mejor las que no son así, si te ocurre algo como esto en una de tus primeras milongas, te puede llegar a desanimar bastante.
Etiquetas:
Anécdotas,
Codigos milongueros,
milongas,
milongueros
sábado, 21 de junio de 2014
Djs traviesos
¿Habeis estado alguna vez en una milonga en la que de repente en medio de la tanda encontráis una versión de lo más peculiar de un tema, o de repente, un tema nuevo, no oído antes, en el que en un momento dado la música o la falta de ella, o las voces, te dejan fuera de juego?
Siempre había pensado que eran pequeños "accidentes" que se dan por un mal acierto del Dj con un tema, pero hace poco descubrí que hay Djs a los que simplemente les encanta jugar, divertirse a su manera. Haciendo esto rompen con lo esperado, pero sobre todo, ponen a prueba la escucha de la música y la capacidad de reacción e improvisación de los milongueros. Esperan con ansiedad y atención su momento de gloria, cuando los milongueros intentan salir del apuro como pueden, y se oyen risas, suspiros, y se ve alguna que otra cara mirando al Dj de turno con ganas de asesinarlo, mientras él sonríe intentando contener la risa.
He observado que los Djs traviesos, lo hacen solo durante una tanda y solo con un tango. Es su modo modo de dar el toque de humor a una milonga: su golpe maestro. Hasta ahora yo creía que ese toque maestro consistía en aburrir con la misma cortina toda la milonga, pero me equivocaba. Esto me gusta muchísimo más.
Que no era accidental sino a propósito, lo descubrí un día en el que estaba bailando y hubo un silencio musical, una nota que no terminaba, sostenida por una sola voz, sin instrumentos. Mi pareja de baile no sabía qué hacer y cuando mirando al Dj, lo vio sonreír hacia la pista, lo comprendió y se unió al momento en el que yo dejaba escapar mi risa poco contenida. Al día siguiente, y por si quedaban dudas, tuve la confirmación de que el Dj lo había hecho a propósito: momentos antes, había avisado a una amiga con una seña, para que estuviera atenta y pudiera divertirse con él con la confusión que se iba a crear en la pista.
He de confesar que me encantan esos momentos, tanto cuando me sucede en medio de la pista, como cuando los observo. No puedo evitarlo: me gusta el humor, y cómo no, también en la milonga.
Siempre había pensado que eran pequeños "accidentes" que se dan por un mal acierto del Dj con un tema, pero hace poco descubrí que hay Djs a los que simplemente les encanta jugar, divertirse a su manera. Haciendo esto rompen con lo esperado, pero sobre todo, ponen a prueba la escucha de la música y la capacidad de reacción e improvisación de los milongueros. Esperan con ansiedad y atención su momento de gloria, cuando los milongueros intentan salir del apuro como pueden, y se oyen risas, suspiros, y se ve alguna que otra cara mirando al Dj de turno con ganas de asesinarlo, mientras él sonríe intentando contener la risa.
He observado que los Djs traviesos, lo hacen solo durante una tanda y solo con un tango. Es su modo modo de dar el toque de humor a una milonga: su golpe maestro. Hasta ahora yo creía que ese toque maestro consistía en aburrir con la misma cortina toda la milonga, pero me equivocaba. Esto me gusta muchísimo más.
Que no era accidental sino a propósito, lo descubrí un día en el que estaba bailando y hubo un silencio musical, una nota que no terminaba, sostenida por una sola voz, sin instrumentos. Mi pareja de baile no sabía qué hacer y cuando mirando al Dj, lo vio sonreír hacia la pista, lo comprendió y se unió al momento en el que yo dejaba escapar mi risa poco contenida. Al día siguiente, y por si quedaban dudas, tuve la confirmación de que el Dj lo había hecho a propósito: momentos antes, había avisado a una amiga con una seña, para que estuviera atenta y pudiera divertirse con él con la confusión que se iba a crear en la pista.
He de confesar que me encantan esos momentos, tanto cuando me sucede en medio de la pista, como cuando los observo. No puedo evitarlo: me gusta el humor, y cómo no, también en la milonga.
Etiquetas:
Anécdotas,
Djs,
Humor,
milongas,
musicalizar
miércoles, 18 de junio de 2014
No siempre son ellos
Como milonguera, suelo hablar de ellos, de lo que me gusta, de lo que no, sobre todo de lo que me llama la atención. A veces es aquello que me enfada y por ello a veces parece que no me gusta ni como se comportan ni como bailan la mayoría de los milongueros que me encuentro entre milongas. Pero no es así: es todo lo contrario. Así que para ser justa, también hablaré de otros comportamientos que no me gustan y cuyas protagonistas son milongueras, a veces, incluso yo misma. Este caso es de una milonguera que observé y conocí en un festival internacional.
Ella estaba sentada con unas amigas en una mesita en primera fila, junto a la pista de baile. Se la veía en su salsa, en terreno conocido, con bastantes aires de diva. Observaba a los bailarines, pero lo que me llamó la atención es la forma en que lo hacía, con la barbilla un poco levantada, un gesto un poco prepotente que no me gusta nada. Al parecer había un hombre intentando cabecearla pero ella, se hacía la loca porque no quería bailar con él. Finalmente, una de sus amigas, que no se enteraba de la fiesta, le hizo el típico gesto de "ese te está mirando", y ella miró. Entonces sucedió lo inevitable: un cabeceo no deseado. Él por lo visto tenía tantas ganas de bailar con ella que no esperó a ver si ella aceptaba o no el cabeceo y se dirigió hacia ella.
Fue curioso ver la cara molesta de la milonguera hacia su amiga y hacia el milonguero que se acercaba. Hasta aquí, es una escena que se ve a menudo en la milonga, en la cual ella se ve obligada a aceptar la invitación o a pasar por una situación incomoda al rechazar abiertamente a alguien. El enfado de la milonguera snob era tal, que él, una vez delante suyo, sonriendo y extendiendo la mano, recibió un desplante muy fuera de tono: ella puso cara de disgusto, y se llevó el dedo índice a la sien, girándolo, en un gesto parecido al que le haces a alguien que ha perdido la cabeza.
Yo me quedé perpleja y horrorizada. Ella, me pareció una perfecta desubicada. Había visto comportamientos y gestos de mal gusto, pero este es digno de mencionar. Al hombre, que no se creía lo que le estaba pasando, le cambió la cara de color, luego se dio media vuelta -obviamente con cara de pocos amigos-, y desapareció. Fue todo un caballero, yo no estoy segura de haber hecho lo mismo. Ella se merecía un par de palabras altas y claras: creo que las formas son algo que sea cual sea la situación, hay que intentar no perderlas.
Ella estaba sentada con unas amigas en una mesita en primera fila, junto a la pista de baile. Se la veía en su salsa, en terreno conocido, con bastantes aires de diva. Observaba a los bailarines, pero lo que me llamó la atención es la forma en que lo hacía, con la barbilla un poco levantada, un gesto un poco prepotente que no me gusta nada. Al parecer había un hombre intentando cabecearla pero ella, se hacía la loca porque no quería bailar con él. Finalmente, una de sus amigas, que no se enteraba de la fiesta, le hizo el típico gesto de "ese te está mirando", y ella miró. Entonces sucedió lo inevitable: un cabeceo no deseado. Él por lo visto tenía tantas ganas de bailar con ella que no esperó a ver si ella aceptaba o no el cabeceo y se dirigió hacia ella.
Fue curioso ver la cara molesta de la milonguera hacia su amiga y hacia el milonguero que se acercaba. Hasta aquí, es una escena que se ve a menudo en la milonga, en la cual ella se ve obligada a aceptar la invitación o a pasar por una situación incomoda al rechazar abiertamente a alguien. El enfado de la milonguera snob era tal, que él, una vez delante suyo, sonriendo y extendiendo la mano, recibió un desplante muy fuera de tono: ella puso cara de disgusto, y se llevó el dedo índice a la sien, girándolo, en un gesto parecido al que le haces a alguien que ha perdido la cabeza.
Yo me quedé perpleja y horrorizada. Ella, me pareció una perfecta desubicada. Había visto comportamientos y gestos de mal gusto, pero este es digno de mencionar. Al hombre, que no se creía lo que le estaba pasando, le cambió la cara de color, luego se dio media vuelta -obviamente con cara de pocos amigos-, y desapareció. Fue todo un caballero, yo no estoy segura de haber hecho lo mismo. Ella se merecía un par de palabras altas y claras: creo que las formas son algo que sea cual sea la situación, hay que intentar no perderlas.
Etiquetas:
Anécdotas,
Codigos milongueros,
Lecciones,
Sentimientos
domingo, 15 de junio de 2014
Trampeando un cabeceo
Me acuerdo que una vez fui a un evento milonguero, en el cual había unas normas estrictas que había que respetar de forma rigurosa si querías participar en las milongas. Entre las normas estaba la obligación de invitar mediante cabeceo, es decir, ir a la mesa e invitar directamente quedaba prohibido. La idea me encantó.
Lo curioso de estas milongas era que tenían lugar en una pista cuadrada con dos filas de sillas, de las cuales dos lados eran para las mujeres y los otros dos lados para los hombres. No era fácil ver un cabeceo una vez que la tanda comenzaba, ya que según en que sitio estuvieras sentada, solo veías a otras mujeres. En mi caso, dormilona por naturaleza, durante las dos primeras milongas, en una me tocó silla en una esquina, con lo cual no podía ver a ninguno; y la otra vez me tocó justo delante de un fotógrafo, con lo cual, me tapaba ante los ojos de cualquiera. Al menos tuve el buen atino de optar por quedarme de pie cerca de la entrada y así no hubo problema para recibir cabeceos.
De todas formas, el último día de todos, aprendí la lección y madrugué. Conseguí un buen sitio, pero ya ese día, aquellos para los que el cabeceo era algo relativamente nuevo, estaban algo cansados de torcer el cuello e intentar cabecear a una chica, y utilizaban otras tácticas, disimuladas, para que no les tiraran de las orejas como a niños traviesos.
Estaba yo sentada, perfectamente visible para todos los milongueros, cuando se me acercó un chico, con el que había bailado los días anteriores, para saludarme. Y, ni corto ni perezoso, se acercó a mi oído y me susurró: "estáte atenta, que te voy a cabecear ahora". Y antes de poderle decir que eso era hacer trampa, había desaparecido. Cuando volví a verlo, ya estaba en su silla.
Me lo puso demasiado fácil como para no gastarle una broma, así que decidí mirarle y hacerle un gesto como de "no entiendo" en cuanto vi su cabeceo. Él me miró sorprendido, me cabeceó dos o tres veces más, y luego me entró la risa cuando lo vi levantarse, moviendo de lado a lado la cabeza y acercándose a mi. Cuando llegó hasta mi silla, me miró con cara de reproche, pero divertido. Me entró la risa, no pude evitarlo.
Lo curioso de estas milongas era que tenían lugar en una pista cuadrada con dos filas de sillas, de las cuales dos lados eran para las mujeres y los otros dos lados para los hombres. No era fácil ver un cabeceo una vez que la tanda comenzaba, ya que según en que sitio estuvieras sentada, solo veías a otras mujeres. En mi caso, dormilona por naturaleza, durante las dos primeras milongas, en una me tocó silla en una esquina, con lo cual no podía ver a ninguno; y la otra vez me tocó justo delante de un fotógrafo, con lo cual, me tapaba ante los ojos de cualquiera. Al menos tuve el buen atino de optar por quedarme de pie cerca de la entrada y así no hubo problema para recibir cabeceos.
De todas formas, el último día de todos, aprendí la lección y madrugué. Conseguí un buen sitio, pero ya ese día, aquellos para los que el cabeceo era algo relativamente nuevo, estaban algo cansados de torcer el cuello e intentar cabecear a una chica, y utilizaban otras tácticas, disimuladas, para que no les tiraran de las orejas como a niños traviesos.
Estaba yo sentada, perfectamente visible para todos los milongueros, cuando se me acercó un chico, con el que había bailado los días anteriores, para saludarme. Y, ni corto ni perezoso, se acercó a mi oído y me susurró: "estáte atenta, que te voy a cabecear ahora". Y antes de poderle decir que eso era hacer trampa, había desaparecido. Cuando volví a verlo, ya estaba en su silla.
Me lo puso demasiado fácil como para no gastarle una broma, así que decidí mirarle y hacerle un gesto como de "no entiendo" en cuanto vi su cabeceo. Él me miró sorprendido, me cabeceó dos o tres veces más, y luego me entró la risa cuando lo vi levantarse, moviendo de lado a lado la cabeza y acercándose a mi. Cuando llegó hasta mi silla, me miró con cara de reproche, pero divertido. Me entró la risa, no pude evitarlo.
Etiquetas:
Anécdotas,
Codigos milongueros,
Humor,
milongas,
milongueros
miércoles, 11 de junio de 2014
El Garrón
Era otoño, mi estación favorita. Iba por primera vez a una milonga llamada El Garrón. Por mi tierra
dicen que "garrón" es la carne dura con nervios que no hay quien se la
coma, así que me imagino que esa era la razón del nombre, al menos para mí, ya que desde
luego ni era gratuita ni había nadie regalando abrazos por pura simpatía.
En aquella milonga obtuve uno de mis records de milonguera: cinco horas enteras, sin bailar ni dos compases de un tango. Usé todas las tácticas que conozco para cambiar la situación, pero no hubo suerte: saludé a la poca gente que conocía en la milonga, miré y miré esperando algún cabeceo, me puse un vestido bonito y un escote de vértigo, paseé a la barra (e incluso me aprendí los nombres de los camareros), me senté en un sitio privilegiado, no hablé casi (y eso sí que fue un gran esfuerzo), y empleé varias ocurrencias más, hasta que finalmente tuve que aceptar que esa noche sería para disfrutar de la música, pero de otra manera.
Tras la aceptación me dediqué a observar la pista, hasta que los vi. Allí, entre tantas parejas que intentaban llamar la atención acentuando el ritmo y haciendo toda clase de piruetas, boleos, ganchos y demás figuritas, estaban ellos en un abrazo que nada tenía que ver con todo lo demás. Su forma de bailar me encandiló. Captaron mi atención en el momento en el que los vi, y luego ya no miré a nadie más. Me emocionaron durante unas cuantas tandas. No sabía quienes eran, aunque me imaginaba que serían alguna pareja de bailarines profesionales.
Se acercaba el final de la milonga y la vi a ella sentada sola, en un rincón. Aproveché para acercarme discretamente a preguntarle su nombre, para poder buscarles en YouTube y ver vídeos suyos bailando. Fui breve, ya que solo le dije que me había encantado verles bailar y que si eran profesores de tango, me encantaría saber su nombre. Ella sonrió amablemente, me dio su nombre, y luego nos despedimos.
La milonga terminó y yo me quitaba las sandalias para ponerme las botas y salir a buscar un taxi. Entonces la vi a mi lado, despidiéndose, mientras me preguntaba qué tal la milonga. En ese momento llegó su pareja y ella le dijo: "es esta la chica de la que te he hablado antes". Me quedé sorprendida, y entonces fue él quien se puso a hablar conmigo. Me volvió a preguntar por mi opinión sobre la milonga, y me salió del alma ser sincera: le dije que la música me había gustado, que había disfrutado viendo la pista de baile, pero que me iba con pena porque no había bailado ni un solo tango. Él quiso ser amable y me dijo algo así como que las chicas bonitas intimidan a los chicos. Mentirosillo en mayúculas, pero un cielo: desde luego hay chicos que sí que saben cómo sacar una sonrisa a una chica.
Luego, tras sacar su cartera, me extendió una tarjeta de presentación y me invitó a que los llamara la próxima vez que fuera a París a milonguear. Me quedé sorprendida y también muy agradecida por su amabilidad. Me fui de la milonga con una sonrisa de oreja a oreja. Ni la lluvia parisina consiguió borrármela, ni aún así cuando algunas odiosas gotitas caían sobre la tarjeta emborronando los nombres de Sebastián Missé y Andrea Reyero.
En aquella milonga obtuve uno de mis records de milonguera: cinco horas enteras, sin bailar ni dos compases de un tango. Usé todas las tácticas que conozco para cambiar la situación, pero no hubo suerte: saludé a la poca gente que conocía en la milonga, miré y miré esperando algún cabeceo, me puse un vestido bonito y un escote de vértigo, paseé a la barra (e incluso me aprendí los nombres de los camareros), me senté en un sitio privilegiado, no hablé casi (y eso sí que fue un gran esfuerzo), y empleé varias ocurrencias más, hasta que finalmente tuve que aceptar que esa noche sería para disfrutar de la música, pero de otra manera.
Tras la aceptación me dediqué a observar la pista, hasta que los vi. Allí, entre tantas parejas que intentaban llamar la atención acentuando el ritmo y haciendo toda clase de piruetas, boleos, ganchos y demás figuritas, estaban ellos en un abrazo que nada tenía que ver con todo lo demás. Su forma de bailar me encandiló. Captaron mi atención en el momento en el que los vi, y luego ya no miré a nadie más. Me emocionaron durante unas cuantas tandas. No sabía quienes eran, aunque me imaginaba que serían alguna pareja de bailarines profesionales.
Se acercaba el final de la milonga y la vi a ella sentada sola, en un rincón. Aproveché para acercarme discretamente a preguntarle su nombre, para poder buscarles en YouTube y ver vídeos suyos bailando. Fui breve, ya que solo le dije que me había encantado verles bailar y que si eran profesores de tango, me encantaría saber su nombre. Ella sonrió amablemente, me dio su nombre, y luego nos despedimos.
La milonga terminó y yo me quitaba las sandalias para ponerme las botas y salir a buscar un taxi. Entonces la vi a mi lado, despidiéndose, mientras me preguntaba qué tal la milonga. En ese momento llegó su pareja y ella le dijo: "es esta la chica de la que te he hablado antes". Me quedé sorprendida, y entonces fue él quien se puso a hablar conmigo. Me volvió a preguntar por mi opinión sobre la milonga, y me salió del alma ser sincera: le dije que la música me había gustado, que había disfrutado viendo la pista de baile, pero que me iba con pena porque no había bailado ni un solo tango. Él quiso ser amable y me dijo algo así como que las chicas bonitas intimidan a los chicos. Mentirosillo en mayúculas, pero un cielo: desde luego hay chicos que sí que saben cómo sacar una sonrisa a una chica.
Luego, tras sacar su cartera, me extendió una tarjeta de presentación y me invitó a que los llamara la próxima vez que fuera a París a milonguear. Me quedé sorprendida y también muy agradecida por su amabilidad. Me fui de la milonga con una sonrisa de oreja a oreja. Ni la lluvia parisina consiguió borrármela, ni aún así cuando algunas odiosas gotitas caían sobre la tarjeta emborronando los nombres de Sebastián Missé y Andrea Reyero.
Etiquetas:
Anécdotas,
Bailarines Profesionales,
milongas
domingo, 8 de junio de 2014
Viva la espontaneidad
Era una milonga de domingo, la última de un festival, en la que fueron los miembros de una asociación de tango local los que muscializaron. Como en muchas asociaciones de este tipo, ponerse de acuerdo y consensuar algo es complicado, con lo cual esta vez no fue una excepción: no se pusieron de acuerdo sobre quien iba a musicalizar la primera parte de la milonga y quien la segunda, y creyeron tener buen atino al optar por una solución salomónica: ni para ti ni para
mí, mejor una tanda cada uno. La intención fue muy buena, pero el resultado un desastre.
Musicalizaban dos voluntarios. Con uno de ellos, un chico amante del tango nuevo, con el que bailé por primera vez durante ese fin de semana. Él, muy amable, se había sentado a mi lado para darme conversación y allanar la invitación que vendría minutos después. Hice una tontería de libro al aceptarla sin saber cómo bailaba. El chico no era capaz de mantener el eje, era algo brusco y me daba la sensación de que bailaba para sí mismo y para que le vieran, es decir, tenía todas las virtudes que en circunstancias normales me hacen rechazar una invitación. Intuyo además que tiene una gran opinión de si mismo como bailarín, y como Dj. Aclaro que era tan buen Dj como bailarín, pero allí donde no estaba gente cercana a él para abrirle los ojos, lo hizo de forma espontánea toda una milonga.
Supongo que la música había sido preparada con antelación, las tandas enlatadas, simplemente alternando las de uno y las del otro, y con cortinas entre ellas. He de confesar que en más de una ocasión tuve problemas para identificar alguna de las cortinas porque había tandas, estilo tango nuevo, que eran cualquier cosa, muchas imbailables, pero que al Dj de tango nuevo le encantaban. Al menos, no nos encontramos ninguna jota aragonesa como parte de la tanda, aunque creo que a esas alturas no me hubiera sorprendido. Así de triste era la situación.
Los milongueros que habían venido desde muy lejos estaban indignados y vi cómo algunos bromeaban con el asunto, otros tenían caras muy serias, y alguno incluso llegó a llevarse las manos a la cabeza. Así que tras una de las tandas más horribles, en la cual la pista estaba vacía, a excepción del Dj de tango nuevo bailando, y alguno otro que se movía por no quedarse frío, llegó una cortina que pasó totalmente desapercibida. Y luego ocurrió algo que jamás había presenciado en una milonga: sonó una tanda de Ricardo Malerva con los temas Embrujamiento, La piba de los jazmines y Violín, y de repente todos los milongueros presentes comenzaron a aplaudir de forma espontánea. El Dj de tango nuevo se quedó mirando alrededor intentando comprender, y la verdad le debió caer como un jarro de agua fría cuando practicamente la milonga al completo se apresuró a abandonar las sillas y a llenar la pista de baile.
Segun esto sucedía, recibí un cabeceo del otro musicalizador, al que creo que hice pasar un rato de apuro, ya que al acercarme a él no pude reprimirme, y exclamé "¡qué bien, esto sí que es una tanda!". Odio ser tan espontánea a veces, con lo casi-guapa que estoy callada. Al instante siguiente de pronunciar las palabras recibí una mirada de reproche: era la forma de mi compañero de baile de hacerme callar porque a un escaso metro de distancia estaba el otro Dj. Creo que lo oyó todo, pero hizo como que no, que no iba con él. Sin embargo no me disculpé: supongo que en ese el momento no sentí que debía hacerlo, o porque soy más bruja de lo que pensaba, y aún estaba molesta con él por haberme hecho sentir maltratada dos días antes, durante la tanda que había bailado con él.
Musicalizaban dos voluntarios. Con uno de ellos, un chico amante del tango nuevo, con el que bailé por primera vez durante ese fin de semana. Él, muy amable, se había sentado a mi lado para darme conversación y allanar la invitación que vendría minutos después. Hice una tontería de libro al aceptarla sin saber cómo bailaba. El chico no era capaz de mantener el eje, era algo brusco y me daba la sensación de que bailaba para sí mismo y para que le vieran, es decir, tenía todas las virtudes que en circunstancias normales me hacen rechazar una invitación. Intuyo además que tiene una gran opinión de si mismo como bailarín, y como Dj. Aclaro que era tan buen Dj como bailarín, pero allí donde no estaba gente cercana a él para abrirle los ojos, lo hizo de forma espontánea toda una milonga.
Supongo que la música había sido preparada con antelación, las tandas enlatadas, simplemente alternando las de uno y las del otro, y con cortinas entre ellas. He de confesar que en más de una ocasión tuve problemas para identificar alguna de las cortinas porque había tandas, estilo tango nuevo, que eran cualquier cosa, muchas imbailables, pero que al Dj de tango nuevo le encantaban. Al menos, no nos encontramos ninguna jota aragonesa como parte de la tanda, aunque creo que a esas alturas no me hubiera sorprendido. Así de triste era la situación.
Los milongueros que habían venido desde muy lejos estaban indignados y vi cómo algunos bromeaban con el asunto, otros tenían caras muy serias, y alguno incluso llegó a llevarse las manos a la cabeza. Así que tras una de las tandas más horribles, en la cual la pista estaba vacía, a excepción del Dj de tango nuevo bailando, y alguno otro que se movía por no quedarse frío, llegó una cortina que pasó totalmente desapercibida. Y luego ocurrió algo que jamás había presenciado en una milonga: sonó una tanda de Ricardo Malerva con los temas Embrujamiento, La piba de los jazmines y Violín, y de repente todos los milongueros presentes comenzaron a aplaudir de forma espontánea. El Dj de tango nuevo se quedó mirando alrededor intentando comprender, y la verdad le debió caer como un jarro de agua fría cuando practicamente la milonga al completo se apresuró a abandonar las sillas y a llenar la pista de baile.
Segun esto sucedía, recibí un cabeceo del otro musicalizador, al que creo que hice pasar un rato de apuro, ya que al acercarme a él no pude reprimirme, y exclamé "¡qué bien, esto sí que es una tanda!". Odio ser tan espontánea a veces, con lo casi-guapa que estoy callada. Al instante siguiente de pronunciar las palabras recibí una mirada de reproche: era la forma de mi compañero de baile de hacerme callar porque a un escaso metro de distancia estaba el otro Dj. Creo que lo oyó todo, pero hizo como que no, que no iba con él. Sin embargo no me disculpé: supongo que en ese el momento no sentí que debía hacerlo, o porque soy más bruja de lo que pensaba, y aún estaba molesta con él por haberme hecho sentir maltratada dos días antes, durante la tanda que había bailado con él.
Etiquetas:
Anécdotas,
Codigos milongueros,
Lecciones,
musicalizar,
Sentimientos
jueves, 5 de junio de 2014
La fusión de un abrazo
"Ayer bailé con otra chica...". Me quedé sorprendida al oírlo. Una declaración espontánea y a vez muy cierta. Era yo, aunque más bien una versión de mi misma en ese estado tembloroso, tenso y con la energía bien revuelta, esa que no impide fundirse en el abrazo, aunque sí entregarse a él. En estos casos nada se puede hacer salvo intentar relajarse, pero aún así, es cuestión de energías, de un equilibrio entre la energía de dos seres que se abrazan. Y si uno de los dos no está en equilibrio, la magia no se da.
En otra ocasión, tras un fin de semana bailando con un amigo en varias ocasiones, lo hice por última vez en una tarde de domingo. Son las milongas que más me gustan porque son de día, el ambiente es más relajado, estoy más descansada y a la vez con esa certeza de que a lo bueno le quedan los minutos contados y quieres disfrutar y entregarte como nunca para irte con el mejor de los recuerdos. Bailamos varias tandas seguidas y ya desde el primer momento sentí que la conexión con él era más intensa. Pero fue durante la segunda tanda que ambos lo sentimos... y le oí decir algo así como "ahora lo siento.. ahora estamos conectados", y esa magia que te une a la otra persona totalmente, donde la energía, el movimiento y el abrazo es uno solo, surgió. Creo que pocas veces he conseguido una fusión a ese nivel.
He pensado mucho en ello, porque en realidad es lo que hace del tango algo tan especial y lo que en el fondo, una vez que lo has sentido, lo buscas con desesperación, como una droga. Y también he pensado en ello porque es una fusión íntima, que algunos no comparten y reservan solo para su pareja, otras veces no se comparte porque no se puede, bien porque no se consigue el nivel de relajación y entrega suficiente para conectarse o bien porque se requiere alcanzar un nivel de baile específico para ello. Creo que la unión en el abrazo se consigue de forma rápida; la unión sincronización musical también; pero esta unión en la fusión del movimiento a un nivel que sientes que no sois dos sino uno solo, incluso para respirar y sentir... eso es otra cosa.Y me vuelve loca, me encanta.
En otra ocasión, tras un fin de semana bailando con un amigo en varias ocasiones, lo hice por última vez en una tarde de domingo. Son las milongas que más me gustan porque son de día, el ambiente es más relajado, estoy más descansada y a la vez con esa certeza de que a lo bueno le quedan los minutos contados y quieres disfrutar y entregarte como nunca para irte con el mejor de los recuerdos. Bailamos varias tandas seguidas y ya desde el primer momento sentí que la conexión con él era más intensa. Pero fue durante la segunda tanda que ambos lo sentimos... y le oí decir algo así como "ahora lo siento.. ahora estamos conectados", y esa magia que te une a la otra persona totalmente, donde la energía, el movimiento y el abrazo es uno solo, surgió. Creo que pocas veces he conseguido una fusión a ese nivel.
He pensado mucho en ello, porque en realidad es lo que hace del tango algo tan especial y lo que en el fondo, una vez que lo has sentido, lo buscas con desesperación, como una droga. Y también he pensado en ello porque es una fusión íntima, que algunos no comparten y reservan solo para su pareja, otras veces no se comparte porque no se puede, bien porque no se consigue el nivel de relajación y entrega suficiente para conectarse o bien porque se requiere alcanzar un nivel de baile específico para ello. Creo que la unión en el abrazo se consigue de forma rápida; la unión sincronización musical también; pero esta unión en la fusión del movimiento a un nivel que sientes que no sois dos sino uno solo, incluso para respirar y sentir... eso es otra cosa.Y me vuelve loca, me encanta.
lunes, 2 de junio de 2014
Ardiendo Troya
Yo había llegado temprano a la milonga con el fin de conseguir una de las mejores mesas, y reservarla para mi grupo de amigas milongueras. Dejé todas mis pertenencias en tres sillas y en la restante se sentó conmigo un amigo de los que si la música es buena y le gusta, lo baila casi todo. Perfecto para que mis amigas, que como siempre están en mayor número respecto a ellos, pudieran ocupar también su silla cuando él no lo hiciera. Éramos cinco mujeres y dos hombres, con lo cual pensé que con cuatro sillas nos las arreglaríamos bien. Y así fue, hasta que llegó ella.
Salí a bailar una tanda en la que por lo visto también varias de mis amigas recibieron invitaciones. Quedaron dos de nuestras sillas libres. Una señora aprovechó la ocasión y se sentó en mi silla, en primera línea, a pesar de que había muchas otras sillas libres lejos de la pista. Hasta ahí todo bien, puesto que nadie la ocupaba. Esperaba que ella hiciera lo que hacemos todas: levantarnos de la silla que no es nuestra cuando la dueña regresa a ella al acabar la tanda. Lo que me encontré fue una silla ocupada y unos ojos saltones preguntando si la silla era mía. Mis cosas estaban allí, yo estaba mirando mi silla con ganas de sentarme, mi bebida estaba delante.... ¿no era obvio? Aún así, al ver que había una silla libre al lado, la de mi amigo, no quise ser mala y le dije que no se preocupara, que me sentaba en la de al lado. No esperaba que ella directamente se adueñara de mi silla el resto de la milonga.
Ella, cómoda en primera fila y sin apenas invitaciones, no estaba dispuesta a renunciar el chollo que había conseguido. Durante la milonga, observé entre otras escenas, una en la que ella se levantaba a bailar y una de sus amigas ocupaba inmediatamente la silla, levantándose justo cuando ella regresaba de su tanda, para devolvérsela, mientras ella la ocupaba de nuevo como si fuera suya por derecho.
Mis amigas, mientras todo esto sucedía, iban enfadándose más y más por su descaro... hasta que terminó ardiendo Troya. Hacía muchísimo calor y mis amigas tenían todas unos estupendos abanicos dispersos en la mesa, listos para ser usados al regresar de la tanda. La usurpadora, creyó que ya que le había ido bien con la silla, le iría igual de bien con el mejor y más bonito abanico de la mesa, que obviamente se adueñó en cuanto tuvo ocasión. Obviamente ni se le ocurrió devolverlo a la mesa al acabar la tanda por si la dueña lo necesitaba y lo buscaba, o tal vez se le ocurrió y le dio igual, como con la silla. La dueña del abanico, como era de esperar, al regresar de una tanda vio su silla ocupada (por una de las amigas de la usurpadora), y no veía su abanico por ninguna parte... hasta que le vio a ella usándolo. Se dirigió hacia donde estaba, la miró y le dijo: "¿me disculpas?" y sin esperar, se adueñó de su abanico. Yo observé ese arrebato, y lo disfruté como una enana: la usurpadora se lo tenía merecido. Justo en ese momento decidí hacer lo mismo con mi silla. A estas alturas me queda claro que cuando alguien no tiene educación, ni respeto, las formas convencionales para que aprenda a tenerlos, simplemente no funcionan.
No esperé mucho: la ocasión se presentó durante la siguiente tanda. La usurpadora se levantó a bailar, ninguna de sus amigas estaba presente, y dejó su bolso encima de la silla, para que nadie pudiera ocuparla. El colmo de los colmos. En ese momento, yo estaba sentada justo al lado, en la silla de mi amigo, y otro amigo mío estaba de pie, por no tener silla en la que sentarse. Mientras miraba perpleja y enfadada, una amiga de ella venía dispuesta a quitar el bolso y sentarse, pero justo al levantar ella el bolso de la silla y aún dudando de si sentarse o no, le dije a mi amigo bien alto para que la otra lo oyera: "siéntate si quieres, al fin y al cabo es mi silla y parece que ella no se va a sentar". Entonces ya no hubo duda, ella no quiso osar sentarse viendo mi enfado, y mi amigo por fin ocupó mi silla. Después de eso, quedó bien claro de quien era el derecho a usar esas sillas, los abanicos, y la mesa.
Salí a bailar una tanda en la que por lo visto también varias de mis amigas recibieron invitaciones. Quedaron dos de nuestras sillas libres. Una señora aprovechó la ocasión y se sentó en mi silla, en primera línea, a pesar de que había muchas otras sillas libres lejos de la pista. Hasta ahí todo bien, puesto que nadie la ocupaba. Esperaba que ella hiciera lo que hacemos todas: levantarnos de la silla que no es nuestra cuando la dueña regresa a ella al acabar la tanda. Lo que me encontré fue una silla ocupada y unos ojos saltones preguntando si la silla era mía. Mis cosas estaban allí, yo estaba mirando mi silla con ganas de sentarme, mi bebida estaba delante.... ¿no era obvio? Aún así, al ver que había una silla libre al lado, la de mi amigo, no quise ser mala y le dije que no se preocupara, que me sentaba en la de al lado. No esperaba que ella directamente se adueñara de mi silla el resto de la milonga.
Ella, cómoda en primera fila y sin apenas invitaciones, no estaba dispuesta a renunciar el chollo que había conseguido. Durante la milonga, observé entre otras escenas, una en la que ella se levantaba a bailar y una de sus amigas ocupaba inmediatamente la silla, levantándose justo cuando ella regresaba de su tanda, para devolvérsela, mientras ella la ocupaba de nuevo como si fuera suya por derecho.
Mis amigas, mientras todo esto sucedía, iban enfadándose más y más por su descaro... hasta que terminó ardiendo Troya. Hacía muchísimo calor y mis amigas tenían todas unos estupendos abanicos dispersos en la mesa, listos para ser usados al regresar de la tanda. La usurpadora, creyó que ya que le había ido bien con la silla, le iría igual de bien con el mejor y más bonito abanico de la mesa, que obviamente se adueñó en cuanto tuvo ocasión. Obviamente ni se le ocurrió devolverlo a la mesa al acabar la tanda por si la dueña lo necesitaba y lo buscaba, o tal vez se le ocurrió y le dio igual, como con la silla. La dueña del abanico, como era de esperar, al regresar de una tanda vio su silla ocupada (por una de las amigas de la usurpadora), y no veía su abanico por ninguna parte... hasta que le vio a ella usándolo. Se dirigió hacia donde estaba, la miró y le dijo: "¿me disculpas?" y sin esperar, se adueñó de su abanico. Yo observé ese arrebato, y lo disfruté como una enana: la usurpadora se lo tenía merecido. Justo en ese momento decidí hacer lo mismo con mi silla. A estas alturas me queda claro que cuando alguien no tiene educación, ni respeto, las formas convencionales para que aprenda a tenerlos, simplemente no funcionan.
No esperé mucho: la ocasión se presentó durante la siguiente tanda. La usurpadora se levantó a bailar, ninguna de sus amigas estaba presente, y dejó su bolso encima de la silla, para que nadie pudiera ocuparla. El colmo de los colmos. En ese momento, yo estaba sentada justo al lado, en la silla de mi amigo, y otro amigo mío estaba de pie, por no tener silla en la que sentarse. Mientras miraba perpleja y enfadada, una amiga de ella venía dispuesta a quitar el bolso y sentarse, pero justo al levantar ella el bolso de la silla y aún dudando de si sentarse o no, le dije a mi amigo bien alto para que la otra lo oyera: "siéntate si quieres, al fin y al cabo es mi silla y parece que ella no se va a sentar". Entonces ya no hubo duda, ella no quiso osar sentarse viendo mi enfado, y mi amigo por fin ocupó mi silla. Después de eso, quedó bien claro de quien era el derecho a usar esas sillas, los abanicos, y la mesa.
Etiquetas:
Anécdotas,
educación y respeto,
entre milongas,
Sentimientos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)