domingo, 8 de junio de 2014

Viva la espontaneidad

Era una milonga de domingo, la última de un festival, en la que fueron los miembros de una asociación de tango local los que muscializaron. Como en muchas asociaciones de este tipo, ponerse de acuerdo y consensuar algo es complicado, con lo cual esta vez no fue una excepción: no se pusieron de acuerdo sobre quien iba a musicalizar la primera parte de la milonga y quien la segunda, y creyeron tener buen atino al optar por una solución salomónica: ni para ti ni para mí, mejor una tanda cada uno. La intención fue muy buena, pero el resultado un desastre.

Musicalizaban dos voluntarios. Con uno de ellos, un chico amante del tango nuevo, con el que bailé por primera vez durante ese fin de semana. Él, muy amable, se había sentado a mi lado para darme conversación y allanar la invitación que vendría minutos después. Hice una tontería de libro al aceptarla sin saber cómo bailaba. El chico no era capaz de mantener el eje, era algo brusco y me daba la sensación de que bailaba para sí mismo y para que le vieran, es decir, tenía todas las virtudes que en circunstancias normales me hacen rechazar una invitación. Intuyo además que tiene una gran opinión de si mismo como bailarín, y como Dj. Aclaro que era tan buen Dj como bailarín, pero allí donde no estaba gente cercana a él para abrirle los ojos, lo hizo de forma espontánea toda una milonga.

Supongo que la música había sido preparada con antelación, las tandas enlatadas, simplemente alternando las de uno y las del otro, y con cortinas entre ellas. He de confesar que en más de una ocasión tuve problemas para identificar alguna de las cortinas porque había tandas, estilo tango nuevo, que eran cualquier cosa, muchas imbailables, pero que al Dj de tango nuevo le encantaban. Al menos, no nos encontramos ninguna jota aragonesa como parte de la tanda, aunque creo que a esas alturas no me hubiera sorprendido. Así de triste era la situación.

Los milongueros que habían venido desde muy lejos estaban indignados y vi cómo algunos bromeaban con el asunto, otros tenían caras muy serias, y alguno incluso llegó a llevarse las manos a la cabeza. Así que tras una de las tandas más horribles, en la cual la pista estaba vacía, a excepción del Dj de tango nuevo bailando, y alguno otro que se movía por no quedarse frío, llegó una cortina que pasó totalmente desapercibida. Y luego ocurrió algo  que jamás había presenciado en una milonga: sonó una tanda de Ricardo Malerva con los temas Embrujamiento, La piba de los jazmines y Violín, y de repente todos los milongueros presentes comenzaron a aplaudir de forma espontánea. El Dj de tango nuevo se quedó mirando alrededor intentando comprender, y la verdad le debió caer como un jarro de agua fría cuando practicamente la milonga al completo se apresuró a abandonar las sillas y a llenar la pista de baile.

Segun esto sucedía, recibí un cabeceo del otro musicalizador, al que creo que hice pasar un rato de apuro, ya que al acercarme a él no pude reprimirme, y exclamé "¡qué bien, esto sí que es una tanda!". Odio ser tan espontánea a veces, con lo casi-guapa que estoy callada. Al instante siguiente de pronunciar las palabras recibí una mirada de reproche: era la forma de mi compañero de baile de hacerme callar porque a un escaso metro de distancia estaba el otro Dj. Creo que lo oyó todo, pero hizo como que no, que no iba con él. Sin embargo no me disculpé: supongo que en ese el momento no sentí que debía hacerlo, o porque soy más bruja de lo que pensaba, y aún estaba molesta con él por haberme hecho sentir maltratada dos días antes, durante la tanda que había bailado con él.

jueves, 5 de junio de 2014

La fusión de un abrazo

"Ayer bailé con otra chica...". Me quedé sorprendida al oírlo. Una declaración espontánea y a vez muy cierta. Era yo, aunque más bien una versión de mi misma en ese estado tembloroso, tenso y con la energía bien revuelta, esa que no impide fundirse en el abrazo, aunque sí entregarse a él. En estos casos nada se puede hacer salvo intentar relajarse, pero aún así, es cuestión de energías, de un equilibrio entre la energía de dos seres que se abrazan. Y si uno de los dos no está en equilibrio, la magia no se da.

En otra ocasión, tras un fin de semana bailando con un amigo en varias ocasiones, lo hice por última vez en una tarde de domingo. Son las milongas que más me gustan porque son de día, el ambiente es más relajado, estoy más descansada y a la vez con esa certeza de que a lo bueno le quedan los minutos contados y quieres disfrutar y entregarte como nunca para irte con el mejor de los recuerdos. Bailamos varias tandas seguidas y ya desde el primer momento sentí que la conexión con él era más intensa. Pero fue durante la segunda tanda que ambos lo sentimos... y le oí decir algo así como "ahora lo siento.. ahora estamos conectados", y esa magia que te une a la otra persona totalmente, donde la energía, el movimiento y el abrazo es uno solo, surgió. Creo que pocas veces he conseguido una fusión a ese nivel.

He pensado mucho en ello, porque en realidad es lo que hace del tango algo tan especial y lo que en el fondo, una vez que lo has sentido, lo buscas con desesperación, como una droga. Y también he pensado en ello porque es una fusión íntima, que algunos no comparten y reservan solo para su pareja, otras veces no se comparte porque no se puede, bien porque no se consigue el nivel de relajación y entrega suficiente para conectarse o bien porque se requiere alcanzar un nivel de baile específico para ello. Creo que la unión en el abrazo se consigue de forma rápida; la unión sincronización musical también; pero esta unión en la fusión del movimiento a un nivel que sientes que no sois dos sino uno solo, incluso para respirar y sentir... eso es otra cosa.Y me vuelve loca, me encanta.

lunes, 2 de junio de 2014

Ardiendo Troya

Yo había llegado temprano a la milonga con el fin de conseguir una de las mejores mesas, y reservarla para mi grupo de amigas milongueras. Dejé todas mis pertenencias en tres sillas y en la restante se sentó conmigo un amigo de los que si la música es buena y le gusta, lo baila casi todo. Perfecto para que mis amigas, que como siempre están en mayor número respecto a ellos, pudieran ocupar también su silla cuando él no lo hiciera. Éramos cinco mujeres y dos hombres, con lo cual pensé que con cuatro sillas nos las arreglaríamos bien. Y así fue, hasta que llegó ella.

Salí a bailar una tanda en la que por lo visto también varias de mis amigas recibieron invitaciones. Quedaron dos de nuestras sillas libres. Una señora aprovechó la ocasión y se sentó en mi silla, en primera línea, a pesar de que había muchas otras sillas libres lejos de la pista. Hasta ahí todo bien, puesto que nadie la ocupaba. Esperaba que ella hiciera lo que hacemos todas: levantarnos de la silla que no es nuestra cuando la dueña regresa a ella al acabar la tanda. Lo que me encontré fue una silla ocupada y unos ojos saltones preguntando si la silla era mía. Mis cosas estaban allí, yo estaba mirando mi silla con ganas de sentarme, mi bebida estaba delante.... ¿no era obvio? Aún así, al ver que había una silla libre al lado, la de mi amigo, no quise ser mala y le dije que no se preocupara, que me sentaba en la de al lado. No esperaba que ella directamente se adueñara de mi silla el resto de la milonga.

Ella, cómoda en primera fila y sin apenas invitaciones, no estaba dispuesta a renunciar el chollo que había conseguido. Durante la milonga, observé entre otras escenas, una en la que ella se levantaba a bailar y una de sus amigas ocupaba inmediatamente la silla, levantándose justo cuando ella regresaba de su tanda, para devolvérsela, mientras ella la ocupaba de nuevo como si fuera suya por derecho.

Mis amigas, mientras todo esto sucedía, iban enfadándose más y más por su descaro... hasta que terminó ardiendo Troya. Hacía muchísimo calor y mis amigas tenían todas unos estupendos abanicos dispersos en la mesa, listos para ser usados al regresar de la tanda. La usurpadora, creyó que ya que le había ido bien con la silla, le iría igual de bien con el mejor y más bonito abanico de la mesa, que obviamente se adueñó en cuanto tuvo ocasión. Obviamente ni se le ocurrió devolverlo a la mesa al acabar la tanda por si la dueña lo necesitaba y lo buscaba, o tal vez se le ocurrió y le dio igual, como con la silla. La dueña del abanico, como era de esperar, al regresar de una tanda vio su silla ocupada (por una de las amigas de la usurpadora), y no veía su abanico por ninguna parte... hasta que le vio a ella usándolo. Se dirigió hacia donde estaba, la miró y le dijo: "¿me disculpas?" y sin esperar, se adueñó de su abanico. Yo observé ese arrebato, y lo disfruté como una enana: la usurpadora se lo tenía merecido. Justo en ese momento decidí hacer lo mismo con mi silla. A estas alturas me queda claro que cuando alguien no tiene educación, ni respeto, las formas convencionales para que aprenda a tenerlos, simplemente no funcionan.

No esperé mucho: la ocasión se presentó durante la siguiente tanda. La usurpadora se levantó a bailar, ninguna de sus amigas estaba presente, y dejó su bolso encima de la silla, para que nadie pudiera ocuparla. El colmo de los colmos. En ese momento, yo estaba sentada justo al lado, en la silla de mi amigo, y otro amigo mío estaba de pie, por no tener silla en la que sentarse. Mientras miraba perpleja y enfadada, una amiga de ella venía dispuesta a quitar el bolso y sentarse, pero justo al levantar ella el bolso de la silla y aún dudando de si sentarse o no, le dije a mi amigo bien alto para que la otra lo oyera: "siéntate si quieres, al fin y al cabo es mi silla y parece que ella no se va a sentar". Entonces ya no hubo duda, ella no quiso osar sentarse viendo mi enfado, y mi amigo por fin ocupó mi silla. Después de eso, quedó bien claro de quien era el derecho a usar esas sillas, los abanicos, y la mesa.

viernes, 30 de mayo de 2014

Proponiendo un juego: la cadena de abrazos

Todos sabemos lo bien que sientan los abrazos, y hasta de eso se aprovechan algunos. Oí que por la calle los regalaban, y algunos grupos de gente con pocos escrúpulos, metían mano en bolsillos ajenos mientras abrazaban, y junto a la sonrisa de la persona abrazada, también las manos llenas se llevaban.

Oí que la gente ya no se quería abrazar en la calle a desconocidos, a pesar de que había iniciativas totalmente altruistas, con la mejor de las intenciones, regalando abrazos por doquier por la calle. Nos hacen dudar de todo, es una pena. Pero yo hay algo de lo que no dudo: de los abrazos de los milongueros. En la milonga, donde pones el abrazo, pones el corazón.

Y ahí se me ocurrió una manera divertida, al estilo cadena de favores, pero con abrazos, para conocer a otros milongueros a los que por timidez no llegamos a conocer nunca: la cadena de abrazos. La sugiero, la dejo caer, y espero que algún día algún organizador la tome en consideración. Podría ser una bonita forma de hacer algo menos impersonales aquellas milongas que lo son.

La idea: que cada milonguero/a elija a tres personas, hombres o mujeres, con los que no haya bailado nunca, mejor aún si ni siquiera ha hablado con ellos, y se acerque para regalarles un abrazo, siempre haciéndoles saber que forma parte del juego de la cadena de abrazos. La persona que regala el abrazo se presenta, y le invita a la otra a hacer lo mismo. La persona a la que le han  abrazado debe "regalar" a la otra el nombre de un tango que le guste mucho o que le parezca interesante, incluyendo el nombre de la orquesta que lo interpreta. Una forma de romper el hielo, de iniciar conversaciones interesantes sobre música, de pasar un buen rato, y de seguir compartiendo abrazos.

lunes, 26 de mayo de 2014

Qué molestas son las manías...!

Domingo. Milonga de tarde. Milongueros locales y de las proximidades. Un sótano precioso ambientado para celebrar una milonga. Ambiente familiar. Una barra, pista con dos columnas, mesitas y un jardín. Un apasionado del tango que organiza una milonguita en ese lugar. Son diez euros la entrada, con una consumición, por cuatro horas de buena música.

La gente va llegando, saludan, se besuquean, como hacemos todos cuando llegamos a una milonga. Bien es sabido que el tango nos vuelve besucones a todos, hasta a los más ariscos. Algunos se acercan a la barra y pagan sus diez euros a cambio de un papelito canjeable por una bebida. Otros se olvidan, o acordándose, prefieren no acercarse a la barra. A veces, son los mismos a los que les falla la memoria o las ganas de ser honestos y pagar lo que deben.

Ante una situación así, ¿qué puede hacer el anfitrión? Se me ocurren varias soluciones, en este orden:

* Recordar en las invitaciones a la milonga, que hay un precio de entrada: si es en letras negritas, mejor.

* Recordar a los asistentes en el momento de los anuncios, que alguna persona se ha olvidado de pagar la entrada, sin dar nombres. 

* Apuntar los nombres de los olvidadizos, y cobrarles cuando sea posible, bien cuando pidan una bebida o la próxima vez que vengan, pagando doble.

* Poner una mesa en la entrada como taquilla. Esto me parece excesivo, pero si no funcionan el resto de las soluciones, quizás sea lo más acertado.

* Usar un "quita-manías". De hecho tengo yo en casa uno que no uso: igual hasta se lo regalo la próxima vez que le vea. Me explico, para los que no sepan lo que es: un "quita-manías" es tan solo un inofensivo bate de béisbol con la palabra "quita-manías" escrita... normalmente la sugerencia hace que no sea necesario usarlo. Y por cierto, creo que la última solución es la más efectiva.

jueves, 22 de mayo de 2014

¿Se aprende todo?

A estas alturas, tengo mis dudas. Me enseñaron que todo se aprende, pero creo que se equivocaban: no se aprende cuando no se quiere aprender. Me enseñaron que aprendes cuando te enseñan, pero creo que también se equivocaban: se aprende cuando estás preparado para aprender, no cuando te enseñan.

Me enseñaron que con trabajo y esfuerzo se puede conseguir todo. De nuevo, creo que también se equivocaban: casi todo, sí; todo, no. Un ejemplo es que uno no se hace rico solo con trabajo y esfuerzo. Se olvidaron de mencionar las limitaciones que existen, que en el caso de las artes y concretamente del baile, son las capacidades o dones con los que se nace, por mucho que se puedan adquiririr con trabajo y esfuerzo, esto solo sucede hasta cierto punto. Yo he llegado a la conclusión de que jamás cantaré bien por mucho que lo intente y que me guste, ya que la naturaleza me privó de oído y de voz. Y por supuesto, también están las limitaciones que nosotros mismos nos ponemos, pero eso es otra cosa. 

Dentro de estos dones de la naturaleza y dentro de los que sí se pueden aprender, hay uno que no se ve mucho entre milongas: la musicalidad. Es fácil ver a milongueros intentando ir a ritmo: algunos lo consiguen, muchos son los que no, por mucho empeño que pongan. Es como cuando yo intento cantar como Celine Dion: lo intento, y a veces incluso me creo que canto bien, pero lo cierto es que no. Soy feliz con eso, me basta... aunque supongo que a alguien con oído musical no le hará mucha gracia hacer un dúo conmigo. En la milonga es igual: hay milongueros que intentan ir a ritmo y con eso les vale. Dentro de los que van a ritmo, pocos son los que juegan con la música, los que te hacen descubrir mil maneras de escuchar con tus sentidos una misma pieza musical. Suelen ser aquellos que emocionan y transmiten no solo a sus parejas de baile, sino a quienes los ven, cuando convierten el movimiento de su cuerpo en un instrumento musical.

Aún así me siento positiva y creo que la musicalidad se puede aprender escuchando, bailando. Si no se tiene de forma natural, surge con el tiempo, del mejor entendimiento de la música y la adaptación de tu cuerpo al baile, una vez que ya el movimiento sale solo, cuando ya no hay que pensar, sino solo sentir. Y se necesita mucha paciencia, empeño y entrega. No surge solo cuando se sigue el ritmo de un tema, sino cuando se escucha e interpreta la música. Supongo que es lo que yo entiendo como la parte emocional de la interpretación de la música, esa sensibilidad que también forma parte de la comunicación con la pareja. Y es la comunicación la parte difícil, lo que como en la vida misma, no siempre fluye.

Y luego está ese toque mágico que va más allá de la musicalidad. Ahí solo hablo de privilegiados: se tiene o no, como la voz. Una forma de interpretar las pausas o la respiración musical, de acentuar las frases musicales con su empiece y su final, de darles un sentido, de arrastrar las notas musicales con el cuerpo, de bailar los silencios. Es también un sello personal en la forma de interpretar la música.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Oso polar

Frío es poco. Lo que allí hacía era un aire helado que llegaba directamente del mar y te entumecía hasta los huesos. La milonga al aire libre estaba concurrida a pesar de todo: a los milongueros, hay pocas cosas nos quitan las ganas de bailar. Parecíamos cebollas a punto de ser cocinadas: primero con un montón de capas, al minuto siguiente, casi sin ninguna, olvídandonos por completo de todo salvo de la música y los brazos que nos envolvían.

Tiesa, con chaqueta de invierno, cabeza tapada con capucha, y una bufanda, allí estaba yo, como una más, comtemplando como al Dj se le congelaban los dedos sobre el ordenador, y se le caía el moquillo y las ganas de estar ahí sentado. ¡Póbrecito! De repente una invitación de uno de mis milongueros favoritos. Así que empecé a quitarme capas.... una, dos, tres prendas, todas fuera. Me quedé con tan solo un top y una chaquetita de verano. 

Llegué a la pista y mientras esperaba a que me ofreciera la mano para cerrar el abrazo, me quedé sorprendida viendo cómo él se desabrollaba una chaqueta polar que llevaba puesta. Me sonrió. Yo me derretí ahí mismo y lo abracé, no por fuera, sino por dentro, colocando mi mano entre du chaqueta y su cuerpo. Se estaba calentita, se estaba en la gloria. Él emanaba calor, era como un osito polar. Me hubiera quedado así eternamente.

La música sonó y acompañó al abrazo que habíamos cerrado, con una tanda melódica, tranquila. Bailé totalmente pegadita, calentita, en otro mundo. Disfruté muchísimo la tanda y odié con ganas el momento en el que acabó. Con pesar me despegue mientras él me daba otro abrazo y se despedía. Luego volví a por mi abrigo, pero ya no tenía frío... éste tardó lo suyo en volver a sentirse. 

domingo, 18 de mayo de 2014

En el metro de París

Nunca había estado en París por lo que aquel viaje me tuvo ansiosa semanas enteras. Tenía doble ilusión por ir ya que por un lado me moría de ganas de visitar la ciudad y por otro de milonguear por allí. Y sucedieron dos cosas: ni conocí París porque llovió a cántaros durante los días que allí estuve, ni baile mucho porque en las milongas a las que fui me volví algo así como transparente.

Pero me fui de esa ciudad muy contenta gracias a la gente estupenda que conocí, a los maravillosos momentos con amigos y sobre todo, porque había estado por fin en París, una ciudad que se me había resistido hasta en siete ocasiones y que estaba en mi lista de las capitales europeas que aún no conocía. Al regresar a casa, cada uno de mis amigos lo hacía desde un aeropuerto diferente de París, con lo cual, nuestro trayecto juntos acabó en el metro.

Justo cuando iba a subir al vagón de la que era mi última conexión antes de llegar al aeropuerto, oí detrás mio cómo un chico indicaba a una chica en qué parada del metro debía de bajarse para llegar a la terminal del aeropuerto en que que debía bajar. Era justo la misma terminal a la que yo iba. Como era un castellano perfecto con acento argentino, sin pensármelo me di la vuelta y le dije a la chica rubia que yo iba a la misma terminal. Nos pusimos a hablar durante el trayecto y como en toda conversación con gente que no conoces de nada, me preguntó qué hacía en París. Me resultó paradójico informarle a una argentina que yo había ido a París a bailar tango. Esperaba su cara de sorpresa, pero la sorprendida fui yo cuando se presentó y me dijo que ella también había ido a París, pero no a bailar, sino a musicalizar un evento de tango, aunque eso sí, otro evento diferente al que yo fui.

La conversación no faltó y estuvimos a gusto, tanto que en el aeropuerto tomamos café y comimos juntas, y la charla siguió hasta el punto en el que descubrimos que teníamos amigos en común, a los que enviamos una foto que nos hicimos juntas. Bonitos momentos que el tango te da fuera de milongas. Pero como los aviones no esperan, nos despedimos con la certeza de que volveríamos a encontrarnos, y mientras yo miraba una pantalla para informarme sobre la salida de mi vuelo, Analía La Rubia desaparecía tras su puerta de embarque.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Déjate cabecear

Hay unos consejos que siempre te dan para bailar en aquellas milongas en las que se siguen los códigos milongueros y en las que el cabeceo es la forma más habitual de invitar. Lo que yo he aprendido, aunque eso no quiere decir que lo ponga en práctica siempre, es todo esto:

* No hay que cruzar las piernas y brazos. Lenguaje corporal de libro: indican actitud defensiva o negativa. Es difícil que alguien se sienta cómodo y tentado a invitar a una persona que esté en esa actitud. Pero tampoco soy partidaria de poner las piernas en paralelo y las palmas de la mano encima, como una niña buena atendiendo en clase, ya que el mensaje que envía es más bien de ansiedad por bailar y de bancarse cualquier cosa. Digo esto porque me dieron este consejo una vez.

* Hay que sonreír de vez en cuando ya que si tienes "cara de pocos amigos", ellos se sentirán cohibidos y no te invitarán, o pensarán simplemente que tienen más posibilidades de ser rechazados y no se arriesgarán a mirarte más de dos segundos. Con lo propensa que yo soy a estar en medio de todos los accidentes en los que el daño colateral es mi propia persona, esta cara suele ser mi cara en muchas ocasiones, durante al menos el primer tango, después de sentarme con el cuerpo dolorido.  Aunque aclaro que la "cara de pocos amigos" suele ser más bien para mí misma, por volver a hacer la estupidez de aceptar una invitación cuando tu sentido común te grita que no lo hagas.

* Hay que tomar la iniciativa y mirar activamente a aquellos hombres con los que te apetece bailar para que ellos te miren y te cabeceen, sobre todo al inicio de una tanda. Incluso, puedes cabecear tú. Si miras para otros lados o a la pista, entenderán que no estás muy interesada en bailar. Aquí os diré también que yo tengo mi propia forma de cabecear: le miro, le sonrío y le sigo mirando, y al final, el pececillo suele picar.

* Elegir el momento en el empieza una tanda justo para colocarte el pelo, cambiarte a otros zapatos más cómodos o bien buscar algo en el bolso, hace bastante complicado, o más bien imposible el cabeceo: se necesita un cruce de miradas para ello. Aunque mirado desde otro punto de vista, es la forma ideal para darle entender a alguien que te mira que no tienes intención de mirarle porque no quieres bailar con él. Otra cosa bien distinta es que el tipo se dé por aludido. A veces, simplemente se acerca y te dice: "te estoy cabeceando, ¡pero no miras!". Sin comentarios.

* Hablar y hablar y seguir hablando, tampoco es la mejor idea. El milonguero pensará que prefieres charlar a bailar. Esto lo hago siempre que no me gusta una tanda, y funciona de maravilla. Ahora bien, seré más sincera aún: lo hago casi siempre. Estoy en el "proceso de" dejar de hacerlo, pero todavía no he conseguido callarme más de cinco minutos seguidos a no ser que sea mientras como, mientras duermo... y bajo el agua.

* Sobra mencionar que ir al baño o a la barra justo cuando acaba una tanda y va a empezar la otra, o justo cuando ha empezado una, no es la idea más inteligente, ya que al regresar puede que el pescado ya esté vendido, y solo queden sentados aquellos con los que no te apetece bailar. El problema en realidad suele ser cuando la música es muy buena y no quieres perderte un tema, sino escucharlos todos, y luego ir corriendo al baño en la cortina.

* Es importante elegir un buen sitio donde sentarse o donde quedarse de pie. Las esquinas, donde nadie te ve, no son muy adecuadas, a no ser que sean al lado de una zona de paso. Suelen recomendar ir pronto para optar por una buena mesa, pero también se puede ir tarde -como a veces hago yo, dejar tus cosas en cualquier lugar discreto y quedarte de pie en un lugar estratégico. Una vez lo que hice fue fichar la silla de un chico con el que quería bailar, y como yo no tenía silla, me senté en la suya. Cuando regresó, me disculpé, charlamos... y al final me invitó a bailar. Fui un bicho, lo reconozco.

* Para aceptar una invitación solo tienes que sonreír, hacer un gesto de asentimiento con la cabeza, pero NUNCA moverte de tu sitio: puede que hayan cabeceado justo a la que tienes al lado o detrás y metas la pata pensando que te han invitado a ti. Cuando él esté cerca, te hará un segundo cabeceo con el que no tendrás duda alguna de su intención. Obviamente, lo se porque una vez salí a la pista junto a otra mujer... ¡y el cabeceo no era para mi! ¡horror de los horrores!

* Cuando aceptes una invitación, no lo hagas demasiado ansiosa, porque pensará que eres una novata de libro y que estás así de contenta porque nunca bailas. Aún así, tengo un amigo al que le gustan las mujeres efusivas al aceptar la invitación, porque dice que para él eso significa que la chica está deseando bailar con él. Y tiene razón, lo mires por donde lo mires. Yo lo hago a veces, cuando escucho una tanda que me vuelve loca y aparece uno de tus milongueros favoritos sonriendo, invitándote a bailar: ahí no me puedo controlar, ¡me comporto de forma casi indecente!

sábado, 10 de mayo de 2014

Cuando el tango me enamoró

A cada milonguero le enamoró el tango de una manera diferente. A mi me suele gustar preguntar por ese cupido que lanzó la flecha y he hizo que tomaran una clase por primera vez o que fueran a una milonga, porque detrás de muchos milongueros hay historias que emocionan. Pero antes de empezar a contaros en otras entradas del blog todas esas historias, os contaré la mía.

Hace unos años yo vivía lejos de mi familia, cuando una buena amiga argentina me invitó a pasar la Nochebuena con ella y su familia. Tras la cena, estábamos todos en el salón, quizás con algún extraño estado de alegría provocado por brindar por tantas cosas buenas que la vida nos había dado. No me acuerdo muy bien puesto que así como recuerdo mejor los abrazos que las caras, también recuerdo mejor las emociones que los detalles. En algún momento sus padres cambiaron villancicos por tangos y nos deleitaron a mi amiga, sus hermanos y a mí con un tango. Al verles bailar me emocioné, cuando por aquel entonces yo apenas sabía canalizar mis emociones y pocas cosas me hacían perder el control, así que sentir aquello me sorprendió, mientras se esfumaba el estereotipo que yo había creado en mi mente del tango: esa imagen de una raja hasta la cintura, una rosa en la boca, una caminada de lado a lado con las caras de lado, tocándose, levantando las piernas para todos los lados y enroscándolas en las piernas en el hombre... algo sexual, exagerado y vulgar. ¡Qué daño me había hecho el cine y la televisión!

Lo que en ese salón había era entendimiento en una comunicación sin palabras, un toque de elegancia mezclado con sensualidad, y un amor compartido que tenía la palabra felicidad y disfrute escrita en sus caras, todo ello envuelto en un abrazo. Ahí sentí una flecha clavada en mí... ¡diana total! Tan pronto lo vi, lo tuve claro, lo quise para mi: me prometí a mi misma que algún día compartiría algo así con alguien de quien estuviera enamorada. Así es como el tango me llenó el corazón y lleno como está, ahora solo me falta encontrar a alguien con quien compartirlo.

martes, 6 de mayo de 2014

Efecto zaragozano

Efecto zaragozano [ eˈfek.to ][ sa.ɾa.ɣo'sa.no ] s. m. El cabreo que le entra a toda milonguera local que es ignorada casi completamente por los milongueros locales en cuanto una o varias milongueras giris, es decir, extranjeras o de otras ciudades, aparecen por una milonga local.

Posibles causas: los anfitriones quieren hacer gala de sus buenos modales y que las giris se sientan bien recibidas; los locales están cansados de bailar siempre con las mismas y quieren probar nuevos abrazos; algunos simplemente no quieren bailar con las de casa porque no les gusta bailar con ellas pero eso de admitirlo no va con ellos. Muchas veces, la verdadera causa en una mezcla de todas ellas o alguna no mencionada.


Cómo evitarlo: metiendo a las giris en una lavadora para que den unas cuantas vueltas y luego tengan problemas con el eje; cortándoles las piernas; o mejor aún, dándoles un capón bien enérgico en el cogote a los milongueros locales cuando van a invitarlas por segunda o tercera vez y sus milonguera locales (y amigas) están sentadas viendo cómo las patas de las sillas bailan más que ellas.

Posibles curas: rechanzando las invitaciones de los milongueros locales cuando las giris se han vuelto a su casita (aunque me da que muchos de ellos necesitan oír eso de "estoy cabreada" para entenderlo, ya que demostrarlo con el comportamiento no suele ser suficiente...); dándoles un buen sermón sobre lo importante que es cuidar "a las de casa", como se cuida a los amigos o a la familia (claro que esto  dura hasta el "efecto Dori" tiene lugar, es decir, se olvidan del sermón a los cinco minutos...). Dicen que lo último es lo más diplomático, aunque no me cabe duda de que lo primero es lo más efectivo.

Diccionario Enciclopédico de una Milonguera © 2013 Editorial Tanguera, S.L. 

viernes, 2 de mayo de 2014

El peligro de las espectativas

En eventos especiales de tango, en los cuales hay bailarines profesionales que imparten clases, suele haber exhibiciones de los maestros en las milongas de la noche. La gente deja la pisa libre y ellos se ponen en el centro esperando los primeros compases. El resto, nos sentamos en las sillas de alrededor y a veces, incluso en el suelo, con lo cual es normal que termines con un pie dormido o con el trasero congelado cuando el suelo no es de madera.

Normalmente bailan dos o tres tangos (vals, tango o milonga) y en pocas ocasiones he visto cómo la pareja es aplaudida tanto que termina regalando uno o dos más. Pero he visto de todo: a milongueros emocionarse al ver una actuación, a milongueros mirando para otro sitio pasando casi vergüenza ajena por lo que estaban contemplando, pero lo más común es gente totalmente entregada y disfrutando del espectáculo.

A veces es solo eso: un espectáculo formado por una coreografía con boleos por doquier y toda clase de figuras, eso sí, cuanto más originales mejor. Supongo que es lo que la mayoría de los milongueros espera y lo que en realidad lo que les gusta a muchos: algo diferente, novedoso quizás. Cuando se ve un espectáculo de tango en la televisión y el cine, es aún más exagerado.

Quizás soy bicho raro hasta para eso, ya que para ver un alarde de flexibilidad y acrobacias prefiero ir al circo. Para mi un espectáculo de baile tiene que transmitir más allá, especialmente si se trata de tango, que al fin y al cabo, en esencia, es un abrazo. Por eso, lo que espero de una exhibición en una milonga es que la pareja de bailarines transmita sentimientos, complicidad de pareja, y una maestría especial y única en la interpretación musical. Por eso me resulta extraño, frío, ver coreografías en abrazo abierto: es algo agradable de ver y entretenido, pero la mayoría de las veces, sólo eso.

Cuando voy al cine o al teatro, no espero que un actor cite unas frases sin confundirse, técnicamente perfectas en cuanto a su pronunciación y dichas en el momento adecuado, sino que espero bastante más. Y creo que los espectadores también. Cuando veo una exhibición de tango, también espero más y quiero ver una interpretación, emociones a través de sus ojos. Hay parejas que lo muestran, pero lo exageran de forma que no parece natural. Me imagino que después de todo es la dificultad que tiene la interpretación: conseguir ese punto medio. Por eso suelo aplaudir igualmente los esfuerzos de los bailarines a pesar de todo. Pero es como cuando yo hago una paella que no está en su punto y mis invitados sonríen y dicen "¡qué rica!", por ser amables y compensar así mi esfuerzo.

martes, 29 de abril de 2014

Cuando la paciencia no es una de tus virtudes

Creo que una de las primeras lecciones fundamentales que me transmitieron cuando empecé a bailar tango es que debía de escuchar a mi pareja y trabajar la espera. Este mensaje era dirigido a las chicas, o quien hiciera el rol de seguidor. La primera vez que lo oí, me confundió. ¿Escuchar a qué, si no había música y mi pareja no hablaba?¿a los pajaritos? ¿La espera? La confusión duró hasta que comprendí que lo que querían decirme era que no me adelantara a mi pareja de baile en el movimiento y que estuviera atenta a su intención, algo así como escuchar su cuerpo. Entendí que era como jugar al payaso en el que uno levanta una mano y el otro, adivinando el moviento tiene que imitarle a modo de espejo, intentando hacerlo al mismo tiempo, aunque en verdad lo hace un poquito después, cuando ya ha visto el gesto o la intención. Yo creía que armarme de paciencia -esa virtud que por lo general en mi brilla por su ausencia- y esperar a que mi pareja propusiera un movimiento, era la clave. Parecía fácil.

Pero más bien resultó ser una misión imposible. Cuando tomas tus primeras clases de tango "no adelantarse" supone que debes esperar a que un chico, inseguro, decida proponer un movimiento, luego que lo consiga hacer bien, y después es cuando tú entras en el juego. Es algo así como sentarse en el suelo horas y horas delante de un niño de dos años para ver si es capaz de tirar una bolita y meterla a un cubo que está a un metro de él, y luego, una vez que lo consigue, intentas devolverle la bola y encima, que él la atrape, teniendo en cuenta que tú también tienes que saber devolverle la bola de la forma adecuada en cuanto a distancia, fuerza, y demás aspectos. La mayor parte de los mortales aguantan unas veinte bolitas antes de querer meter al niño dentro del cubo, pero yo, desgraciadamente, soy de las que después de la tercera bolita, definitivamente empiezo ya a reprimir ese impulso, y lo peor, se me nota. Por eso, cuando empecé a bailar tango con mi pareja, decidí dejarlo por un tiempo, mientras él seguía aprendiendo. La decisión fue tomada ante el dilema de hacer eso o crear una situación que podía dar lugar a un divorcio prematuro porque según parece, aunque intentaba ser paciente y sonreír, estoy segura que al final se me notaba, y él se enfadaba, claro. 

Más adelante, tomando clases con otras parejas comprendí que mi impaciencia podía ser considerada incluso una virtud. Fui consciente de ello cuando esta milonguera, independiente, segura y bastante acostumbrada a que nadie le diga lo que tiene que hacer o lo que no, exigente y perfecionista, habituada también a conseguir lo que quiere y a no necesitar a nadie para eso, es decir, a arreglárselas sola, se encontró en una situación en la que ella no era la que llevaba el timón del barco. Eso si era poner límites a la paciencia de una. Pero todo se aprende, y mientras la vida me enseñaba mucho, el tango también me daba lecciones.

viernes, 25 de abril de 2014

No hay dos sin tres

Soy una de esas personas a las que les dicen que se le ha caído el apellido al suelo, y va, y mira. A veces peco de ingenua o me lo creo todo, y aunque solo me dura unos segundos, son los suficientes para que a mis amigos les haga toda la gracia del mundo y siempre que pueden, aprovechan la ocasión: definitivamente, es algo que tengo que corregir.

La última vez que sucedió estábamos cenando en casa un grupo de amigos antes de ir a una milonga. Habíamos pedido comida a un restaurante italiano y además de algunos platos para compartir, cada uno pidió un plato para sí mismo. Yo pedí albóndigas de espinacas. Comimos mucho, pero sobró comida, incluida una albóndiga que metería a mi estómago al día siguiente durante la comida. El anfitrión la puso en un plato y la metió al microondas, sabiendo que estaba muerta de hambre y ansiosa por darle un mordisco. Así que al sacarla no pudo reprimir sus ganas de tomarme el pelo y exclamó: "¡se ha hecho más grande!". Y yo abrí los ojos sorprendida para mirar, encantada, creyéndomelo totalmente. Hasta que vi su sonrisa burlona mientras giraba la cabeza de un lado a otro con gesto de "no tienes remedio" y murmuraba lo fácil que es tomarme el pelo y sobre todo cuando hay comida de por medio. Por algo dicen en mi casa que es mejor comprarme un vestido que invitarme a cenar. Si, definitivamente la comida me pierde.

Ese mismo día asistimos a una milonga de tarde. Acababa de ponerme las sandalias de baile cuando recibí una invitación. Me dirigí a la pista. Iba vestida con unas babuchas negras y un top, ropa de lo más cómoda y adecuada para esa milonga. Sin embargo, las babuchas anchas tienen un pequeño problema: es fácil enganchar un tacón en ellas cuando haces un adorno. Y sucedió exactamente eso. Afortunadamente el pantalón no llegó al suelo, solo a bajar un poco cuando mi tacón arrastraba la prenda hacia el piso, hasta que me las apañé para soltarme. Mi compañero de baile, bicho y amigo, no perdió oportunidad y me dijo: "azul... te la va a ver toda la milonga". Entré en estado de pánico pensando que mi babucha no estaba todavía en su sitio y mostraba algo de lo que no debería verse. Justo entonces caí en la cuenta de que no llevaba nada azul debajo, de que no se me veía nada, y de que otra vez, tenía a alguien delante mío partiéndose de risa. Me dieron ganas de estrangularlo.

Y como suelen decir, no hay dos sin tres.

Faltaba muy poco para terminar la milonga. Me senté un rato para masajearme los pies, que me dolían terriblemente después de todo un fin de semana bailando. Justo en ese momento sonó Pugliese. Me encanta, aunque he de confesar que muchas veces me resulta dificilísimo bailarlo. Aún así, me llegó una invitación de un estupendo bailarín, que me suele invitar cuando coincidimos en algún evento, aunque yo no estoy ni de lejos a su altura en cuanto al baile. Me dijo que para esa tanda estaba buscando a alguien con quien sabía que podía disfrutarla. Me encantó el halago y me puse roja como un tomate, consciente de que no era merecido. Le regalé una de mis mejores sonrisas y todo mi esfuerzo por intentar seguir su baile, que conseguí casi todo el tiempo, ya que al estar la pista medio vacía y el ser un chico muy alto, sus zancadas me hicieron sentirme como si al terminar la tanda hubiera corrido una maratón. Luego me senté a reponer fuerzas. Entonces se me acercó una amiga para preguntar si le conocía y si se lo podía presentar. Con mis manos en uno de los cierres de mis sandalias, dispuesta a quitármelas y dar por finalizada la milonga, al menos para mi, le comenté que me sentía como si hubiera corrido una maratón. Ella me miró y bromeó: "bueno, eso explica porqué las suelas de tus zapatos sacan humo...". Supongo que estaba tan cansada que no vi venir la broma y el absurdo de lo que me decía, y para variar, me lo creí por un instante. Miré las suelas de mis zapatos horrorizada, y luego simplemente sentí ese familiar deseo de estrangular a alguien cuando partiéndose de risa me miró y dijo "no me lo puedo creer! ja, ja, ja...".

lunes, 21 de abril de 2014

La milonga del sábado

En los festivales de tango de fin de semana la milonga más importante es la del sábado, independientemente de que sea en esa en la que se crea mejor ambiente, pero sí el Dj suele ser de mejor calidad, es la más concurrida y además, en la que a veces hay exhibiciones de maestros. 

La milonga de la que os voy a hablar era una de estas milongas de sábado. Tenía lugar en un hotel precioso con pista de parqué flotante, pero la organización acertó poco con la planificación del espacio para la milonga. La disposición de las mesas distaba de ser práctica, ya que estaban todas juntas a un lado de la pista, faltaban sillas, y las pocas con las que contaba la sala estaban contra la pared, alrededor de la espaciosa pista, dejando solo la posibilidad de circular por delante de ellas.

Sin embargo, en mi opinión, fue la iluminación lo que realmente condicionó la milonga. Hay un tango muy conocido llamado "A media luz", que es cómo yo considero que es el estado ideal de iluminación para crear ambiente a la hora de bailar un tango. Pero eso es precisamente lo que escaseaba allí: la milonga estaba excesivamente iluminada, dando una sensación de frialdad que a mí me hizo estar fuera de ambiente, como ausente y poco motivada para bailar. Además de que se veían todas las imperfecciones del maquillaje, tragedia para las coquetas milongueras.

También hubo algo que me llamó especialmente la atención: la original pero poco acertada idea de permitir que una especie de láser rojo y verde apuntara a las pocas mesas que había, olvidándose por completo de que aquello no era una discoteca sino una milonga. Fue ya al final de la velada, tras insistir varias veces a algún organizador que otro que por favor la apagaran, que dejó de molestar.

He de reconocer que la música y el ambiente estuvieron bien, a pesar de que el DJ tampoco tuviera una de sus mejores noches, ya que por lo general su música suele conseguir que la pista permanezca llena la mayor parte del tiempo. Pero, siendo sincera, creo que era más por la luz que por otra cosa o quizás a él también le cegaba un poco esa dichosa luz roja y verde.

Después de las críticas, las alabanzas. Los anfitriones se portaron de maravilla con la gente de fuera y pusieron mucha ilusión en el evento, acertaron plenamente con los maestros invitados, y también con el servicio de barra que fue impecable e incluso me atrevo a decir que uno de los mejores servicios que he encontrado nunca en una milonga.

jueves, 17 de abril de 2014

Emboscada cumpleañera

Un sábado, dos días antes de mi cumpleaños, fui a una de mis milongas habituales. Había sido muy discreta sobre la fecha en la que nací, ya que no quería sorpresas no deseadas en la milonga: me refiero a esa costumbre de obligar al cumpleañero a ponerse en el centro de la pista para que baile un vals con todos aquellos que quieran. Algunos consideran este homenaje como algo simpático, pero otros más bien como una tortura, algo que deseamos evitar. Así que las únicas personas que conocían la fecha de la discordia eran amigos cercanos, que sabían también de mi aversión por esa costumbre que hace que incluso oculte la fecha de mi cumpleaños en Facebook, a pesar de que me gusta celebrarlo con amigos, saber de ellos en ese día y hacer alguna fiesta.

Aquel día algunos de estos amigos se fueron de la lengua. Me prepararon una emboscada. Seguramente hasta confesaron que si me enteraba que iba a salir a la pista, buscaría alguna excusa para desaparecer. No me cabe duda de que fue planeado con la mejor de las intenciones, esperando que yo enfrentara a algo que me pone nerviosa y que ellos no comprenden y ven como una tontería. Para mi no lo es.

Sonó la primera tanda de tangos en la que recibía una invitación para bailar, ya que anteriormente solo había bailado valses. Él, un amigo milonguero con el que me encanta bailar y todo un caballero, me brindó una tanda preciosa. Al terminar, me agarró de la mano y me dijo que me quedara, con lo que supuse que quería repetir tanda, aunque no es su costumbre. Cuando vi que la gente iba desapareciendo, la siguiente tanda no empezaba, me empecé a poner nerviosa. Cuando vi acercarse a la organizadora de la milonga, empecé a sentir el malestar de verdad. Al menos no era la única cumpleañera, ya que mi amigo también celebraba el suyo, por lo que el vals lo empezamos bailando juntos, aunque de poco sirvió para calmarme. Luego no recuerdo que vino después ni con quien bailé, ni qué sonó. Intenté sobrellevar la tortura evitando mirar a la gente, manteniendo los ojos cerrados todo lo posible, y concentrándome en la música. Obviamente, fue en vano.

Tan pronto como la música cesó, busqué una silla al fondo de la sala, pedí un botellín de agua e intenté calmarme. El mal rato que había pasado hizo que me encontrara algo indispuesta y no fui capaz de volver a meterme en el ambiente de la milonga. Después de eso, ya no bailé más. Lo único que hizo que lo olvidara por unos instantes fue la sonrisa de dos amigas, a las que quiero un montón, cuando me entregaron un pañuelo precioso con un broche como regalo de cumpleaños. Poco después, sin despedirme de casi nadie, me fui a casa. A pesar de todo, me fui a dormir con una gran sonrisa. Aquella noche dormí de maravilla, supongo que por el estrés emocional y por lo agotada que me sentía.

domingo, 13 de abril de 2014

Lo que me derrite

A veces, bien por su inexperiencia, es decir, sin poder evitarlo, o porque va embalado y a lo suyo, el milonguero con el que bailas te arrastra al desastre: sientes un taconazo, un empujón, o algo peor. Dejas de oír la música y si continuas bailando, definitivamente lo haces con miedo, sin permanecer entregada ni a la música ni al abrazo. Otras veces, sin embargo, sabes que puedes cerrar los ojos y entregarte en cuerpo y alma porque quien te abraza tiene como objetivo hacerte disfrutar pero por encima de todo, protegerte.

Estaba con unas amigas milongueras cuando comenté en voz alta que me encanta bailar con milongueros que son capaces de hacer lo que sea por protegerme mientras bailamos y que cuando así siento que lo están haciendo, me derrito, me encanta. Estos milongueros suelen ser casi siempre experimentados, bailan suavemente aunque derrochen energía, son generosos y buena onda. Y para que vamos a mentir: nos vuelven locas a las milongueras.

A mis amigas les describí con detalles esos milongueros y esos momentos de los que hablo. A veces, bailando en abrazo cerrado con un milonguero, con los ojos cerrados y totalmente entregada a la música, de repente siento como él se para casi completamente en el sitio. Mientras esto sucede noto cómo él recoge el abrazo, pegando mis brazos a su pecho, hasta que a modo de escudo me veo rodeada solo por su cuerpo. Entonces abro los ojos y me doy cuenta de que estamos rodeados y que de ninguna manera nos vamos a librar de un golpe. Entonces comprendo que de esta forma, casi quieto, intenta evitar que alguien me golpee, y está alerta, dispuesto incluso a recibirlo él.

Cuando siento que esto sucede, simplemente me derrito. Es sin duda uno de los momentos más especiales y que me hacen sentir mejor en la milonga: la sensación de que me cuidan. En ese momento me enamoro por un solo segundo de mi pareja de baile. Del todo. Es parte de la magia del tango.

Lo que más me sorprendió descubrir en esta confesión pública de mis debilidades, fue que cuando describí en voz alta ese momento en el que él se para para protegerme, como si nada más importara, me di cuenta de que todas poníamos la misma cara de bobaliconas y nos derretíamos solo con pensar en un instante de esos. Fue un descubrimiento agradable saber que es una debilidad probablemente de toda milonguera, y no solo mía.

miércoles, 9 de abril de 2014

¿Aceptamos pulpo como animal de compañía?

Entiendo que organizar una milonga es mucho trabajo: hay que buscar local con un suelo decente, preparar la musicalización, adecuar la luz y la disposición de las mesas para crear una agradable ambientación, encargarse de que haya comida y bebida disponible, y muchos otros detalles.  

También entiendo que si la milonga tiene lugar en una sala de fiestas en la que normalmente la consumición mínima no baja de los 5 euros, y no quieres cobrar mucho más en la entrada de la milonga, que además va con consumición incluida, propongas a la sala de fiestas que solo puedan ser canjeables por la entrada aquellas bebidas que sean refrescos, botellas de agua o cervezas.

Me acuerdo una vez que fui a una de estas milongas que se celebraba en una sala de fiestas. No tengo ni idea del arreglo que hicieron los organizadores con los dueños del local y la barra, pero después de pagar mi entrada con consumición y bailar un par de tandas, me dirigí a la barra porque quería descansar un poco y tomar algo. Allí había una chica, seguramente contratada por los dueños del local para atender la barra mientras durara la milonga y con orden expresa de intercambiar nuestras entradas por refrescos, agua o alguna cerveza. No había vino, y sí había combinados, que se pagaban a parte. Hasta ahí todo perfecto.

Como había oído que daban café, pedí uno. La camarera vino hacia mi con una jarra de café "de puchero" ya hecho: no daban café de cafetera sino alguna cosa medio negra y aguada a la que llamaban café. Le dije que si no había café expreso, no quería café. Pedí agua. Ella entonces sacó una botella de plástico de agua con gas, empezada, y se disponía a servirme cuando le dije que tampoco quería eso, que quería agua sin gas. No había agua sin gas. Como no tenía opción de pedir una bebida sin gas, decidí pedir una coca-cola. De nuevo, la camarera sacó de debajo de la barra una botella de litro y medio de coca-cola empezada y me sirvió un vaso de plástico. A estas alturas, ya no dije nada. Estaba alucinada puesto que eso era una sala de fiestas con poca gente, y no una verbena de un pueblo de mala muerte lleno de borrachos donde no se pueden dar vasos que no sean de plástico. En fin, sus razones tendrían.

Mi alucine se transformó en enfado cuando al darle el primer trago a mi refresco, descubrí que aquello era una especie de bebida de cola, no una coca-cola, casi sin gas y encima bastante más caliente de lo que debería estar. Entonces miré a la camarera y le dije: "¿me puedes decir por favor qué es esto?" y me respondió: "coca-cola, como has pedido". Levanté las cejas, la miré de nuevo y luego me dio un ataque de risa. Decidí no perder más el tiempo y aceptar pulpo como animal de compañía, al menos ante la camarera, aunque no así ante los organizadores de la milonga. Con ellos tuve una pequeña charla sobre el asunto y les di mi opinión sobre lo mal que me parece que, si organizan una milonga en la que hay consumición incluida con la entrada (es decir, estás pagando una consumición), lo lógico es que la bebida sea de una calidad mínima para que la gente no se sienta estafada. Pero hay otras opciones, por ejemplo no ofrecer consumición con la entrada.

sábado, 5 de abril de 2014

Amor, tinta y tango

Esta es la historia de un bonito detalle de amor. Los protagonistas, una pareja de milongueros que se conocieron en la juventud y que jubilados como están, siguen juntos, abrazándose entre milongas.

Me acuerdo cuando los conocí en una milonga local. La primera vez que crucé una palabra con él fue al acercarme a su mesa de una forma que yo creía discreta, para comprobar si entre el puñado de caramelitos que había sobre las mesas quedaba alguna picota (esos caramelitos rojos con forma de bola por los que esta milonguera pierde la cabeza). Él se dio cuenta de la estrategia y sonriendo me dijo que ya no quedaban mientras yo me ponía roja como un tomate.

En la siguiente milonga en la que coincidimos él se acercó a mi sonriendo, abrió la mano, y me ofreció un tesoro: un puñado de picotas que él había recolectado para mi. Casi hasta me emociono por el bonito gesto, y con ese puñado de picotas me ganó: no tuve dudas en ese momento de que ese milonguero y yo íbamos a compartir muchos abrazos. Cuando además me presentó a su mujer, conecté enseguida con ella, y  entonces también supe que con ella iba a compartir momentos muy especiales.

Llegó una fecha señalada en la vida de esta pareja: esa en la que una persona que ha trabajado duramente toda su vida, se jubila, pasa al estado "jubiloso", puesto que a partir de entonces dispone de tiempo para él y su mujer, para viajar, pescar, dedicar a la familia y para bailar tango. En aquel momento tan importante de cambio en su vida ella quiso hacerle un regalo original, especial, que yo descubrí durante el siguiente verano, cuando las camisas de manga corta empezaron a sustituir a las de manga larga. Un día de esos en los cuales aprecié que situado en la parte interior de su antebrazo lucía un precioso tatuaje de una pareja bailando tango. Abrí los ojos como platos y mi curiosidad fue más grande que yo y pregunté, y así es como supe su historia. 

Es en el tango donde he visto a varias parejas ya, que al mirarlas hacen que una se conmueva por el cariño y conocimiento palpable entre ellos, su amor y complicidad. Envidio eso que veo en ellos y me siento afortunada de poder ser testigo de estos pequeños detalles y momentos, ya que me hacen vivirlos como si yo fuera parte de ellos.

martes, 1 de abril de 2014

Hablando de un tema espinoso

Me costó muchas experiencias de todo tipo el darme cuenta de que el humor, el sentido común y la educación son culturales. Los pilares básicos en los que se apoyan son los valores y normas transmitidos dentro del núcleo familiar y dados por la sociedad que rodean a la persona que los recibe. Pero siempre hay que tener en cuenta que a todos no nos enseñan lo mismo y por tanto nuestros pilares a veces se pueden llegar a parecer, pero casi nunca son idénticos.

Por esta razón soy partidaria de que deberían existir clases quizás llamadas "códigos milongueros" en los que no solo se hable de los códigos milongueros en sí mismos, como la circulación en la pista, las diferentes formas de invitar, y otros, sino también de otros temas importantes que son clave para que dos personas que no se conocen, separadas apenas unos centímetros las unas de las otras, estén a gusto: hablo por ejemplo de la higiene.

Estoy completamente segura de que hay personas a las que les han enseñado desde pequeños que hay que ducharse dos o tres veces al día, otras a las que hay que asearse una vez al día y otras a las que por los motivos que sea, solo es recomendable o suficiente con dos o tres veces a la semana o incluso menos. Ocurre lo mismo con el lavado de la ropa y muchas otras cosas. Para los que se duchan dos o tres veces al día, puede que los que lo hacen dos o tres veces por semana les parezcan unos guarros, y para estos últimos, los otros unos exagerados y además unos inconscientes por someter a su piel a tantos químicos, pero cada uno tiene sus razones para pensar como piensa y hacer lo que hace, y por eso, debemos ser respetuosos los unos con los otros.

Ahora bien, en la milonga hay que tener en cuenta que hay gente muy sensible a los olores y que lo ideal sería que todos estemos cómodos y relajados, incluso los más sensibles. Hay que tener en cuenta que una invitación de baile puede ser aceptada o rechazada por la comodidad o incomodidad con el olor corporal de una persona, el olor de la ropa, el aliento, e incluso por el perfume.

Con respecto a los olores corporales, mi consejo es que estés en cualquiera de los grupos que he mencionado antes en cuanto tus hábitos de limpieza y ducha, hagas lo siguiente: que tu día y hora de aseo coincida con el momento más próximo antes de ir a la milonga, es decir, si te duchas tres días a la semana, mejor que coincida el día de la milonga y a ser posible, antes de la milonga; si eres de los de diario, que coincida antes de ir a la milonga; si eres de los de varias veces al día, pues antes y después de la milonga y todas las otras veces que desees.

Con respecto al olor de la ropa, sucede algo así como con el aseo personal puesto que hay gente que lava la ropa después de cada uso y otros que no. Mi consejo por tanto es similar al de los olores corporales: siempre lo limpio, antes de ir a la milonga. El tabaco debería tener un capítulo aparte, pero es bueno hacer saber que para algunas personas es un olor desagradable y por tanto equivale a ir sin duchar, con ropa sucia, sin perfume o con exceso de él.

Con respecto al aliento, hay que entender que hay gente que por problemas de salud no tiene buen aliento. Pero la buena noticia es que hay soluciones para casi todo. Lo primero es saber si tienes o no buen aliento, puesto que a veces uno no es consciente de sus propios olores porque se acostumbra a ellos. Para saber si tu aliento es agradable o no, hay un truco que no falla: vas a un lugar privado (por ejemplo un aseo) y te lames la parte interna de tu muñeca, luego acercas la nariz y te sorprenderás al oler tus propios olores como los olerían los demás. Los chicles y los caramelos son la mejor de las soluciones. Yo soy partidaria de que en todas las milongas se regalen caramelitos, para que los despistados que se los han dejado en casa.

Con respecto a los perfumes, mi consejo es que si usas un perfume intenso, mejor usarlo con moderación, ya que a la gente sensible a los olores, el exceso puede provocarles rechazo o malestar. Yo soy más partidaria de usar perfumes frescos y en poca cantidad, y por si a alguien le sirve mi costumbre, suelo ir con una muestra de perfume en la bolsa de los zapatos para usarla cuando es necesario. Creo que es mejor esto último que pasarse con la dosis en una primera vez. Lo que no cabe duda es de que el perfume o agua de colonia es necesario, y a veces incluso una buena elección de perfume puede hacer que una milonguera se derrita al abrazar a su compañero: hay chicos que huelen de maravilla y solo con eso, aunque luego te pisen, hace que la tanda merezca la pena.

viernes, 28 de marzo de 2014

Los otros animalitos del zoo de la milonga

El zoo de la milonga es muy generoso, y en él no solo abundan muchas especies de milongueras sino también de milongueros. Obviamente, como yo bailo con ellos, soy capaz de diferenciar más tipos de animalitos que en el caso de las milongueras.

Los perros pastores son pocos al lado de un gran rebaño de ovejas, igualito que algunos milongueros en una milonga llena de milongueras, sentadas, esperando una invitación. Sepan o no conducir al rebaño, van paseándose eligiendo ovejas. Algunos de ellos se enfadan o molestan cuando una oveja se sale del rebaño, que en términos milongueros sería algo así como declinar una invitación directa suya. Muchos de ellos, en su rol de perros pastores, no saben que aunque ellos son los que lideran, no son los únicos que cuentan a la hora de decidir. Los perros pastores rara vez se acercan a las leonas; las serpientes suelen escaquearse de algunos de ellos cuando es necesario, sobre todo cuando ven que muerden; y las lobas les atacan de vez en cuando, si es que son buenos guiando. A estos los observo y si creo que voy a disfrutar la tanda con ellos y no hay algo de fuerza mayor que me cause rechazo, les doy una de mis mejores sonrisas y me aventuro a disfrutar una tanda con ellos.

Los pavos reales son aquellos que visten de forma muy llamativa, supongo que para dar el pego de que son muy milongueros. A veces, incluso lo son. Les gusta destacar, que les miren. Son animales muy curiosos y desde luego no pasan desapercibidos, por lo general, tampoco su forma de bailar. Con estos bailo a veces porque pueden llegar a ser divertidos, pero otras los rechazo porque me de vergüenza bailar con ellos: soy demasiado consciente de que llaman mucho la atención y eso es precisamente lo que yo evito.

Los leones, reyes de la milonga, son estupendos bailarines con quienes todas quieren bailar, pero ellos por lo habitual solo bailan con leonas de la misma manada o de alguna otra manada que conocen. Suelen ser el principal objetivo de las lobas. Algunos de ellos aceptan por compromiso, pero otras veces los he visto rechazar abiertamente una invitación sin reparo alguno. A estos los admiro de lejos, y alguna vez, una vez cada mil años, uno de ellos se confunde y me invita a bailar: suele ser mi día de suerte.

El equivalente a la serpiente en los milongueros es el cocodrilo. Es un animal que observa y no se mueve hasta que elige. Suele cabecear, baila pocas tandas, es un estupendo bailaín y disfruta de casi todos los abrazos que regala. Suelen ser los favoritos uno de los animalitos favoritos de las lobas.

El lobo es aquel que cree que porque hace más años que nadie que baila, todas estarán encantadas de bailar con él, aunque no sepa bailar. Elije alguna oveja, pero por lo general más bien corderitas principiantes, que le miran como a un dios, justo lo que él quiere y necesita. A estos les tengo casi el mismo cariño que a las lobas. Lo bueno, es que esta especie no abunda.

El grillo es aquel que no calla mientras baila. Da igual que lo que le digan, él sigue a lo suyo y te impide escuchar la música. Con él es imposible bailar, tan solo moverse por la pista. Normalmente caigo una vez, pero luego, una vez que identifico esa cosita negra gritona cerca, decido ir a escuchar música a otra parte.

El caballo se diferencia del cocodrilo básicamente en que es bastante más abierto y receptivo a que le inviten a él: por esa razón baila bastantes tandas que no disfruta, por compromiso. Por lo general es educado, sonríe mucho y tiene un buen abrazo y musicalidad, aunque sea muy principiante. No se enfada si un día no bailas con él, es amigo del cabeceo pero si tiene mucha confianza, también invita acercándose. Es ese tipo de milonguero con el que te sientes segura incluso en una milonga llena de gente. Y por cierto, uno de mis animales favoritos.

martes, 25 de marzo de 2014

El zoo de la milonga

Poniendo un poquito de humor diremos que la milonga es como un zoo, en el que abundan muchas especies de "animalitos", tal y como sucede también fuera de la milonga. Aqui hablaremos de ellas.

Normalmente en una milonga las mujeres abundan, los hombres escasean. Para la milonguera más común, bailar es algo así como una lotería cuando se queda sentada esperando a ver qué sucede. En esta situación no importa su ubicación, ni si conoce o no a otros milongueros, simplemente se produce un proceso de transformación a un ser traslúcido, etéreo, casi invisible. Otras veces sin embargo, sin saber porqué, ella brilla la que más entre todas. Supongo que esto es debido a la energía que proyecta en cada momento. Este tipo de milonguera, la más común, es a la que yo llamaré oveja. 

La luciérnaga es aquella milonguera, de las que no destaca por su baile, pero que viste de forma provocativa para llamar la atención de los hombres y tener así más oportunidades. Creo que en mi vida de milonguera yo me he transformado en casi todos los animalitos y por su puesto a ratos fui luciérnaga cuando aprendía a bailar, pero pronto aprendí que por mucho que enseñes la alas, vuelas cuando tienes que volar.

La leona es reina de la milonga, estupenda bailarina, a quien nunca le faltan invitaciones. No nací de esta especie, pero aún así me gusta admirarlas cuando las veo por la pista.

La loba es esa milonguera que destaque o no por su baile, va siempre en busca de bailarines para invitarles, sin cabeceo alguno, tal y como hacen muchos milongueros cuando se ponen delante de una milonguera y hacen que ella acepte la invitación por compromiso. Son las que menos me gustan y las que más molestas me resultan. Creo que nadie, hombre o mujer, debe imponerse o comprometer a alguien: para eso está el cabeceo, para que ambos elijan.

La serpiente sería la que espera hasta que ve algo que quiere, y sin ser una loba, usa tácticas para conseguir que el milonguero que le interesa la invite a bailar, aunque muchas veces no lo consigue y esas veces termina bailando poco en la milonga. Aquí es donde esté equivocada o no, yo me identifico casi todo el tiempo.

Luego está la mariposa, que sería aquella que viste con colorines, que es muy simpática, y que parece conocer a todas las flores y capullos de la milonga. Creo que a veces me trasformo en algún bichito parecido a la mariposa pero sin serlo, y me retan por ello, ya que me acerco a muchas flores para charlar y luego nunca estoy atenta al cabeceo. Pero nunca podría ser mariposa ya que no es muy compatible con mi personalidad: solo me sale ser simpática con quien me cae bien, y fingir lo contrario no es uno de mis fuertes. Además, aunque de vez en cuando me pongo algo de color, la única vez que me puse modelito color verde esperanza, debieron de confundirme con la hierba... porque no bailé casi nada.

Quizás depués de tanto análisis, a lo mejor resulta que soy un camaleón... ¡vaya!

viernes, 21 de marzo de 2014

Bailando con un músico

Era un festival de tango al que fui solamente a la milonga del sábado, y encima llegué tarde. Pagué la barbaridad de veinte euros por la entrada a una milonga en la que hacía un calor infernal y en la que media hora después de entrar iba a tragarme una orquesta imbailable por casi una hora. Al menos, después quedaron otras dos horas de buena musicalización, regalada por Ariel Yuryevic.

La hora de orquesta la dediqué a charlar con amigos y comer unas riquísimas empanadas caseras que ofrecían. Parte del tiempo lo empleé en acompañar al amigo con el que había ido a esa milonga, a dar una vuelta y ver el ambiente, mientras él murmuraba: "¿¿cómo pueden tocar esto??¡pero si no se puede ni bailar!". Luego me pasé a ver modelitos en los puestos de ropa y zapatos de tango, pero al menos fui lo suficientemente sensata como para no pecar y terminar metiendo un trapito más en mi abarrotado armario.

Una vez que dieron paso al DJ, recibí una invitación de un chico joven, de unos treinta años o alguno más, y como la media de la mayoría de los asistenteses era de exactamente el doble de su edad, pues fue como encontrar la nota discordante. Acepté bailar con la nota discordante. No era un sol, era un do, y de pecho. Lo digo porque de ahí precisamente salió la tos que me dio al atragantarme cuando me preguntó qué me había parecido la orquesta. Y en uno de esos extraños momentos en el que dejo que la sinceridad se atragante un poco y permito que la diplomacia me haga quedar bien, le contesté que había llegado tarde, por lo que me había ido a comer algo y saludar a unos amigos, y que casi ni me había parado a escuchar la orquesta. Me quedé sorprendida de lo cercano a la verdad que era lo que había dicho, evitando criticar a la orquesta. Menos mal que no lo hice. Él se presentó como uno de los músicos. Caaaaaaasi. Casi la lío.

El simpático chico bailaba raro. Así lo definiría. Poco y raro. Parecía más bien que intentaba interpretar la música como él lo haría con un instrumento musical. No se baila como se toca, pero supongo que él era tan principiante como bailarín, que estaba en el proceso de entenderlo. Los conocimientos de música pueden ayudar a la hora de bailar y comprender la musicalización a la hora de interpretar un tango bailándolo, pero nada más. Son dos mundos diferentes. Lo se porque yo aprendí solfeo por años, e incluso toqué piano, hasta que me di cuenta de que no era lo mío, o mejor dicho, hasta que mi madre se dio cuenta de ello. Por cierto, tardó unos diez años.

domingo, 16 de marzo de 2014

Yo quiero un sótano como ese

Era una milonga organizada por una asociación de tango, en la que había gente de otros países vecinos, pero principalmente de muchos rincones de la península ibérica, con lo cual era una ocasión especial para conocer gente nueva y admirar nuevas formas de interpretar un tango. En aquella milonga hubo una pareja que admiré de forma especial, por su estilo milonguero, del que confieso tengo debilidad, y por su originalidad: se llaman Julio y Juana.  

Después de ojearles durante alguna que otra tanda, en un momento avanzado de la noche, en el que yo estaba descansando y ya no había mucha gente en la pista de baile, decidí observarles una tanda entera. El primer tango lo comenzaron con una secuencia en la que ambos caminaban hacia adelante. Definitivamente se ganaron toda mi atención, ya que era la primera vez que milongueando veía a una pareja empezar un tango de una forma tan original. He de reconocer también que me sorprendieron positivamente por la conexión que transmitían, el juego que había en su tango, el disfrute que se veía en ellos mientras bailaban: me tuvieron hipnotizada toda la tanda.

Esa misma noche, al comentar a una amiga lo mucho que me habían gustado y preguntarle por ellos, me comentó que eran milongueros conocidos y que no solo eso, sino que entre otros reconocimientos estaba el de

su energía positiva y también por su calidad humana. Os dejo un par de vídeos que he encontrado en YouTube, en los que bailan desde el maravilloso sótano de su casa, para felicitar la Navidad a sus amigos milongueros... ¿¿os he dicho que quiero un sótano como ese?? ¡Qué preciosidad!


miércoles, 12 de marzo de 2014

¿Una coincidencia?

Tengo temporadas en las que me gusta sentarme en una mesita de la milonga y observar. Antes me resultaba más fácil, pero ahora es casi imposible pasarme media hora sin una amiga a mi lado dándole a la sin-hueso sin parar, aunque siendo justa, a lo mejor es que tengo yo algo que ver con eso: no por nada me han retado por ser "difícil de cabecear" por esa misma razón. 

En esas temporadas, mentras no les quitaba el ojo de encima a los milongueros y milongueras al bailar, me fijaba en su interpretación de la música, en sus gestos, su abrazo y su postura, me imaginaba también lo que sentirían. Es increíble todo lo que se aprende observando. Así es como empecé a darme cuenta de que es muy sencillo distinguir a la milonguera que está apurada porque no está a la altura de su bailarín, ya que se la ve nerviosa, disculpándose, tropezándose, buscando con la mirada una aprobación; a la que está incómoda porque ha elegido mal la ropa para bailar, por sus constantes intentos por ajustarse un tirante, la falda, y también por las miradas de ellos que dicen bastante más que un tirante fuera de su sitio; a la que se está disfrutando del abrazo, que baila con los ojos cerrados, que se le escapa un suspiro al terminar el tango; a la que se simplemente se divierte y la ves reírse; a la que está incómoda porque su pareja ya no es un osito de peluche que huele a lavanda sino más bien un gato al que acaban de sacar de una pileta; a la que le hacen daño y se mueve más que en una cama llenita de pulgas; y a la que le gustaría estar más bien en Marte porque tiene tal cara de aburrida que obviamente está bailando por compromiso.Pero a ellos también se les nota, aunque bastante menos que a nosotras: digamos que somos algo más protestonas con todo.

Observando y mirando montones de fotos es como di con una coincidencia que quizás no lo sea tanto: descubrí una de las caras más comunes que ponen los milongueros cuando están concentrados. Normalmente esto no se aprecia en las fotos colgadas en las redes sociales porque ahí solo se publican las seleccionadas, pero, si te pasas una noche entera haciendo fotos hasta a las patas de las sillas, es cuando para tu sorpresa encuentras una grandísima cantidad de fotos en las que ellos salen con la punta de la lengua fuera, concentradísimos. Al principio pensé que era casualidad, pero en mi tierra dicen que cuando el río suena, algo lleva. En este caso concretamente, por estadística, creo que es un gesto inconsciente que hacen muchos milongueros al bailar. O eso o bien yo tengo una suerte de mil demonios y siempre capto fotos en el momento menos oportuno.

sábado, 8 de marzo de 2014

Magia

Los momentos más intensos y bonitos de la vida, en cuanto a emociones, son aquellos que repetimos una y otra vez en nuestro recuerdo, como cura o consuelo, cuando la vida no nos trata bien. En esas situaciones en las que nos roba a seres queridos u otros amores, alegrías, o nos pone en situaciones que se vuelven tan difíciles que nos desbordan. Entonces las memorias felices vuelven, son como un salvavidas en un mar donde creíamos ahogarnos. Pero lo hacen efímeramente porque tan solo las revivimos en nuestra mente, no con nuestros sentidos reales.

Esos momentos intensos y maravillosos también los vivo yo en el tango: un abrazo, una mirada, un solo sentir, esa conexión tan especial que llegas a sentir a veces con alguien. Pero aunque es también una ilusión que se desvanece en cuanto el tango termina, es muy real mientras dura. Son instantes tan intensos, en los que parece que el aire se corta en pedazos, en los que la gente de alrededor deja de existir y solo sientes tu corazón latir, como si fuera a salirse del pecho. La respiración queda en el olvido y solo existe una mirada intensa que te atraviesa y te desnuda el alma.

Ayer viví uno de esos momentos, justo al final de cada tango que bailé con él.

Cuando se siente algo así, siempre se tiene la certeza de que es algo compartido y las palabras sobran. Luego la magia se va disipando en cuanto percibes que la gente regresa a sus respectivas mesas y con la mirada siguen buscando nuevos abrazos. No en cada milonga, pero en algunas de ellas vuelves a sentirla, y ese anhelo de sentirla lo que que hace que pasemos tanto tiempo entre milongas.

Estoy segura de que volveré a abrazarle, a sentir que el aire se corta al perderme en su mirada, pero también estoy segura de que antes, si no es con él, lo sentiré con otro. Simplemente lo sé, el tango es así.

martes, 4 de marzo de 2014

Como cuchillos en los pies

Supongo que todos vosotros milongueros como yo, sabéis lo que es sentir algo así como cuchillos en los pies. Suele ser buena señal: has bailado, has disfrutado, has milongueado sin parar. Pues bien, os voy a dejar algunos consejos que a mí me funcionan para aliviar el dolor de pies, ya sabéis esas "cosas" compuestas por 26 huesos, 32 articulaciones, 19 músculos y más de cien ligamentos, que tenemos unidas a los tobillos. Espero que os sirvan a vosotros también.

1. Conviene calentar y estirar antes y después de bailar (eso que yo debería, pero que nunca hago).

2. Tengo un ritual que me funciona de maravilla: meter los pies en hielo tras una noche de milongueo. Si no hay hielo, sentarse en la bañera también vale, y mojarse las piernas con agua bien fría es otra opción igualmente válida.

3. Apoyar el trasero junto a la pared, con la espalda en el suelo y las piernas en alto, hace que descansen de una manera increíble.

4. Están las cremas y demás fármacos antiinflamatorios, pero yo soy de las que creen que lo natural es lo mejor, aunque a veces, está bien tener un kit de emergencia.

5. Las pelotitas: así como la de tenis va bien para la espalda si te apoyas en ella contra la pared, las de pin pon o de goma son ideales para masajear los pies, colocándolas justo debajo de éstos mientras sentada intentas que pasen por cada centímetro de tus pies. Duele, pero sienta bien.

6. Mis zapatillas de casa son calcetines con suela: qué maravilloso día el que descubrí este tipo de calzado.

7. Siempre que se puede, sentada en la milonga, no es mala idea mover los pies hacia abajo y hacia arriba, sin mover las piernas ni los tobillos. También es agradable hacer círculos con los tobillos.

8. Entre semana yo tengo un ritual que hago cada jueves, justo antes del fin de semana y del milongueo: después de ducharme embarruno de crema hidratante los pies de forma exagerada; los meto en bolsas de plástico y las cierro con goma a la altura de los tobillos; luego los meto en un balde de agua muy fría, luego hago lo mismo con agua muy caliente, durante unos minutos para que los pies absorban mejor la crema con el calor. La sensación es maravillosa. 

9. Se dice que si el dolor de pies es muy agudo, meterlos en agua con hojas de árnica, arcilla verde o melisa y dejarlos ahí por un cuarto de hora, funciona de maravilla. Tengo que ver, todavía no me he aventurado a hacerlo yo.

10. Y el lujazo: un auto-masaje, o un masaje si tienes quien te lo de, y si el masaje termina en final feliz, ¡seguro que ni te acuerdas de los pies!

viernes, 28 de febrero de 2014

Todo lo que va, vuelve

Hace ya bastante tiempo, en una de mis primeras milongas fuera de casa, recibí una invitación que la consideré curiosa en un principio, insultante un poco más tarde. Mientras nos dirigíamos a la pista para comenzar el primer tango de la tanda me dejó saber la razón por la que me había invitado. Me confesó que me había estado observando bailar con alguno que otro y que le sorprendía que hubiera bailado con milongueros que según él eran terribles en cuanto a técnica y también con otros que realmente eran muy buenos bailarines, y que eso le tenía intrigado. Yo no entendía nada.

Por aquel entonces, disfrutaba bailando con cada chico que me invitaba, todos me parecían buenos bailarines, aunque con algunos me sintiera más a gusto en el abrazo que con otros. Mi mayor preocupación solía ser interpretar a mi pareja de baile, no caerme, ni colgarme -cosa que solo conseguía a ratos-, pero eso de escuchar la música y pisar a tiempo eran misión imposible. Está claro que mi baile era un desastre y yo era una principiante de libro.

Cuando terminamos la tanda me acompañó a mi silla y me dijo: "ahora lo entiendo, es porque eres... jovencita". Para colmo lo dijo mientras miraba descaradamente mi escote. Su comentario mezquino y fuera de lugar sobraba, y fue como un tortazo en la cara. Yo sabía que era principiante y que no estaba a su altura en cuanto a nivel de baile, y también que había hombres que seguramente me invitaban porque era joven y ellos unos viejos verdes, pero lo que no sabía era que había tipejos cómo él.

Está claro que ese "lo-que-sea" (lo de "señor" le queda grande) no sabe es que no todos no son como él y hay algún que otro milonguero experimentado que aunque no lo haga con frecuencia porque le gusta bailar con chicas con las que disfruta, de vez en cuando invita a bailar a mujeres con menos experiencia o que normalmente no bailan tanto por la razón que sea, solo para que ellas también tengan su oportunidad y disfruten. A eso se le llama solidaridad.

Después de soltarme aquello, me acompaño a mi silla para guardar las formas y no me volvió a invitar durante muchísimo tiempo. Pero en la rueda de la vida el tiempo pone las cosas en su sitio y todo lo que sube, suele bajar; todo lo que va, suele volver; y quien entiende termina no entendiendo. Muchísimo tiempo después, él consideró que yo ya estaba a su altura para bailar con él y su segunda invitación se dejó caer. Ya habia aprendido algo, no era novata que él había conocido sino más bien un híbrido entre milonguera dolida y una malvada bruja, en la que me convierto cada vez que la situación lo requiere. A pesar de ser él alguien alguien con quien estoy segura que hubiera disfrutado bailando en una situación normal, rechacé su invitación, no porque no me gustara la música, o por el cansancio o por cualquier otra razón, sino por venganza. Lo siento, pero disfruté del momento.

Quizás si él en aquella primera invitación me hubiera hecho el primer comentario y luego sin más hubiese sido amable y no hubiera bailado conmigo nunca más, hasta yo llegar a un nivel de baile que el considerara adecuado para que ambos disfrutemos, todo hubiera estado bien y habría aceptado su invitación. El caso es que no fue así, fue mezquino y eso es algo que no suelo tolerar ni dentro ni fuera de la milonga. No lo soporto.

lunes, 24 de febrero de 2014

Algo detrás de mi

La milonga estaba tan llena, que no había ni sitio para sentarse. Los milongueros se agrupaban en la barra del bar y tras la hilera de sillas, para saludarse, charlar, y esperar a que sonara una de esas tandas que arrastran a la pista.

Esta milonguera que os escribe estaba charlando, como de costumbre, en uno de esos grupitos, que además estaba por casualidad en el camino de la entrada a la pista de baile. Justo detrás había otro grupo de milongueros saludándose y moviéndose a los lados para dejar pasar a aquellos que se dirigían al rincón donde los abrazos se funden con la música. Sentía algo de claustrofobia.

Intenté relajarme, respirar y concentrarme en la conversación. Fue entonces cuando lo sentí: noté algo duro tocándome por detrás, pegado a mí, moviéndose un poco cada vez que su dueño intentaba desplazarse para dejar pasar o quizás para pasar, quien sabe. Yo no veía, estaba de espaldas a él. Ese "algo" que algunos de vosotros estáis pensando según leéis estas líneas, es exactamente lo que yo pensé que era. Me enfadé al ver que él no hacía nada para evitar el contacto y que encima parecía aprovechar cada oportunidad para rozarme.

Ya no podía más: ya no sentía ni claustrofobia, ni empujones, solo mi enfado in crescendo a cada segundo. Me di la vuelta dispuesta a batallar y a atravesarle la cara a ese fresco de turno. Entonces fue cuando me topé con la espalda de un hombre de cuyo bolsillo trasero del pantalón asomaba un abanico duro, largo, pero al fin y al cabo, un abanico.. ¡qué vergüenza!¡casi la lío! Lo peor de todo es que una mujer que charlaba con él vio cómo me daba la vuelta enfadada y se me quedó mirando, como preguntándose qué pasaba. Al hacer eso ella, los demás de su grupo se dieron la vuelta para mirarme mientras yo me ponía roja como un tomate. Me giré justo a tiempo antes de que lo hicieran todos ellos. Lección aprendida: definitivamente tengo que controlar mi carácter y no ser tan mal pensada.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Cuando el trabajo se mezcla con el placer

Recuerdo una milonga en la que fui a sentarme en una silla cerca de dos mujeres que no había visto en mi vida, y obviamente, según me acerqué, saludé. Señalaban a alguien mientras conversaban y yo miré. Luego me hablaron y me informaron de lo que estaban observando, o mejor dicho, criticando.

Miraban a un profesional que bailaba con una mujer principiante y era evidente que él al menos no estaba disfrutando, pero sonreía y la mujer estaba feliz. Estas señoras a mi lado comentaban que él solo bailaba con aquellas mujeres que formaban parte de alguna asociación de tango o que organizaban eventos o que podían ser potenciales alumnas, pero no con el resto, y claro, no les parecía bien. Supongo que en el fondo se morían de ganas de bailar con él y se sentían frustradas y fastidiadas porque sabían que no iban a tener oportunidad alguna. Su queja era extendida a todos los bailarines profesionales que hacen exactamente eso y no se mezclan con el resto de la gente para bailar, y a veces ni siquiera invitan a sus alumnos.

Creo que aquí hay que entender que, por un lado, a los bailarines profesionales les gusta bailar como nos gusta a los demás y van a las milongas a disfrutar; por otro, el baile también es su trabajo, su empresa, lo que les da de comer. Separar las dos cosas no es fácil, criticarlas sí.

Cuando un bailarín profesional va a una milonga por trabajo, intentará captar clientes para su empresa, cuyo fin por definición es el de generar el máximo beneficio. Para ello hará lo posible por intentar relacionarse con todas aquellas personas que puedan ser potenciales clientes o que puedan generarles trabajo: tarea puramente comercial. A veces eso implicará bailar con gente con la que es obvio que no disfrutan bailando, es parte del laburo.

A los demás también nos pasa lo mismo cuando vamos de cena de empresa o de trabajo con el jefe o los clientes, y aunque tengamos afinidad personal con ellos, no es lo mismo que cuando lo hacemos con amigos o la familia. Si coincidimos en un restaurante con un cliente, un proveedor o un jefe, seremos corteses, pero eso no implicará tener que sentarse a cenar con ellos. Puede que la relación laboral se mezcle algo con la personal, haya saludos o incluso un acuerdo para tomar un aperitivo o el café juntos, pero nada más.

Ahora bien, cuando unos bailarines profesionales van a una milonga por placer y no a trabajar, lo lógico es que bailen con los que disfrutan bailando, tal y como hacemos los demás cuando vamos a la milonga. Es obvio que no lo tienen fácil porque su trabajo y su placer coinciden en el mismo lugar, y ya que también es obvio que a pesar de eso todavía eligen ser bailarines profesionales, no se lo pongamos más difícil aún con nuestras críticas.

viernes, 14 de febrero de 2014

Personal e íntimo

No cabe duda de que nuestro baile es reflejo de cómo nos sentimos en un momento dado, de nuestro nivel de energía, de si nos gusta la música que suena, de si estamos cómodos con el abrazo, de si tenemos o no afinidad personal con la pareja de baile, de la cortesía y respeto mutuos, de cómo nos desenvolvemos en la vida y en la sociedad, y de nuestros miedos e inseguridades. 

Todos los tenemos en mayor o menor grado ya que al fin y al cabo somos seres humanos, somos vulnerables. Yo particularmente lo soy en el baile más que en mi vida personal o profesional. Es una debilidad que me hace sufrir un poco porque en mi intento por controlar mi entorno para sentirme segura,  en el baile no lo consigo. Me pongo nerviosa cuando se que hay una cámara de fotos cuyo objetivo me está apuntando o cuando alguien me observa con demasiada atención. No me disgusta por el hecho de que se observe mi forma de bailar o mi físico o mi forma de vestir para luego criticarlo, como si de un examen se tratara, sino porque siento que me roban algo al hacerlo, y ese algo nada tiene que ver con lo anterior. 

Al bailar expongo mis sentimientos, el alma, y la ofrezco por unos minutos a la música, a mi pareja de baile: para mí es algo así como desnudarme para alguien. Y esto no se lo puedo regalar a cualquiera, sino solo a quien me hace sentir lo suficientemente cómoda como para abrir esa caja de Pandora. Muchas veces quiero, pero no puedo; pocas veces no quiero, pero puedo. Nadie dijo fácil y el milagro de querer y poder se da en menos ocasiones de las que desearía. Aún así, cuando dejo que esa magia suceda y es compartida, no conozco sensación tan maravillosa que se le parezca. De ahí supongo el enganche que tenemos muchos milongueros a bailar: es como un veneno que nos corre por las venas... un veneno que nos encanta. 

Cada vez que bailo llevo la esperanza colgada de que el milagro se de y por eso no me gusta exponer mi baile a los ojos de nadie: es algo muy mío, personal, íntimo. Al bailar cuando otros observan, eso que debería ser privado, comienza a ser público y no me gusta.

Recuerdo hace un par de años, en la celebración de mi cumpleaños, me prepararon una "emboscada" unos amigos. Una vez en el centro de la pista, con lo que me parecían montones de ojos observándome cuando en realidad eran unos pocos amigos y conocidos, bailé un vals. Estaba nerviosísima y no fui capaz ni de escuchar la música, así que os imaginareis cómo salió aquello. Creí que me sentiría como cuando das el primer tirón de cera al depilarte: se supone que el primero duele pero el segundo no tanto. Nada que ver. Poco tiempo después volví a sentirme valiente y salí a bailar en un cumpleaños de un amigo. Esta vez sí había mucha gente mirando. El resultado: aunque conseguí no pisar al pobre cumpleañero, la música debía de estar en otra sala porque no fui capaz de oírla. A pesar de todo, lo bueno es que no morí en el intento, sino que tan solo sufrí una pequeña taquicardia y tuve que quedarme en la "sala de espera" hasta que mis pulsaciones volvieron a la normalidad. 

No me gusta que me observen bailar porque siento que me obligan a regalar algo que no quiero compartir con todo el mundo, no soy natural, no lo disfruto. Lo que siento es que este miedo o inseguiridad me limita en ciertos momentos de la milonga, pero no pasa nada, no me va la vida en ello. Tiempo al tiempo.

lunes, 10 de febrero de 2014

¿Seguimos?

Lo acababa de conocer ese mismo día, y tras ir a pasear con amigos por una ciudad que visitaba por primera vez, esa noche me invitó a bailar y me brindó una tanda maravillosa, inesperada. Encontrar a alguien con quien tienes piel, disfrutas, sientes la energía fluir, y realmente te apetece repetir, es una especie de milagro que no se da en todas las milongas. Me sorprendió que tras la primera tanda me preguntara: "¿seguimos?". Obviamente acepté. Luego él me comentó que para él y su entorno es nomal repetir tandas con las chicas con las que se baila a gusto.

Hay ambientes en los que no está bien visto bailar varias tandas seguidas con la misma persona, aunque estés a gusto y quieras seguir repitiendo, especialmente en España. Los argumentos que he escuchado a mi alrededor a lo largo de mi vida de milonguera son de los más curisosos.

El primero que escuché, venía atado de los supuestos códigos milongueros y vino de un milonguero de la generación 6.0. Supongo que influenciada por los orígenes del tango, en el que las etiquetas sociales eran estrictas y juzgaban muy ligeramente a la mujer por cualquier comportamiento considerado socialmente inaceptable, era que si bailabas dos tandas seguidas con un hombre, significaba que tenías un interés en él como mujer. Y me hicieron creer que en el tango seguía siendo así. Como yo vengo de una ciudad en la que saludas a un chico por la calle y cree practicamente lo mismo, pues decidí evitar problemas, así que aunque me muriera de ganas por repetir tanda, el "gracias" tras la primera tanda salía rapidísimo de mi boca, sin dar opción a la petición de una segunda: evitaba problemas que obviamente no existían.

Luego vino un argumento dado por una milonguera de la generación 5.0 que me convenció más, supongo que porque apeló a esa solidaridad que debe de haber entre mujeres, o a esa educación que recibimos basada en que en la vida todo es sacrificio y hay que pensar en los demás antes que en tí misma. Me suena, credo en mi familia. Así que de nuevo, asumí como válido el que al haber más mujeres que hombres en la milonga, no era solidario hacia otras mujeres acaparar a un milonguero más de una tanda. No tardé mucho en darme cuenta de que esto era un absurdo ya que un milonguero bailará con quien quiera, al igual que lo hará la milonguera, y que porque no aceptes una segunda tanda con él, eso no significa que necesariamente vaya a invitar a otra. Me recordó mucho a la edad de los 15 años, cuando tienes una amiga a la que le gusta el mismo chico que a ti, él te corresponde y no aceptas salir con él porque en tu amor de amiga crees que así puede fijarse en tu amiga y ella será feliz.

Tampoco tardé mucho en darme cuenta de que alguna mujer no veía con buenos ojos la repetición de tandas por un sentimiento de lo más primitivo: la envidia. Ahí dejé de ser la tonta del patio.

Aclaremos una cosa: tanto nosotras como ellos vamos a disfrutar a la milonga. La realidad es que todo el mundo no disfruta con todo el mundo, independientemente del sexo, el nivel de baile y muchos factores más, sino más bien de que haya o no conexión con una persona y que esta conexión sea mutua (muy importante este último dato). Por eso es normal que todo el mundo intente bailar con quienes disfrutan bailando: lógico y normal. Ahora bien, si un chico quiere bailar con cinco chicas con las que disfruta bailando, aunque no baile con ellas, no quiere decir que vaya a invitar a otras, ya que le puede pasar como a mi: si se que que no voy a disfrutar una tanda o no voy a hacersela disfrutar a alguien porque no me gusta la música o no me gusta el bailarín, no bailo. Prefiero disfrutar de la música sentada o viendo bailar a otras parejas. Así de simple.

Creo que encontrar a una persona con la que disfrutas y te complementas bien no es fácil y menos aún, que esta sensación sea mutua. Como no ocurre en todas las milongas y es más bien un regalo que llega de vez en cuando en forma de abrazo, hay que aprovecharlo y disfrutarlo. Si hay gente que en lugar de alegrarse critican ponzoñosamente debido a la envidia, definitivamente, es su problema.

jueves, 6 de febrero de 2014

Hablando de daños colaterales

Mi experiencia con los boleos no es buena ya que los golpes más fuertes que he recibido bailando han sido debidos a boleos exagerados y mal hechos. Aún así casi siempre que los siento, los hago y solo los corto en seco si la energía con la que han sido originados es excesiva y descontrolada, o cuando siento que puedo golpear a alguien. Y esto es lo que más me preocupa del boleo: dañar a alguien o que me dañen a mi.

Algunos lo llaman daños colaterales, y aunque a veces los acepte, no siempre admito pulpo como animal de compañía. Al igual que otros milongueros y milongueras, siendo víctima a veces de estos dolorosos daños colaterales, me enfadan. Lo hacen aún más cuando se multiplican en número y encima provienen del mismo bailarín, al que termino mirando con cara de pocos amigos. Luego miro también a mi bailarín y le hago sentir un poco culpable por no esquivar el peligro o a veces incluso, por provocarlo.

Está claro que a veces el milonguero no puede evitar el choque o no es culpa suya, pero al fin y al cabo, cuando una milonguera acepta una invitación suya, se entrega a un abrazo a ciegas, confiando en que él la protegerá. La milonguera camina hacia atrás la mayor parte del tiempo y es vulnerable porque no ve, con lo cual es responsabilidad del milonguero mantenerla fuera de peligro, y si no es así, de alguna manera se pierde esa confianza prestada y que a veces cuesta tanto entregar. Esquivar borregos no es fácil, pero recibir golpes y sonreír, todavía menos.

Os podeis imaginar entonces la situación en una milonga en la que me dieron tres golpes durante el mismo tango. Todos vinieron de la misma chica y como conozco al milonguero con el que ella bailaba, puedo afirmar que el culpable fue él, un fiti que en lugar de a la milonga, se cree que va a la Fórmula I. A mi pareja de baile le expliqué que ya no quería continuar bailando ya que si no era capaz de mantenerse lejos del fiti, yo no podía confiar en él, relajarme, y por tanto disfrutar del baile ni que él lo disfrutara. Como él no era principiante, sino supuestamente un milonguero experimentado, decidí que uno o dos golpes, vale; tres, eso ya no.

Cosas de la milonga que unas tandas más tarde el fiti en cuestión empezó a rondar por donde yo estaba, buscando objetivo. Me miraba. ¿Estaba de broma? Al principio me hice la sueca y miraba para cualquier lugar, y lo que es más, creo que en mi vida me he contorsionado tanto en mi silla para fingir que no veía a alguien. Aún así, hubo un momento en el que ya no podía pretender que no estaba delante mirándome, así que que hice exactamente lo mismo y tan pronto como me invitó, le rechacé, sosteniéndole la mirada, sin sonreír y sin sentirme mal por ello. Me sentí realmente liberada.

domingo, 2 de febrero de 2014

Tango a tres

¿Habeis visto alguna vez a un hombre bailando tango con dos mujeres a la vez? La primera vez que lo vi llamó mi atención y me hizo reír por su originalidad. Aquellos tres bailaban como si fueran dos y hacían que pareciera facilísimo: algo así como cuando ves a una pareja profesional bailar y también te lo parece, aunque luego intentas tú hacer un simple paso hacia adelante y encima te sale mal. Igualito.

He de confesaros que tiempo después fui yo quien intentó hacer lo mismo pero con un resultado más bien diferente. En ese momento es cuando realmente les admiré de verdad, tarde en el tiempo, en la distancia. Hacer algo así requiere concentración, técnica, experiencia, compenetración, en definitiva, es bastante más difícil de lo que yo imaginaba en un principio.

Me acuerdo que me dijeron: "mira solo al pecho del bailarín y muévete según lo sientas, como si bailaras sola con él". Esta ingenua milonguera se lo creyó, lo intentó, se lo pasó muy bien intentándolo, pero ahí quedó todo. Que no os engañen: de fácil, nada. Para hacerlo bien no solo hay que hacer lo que me dijeron, sino que además hay que estar pendiente de un montón de detalles más a parte de escuchar la música, estar pendiente del espacio, de tu compañera, de mantener el atípico abrazo bailando a tres, entre otras muchas cosas, y encima no reírse al meter la pata. Mucho pedir para mí: soy de esas mujeres para las que no aplica eso de que "el cerebro de las mujeres está mejor preparado para hacer varias cosas a la vez" (Abc.es, 03/12/13 por Pilar Quijada). Después llegué a la conclusión de que como casi todo, es cuestión de paciencia o de que ocurra un milagro y a una de mis XX le termine de crecer la patita para no parecerse tanto a una XY. 

Me gusta el rol de la mujer, preocuparme principalmente de la música y de sentir, dejarle a él el resto de los quebraderos de cabeza que tienen que ver con la pista de baile. Es también otra de las razones por las que me gusta tanto el tango: es el único momento en el que yo no tomo el control sino que dejo que otra persona lo haga por mi. El día que lo descubrí, me sentí como si hubiera vaciado una mochila cargada de piedras: me encantó.