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martes, 15 de agosto de 2017

Una curiosa reflexión

Era una tarde de otoño y había quedado con una amiga milonguera a tomar un café para ponernos al día. Ella hacía tiempo que no aparecía por la milonga. Pocos años antes había decidido formar familia y sus prioridades habían sido otras. Durante ese café me confesó lo duro que había sido ser madre, no solo por la maternidad en sí misma y la responsabilidad que ello conlleva, sino por no tener ni un minuto para ella, tener poco para su pareja, y menos aún para aquello que adora y le da tanta vida: bailar.

En ese momento sonreía, pero muchas veces son las que ella había llorado por ello. Al vivir ella en una ciudad en la que apenas hay milongas, se conformaba con bailar salsa, otra de sus aficiones. Me extrañó y le pregunté si con ello ella estaba feliz, y lo me dijo a continuación me sorprendió muchísimo: "no es lo mismo... bailar salsa es divertido, como el sexo; bailar tango es sentimiento, es como hacer el amor".

No me cabía duda de que echaba de menos bailar tango, pero fueron sus palabras lo que me dejaron pensando. Bonita reflexión. Jamás lo había pensado así.

Para empezar, casi toda mi vida, en mi mente había relacionado el amor y el sexo, o más bien eran una sola cosa, quizás por la educación recibida. Pero afortunadamente la vida te enseña más que la familia y las instituciones educativas. Sin aprender a separar los dos términos, no se entienden sus palabras.

Además, me resultó curiosa la comparación, puesto que efectivamente bailar cualquier baile es un subidón de energía, pero el tango es mucho más que eso: el abrazo lo convierte en un bálsamo para el alma.


martes, 25 de julio de 2017

Como un lapa

Era un evento de fin de semana, y tan pronto le vi en la pista quise fundirme en su abrazo. Le perseguí con la mirada durante toda la noche del viernes, pero él no miraba, o miraba y desviaba la mirada. Esa noche no tenía que ser... quizás ninguna, es cosa de dos.

Al día siguiente hubo una milonga de tarde a pleno sol, en un suelo que parecía el de una casa del terror: tableros de madera mal alineados, inclinados, con agujeros, y que invitaban a romperse los piños contra el suelo. Así que yo, muy dada a todo tipo de accidentes, después de bañarme en crema de sol de protección 50, me quite los tacones, me calcé unas zapatillas de baile y un vestidito muy veraniego con un escote de vértigo. Mi objetivo: bailar con él.

Allí lo vi de nuevo, sentado en un banco de madera tan firme y estable como la misma pista de baile. Fui a buscar hueco en el extremo del banco, a su lado, un instante después de que una chica se levantara del otro extremo. Y como las leyes de la física mandan, el banco primero subió y luego bajó de golpe cuando mi trasero encontró apoyo. El meneo que el pobre chico dio lo hizo chocarse ligeramente contra mí, ocasión que aproveché para entablar una mini-conversación. Justo entonces comenzaba una tanda de milongas y uno de sus pies empezó a golpear rítmicamente el suelo. Le mire, me miró y me preguntó: ¿eres chica de milonga? Y como una bellaca, mentí sin pestañear: "claro!"

Lo cierto que es bailo muy poco milonga, pero el no. La tanda, entre risas y risas, salió bien, conectamos, y al final me dijo: "pues sí, eres una chica de milonga". Y yo le dije "y también de tangos, así que si te apetece, quizás a la noche podríamos bailar una tanda". Sonrió, nos despedimos.

Llegó la noche del sábado y también la milonga de despedida del domingo. Me iba a ir a mi casa sin probar de nuevo su abrazo. Sonaba la última tanda cuando decidí que solo le iba a mirar a él y brindarle la mejor de mis sonrisas... ¡y funcionó! Me miró, cabeceó y nos fundimos en un maravilloso abrazo al borde de la pista. Lo que siguió después fue pura conexión, tanta y tan intensa, que pegados como una lapa a la roca, no nos separamos ni un milímetro entre tema y tema, fue tan intenso, que dos minutos después de terminar la tanda seguíamos abrazados, sin articular palabra alguna, sin querer que el momento terminara.

martes, 4 de julio de 2017

Respondiendo a un porqué

Una mujer es invitada por un hombre y ella rechaza la invitación. Es una escena que no es agradable para ninguna de las partes implicadas, pero sucede de vez en cuando. Hay hombres que se ofenden, directamente asumen que la mujer no quiere bailar con ellos, y listo. Muchas veces es cierto, otras no.

La verdad es que nadie se para a pensar el porqué, simplemente se sentencia el acto, mediante un juicio personal. A veces, el orgullo del hombre queda herido, y la consecuencia de esto es que luego ese hombre ya no habla a la mujer de nuevo, se comporta con incomodidad, evita su mirada, o incluso hay algún osado que incluso la crítica. Pocos lo toman con naturalidad, sin darle más importancia de la que merece.

¿Os ha pasado alguna vez? Pues bien, yo soy una de esas mujeres que ha rechazado, nunca por gusto, sino porque me ha salido del corazón. Me he visto en esa situación varias veces. La primera vez me dolió la actitud del hombre, después ya no, aunque sigue resultando algo molesto que reaccione de esa manera en lugar de con naturalidad.

Hay algún hombre rechazado (amigo o conocido), sin embargo, con el que he podido hablar tomando una copa y explicarle el porqué de mi rechazo. Después de comprenderlo la energía ha vuelto a fluir positivamente. Pero esto es algo que no se puede hacer con cada milonguero. Además, nadie tiene el deber de contar su vida ni dar explicaciones: comprender eso es respetar. 

A este conocido le expliqué que en mi caso particular, por motivos de salud, soy muy sensible a cualquier movimiento brusco o a abrazos rígidos, que por leves que sean, me hacen daño. Fui muy sincera con él y le expliqué, que como él, hay hombres que aún no saben o no pueden disociar bien por los motivos que sean (salud, falta de práctica, o técnica), pero que les gusta el abrazo cerrado (y rechazan el abrazo abierto, que es en el que la mujer podría estar más cómoda). El que un hombre no disocie bien, hace que de alguna manera y sin querer, someta a la mujer a movimientos antinaturales, que pueden dañar seriamente su columna, o también las articulaciones, principalmente rodillas. En el mejor de los casos es simplemente molesto, no es agradable... y para disfrutar ambos de una bonita tanda, los dos deben de estar cómodos.

martes, 27 de junio de 2017

Algo se muere en el alma cuando un amigo se va

En el último año la vida nos ha dejado de prestar los abrazos de varios amigos de la comunidad milonguera española, y digo prestar, porque considero que fueron un regalo. Es en recuerdo a ellos que escribo estas palabras.

Hay una famosa canción que dice que algo se muere en el alma cuando un amigo se va... y yo solía estar de acuerdo, pero ya no. Lo cierto es que personalmente ya no siento que algo se me muere en el alma cuando alguien a quien quiero se va: tan solo se me encoje, por la pena de los momentos que ya no compartiremos, por la tristeza de no disfrutar más de su sonrisa y sus abrazos. 

Pero llega un momento en el que el alma vuelve a expandirse, cuando la pena se evapora con el tiempo y se convierte en bonito recuerdo, de los momentos vividos, la buena energía compartida en vida. Luego, además, el alma crece, al dar las gracias a la vida por haber podido disfrutar de esa persona, aunque haya sido por poco tiempo. Así siento que tengo trocitos de bastantes personas en mi alma, y siento por ello que cada día esta se hace más grande.

Para sentirme así, he tenido que aprender a canalizar en lugar de contener; a sonreír en lugar de llorar en el recuerdo... he tenido que aprender a dejar ir.

Recientemente me ha llegado una invitación especial, ya que se trata de una milonga en homenaje al último de ellos que nos dejó con su recuerdo: Javier Viribay. Me parece una bonita forma de recordar a alguien, de dar el primer paso para convertir las lágrimas en una bonita sonrisa.

Para quien quiera y pueda ir, la milonga tendrá lugar el día 15 de julio a las 20:00hrs en el Museo Artium de Vitoria-Gasteiz.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Gracias a tres mujeres

Os quiero hablar de un sertir, de una ruptura de la autocrítica sin sentido que muchas mujeres tenemos hacia nosotras mismas. Solemos ser con nosotras mismas el juez más cruel que existe, mucho más de lo que jamás lo seríamos con los demás. Yo fui consciente de ello hace bastantes años, cuando alguien me sugirió que, estando a solas, me mirara al espejo y dijera en voz alta lo que veía: se trababa de un ejercicio para aumentar la autoestima. En mi caso fue más que eso, ya que recuerdo que cuando lo hice, mis palabras habían sido secuestradas por mis emociones y solo fui capaz de echarme a llorar.

Durante la adolescencia nacen montones de complejos que solo con el tiempo, cuando vamos madurando dejan de tener importancia. Es entonces cuando las mujeres aprendemos a aceptar que no somos perfectas y que ni falta que hace, ya que lo hermoso de una mujer no se ve, está dentro, se siente. Es ese momento en el que lo realmente importante empieza a tener el lugar que le corresponde en la escala de valores, cuando aprendemos a aceptar, a dejar ir, a poner límites y todo aquello que nos hace personas felices.

Fue en esa etapa, la adolescencia, cuando uno de esos complejos me hizo llorar frente al espejo en más de una ocasión: mis piernas. Me acuerdo que las veía deformes, con excesiva forma en los gemelos, y me veía horrible. Me encantaban las botas altas pero no me favorecían, y además, la mayoría de ellas ni siquiera me entraban. Tampoco me gustaba calzar zapatos porque hacían que mis finos tobillos desentonaran mucho con mis piernas nada finas, no porque hiciera mucho deporte aunque lo practicara, sino más bien por genética.

Los años pasaron e interiormente fui creciendo como toda mujer, derribando complejos, sintiéndome a gusto conmigo misma, imperfecta y perfecta a la vez, como todas y todos, feliz. Fue entre milongas que el tema de mis piernas salió a relucir de nuevo por primera vez, cuando una milonguera me comentó que le encantaban mis piernas. Lo tome como un comentario agradable de una amiga que quiere ser amable, o que quizás exprese en forma de halago un complejo que ella misma tenía. Le di las gracias con cariño y la historia quedó ahí, sin más, olvidada en el tiempo.

Unos años después, estaba en un festival de tango y conocí a una mujer española que vive en el sur de Francia. Ella, tras bailar yo un par de tandas y encontrarnos  en la barra del bar de la milonga, me relató una conversación que había tenido con un hombre. Ellos dos en su cháchara habían decidido que yo tenía las piernas más bonitas de esa milonga. Ella, como mujer, me explicó que sentía el deber de decírmelo, porque según ella, las cosas buenas hay que compartirlas. Sinceramente, me quedé perpleja y ni me acuerdo qué respondí... supongo que le di las gracias.

Y luego hubo episodio más relacionado con mis piernas hace apenas unas semanas. Fui a un workshop de una clase de baile que no era tango, y una señora, que acudió a la clase y que no conocía, me hizo un brusco comentario bromeando, aludiendo a lo que ella haría si fuera un hombre y viera mis piernas. Creo que me quedé tan sorprendida por lo que dijo como por cómo lo hizo, y creo que ni reaccioné. Ella entonces quiso aclarar la situación y tras informar de que no era lesbiana, mientras me daba unas palmaditas en la espalda, me dijo que en su opinión yo tenía unas piernas muy bonitas.

¡Qué cosas tiene la vida! Lo que un día fue un complejo que me afectaba tanto, para otras personas es algo bonito, así que definitivamente es cierto que solemos ser los jueces más crueles cuando se trata de nuestra propia persona. Recordar las palabras de estas tres mujeres ahora me hace sonreír, me miro en el espejo, y por primera vez veo unas piernas bonitas. Así que, me lean o no, me gustaría dar las gracias a ellas tres en especial... pero también al resto de mujeres que son como ellas.

viernes, 19 de agosto de 2016

La Caja de Pandora (tres años después de empezar a milonguear)

Ese sábado por la mañana me había conectado a Facebook mientras me hacía la remolona en la cama. Era tarde y mi idea era ducharme, vestirme, y llegar justo al mediodía a la milonga, donde disfrutaría de un brunch antes de ponerme los tacones y fundirme en algún abrazo. Pero me quedé mirando la pantalla, su foto. Entonces decidí guardar el teléfono rápidamente y no pensar. Secuestré mis emociones, quería disfrutar del día.

Lo que sucede es que con ignorar algo no hace que eso desaparezca por muchas ganas que tengas de que así sea. Así que cuando llegué a la milonga, me senté con unos amigos para comer, y aunque dejé que las conversaciones me distrajeran y sacaran mi mejor humor a relucir, la comida no me sentó del todo bien. Poco a poco ese malestar se convirtió en un dolor de cabeza bastante molesto. Con pocas ganas de sonreír y paseándome inquieta de un lado a otro, las invitaciones a bailar tampoco llegaban.

Fue entonces cuando decidí que, antes de continuar milongueando hasta la madrugada en aquella marathon de tango, un paseo me vendría bien. Dejar de ignorar que era su tercer aniversario, también.

Hacía un día espléndido, el sol en mi piel hacía que me estremeciera de gusto, y me confortaba. Tanto, que me fui relajando poco a poco, hasta que sentí como se abría la caja de Pandora y mis lágrimas empezaron a fluir. Por casi media hora dejé que mis emociones me dominaran. Con cada gotita salada la tensión en mi cabeza iba disminuyendo, así como mi temperatura corporal, hasta que dejé de temblar y todo cesó. Me senté, esperé media hora más dejando que el sol templara algo más que mi piel, y finalmente regresé a la milonga.

Como bien dicen, después de la tormenta viene la calma. Relajada, me convertí en algo parecido a la gelatina en los brazos de cada bailarín que me invitó esa noche, y pude disfrutar de unas tandas increíbles. Temblé, pero esta vez no fue por las lágrimas sino por algo muy distinto. Creo que aquella noche fue una de las ocasiones en las que mejor y más a gusto he bailado en una milonga. 

viernes, 12 de agosto de 2016

Desapareciendo bajo la lluvia (dos años después de empezar a milonguear)

Llovía a cántaros pero yo cerré el paraguas. Quería mimetizarme con el frío y la humedad, camuflar mis lágrimas con las gotas de lluvia. Acababa de salir de una milonga a la que había ido, sinceramente no sé a qué, supongo que a distraerme, a olvidar. El abrigo de pesar, que me hundía hasta hacerme pequeñita, y esa sonrisa que no terminaba de llegar a mis ojos, dejaron claro a todos los milongueros que no estaba muy por la labor de bailar. Las tandas que escuché, en el poco tiempo que allí estuve, en lugar de animar mi espíritu, hicieron que terminara de quebrarse. Me sentí como un huevo, al que un piquito golpea desde el interior, sabiendo que es cuestión de minutos que se empiece a romper del todo.

Me apresuré a localizar mi bolso, el paraguas y aceleré el paso. Sentía cómo se iba formando un nudo en mi garganta, cómo resultaba cada vez más difícil contener el río de lágrimas que empezaban a nublar mi vista, y cómo en pocos segundos iba a ser imposible detenerlo. No quería que nadie me viera, no quería compartir mis emociones en ese momento.

Rompí a llorar en cuanto salí por la puerta y doblé la esquina. Ya estaba lloviendo cuando empecé a caminar, mientras abría tórpemente el paraguas.

Hacía muchos meses que no dejaba fluir así mis emociones, que dejaba que estas me controlaran a mí en lugar de yo a ellas. Fue liberador. A cada paso me hacía más liviana, la opresión del pecho disminuía, mi respiración se normalizaba y yo iba recuperando poco a poco el control. Finalmente me paré bajo una tejavana. Me sentía vacía, relajada y a la vez muy cansada. Entonces decidí regresar al hotel: abrí el paraguas y desaparecí de nuevo bajo la lluvia.

Esa noche, en la que hacía exactamente dos años que ella me faltaba, dormí como un bebé.

viernes, 5 de agosto de 2016

Empezando a milonguear

Me anunciaron que se iba, y no dudé en dejar mi trabajo para acompañarla en el viaje. Pero no teníamos el mismo destino: el suyo, despedirse de la vida, la familia y su pequeña; y el mío, estar a su lado mientras lo hacía.

Aquel viaje duró meses.

Hasta entonces había milongueado poco, supongo que porque para milonguear hay que ir a clases y aprender y yo había tomado pocas clases productivas, así que no era capaz de desenvolverme en la pista ni evitar que me sentasen después del primer tango. También hay que disponer de recursos económicos para poder pagar la entrada a las milongas, y aunque soy una chica afortunada en muchos aspectos de la vida, en ése que consiste en encontrar un trabajo con una paga decente, mi suerte navega por otros mares. Para milonguear, también la salud debe acompañar y, resumiendo, la mía no lo hacía.

Según ella hacía las maletas, yo empecé a milonguear como nunca. Solo conocía una milonga local, así que con ayuda de San Google me informé en Internet sobre milongas, y escribí a todas ellas para obtener detalles de cómo llegar, los horarios, y los precios de entrada. Descubrir que existía más de una milonga por mi zona fue como descubrir un tesoro. Al principio iba sola, bailaba poco, pero me sobraba ilusión.

Poco a poco fui enganchándome a la sensación que produce abrazarse a alguien, dejar las responsabilidades y preocupaciones a un lado, sentir, disfrutar de la música y olvidarse del resto del mundo. El tango se convirtió en mi droga. Era lo que me hacía dormir cada noche tras días de intensas emociones, de regalar mi energía más positiva, y de utilizar la poca que me quedaba en recuperarme yo misma. Y más tarde fue mi salvavidas, cuando el barco amenazaba con hundirse, al irse ella se fue para siempre.

En aquella época, estando de duelo, recuperaba mi salud lentamente, comenzaba un nuevo trabajo lleno de desafíos, y cupido me gastaba una broma de mal gusto, fulminándome sin miramiento alguno. Lidiar con mis emociones -que bajaban, subían, daban vueltas y amenazaban con volverme loca-, ocupaba toda mi energía. Me sentía como un barco a la deriva que tras una tormenta divisa un puerto en el horizonte pero está demasiado maltrecho como para llegar a puerto, o en mi caso, para controlar ninguna emoción. Pero el tango fue mi salvavidas entonces: esa energía extra que necesitaba para afrontar el día a día, lo que me ayudó a canalizar mis emociones, y lo más importante, el ancla que evitó que el barco de mi vida quedara a la deriva demasiado tiempo.

Afortunadamente es cierto que en el mar hay muchos barcos, cada uno especial a su manera y siempre hay unos cuantos cerca para subirte a bordo cuando lo necesitas. Y el tango, también, siempre está ahí, como la familia, el sol, y las estrellas más especiales.

martes, 27 de octubre de 2015

Mejor sola que mal acompañada

Es la típica frase que una madre, una tía o una abuela te dicen cuando eres adolescente y enfadas con una amiga o cuando un amor te abandona. En ese momento lo escuchas y te dan una ganas enormes de mandarlas a cualquier sitio bien lejos de donde estás, porque te sientes herida, triste y sola. Pero el tiempo pasa y las sabias palabras calan el alma y la razón.

Cuando ya eres adulta y estás con una pareja que no te hace feliz, suele ser una tía o amiga la que te dice que si eliges estar en pareja es para estar mejor que sola. Es otra forma de decir lo mismo, pero no sé por qué, al ser algo algo más enrevesado y sonar distinto, da la sensación de que te están dando un consejo más adulto. Al final, en un momento de calma, las sabias palabras encajan con las que ya sabías y pasan al plano consciente: calan de nuevo el alma y la razón.

Para aplicar en la vida tan sabia frase hay que tener valor. Y entonces un día sientes que lo tienes y decides dejar de compartir tu vida con un amor. Duele. Pero el tiempo todo lo cura. Aprendes que también se está bien sola, y que esa soledad, si la abrazas, llegas a entenderla y también a amarla, se puede convertir en tu mejor amiga, un canal maravilloso para conocerte a tí misma como mujer. Hasta que un nuevo amor llega a tu vida, te vuelve a ilusionar, descubres que estás mejor en pareja que sola, porque esta vez, la pareja suma, no resta.

En el tango es igual que en la vida, no solo cuando eliges no bailar a bailar sin disfrutar, sino también cuando aprendes a amar lo que oyes sin tener que ir a la milonga y compartir un abrazo.

Lo curioso es que yo en mi vida todo esto lo hice del revés. Primero quise y busqué estar en pareja, quizás porque todo el mundo lo hacía así, sin previamente aprender a vivir sola. Y en el tango hice exactamente lo mismo. Fue ver un abrazo lo que me enamoró del tango y por ello busqué abrazar y bailar en primer lugar, mucho antes de aprender a apreciar y entender lo que escuchaba. El orden de las cosas importa mucho. Ahora que amo lo que escucho, y tengo pareja después de haber aprendido a vivir sola, tanto bailar tango, como estar en pareja, son muchísimo mejor.

martes, 13 de octubre de 2015

¿El tango es machista?

En la milonga escuchas comentarios de gente cercana a ti que a veces te hacen feliz, otros te entristecen, otros te dejan perpleja, algunos te enfadan, y otros simplemente no los entiendes, y menos aún en una sociedad como en la que vivimos hoy.

Era temprano y los milongueros iban llegando poco a poco, saludando, ocupando mesas, calzándose, preparándose para la noche. Entonces apareció ella, una chica joven, simpatica, a la que conozco desde hace tiempo. Tras saludarnos, decidimos  ponernos al día, pero como de costumbre, terminamos hablando de tango, de códigos milongueros, de abrazos, de cuales nos gustaban y cuales no.

Me dijo que a ella le gustan los abrazos firmes y cerrados y que no le importan los abrazos en los que apenas puede moverse, ya que es el hombre quien marca y la mujer quien sigue, y que al fin y al cabo, el tango es un baile machista. A mí también me gusta el abrazo cerrado y firme, pero también me gusta que se pueda respirar en él y que sea flexible, y lo que definitivamente no me gusta es que el hombre me anule y no se moleste en "escucharme" al bailar.

Me quedé sorprendida por su explicación de que el tango es un baile machista. En mi opinión, ningún baile lo es y el tango menos. Es el milonguero -y para nada todos lo son-, quien es machista, baile o no baile tango. Lo que no cabe duda es que si él es machista, le conviene decir que el tango también lo es, para así excusar su comportamiento con las milongueras y en la milonga.

Algunos dicen también que el cabeceo es machista. De nuevo opino que es una tremenda tontería. Quizás el que cabecea lo es, pero el cabeceo en sí no lo es. En el cabeceo, es ella quien mira a los milongueros con los que quiere bailar; luego son ellos quienes al percibir su mirada, si comparten el deseo de bailar con ella, extienden su invitación en forma de cabeceo; y finalmente es ella quien lo confirma o no. El cabeceo es un acuerdo no verbal totalmente bilateral.

Yo creo firmemente que el tango es un canal de la comunicación entre dos personas que se abrazan. Lo que hace que esta comunicación sea bilateral es el respeto mutuo y la escucha por ambas partes hacia la otra persona, en la que hay una propuesta y una aceptación o no del movimiento. Es un tango libre, nada machista si la persona que propone el movimiento tampoco lo es, respeta y tiene en igual consideración a la otra persona. Sin embargo, lo que hace que esta comunicación sea unilateral es un milonguero que impone su voluntad, que no cuenta con ella salvo para que le siga y haga lo que él manda. Este ultimo caso es el claro ejemplo de un milonguero machista, que seguramente en la intimidad de su casa es exactamente igual: autoritario, con un ego inmenso y un orgullo muy acentuado.

¿Y qué tiene que ver el machismo con el tango? Lo mismo que la moda, el cine, las relaciones entre personas, las relaciones laborales, familiares, y otros muchos aspectos de la vida misma. El tango es tan solo un elemento más en el tiempo y en el espacio, en el que se ha tratado y considerado a la mujer de una manera determinada a lo largo de la historia.

martes, 6 de octubre de 2015

Las siete maravillas del mundo

Me acuerdo que leí por Facebook una historia, real o no, en la cual preguntaban en la escuale cuales eran las siete maravillas del mundo. Algunos alumnos, obviamente pensando en el mundo antigüo, contestaron El Mausoleo de Halicarnaso, La Estatua de Zeus, El Coloso de Rodas, El faro de Alejandría, El Tempo de Artemisa, La Gran Pirámide de Guiza y Los Jardines colgantes de Babilonia. Otros, pensando en el mundo moderno, contestaron que Chichen Itzá, La Estatua del Cristo Redendor, El Coliseo de Roma, El Taj Mahal, La Ciudad de Petra, Machu Picchu, y La Gran Muralla China. Sin embargo, hubo una alumna a la que le hicieron esa misma pregunta y respondió: poder ver, poder oír, poder tocar, poder probar, poder sentir, poder reír y poder amar.

¡Qué gran razón! Nos centramos a veces tanto en las cosas materiales que nos olvidamos realmente de todo aquello que tenemos y que solo por ello, también a veces nos olvidamos de apreciar. En mi caso, sin embargo, hay algo que me lo recuerda constantemente: la milonga.

Porque en la milonga VES.
Ves la cara de felicidad de una milonguera cuando baila, el semblante relajado de un milonguero que disfruta de su tanda favorita, la tenue luz de algunas velas que rozan las sonrisas de quienes comparten un abrazo, los preosos trajes y vestidos al moverse al compás, la madera de un piso que luce desgastado, o un abanico susurrando mientras da vida.

Porque en la milonga OYES.
Oyes las notas que salen de un violin formando una frase, la respuesta de un bandoneón, el piano juguetón que quiere alegrar y entrometerse en esa conversación, o los suspiros de los milongueros.

Porque en la milonga TOCAS.
Tocas, rodeando con tus brazos el cuerpo de otra persona, fundiéndote con ella, mientras te reconforta y la reconfortas con tu calor humano, y haces más que tocar, porque a veces rozas el alma de la persona con la que compartes un abrazo.

Porque en la milonga PRUEBAS.
Pruebas los dulces que comparten los amigos para reponer fuerzas a mitad de la milonga, los vinos y sus aromas que llenan las copas de cristal repartidas sobre las mesas, o el perfume en la piel de distintos milongueros, cada cual aportando su toque especial.

Porque en la milonga SIENTES.
Sientes el calor de un abrazo, las miradas cómplices de otras milongueras, esa conexión que va más allá de las palabras, la felicidad que te invade cuando disfrutas una tanda, o el aliento que se va cuando te eriza la piel el sonido de un bandoneón.

Porque en la milonga RÍES.
Riés cuando la felicidad te invade, cuando te pones nerviosa y no te entiendes con la pareja, cuando ves una escena de complicidad, un juego entre dos o el ingenio al interpretar un tango, cuando abrazas a una amiga que no ves desde hace tiempo, o cuando observas la pista y simplemente ves a alguien disfrutando, con cara de felicidad.

Porque en la milonga AMAS.
Amas, cuando compartes esa música que te llega al alma con otras peronas que tienen la misma pasión por ella que tú, cuando abrazas a los amigos y les pasas tu energía positiva, cuando eres considerado con los demás en la pista, cuando regalas sonrisas, cuando cierras los ojos y sientes felicidad, cuando la das, y sobre todo, cuando das gracias a la vida por estar donde estás.

martes, 1 de septiembre de 2015

La magia de un bandoneón

Era primavera y fui a un evento que se organizaba por primera vez, en lo que ante era una antigua fábrica de la luz y a la vez hogar de una pareja de milongueros, que como anfitriones inmejorables, consiguieron que todos los asistentes nos sintiéramos como en casa.

Aquel hermoso lugar invitaba a la relajación desde el primer momento en el que llegabas. Se oía un constante y lejano sonido del agua que corría por un riachuelo que atravesaba la propiedad. Era especialmente agradable oírlo mientras hacíamos ejercicios de pilates en los jardines de césped verde bajo los árboles que nos daban lo mejor del sol: la sombra. Allí todo era tranqulidad, la comida sana, había servicios de masajes estupendos para los pies de la mano de @Yolitango, y la buena onda flotaba en el ambiente, tanto, que creo que me lo hubiera pasado igual de bien de habernos quedado sin música ni milongas.

Aún así hubo de todo lo prometido, y más, pero no revelaré todo, ya que las sorpresas dejarían de serlo para todos aquellos milongueros que vayan en un futuro por primera vez. La música me gustó mucho, a excepción de un día por la tarde en el que pusieron tango nuevo/alternativo y yo decidí escaparme a dar un paseo y tomar fotos en lugar de bailar. Para ello salí de la propiedad y seguí un sendero hacia una colina donde había una estructura parecida a una plaza de toros pequeña, pero que parecía ser algo bien distinto. Es entonces cuando lo escuché... era un bandoneón. ¡En medio del campo!

Fui acercándome poco a poco hasta que se materializó ante mi. No era mi imaginación, era real. Allí estaba él, Fernando Giardini, practicando, inmerso en su música, y yo robándole parte de ese momento. Saludé, le pedí permiso para escuchar, y tras concedérmelo, me senté allí, con los ojos cerrados, dejándome llevar por su sonido y la acústica del lugar: fue algo mágico.

Aquel fin de semana me llevé alguna tanda en mi corazón pero fue la magia del lugar, la gente que vive en él y los demás invitados y su buena onda los que hicieron de aquellos dos días algo tan especial. El encuentro se llama Mánchame y cómo no, definitivamente os lo recomiendo porque aunque a veces lo creamos así, la vida no es solo tango, es compartir momentos con gente especial, es disfrutar, relajarse, charlar, y a veces, tan solo escuchar y sentir.

martes, 18 de agosto de 2015

El orgasmo de piel

Supongo que todos habéis oído a alguien cercano a vosotros hablar sobre la música y lo que le hace sentir, y supongo también que habréis escuchado algo así como "sentí un escalofrío por todo el cuerpo cuando escuché ese tema". Si leéis en Internet y estáis en Facebook, es probable también que hayáis leído por ahí que ese "escalofrío" al que se refiere tanta gente ya tiene nombre: el orgasmo de piel.

Supongo que se llamará de piel porque se siente por toda la piel del cuerpo, especialmente en los brazos, nuca y cabeza, te deja sin respiración, te altera el corazón, hace que tus lágrimas se formen sin llegar a derramarse, tu boca se entreabre, y finalmente consigue que te relajes como pocas cosas lo hacen en esta vida. Y sí, yo también lo he sentido y es maravilloso: a veces incluso lo he sentido junto a otra persona que también lo estaba sintiendo, y otras veces además, no solo mientras la otra persona lo estaba sintiendo, sino también mientras estaba bailando y abrazada a ella. Esto ultimo me lo ha regalado el tango.

Conocer que existe un nombre para esa sensación hará más fácil explicar a partir de ahora lo que se puede sentir al bailar tango a gente que no lo baile y que quiera saber. Al fin y al cabo, ¿quien no ha sentido algo similar al escuchar su tema favorito de música, sea del género que sea? ¿acaso es casualidad que la gente vaya a conciertos a sentirlso en lugar de sentirlos en soledad en su casa?¿no sera quizás porque en un concierto es compartido con otras personas que lo están sintiendo al mismo tiempo que tú y por ello la sensación es exponencialmente más intensa?

Creo que en el tango ocurre igual: no hay nada comparable a sentirlo mientras abrazas y te abrazan, mientras interpretas lo que escuchas de forma simultánea y con un mismo sentir, mientras sincronizas con tu pareja respiraciones y energías, y mientras se crea tal conexión que a veces partir un diamante en dos parezca más fácil que separar un abrazo.

martes, 4 de agosto de 2015

La última tanda

No se cómo definirla. Normalmente ni suele ser realmente la última tanda, ni suele ser una tanda más, sino más bien una tanda especial, bailada en un abrazo que, o bien te enamora, o lo ha hecho en algún momento pasado. Sin embargo, a veces es ese abrazo desesperado que regalas a cualquiera cuando no quieres asumir que una noche maravillosa llega a su fin, pero a veces también es ese abrazo deseado y por fin alcanzado. Sea lo que sea, la última tanda, es la que te regala el abrazo que recordarás, el perfume que te acompañará a casa, la huella que quedará de una cálida mano, el sabor que te dejará esa milonga.

Era jueves, verano, y yo estaba de vacaciones. Como milonguera sin remedio, no tenía muy claro mi ruta turística, pero sí la localización, horario y precios de todas las milongas de la zona y el tiempo que necesitaba para prepararme y desplazarme hasta ellas, teniendo en cuenta de que soy rápida para ducharme y vestirme, me pierdo hasta con GPS, y atraigo como un imán a los contratiempos. Aquel día no fue menos: me quedé sin agua caliente, me perdí, y me olvidé la documentación en el hotel, así que llegué a la milonga más tarde que pronto, cuando apenas quedaban unas tandas para acabar la milonga.

Al ser nueva, no fue llegar y besar el santo, sino más bien llegar y planchar. Pero no fue tiempo perdido, sino que fue tiempo en el que observé y capté al único milonguero con el que realmente me dieron ganas de bailar. Le miré, esperé que él me mirara, pero el cabeceo no llegaba. Así, tanda tras tanda. Entre una y otra, acepté invitaciones, pero no me enamoró ningún abrazo, ninguno de aquellos quedaría en el recuerdo.

Entonces anunciaron la última tanda. Allí estaba él, y yo mirándole, como si no existiera nadie más para mi en la milonga. Fui testigo de una curiosa y frecuente escena: cómo él buscaba a una mujer (su abrazo deseado, sin duda) y cómo ella deseaba aún más otro abrazo (que no era el que él estaba dispuesto a brindarle). Seguí mirando a mi triste y deseado milonguero con su cara de pocos amigos y entonces me dije "ahora o nunca". Así que fui testigo también de cómo mis pies se levantaban, se acercaban y se quedaban plantados a unos dos metros de él, mientras yo seguía sonriendo. Fue entonces cuando se dio el milagro: me vio, me miró, me mantuvo la mirada, se lo pensó, y finalmente recibí ese cabeceo tan deseado.

Con el calor de su mano en la mía como recuerdo tras acabar la tanda, me disponía a buscar mi bolsa de los zapatos para cambiarme, cuando comenzó otra tanda (ya dije que la última tanda casi nunca es realmente la última). Levanté la mirada, justo para ver otra escena: en esta ella le buscaba a él, cruzaron miradas, pero él no se detuvo en ella, sino que buscó mi mirada y me cabeceó de nuevo. Ahora la que tenía cara de pocos amigos era ella. Me quedé confusa por un momento, sin saber qué hacer, pero por solo apenas un segundo porque bien se que las oportunidades no son muy dadas a esperar. Le sonreí y fui hacia él.

Fue una tanga agridulce porque por un lado la disfruté, pero por otro, tal y como dice mi experiencia como mujer y milonguera, parecía más bien que la invitación era consecuencia de un ego herido y el hombre vio en mi su perfecta "venganza", servida en bandeja de plata... mejor dicho, en tacones color plata.

martes, 21 de julio de 2015

Camerero, ¡una ducha, por favor!

Aquella era una milonga que tenía lugar dentro de un fin de semana lleno de clases impartidas por maestros que venía de Buenos Aires.Yo había ido con una amiga a bailar, así que buscamos una mesa redonda grande y nos sentamos en espera de las invitaciones que harían nuestra noche inolvidable.

Sin embargo, hay milongas en las que se baila y otras e las que no, pero confieso que después de inventarme un montón de teorías a lo largo del tiempo que expliquen este fenómeno, sigo como al principio, sin enterderlo. En la primera milonga del viernes, ambas bailamos, aunque poco. En la milonga del sábado, por la razón que sea, yo bailé más que ella, con lo cual, según fue avanzando la noche, llegó un punto en el que mi amiga supongo que empezó a aburrirse un poco y decidió aceptar invitaciones dudosas.

Un milonguero de la zona la invitó. Cuando terminó la tanda le pregunté qué tal le había ido. Ella me miró pero fue incapaz de decirme nada. Supe por su expresión que la tanda había no solo sido un desastre, sino seguramente una tortura. Cuando pasaron unos minutos y fue capaz de hablar, me lo confirmó. Tras un pequeño reproche a sí misma por haber aceptado la invitación, me contó que el milonguero en cuestión tenía un serio problema con su higiene personal y que olía terriblemente mal. Describió el olor no como algo desagradable, sino como algo que te hace sentir literalmente enferma. Esa tanda obviamente condicionó bastante su noche: cuando sufres una tanda espantosa, sufres un desequilibrio en tu nivel de energía.

Es cierto que hay personas cuyo olor corporal es por enfermedad, pero lo cierto es que en la mayoría de los casos es por falta de higiene. En el tango, un baile en el que te abrazas íntimamente a otra persona, el sentido de la higiene y los olores cobran otra dimensión. Es un aspecto que realmente hay que cuidar por educación y respeto hacia los demás. Sino, lo que lógicamente ocurrirá es que nadie querrá bailar contigo. Así que un consejo: si lavas tu ropa una vez al mes y te duchas cada cuatro semanas, no estaría mal que fueras pensando que sería buena idea también que "cuando te toca" sea al menos el día de la milonga.

Me sorprende que algo que es tan básico y de sentido común para casi todos los mortales, todavía sea un tema del que me siento obligada a escribir. Pero lo tengo que hacer: ¡en casi cada milonga te encuentras uno o dos personajes (hombres y mujeres) a los que parece darles alergia asearse!

martes, 7 de julio de 2015

Poniendo en entredicho un código

Hay un código milonguero, socialmente aceptado por todos como norma no escrita, en la que se establecen las pautas de comportamiento en una milonga. En lo referente a lo que sucede entre el milonguero y la milonguera tras bailar juntos una tanda, la norma aceptada es que él acompaña a su pareja de baile a su sitio, y si quiere continuar bailando con ella, deberá hacerlo más tarde, tras un nuevo cabeceo. Tiene cierto sentido, y como teoría está bien, sobre todo si ello permite que esta norma social milonguera haga que todo el mundo tenga la oportunidad de bailar con todo el mundo. Pero la realidad es bien distinta.

En Europa al menos, se cuestiona abiertamente si se puede "obligar" a alguien a bailar o dejar de hacerlo simplemente porque el código milonguero así lo diga. ¿Qué sucede si un hombre y una mujer quieren seguir bailando juntos por la razón que sea, de mutuo acuerdo, tanda tras tanda? Al fin y al cabo, están en su derecho de hacerlo y no deberían dar explicaciones a nadie.

Quienes se quejan de este comportamiento suelen ser mujeres casi siempre, quizás porque las mujeres solemos ser más numerosas que los hombres en las milongas. Erróneamente creen que si una milonguera "acapara" a un milonguero varias tandas, eso implica que las demás no tienen tantas oportunidades de bailar con él. En realidad, se les escapa un pequeño detalle: nadie obliga al milonguero a repetir tandas, sino que él lo hace porque quiere. Es decir, si él solo quiere bailar con ciertas chicas y solo puede bailar una tanda con cada una de ellas porque hay un código milonguero que así lo indica y quiere respetar esta costumbre, ¿acaso alguien cree que porque no pueda bailar todas las tandas que quiere con sus milongueras elegidas, optará por bailar con otras con las que no quiere o no le apetece bailar? Sinceramente, creo que no.

Me pregunto si también les parecerá mal que una milonguera se quede charlando en la barra con un milonguero, tomando cervezas, mientras transcurren varias tandas, y por tanto, "impidiendo" así que baile con otras. Creo que es bastante absurdo; también creo que la envidia no es sana; y obviamente también considero que se puede emplear la energía en protegerse de otros comportamientos que definitivamente sí son poco sociales y desconsiderados hacia las demás.

Con tales comportamientos me refiero por ejemplo a la típica milonguera que invita de forma directa, comprometiendo a ciertos bailarines con las que todas quieren bailar (para así asegurarse sus buenas tandas), en lugar de cabecear; o a la roba-cabeceos, que se hace las tonta mejor que nadie, y con la excusa de que creía que era para ella, siempre se las apaña para interceptar un cabeceo que no es para ella, sabiendo que la mayoría de los hombres, por educación y por evitar situaciones incómodas, no corregirá el malentendido. También está la milonguera que se pone delante de las demás, tapándolas, y así asegurarse de que solo ella pueda recibir un cabeceo dirigido a la zona donde todas ellas están. En fin, que me parece que hay muchos comportamientos bastante más preocupantes que el hecho de que un hombre y una mujer quieran, por mutuo acuerdo, bailar juntos más de una tanda.

martes, 16 de junio de 2015

Blanco y en botella

Hay algo que me sorprende y que me da pena al mismo tiempo: los milongueros que aunque han oído hablar de las diferentes orquestas, no son capaces de mencionar más de cinco. La razón: no escuchan tango. Así como no hay más ciego que quien no quiere ver, tampoco hay más sordo que aquel que no quiere oír: y eso se nota en la milonga, se nota al bailar.

Lo que más me llama la atención es que parece no preocuparles demasiado. Muchos de ellos lo bailan todo, casi por igual, y aunque a veces van a ritmo y técnicamente bailan, no escuchan la música en sí, sino que juegan tan solo con el ritmo. Es triste, porque se pierden la emoción y las sensaciones que ella da, esas que te hacen introducirte en las conversaciones de los instrumentos, vivirlas; esas que te erizan la piel, las que te hacen soltar un suspiro y con él, una sonrisa.

Hace poco descubrí una manera fácil de saber si un milonguero, sin bailar con él o sin verle bailar, si tiene o no posibilidades de encandilarme en la pista. ¿Cómo? ¡Pues compartiendo coche con él! Y a ser posible, su coche. De esa manera intuyes o no si esa persona escucha habitualmente tango, por el placer de escuchar, sin bailar. Si tiene tango en el coche, seguramente también en casa, quizás incluso cante en la ducha o haga algo parecido llamado desafinar (como es mi caso) y si esa persona escucha tango fuera de la milonga, lo más probable es que también lo haga en la milonga. Pero, por el contrario, si no escucha tango ni en su casa ni en su coche, es probable que tampoco lo haga en la milonga.Y no hay nada más desagradable que bailar con alguien que no escucha lo que suena.

Así que esta milonguera que escribe, si de casualidad sabe de alguien que no escucha tango en su vida cotidiana, seguramente tampoco aceptará una invitación a bailar suya: porque blanco y en botella, suele ser leche.

martes, 9 de junio de 2015

Algo así como un engaño

Recuerdo que sonaba una de mis tandas favoritas cuando él se acercó a invitarme a bailar. Una invitación directa, de esas que normalmente rechazo con un "no, gracias", especialmente si me encanta la orquesta. Él no me había visto bailar, ni yo tampoco a él, pero la intuición milonguera me decía que el chico era muy principiante, quizás por su falta de seguridad, pero sobre todo por su forma de vestir.

Acepté la incitación muy consciente de lo que sería: una tanda maravillosa para él, un momento especial compartido. En casi todas las milongas suelo aceptar una o dos de estas invitaciones, y a veces, incluso soy yo la que invita, sobre todo si sé que él no se atreve porque es más principiante que yo. Es de las pocas veces que hago invitaciones directas, porque en general, no me gustan.

Por un lado, creo que debemos ser considerados con los demás, con los que empiezan. Como todos hemos sido principiantes alguna vez, hemos sonreído con los ojos y el corazón cuando nos han invitado a bailar en nuestros comienzos con el tango, y por ello creo que tal y como hicieron con nosotros, debemos regalar esos momentos que calan en el alma, que quedan por siempre en el recuerdo. Pero creo que también debemos ser considerados con nosotros mismos, y aceptar este tipo de invitaciones en su justa medida.

Pero en mi vida de milonguera ha habido ocasiones en los que la invitación directa he sentido que venía con trampa, como la de aquella vez que un chico me vio bailar después de mirarme un montón de veces (de las yo ni cuenta me di) y al no consiguir el cabeceo, decidió que la mejor forma de salirse con la suya era una invitación directa, comprometedora. En ese momento no vi la jugada, y como en otros casos, acepté. Fue después, cuando él me confesó su jugada, cuando me sentí engañada. Cuando un hombre o una mujer no miran, puede ser por despiste, porque no quiere bailar esa tanda particular contigo, porque está descansando o haciendo algo más (en cuyo caso ya se dará la oportunidad en otra ocasión), pero normalmente suele ser que no quiere bailar contigo. En el fondo todos sabemos esto, pero a veces no nos conviene saberlo.

Aquella vez me molesté, especialmente porque sonaba también una de mis tandas favoritas, y al no decirme que era principiante, sentí que me robaba la oportunidad de realmente disfrutar de esa tanda con otra persona. Es simplemente un asunto de consideración. Ni ahora ni cuando empezaba a bailar he comprometido a nadie a través de una invitación directa, y mucho menos aún para salirme con la mía y bailar con alguien que se que es más experimentado que yo, simplemente porque se me antoja, sin tener en cuenta si esa persona se va o no a divertir tanto conmigo como yo con él. Que me lo hagan a mi, no me gusta tampoco.

martes, 2 de junio de 2015

La elegancia no va de colores

Recuerdo cuando empezaba a milonguear. Por entonces tenía un armario lleno de lo que yo entendía que era la ropa más elegante (aunque a veces también es la más incómoda), toda ella de colores oscuros, principalmente negros, grises y algún blanco. Colores fríos. Optaba por ellos porque según había oído decir siempre, eran los colores más discretos y elegantes. Quizás sea así, pero también son los colores de los muertos, del luto, y curiosamente los que te hacen casi invisible en la milonga. Además, humildemente opino que la elegancia no va de colores, sino de las personas que visten esos colores.

Recuerdo como me habían inculcado que ser discreta era una virtud, y por ello casi todo mi armario estaba lleno de "virtudes" en forma de faldas, vestidos, tops y pantalones, obviamente casi todos negros y también algo holgados, ya que eran los más discretos. La discreción venía de la mano de otra "lección maestra" que, al igual que tantas otras mujeres, recibí. En ella nos aseguraban que mostrarse sexy o llamar la atención significaba ser algo buscona, y eso era malo, era pecado, especialmente para las mujeres. Machista e injusto. Humildemente de nuevo opino que la elegancia ni se mide por colores ni por lo que vistes, sino por cómo lo vistes y por tu actitud. 

Aún así, viviendo en un país donde la crítica destructiva es el deporte nacional, intentaba llamar la atención lo menos posible. También quería evitar dar señales inequívocas y buscarme problemas con los hombres, a los que por entonces era incapaz de manejar y desgraciadamente les habían educado igual que a mi, lo que significaba que una chica que vestía sexy, era una puta a la que ellos tenían el derecho de tratar de cualquier manera. Y no hablo de hace tanto tiempo.Era el miedo y la inseguridad quienes me dominaban y me convencían sin esfuerzo alguno para seguir en esa línea de vestir y comportarme.

Pero llegó un día en el que me cansé de toda esa tontería: es lo que nos pasa a las mujeres cuando llegamos a cierta edad y empezamos a sentirnos seguras de nosotras mismas, a querernos, y aprendemos a poner límites. Fui ganando confianza con el tiempo y rompiendo poco a poco con todas esas normas impuestas por los demás y por mi misma, dejando los miedos atrás, esos que me quitaban libertad, que me inhibían y me impedían disfrutar del tango y de la vida como afortunadamente lo hago hoy en día. Visto de colores y me atrevo con el rojo, los escotes atrevidos y los vestidos ajustados, y me siento bien, guapa, sexy, y sobre todo, mujer. Además, es ahora que por primera vez en mi vida soy consciente del poder que ello me da y soy capaz de dominarlo, y no hay nada de malo en ello: se siente fenomenal. Ojalá pudiera regalar un poquito de ese sentir a cada mujer, que esté donde esté, lea esto.

miércoles, 13 de mayo de 2015

El regalo de confiar

La confianza es lo que las milongueras a veces brindamos a perfectos desconocidos en los primeros segundos de un abrazo, o que a veces decidimos reservar si hay algo que no nos hace sentir cómodas. Regalarla o no depende de si tu pareja es experimentada o no, de si la conoces o no, pero sobre todo de lo que transcurre desde el momento en el que el cabeceo tiene lugar hasta que te ofrece el abrazo en la pista de baile. 

Esos primeros momentos son realmente importantes. No es lo mismo que un hombre te cabecee y espere a que te muevas de la silla para hacerlo él a que, sin dejar de mirarte, vaya decidido hacia ti y luego haga un segundo cabeceo cuando está a uno o dos metros de ti. Tampoco es lo mismo que tu pareja te arrastre a la pista y se meta en ella en cuanto ve un hueco, o que se tome su tiempo para esperar a que los demás pasen, siendo así considerado con el resto de los milongueros que ya están en la pista. Tampoco es lo mismo ponerse a bailar inmediatamente que tomarse su tiempo para abrazar, sentir y conectar, esperando a que el momento musical sea el adecuado.Y mucho menos es lo mismo abrazarte a alguien que descuida su higiene y su imagen, que abrazarte a alguien que se ha esmerado por gustar y hacer sentir cómodas a sus parejas de baile.

La confianza es sin embargo muy frágil. La intención del milonguero suele ser la de cuidar a su pareja de baile. Bien conscientes de ello, muchas milongueras se relajan y cierran los ojos, entregándose completamente al abrazo y a la música. Pero a veces, la intención del milonguero no es suficiente, y cuando ella recibe un golpe o dos, deja de relajarse, abre los ojos y su confianza en él se evapora. Ganarla de nuevo es todo un reto para el milonguero.

También estan los milongueros que bailan como locos y para sí mismos, provocan accidentes, y aunque se disculpan, vuelven a repetir, no cambian su actitud. No conozco milonguera alguna a la que le guste bailar con este tipo de chicos y sea capaz de confiar en ellos. Lo curioso es que el ego de estos milongueros, que llega más allá de las estrellas, les impide verse así mismos de esa manera. 

Luego están los principiantes, llenos de miedos, inseguros, pero con la mejor de las intenciones. Confiar en ellos es fácil tan solo por su intención, pero aunque no sea hasta el punto de relajarte completamente y cerrar los ojos, consiguen que disfrutes de su compañía. 

Y por último están los que se ganan la confianza eterna. Recuerdo un chico con el que bailé una vez y en algún momento durante la tanda, se quedó totalmente quieto. Parece ser que estaba rodeado de otras parejas, no podía moverse, y se acercaba peligrosamente un milonguero bien desbocado. El chico cerró totalmente su abrazo, rodeándome completamente con sus brazos, y esperó. Sentí el golpe, que parecía ir dirigido a mi, pero que mi pareja de baile recibió: lo sentí a través del abrazo. En ese punto no solo me enamoré por una milésima de segundo, sino que además se ganó mi confianza para siempre. ¡Yo quiero bailar con chicos como él!