Es la típica frase que una madre, una tía o una abuela te dicen cuando eres adolescente y enfadas con una amiga o cuando un amor te abandona. En ese momento lo escuchas y te dan una ganas enormes de mandarlas a cualquier sitio bien lejos de donde estás, porque te sientes herida, triste y sola. Pero el tiempo pasa y las sabias palabras calan el alma y la razón.
Cuando ya eres adulta y estás con una pareja que no te hace feliz, suele ser una tía o amiga la que te dice que si eliges estar en pareja es para estar mejor que sola. Es otra forma de decir lo mismo, pero no sé por qué, al ser algo algo más enrevesado y sonar distinto, da la sensación de que te están dando un consejo más adulto. Al final, en un momento de calma, las sabias palabras encajan con las que ya sabías y pasan al plano consciente: calan de nuevo el alma y la razón.
Para aplicar en la vida tan sabia frase hay que tener valor. Y entonces un día sientes que lo tienes y decides dejar de compartir tu vida con un amor. Duele. Pero el tiempo todo lo cura. Aprendes que también se está bien sola, y que esa soledad, si la abrazas, llegas a entenderla y también a amarla, se puede convertir en tu mejor amiga, un canal maravilloso para conocerte a tí misma como mujer. Hasta que un nuevo amor llega a tu vida, te vuelve a ilusionar, descubres que estás mejor en pareja que sola, porque esta vez, la pareja suma, no resta.
En el tango es igual que en la vida, no solo cuando eliges no bailar a bailar sin disfrutar, sino también cuando aprendes a amar lo que oyes sin tener que ir a la milonga y compartir un abrazo.
Lo curioso es que yo en mi vida todo esto lo hice del revés. Primero quise y busqué estar en pareja, quizás porque todo el mundo lo hacía así, sin previamente aprender a vivir sola. Y en el tango hice exactamente lo mismo. Fue ver un abrazo lo que me enamoró del tango y por ello busqué abrazar y bailar en primer lugar, mucho antes de aprender a apreciar y entender lo que escuchaba. El orden de las cosas importa mucho. Ahora que amo lo que escucho, y tengo pareja después de haber aprendido a vivir sola, tanto bailar tango, como estar en pareja, son muchísimo mejor.
Curiosidades y anécdotas de momentos vividos en la milonga a través de los ojos y experiencias de una milonguera.
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martes, 27 de octubre de 2015
martes, 6 de octubre de 2015
Las siete maravillas del mundo
Me acuerdo que leí por Facebook una historia, real o no, en la cual preguntaban en la escuale cuales eran las siete maravillas del mundo. Algunos alumnos, obviamente pensando en el mundo antigüo, contestaron El Mausoleo de Halicarnaso, La Estatua de Zeus, El Coloso de Rodas, El faro de Alejandría, El Tempo de Artemisa, La Gran Pirámide de Guiza y Los Jardines colgantes de Babilonia. Otros, pensando en el mundo moderno, contestaron que Chichen Itzá, La Estatua del Cristo Redendor, El Coliseo de Roma, El Taj Mahal, La Ciudad de Petra, Machu Picchu, y La Gran Muralla China. Sin embargo, hubo una alumna a la que le hicieron esa misma pregunta y respondió: poder ver, poder oír, poder tocar, poder probar, poder sentir, poder reír y poder amar.
¡Qué gran razón! Nos centramos a veces tanto en las cosas materiales que nos olvidamos realmente de todo aquello que tenemos y que solo por ello, también a veces nos olvidamos de apreciar. En mi caso, sin embargo, hay algo que me lo recuerda constantemente: la milonga.
Porque en la milonga VES.
Ves la cara de felicidad de una milonguera cuando baila, el semblante relajado de un milonguero que disfruta de su tanda favorita, la tenue luz de algunas velas que rozan las sonrisas de quienes comparten un abrazo, los preosos trajes y vestidos al moverse al compás, la madera de un piso que luce desgastado, o un abanico susurrando mientras da vida.
Porque en la milonga OYES.
Oyes las notas que salen de un violin formando una frase, la respuesta de un bandoneón, el piano juguetón que quiere alegrar y entrometerse en esa conversación, o los suspiros de los milongueros.
Porque en la milonga TOCAS.
Tocas, rodeando con tus brazos el cuerpo de otra persona, fundiéndote con ella, mientras te reconforta y la reconfortas con tu calor humano, y haces más que tocar, porque a veces rozas el alma de la persona con la que compartes un abrazo.
Porque en la milonga PRUEBAS.
Pruebas los dulces que comparten los amigos para reponer fuerzas a mitad de la milonga, los vinos y sus aromas que llenan las copas de cristal repartidas sobre las mesas, o el perfume en la piel de distintos milongueros, cada cual aportando su toque especial.
Porque en la milonga SIENTES.
Sientes el calor de un abrazo, las miradas cómplices de otras milongueras, esa conexión que va más allá de las palabras, la felicidad que te invade cuando disfrutas una tanda, o el aliento que se va cuando te eriza la piel el sonido de un bandoneón.
Porque en la milonga RÍES.
Riés cuando la felicidad te invade, cuando te pones nerviosa y no te entiendes con la pareja, cuando ves una escena de complicidad, un juego entre dos o el ingenio al interpretar un tango, cuando abrazas a una amiga que no ves desde hace tiempo, o cuando observas la pista y simplemente ves a alguien disfrutando, con cara de felicidad.
Porque en la milonga AMAS.
Amas, cuando compartes esa música que te llega al alma con otras peronas que tienen la misma pasión por ella que tú, cuando abrazas a los amigos y les pasas tu energía positiva, cuando eres considerado con los demás en la pista, cuando regalas sonrisas, cuando cierras los ojos y sientes felicidad, cuando la das, y sobre todo, cuando das gracias a la vida por estar donde estás.
¡Qué gran razón! Nos centramos a veces tanto en las cosas materiales que nos olvidamos realmente de todo aquello que tenemos y que solo por ello, también a veces nos olvidamos de apreciar. En mi caso, sin embargo, hay algo que me lo recuerda constantemente: la milonga.
Porque en la milonga VES.
Ves la cara de felicidad de una milonguera cuando baila, el semblante relajado de un milonguero que disfruta de su tanda favorita, la tenue luz de algunas velas que rozan las sonrisas de quienes comparten un abrazo, los preosos trajes y vestidos al moverse al compás, la madera de un piso que luce desgastado, o un abanico susurrando mientras da vida.
Porque en la milonga OYES.
Oyes las notas que salen de un violin formando una frase, la respuesta de un bandoneón, el piano juguetón que quiere alegrar y entrometerse en esa conversación, o los suspiros de los milongueros.
Porque en la milonga TOCAS.
Tocas, rodeando con tus brazos el cuerpo de otra persona, fundiéndote con ella, mientras te reconforta y la reconfortas con tu calor humano, y haces más que tocar, porque a veces rozas el alma de la persona con la que compartes un abrazo.
Porque en la milonga PRUEBAS.
Pruebas los dulces que comparten los amigos para reponer fuerzas a mitad de la milonga, los vinos y sus aromas que llenan las copas de cristal repartidas sobre las mesas, o el perfume en la piel de distintos milongueros, cada cual aportando su toque especial.
Porque en la milonga SIENTES.
Sientes el calor de un abrazo, las miradas cómplices de otras milongueras, esa conexión que va más allá de las palabras, la felicidad que te invade cuando disfrutas una tanda, o el aliento que se va cuando te eriza la piel el sonido de un bandoneón.
Porque en la milonga RÍES.
Riés cuando la felicidad te invade, cuando te pones nerviosa y no te entiendes con la pareja, cuando ves una escena de complicidad, un juego entre dos o el ingenio al interpretar un tango, cuando abrazas a una amiga que no ves desde hace tiempo, o cuando observas la pista y simplemente ves a alguien disfrutando, con cara de felicidad.
Porque en la milonga AMAS.
Amas, cuando compartes esa música que te llega al alma con otras peronas que tienen la misma pasión por ella que tú, cuando abrazas a los amigos y les pasas tu energía positiva, cuando eres considerado con los demás en la pista, cuando regalas sonrisas, cuando cierras los ojos y sientes felicidad, cuando la das, y sobre todo, cuando das gracias a la vida por estar donde estás.
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martes, 22 de septiembre de 2015
Volviéndote poco social
Último día de un fin de semana precioso en un maratón de tango. Era
domingo a mediodía, o lo que es lo mismo, la mañana para los
milongueros. De forma relajada, los "madrugadores", menda incluida,
tomábamos un brunch mientras charlábamos. Allí había una chica con la
cual compartía una amiga en común, así que nos reconocimos y la
conversación se dio de forma natural. A la media hora ya estábamos
confesándonos, hablando de milongas, de cómo nos sentíamos, lo que nos
gustaba y lo que no: entrando en ese ciclón de experiencias y
sentimientos que la otra cuenta, luego tú te sientes identificada,
asientes, y sigue así una tras otra, primero ella, luego tú, y así hasta
que los minutos pasan y pasan sin enterarse. Entendimiento y pequeñas
confesiones milongueras.
Es así como en un momento dado ella me contó que con el tiempo se había vuelto algo menos sociable en las milongas y los eventos de tango, y que incluso a veces, evitaba a cierta gente con la que no quería bailar, por muy bien que le cayeran a nivel personal. Me quedé sorprendida, pero no por el contenido de lo que decía, sino porque me sentí, una vez más, identificada con ella.
La razón que me dio esta madrileña no me sorprendió para nada: según ella, si charlas con algunos hombres, amigos, conocidos o no (pero más aún si son conocidos), eso genera una invitación por parte de ellos en algún momento de la noche, y además, con la excusa de que "hay confianza" porque ya habéis hablado. Supongo que entienden que si hay buena onda fuera de la pista eso significa que estarás encantada de bailar con él. Pues no: muchas veces no es así y con esa invitación directa te compromete. Y claro, si es amigo o de tu entorno de tango, si rechazas su invitación, casi siempre declaras una guerra, lo quieras o no. Y no hay duda de que así es porque por mucho que digan que no les molesta que les rechacen, la verdad es que sí que les molesta.
Al final, para evitar esos malos momentos de tener que rechazar una invitación o bancarte una tanda que no vas a disfrutar, algunas milongueras optamos por ser poco sociales con todas aquellas personas con las que no nos gusta bailar, por miedo a encontrarnos ante la tesitura de aceptar o no la invitación. Es una pena y al mismo tiempo una cobardía, de la que yo soy culpable a veces, pero cuando no lo soy, corro el riesgo de tener a alguno persiguiéndome toda la noche por la milonga para invitarme a bailar, sin querer enterarse de que no estoy interesada, y eso sí que es incómodo. O peor aún, como tampoco he ido a la milonga para que otros se lo pasen bien y yo no, rechazo invitaciones y claro, todos sabemos lo que pasa después. Injusto, pero es así.
Es así como en un momento dado ella me contó que con el tiempo se había vuelto algo menos sociable en las milongas y los eventos de tango, y que incluso a veces, evitaba a cierta gente con la que no quería bailar, por muy bien que le cayeran a nivel personal. Me quedé sorprendida, pero no por el contenido de lo que decía, sino porque me sentí, una vez más, identificada con ella.
La razón que me dio esta madrileña no me sorprendió para nada: según ella, si charlas con algunos hombres, amigos, conocidos o no (pero más aún si son conocidos), eso genera una invitación por parte de ellos en algún momento de la noche, y además, con la excusa de que "hay confianza" porque ya habéis hablado. Supongo que entienden que si hay buena onda fuera de la pista eso significa que estarás encantada de bailar con él. Pues no: muchas veces no es así y con esa invitación directa te compromete. Y claro, si es amigo o de tu entorno de tango, si rechazas su invitación, casi siempre declaras una guerra, lo quieras o no. Y no hay duda de que así es porque por mucho que digan que no les molesta que les rechacen, la verdad es que sí que les molesta.
Al final, para evitar esos malos momentos de tener que rechazar una invitación o bancarte una tanda que no vas a disfrutar, algunas milongueras optamos por ser poco sociales con todas aquellas personas con las que no nos gusta bailar, por miedo a encontrarnos ante la tesitura de aceptar o no la invitación. Es una pena y al mismo tiempo una cobardía, de la que yo soy culpable a veces, pero cuando no lo soy, corro el riesgo de tener a alguno persiguiéndome toda la noche por la milonga para invitarme a bailar, sin querer enterarse de que no estoy interesada, y eso sí que es incómodo. O peor aún, como tampoco he ido a la milonga para que otros se lo pasen bien y yo no, rechazo invitaciones y claro, todos sabemos lo que pasa después. Injusto, pero es así.
martes, 16 de junio de 2015
Blanco y en botella
Hay algo que me sorprende y que me da pena
al mismo tiempo: los milongueros que aunque han oído
hablar de las diferentes orquestas, no son capaces de mencionar más de
cinco. La razón: no escuchan tango. Así como no hay más ciego que quien no quiere ver, tampoco hay más sordo que aquel que no quiere oír: y eso se nota en la milonga, se nota al bailar.
Lo que más me llama la atención es que parece no preocuparles demasiado. Muchos de ellos lo bailan todo, casi por igual, y aunque a veces van a ritmo y técnicamente bailan, no escuchan la música en sí, sino que juegan tan solo con el ritmo. Es triste, porque se pierden la emoción y las sensaciones que ella da, esas que te hacen introducirte en las conversaciones de los instrumentos, vivirlas; esas que te erizan la piel, las que te hacen soltar un suspiro y con él, una sonrisa.
Hace poco descubrí una manera fácil de saber si un milonguero, sin bailar con él o sin verle bailar, si tiene o no posibilidades de encandilarme en la pista. ¿Cómo? ¡Pues compartiendo coche con él! Y a ser posible, su coche. De esa manera intuyes o no si esa persona escucha habitualmente tango, por el placer de escuchar, sin bailar. Si tiene tango en el coche, seguramente también en casa, quizás incluso cante en la ducha o haga algo parecido llamado desafinar (como es mi caso) y si esa persona escucha tango fuera de la milonga, lo más probable es que también lo haga en la milonga. Pero, por el contrario, si no escucha tango ni en su casa ni en su coche, es probable que tampoco lo haga en la milonga.Y no hay nada más desagradable que bailar con alguien que no escucha lo que suena.
Así que esta milonguera que escribe, si de casualidad sabe de alguien que no escucha tango en su vida cotidiana, seguramente tampoco aceptará una invitación a bailar suya: porque blanco y en botella, suele ser leche.
Lo que más me llama la atención es que parece no preocuparles demasiado. Muchos de ellos lo bailan todo, casi por igual, y aunque a veces van a ritmo y técnicamente bailan, no escuchan la música en sí, sino que juegan tan solo con el ritmo. Es triste, porque se pierden la emoción y las sensaciones que ella da, esas que te hacen introducirte en las conversaciones de los instrumentos, vivirlas; esas que te erizan la piel, las que te hacen soltar un suspiro y con él, una sonrisa.
Hace poco descubrí una manera fácil de saber si un milonguero, sin bailar con él o sin verle bailar, si tiene o no posibilidades de encandilarme en la pista. ¿Cómo? ¡Pues compartiendo coche con él! Y a ser posible, su coche. De esa manera intuyes o no si esa persona escucha habitualmente tango, por el placer de escuchar, sin bailar. Si tiene tango en el coche, seguramente también en casa, quizás incluso cante en la ducha o haga algo parecido llamado desafinar (como es mi caso) y si esa persona escucha tango fuera de la milonga, lo más probable es que también lo haga en la milonga. Pero, por el contrario, si no escucha tango ni en su casa ni en su coche, es probable que tampoco lo haga en la milonga.Y no hay nada más desagradable que bailar con alguien que no escucha lo que suena.
Así que esta milonguera que escribe, si de casualidad sabe de alguien que no escucha tango en su vida cotidiana, seguramente tampoco aceptará una invitación a bailar suya: porque blanco y en botella, suele ser leche.
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jueves, 28 de mayo de 2015
Revelando misterios
¿Porqué en Europa la gente acude a los encuentros milongueros y los maratones de tango cada vez más y el éxito de los festivales disminuye? Esta es una buena pregunta que se hacen muchos profesionales del tango que fundamentalmente viven de las clases locales que imparten semanalmente, de las clases privadas, de las milongas locales que organizan y de los festivales de tango en los que participan impartiendo clases y haciendo exhibiciones. Pero seguramente prefieren no asumir la respuesta.
Como ya mencioné en otra entrada del blog, los festivales de tango son el lugar donde los milongueros apasionados por la cultura del tango tienen la oportunidad de escuchar orquestas en vivo, ver proyecciones de películas y documentales de archivo, disfrutar de exhibiciones de maestros, y disfrutar del arte del tango en cualquiera de sus modalidades. Pero también mencioné que son los eventos de tango que más cuestan y aunque eso no implique que sean caros, no son tan aptos para todos los bolsillos, especialmente para los de la gente joven.
Los jóvenes toman clases para mejorar su técnica y su baile, aprenden rápido y una vez que ellos alcanzan el nivel de baile necesario, continúan su aprendizaje principalmente milongueando. Tienen motivaciones diferentes que los milongueros de más edad. Quizás entre ellas esté la de disfrutar del momento, compartir experiencias con gente de más o menos su edad, o simplemente bailar mucho y bien, y sobre todo sin gastar mucho dinero. Los maratones suelen ser económicos e incluyen comidas y lugares donde hospedarse: son algo así como un todo-incluido. Cuando no se lo pueden permitir, el baile en sí empieza a ser su prioridad, más que la cultura del tango, cosa que hasta cierto punto es perfectamente comprensible, puesto que, al fin y al cabo, el tango es para ellos un baile al que son aficionados y no es parte de su cultura local. Por algo suelen decir que la gente joven es un mercado complicado, deja poco dinero y es bastante impredecible.
Es la gente de mediana edad o avanzada la que se interesa más por el tango como cultura, se preocupa en mejorar su baile y va a clases de forma regular, también su poder adquisitivo es mayor. Sin embargo, por lo general y por motivos naturales, no aprende con la misma rapidez, o se estancan en su aprendizaje técnico, o quizás tan solo sus prioridades son otras como por ejemplo socializar, aprender figuras, y escuchar música entre otras. Es por ello que este grupo de milongueros son que más frecuentan los festivales.
Así que respondiendo a la pregunta del principio, ¿será quizás porque la mayoría de la gente que se inicia en el tango es joven? Eso explicaría porqué los maratones de tango son cada vez más. ¿Será quizás parte de la gente que antes iba a festivales quiere optar a parejas con más nivel de baile (técnicamente hablando) como el que aporta la gente más joven? Eso explicaría también su crecimiento. ¿O quizás será porque muchos milongueros se cansan de exhibiciones muy largas, orquestas que no todas son bailables y de calidad, de discursos eternos al micrófono por parte de algunos organizadores, o de los horarios y los precios de las milongas?
Como ya mencioné en otra entrada del blog, los festivales de tango son el lugar donde los milongueros apasionados por la cultura del tango tienen la oportunidad de escuchar orquestas en vivo, ver proyecciones de películas y documentales de archivo, disfrutar de exhibiciones de maestros, y disfrutar del arte del tango en cualquiera de sus modalidades. Pero también mencioné que son los eventos de tango que más cuestan y aunque eso no implique que sean caros, no son tan aptos para todos los bolsillos, especialmente para los de la gente joven.
Los jóvenes toman clases para mejorar su técnica y su baile, aprenden rápido y una vez que ellos alcanzan el nivel de baile necesario, continúan su aprendizaje principalmente milongueando. Tienen motivaciones diferentes que los milongueros de más edad. Quizás entre ellas esté la de disfrutar del momento, compartir experiencias con gente de más o menos su edad, o simplemente bailar mucho y bien, y sobre todo sin gastar mucho dinero. Los maratones suelen ser económicos e incluyen comidas y lugares donde hospedarse: son algo así como un todo-incluido. Cuando no se lo pueden permitir, el baile en sí empieza a ser su prioridad, más que la cultura del tango, cosa que hasta cierto punto es perfectamente comprensible, puesto que, al fin y al cabo, el tango es para ellos un baile al que son aficionados y no es parte de su cultura local. Por algo suelen decir que la gente joven es un mercado complicado, deja poco dinero y es bastante impredecible.
Es la gente de mediana edad o avanzada la que se interesa más por el tango como cultura, se preocupa en mejorar su baile y va a clases de forma regular, también su poder adquisitivo es mayor. Sin embargo, por lo general y por motivos naturales, no aprende con la misma rapidez, o se estancan en su aprendizaje técnico, o quizás tan solo sus prioridades son otras como por ejemplo socializar, aprender figuras, y escuchar música entre otras. Es por ello que este grupo de milongueros son que más frecuentan los festivales.
Así que respondiendo a la pregunta del principio, ¿será quizás porque la mayoría de la gente que se inicia en el tango es joven? Eso explicaría porqué los maratones de tango son cada vez más. ¿Será quizás parte de la gente que antes iba a festivales quiere optar a parejas con más nivel de baile (técnicamente hablando) como el que aporta la gente más joven? Eso explicaría también su crecimiento. ¿O quizás será porque muchos milongueros se cansan de exhibiciones muy largas, orquestas que no todas son bailables y de calidad, de discursos eternos al micrófono por parte de algunos organizadores, o de los horarios y los precios de las milongas?
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viernes, 8 de mayo de 2015
Clases de tango en Europa
Según mi experiencia, la mayoría de las clases de tango en Europa no están basadas precisamente enseñar cultura del
tango, aunque afortunadamente hay todo tipo de profesores. Tampoco en ellas se habla mucho de los códigos milongueros, ni se invierte mucho tiempo en enseñar a caminar y a abrazar, o a escuchar la música para que cada uno sea capaz de interpretarla como le dicta el corazón. Y es una pena.
El enfoque de las clases en algunos lugares de Europa -España incluida-, suele darse en el llamado "paso básico" y unas cuantas figuritas. Entre ellas, las más comunes son los ganchos imposibles pero vistosos, que casi nadie hace bien, pero que todo el mundo se empeña en ejecutar, suene lo que suene y esté la pista como esté. También están esos molestos "sandwichitos" con los que pueden llegar a torturarte durante una tanda entera aunque no vayan con la música y aunque ya hayan mostrado que saben hacerlos más de cinco veces en un mismo tango. Y cómo no, también están esos levantamientos de jamón ibérico y no ibérico hasta donde la anatomía de cada uno alcance.
No me gustan esas clases pero menos aún el efecto de las mismas en las milongas. Es común encontrarte con milongueros que se creen experimentados porque su repertorio de figuritas mal hechas es infinito. Y luego están los pobres principiantes que se creen que por solo saber dos figuritas, aburren a la chica. Es curioso como cada vez que bailo con uno de estos últimos y sienten que tengo más experiencia que ellos, se disculpan porque son principiantes y dicen que no saben hacer nada más. Entonces trato de tranquilizarles y les digo que lo que nos gusta a las milongueras es un buen abrazo y tan solo caminar, jugando con la música. Luego me miran, igualito que las vacas al tren y me inunda la pena al sentir que no me creen, por muy cierto que sea.
Pero todo en esta vida suele tener una razón de ser, así que os contaré un secreto: parece que la razón por las que estas clases abundan es porque son las que más venden. Sí, no me lo invento.
Tristemente, esta es literalmente la respuesta que esta milonguera que escribe recibió durante un tiempo muchas de las veces que se topaba con un profesor argentino y le hacía una pequeña observación sobre lo que se enseña en las clases y lo que a una le gustaría que le enseñasen. Todos contestaban algo así como "es que eso no es lo que se vende... si a la gente le enseñas a caminar o le hablas sobre tango, se aburre y deja de venir a las clases...".
Quizás su experiencia sea esa, pero creo que se equivocan en su enfoque al continuar en esa línea. Honestamente, creo que lo que hace que la gente vaya a clase es una mezcla de varias cosas a parte de su propia afición al tango: la pasión que los profesores muestran por lo que hacen y sienten; por lo que están dispuestos a regalar de su conocimiento, sin guardarse nada, corrigiendo, ayudando a los alumnos a evolucionar en el baile; por su afán por animar a sus alumnos a milonguear y asistir a otras clases de otros profesores de los que crean que pueden aprender más (para ello se necesita generosidad y humildad por parte de los profesores); y cómo no, por sus ganas de compartir su cultura del tango. Si a todo lo anteriormente mencionado le añades humor, honestidad y cercanía personal, dejando el miedo de que huyan de tus clases, un alumno lo será siempre, porque pasará de ser un cliente a ser un fan incondicional: ESO es marketing y ESO es lo que vende... ¡no los sandwichitos dichosos!
El enfoque de las clases en algunos lugares de Europa -España incluida-, suele darse en el llamado "paso básico" y unas cuantas figuritas. Entre ellas, las más comunes son los ganchos imposibles pero vistosos, que casi nadie hace bien, pero que todo el mundo se empeña en ejecutar, suene lo que suene y esté la pista como esté. También están esos molestos "sandwichitos" con los que pueden llegar a torturarte durante una tanda entera aunque no vayan con la música y aunque ya hayan mostrado que saben hacerlos más de cinco veces en un mismo tango. Y cómo no, también están esos levantamientos de jamón ibérico y no ibérico hasta donde la anatomía de cada uno alcance.
No me gustan esas clases pero menos aún el efecto de las mismas en las milongas. Es común encontrarte con milongueros que se creen experimentados porque su repertorio de figuritas mal hechas es infinito. Y luego están los pobres principiantes que se creen que por solo saber dos figuritas, aburren a la chica. Es curioso como cada vez que bailo con uno de estos últimos y sienten que tengo más experiencia que ellos, se disculpan porque son principiantes y dicen que no saben hacer nada más. Entonces trato de tranquilizarles y les digo que lo que nos gusta a las milongueras es un buen abrazo y tan solo caminar, jugando con la música. Luego me miran, igualito que las vacas al tren y me inunda la pena al sentir que no me creen, por muy cierto que sea.
Pero todo en esta vida suele tener una razón de ser, así que os contaré un secreto: parece que la razón por las que estas clases abundan es porque son las que más venden. Sí, no me lo invento.
Tristemente, esta es literalmente la respuesta que esta milonguera que escribe recibió durante un tiempo muchas de las veces que se topaba con un profesor argentino y le hacía una pequeña observación sobre lo que se enseña en las clases y lo que a una le gustaría que le enseñasen. Todos contestaban algo así como "es que eso no es lo que se vende... si a la gente le enseñas a caminar o le hablas sobre tango, se aburre y deja de venir a las clases...".
Quizás su experiencia sea esa, pero creo que se equivocan en su enfoque al continuar en esa línea. Honestamente, creo que lo que hace que la gente vaya a clase es una mezcla de varias cosas a parte de su propia afición al tango: la pasión que los profesores muestran por lo que hacen y sienten; por lo que están dispuestos a regalar de su conocimiento, sin guardarse nada, corrigiendo, ayudando a los alumnos a evolucionar en el baile; por su afán por animar a sus alumnos a milonguear y asistir a otras clases de otros profesores de los que crean que pueden aprender más (para ello se necesita generosidad y humildad por parte de los profesores); y cómo no, por sus ganas de compartir su cultura del tango. Si a todo lo anteriormente mencionado le añades humor, honestidad y cercanía personal, dejando el miedo de que huyan de tus clases, un alumno lo será siempre, porque pasará de ser un cliente a ser un fan incondicional: ESO es marketing y ESO es lo que vende... ¡no los sandwichitos dichosos!
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viernes, 24 de abril de 2015
Una técnica desconocida
Fiel a mi memoria Dori, como en la película "Nemo", no me acordaba de él. Bailo con tanta gente que me hace tocar el cielo, que resulta imposible acordarme de todos ellos. Para mi consuelo, él tampoco se acordaba: el recuerdo vino después.
Como hago siempre que quiero bailar con alguien, le miro, sostengo la mirada, y espero a que me mire y me haga el cabeceo si el sentimiento de querer bailar juntos es compartido. Pocos minutos después estaba en la pista abrazándome a un chico al que había observado antes de bailar. No me había llamado la atención desde fuera por su técnica, pero sí por su musicalidad, y además parecía tener un abrazo agradable. No me había equivocado, tenía un lindo abrazo.
El primer y casi todo el segundo tango fue un intento poco exitoso de comunicarnos. Él tan sutil, yo tan poco relajada. Pero luego decidí centrarme en él solamente, en sentir su respiración, su latido. Funcionó y como ficha que ansía encajar en el puzzle, nuestros abrazos y energías se encontraron por fin. Supongo que por eso los tangos de bailan de tres en tres o de cuatro en cuatro, ya que a veces es tan solo cuestión de tiempo para adaptarse el uno al otro.
Nos supo a poco y repetimos tanda. Madre mía... en esa tanda, las estrellas, el sol y todo el firmamento: una experiencia religiosa total, como pocas antes había tenido. Al comenzar esa tanda, sentí algo que solo había sentido antes una vez bailando, cuando era muy principiante, y el chico con el que bailaba por entonces era muy avanzado para mi. Se trata de una marca difícil de describir: no sale del pecho, sino de la parte del cuerpo situada entre el pecho y el ombligo, a la altura del diafragma. Desde fuera supongo que es algo que no se ve, pero definitivamente se siente... y se siente maravillosamente bien. Es una marca muy sutil, que empleada adecuadamente complementa la comunicación, la mejora. Me dio la sensación que quizás proviene de otros bailes más sensuales, donde los cuerpos se ajustan en movimientos más vibrantes y ondulantes. Sea lo que sea, la experiencia me encantó.
Como hago siempre que quiero bailar con alguien, le miro, sostengo la mirada, y espero a que me mire y me haga el cabeceo si el sentimiento de querer bailar juntos es compartido. Pocos minutos después estaba en la pista abrazándome a un chico al que había observado antes de bailar. No me había llamado la atención desde fuera por su técnica, pero sí por su musicalidad, y además parecía tener un abrazo agradable. No me había equivocado, tenía un lindo abrazo.
El primer y casi todo el segundo tango fue un intento poco exitoso de comunicarnos. Él tan sutil, yo tan poco relajada. Pero luego decidí centrarme en él solamente, en sentir su respiración, su latido. Funcionó y como ficha que ansía encajar en el puzzle, nuestros abrazos y energías se encontraron por fin. Supongo que por eso los tangos de bailan de tres en tres o de cuatro en cuatro, ya que a veces es tan solo cuestión de tiempo para adaptarse el uno al otro.
Nos supo a poco y repetimos tanda. Madre mía... en esa tanda, las estrellas, el sol y todo el firmamento: una experiencia religiosa total, como pocas antes había tenido. Al comenzar esa tanda, sentí algo que solo había sentido antes una vez bailando, cuando era muy principiante, y el chico con el que bailaba por entonces era muy avanzado para mi. Se trata de una marca difícil de describir: no sale del pecho, sino de la parte del cuerpo situada entre el pecho y el ombligo, a la altura del diafragma. Desde fuera supongo que es algo que no se ve, pero definitivamente se siente... y se siente maravillosamente bien. Es una marca muy sutil, que empleada adecuadamente complementa la comunicación, la mejora. Me dio la sensación que quizás proviene de otros bailes más sensuales, donde los cuerpos se ajustan en movimientos más vibrantes y ondulantes. Sea lo que sea, la experiencia me encantó.
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lunes, 20 de abril de 2015
Impartiendo una "clase de cabeceo"
El tango es un pequeño mundo, y aunque una viva en China y la otra en España, dos milongueras amigas se terminan juntando de nuevo sin planearlo. Hacía casi dos años que ella y yo no coincidíamos y a pesar de que no pudimos estar juntas mucho tiempo porque cada una tenía sus compromisos e intereses, hubo una noche en la que pasamos un buen tiempo juntas, charlando sobre nuestra vida, y cómo no, de la milonga, los milongueros y de lo fácil o difícil que era conseguir que te invitaran a bailar. Ella no usaba el cabeceo, a pesar de que sabía de su existencia. Me confesó que le resultaba incómodo mantener la mirada, que le daba vergüenza. Lo comprendí, seguramente era algo cultural.
Quise ayudarla y le expliqué todo lo que sabía, y le hablé de mi experiencia con el cabeceo. Así que le conté cómo recuerdo las primeras veces que usé el cabeceo y cómo al igual que a ella, me resultaba algo incómodo: no sabía cómo hacerlo. Pero luego aprendí lo que todas las milongueras con experiencia saben ya:
1. Hay que observar la pista y elegir a las personas con las que te apetece bailar.
2. Una vez localizados los milongueros que te interesan, debes seguirles con la mirada al finalizar la tanda para ver su ubicación.
3. Si puedes acortar distancias, mejor.
4. Le buscas con la mirada y la mantienes.
5. Esperas a que él mire hacia ti y te cabecee, que hará solo si él también quiere bailar contigo (si le sonríes mientras le miras, casi seguro que obtienes el cabeceo).
6. Si él no quiere bailar contigo o no te ve (lo notarás porque mira hacia otro sitio o no fija su mirada en ti), buscas con la mirada al siguiente de tu lista.
Además, como muchas milongueras, soy miope, así que en mis inicios en el cabeceo, sin gafas ni lentillas, lo tenía algo difícil. Al principio iba con gafas, y tan pronto como recibía el cabeceo, las dejaba sobre una mesa, y al terminar la tanda, regresaba a por ellas. Luego, me acostumbré a las lentillas y mi vida de milonguera mejoró considerablemente.
Como en todas las experiencias, de vez en cuando hay malentendidos, así que alguna vez me he encontrado a dos chicos delante mio creyendo ambos que acepté su cabeceo. Pero también me ha sucedido de ir a encontrarme con un chico después de un cabeceo y descubrir que no soy la única que ha salido a su encuentro. Con el tiempo aprendes a quedarte en tu lugar después del cabeceo, mirándole, y esperar a que ya a casi un metro de ti, te haga un segundo cabeceo o te sonría o te ayude a incorporarte a la pista.
Una vez que le expliqué todo esto a mi amiga, la animé a practicar y para su sorpresa, no se le daba nada mal. Fue divertido ver su cara cuando al primer chico al que ella miró con una sonrisa de oreja a oreja, le cabeceó: casi se pone a dar saltos de alegría mientras él la acompañaba a la pista. Unas horas más tarde me abrazaba emocionada contándome todo lo que había bailado y las buenas tandas que había disfrutado.
Tendré que montar una escuela de cabeceo: y eso que doy consejos, para para mí pocos vendo.
Quise ayudarla y le expliqué todo lo que sabía, y le hablé de mi experiencia con el cabeceo. Así que le conté cómo recuerdo las primeras veces que usé el cabeceo y cómo al igual que a ella, me resultaba algo incómodo: no sabía cómo hacerlo. Pero luego aprendí lo que todas las milongueras con experiencia saben ya:
1. Hay que observar la pista y elegir a las personas con las que te apetece bailar.
2. Una vez localizados los milongueros que te interesan, debes seguirles con la mirada al finalizar la tanda para ver su ubicación.
3. Si puedes acortar distancias, mejor.
4. Le buscas con la mirada y la mantienes.
5. Esperas a que él mire hacia ti y te cabecee, que hará solo si él también quiere bailar contigo (si le sonríes mientras le miras, casi seguro que obtienes el cabeceo).
6. Si él no quiere bailar contigo o no te ve (lo notarás porque mira hacia otro sitio o no fija su mirada en ti), buscas con la mirada al siguiente de tu lista.
Además, como muchas milongueras, soy miope, así que en mis inicios en el cabeceo, sin gafas ni lentillas, lo tenía algo difícil. Al principio iba con gafas, y tan pronto como recibía el cabeceo, las dejaba sobre una mesa, y al terminar la tanda, regresaba a por ellas. Luego, me acostumbré a las lentillas y mi vida de milonguera mejoró considerablemente.
Como en todas las experiencias, de vez en cuando hay malentendidos, así que alguna vez me he encontrado a dos chicos delante mio creyendo ambos que acepté su cabeceo. Pero también me ha sucedido de ir a encontrarme con un chico después de un cabeceo y descubrir que no soy la única que ha salido a su encuentro. Con el tiempo aprendes a quedarte en tu lugar después del cabeceo, mirándole, y esperar a que ya a casi un metro de ti, te haga un segundo cabeceo o te sonría o te ayude a incorporarte a la pista.
Una vez que le expliqué todo esto a mi amiga, la animé a practicar y para su sorpresa, no se le daba nada mal. Fue divertido ver su cara cuando al primer chico al que ella miró con una sonrisa de oreja a oreja, le cabeceó: casi se pone a dar saltos de alegría mientras él la acompañaba a la pista. Unas horas más tarde me abrazaba emocionada contándome todo lo que había bailado y las buenas tandas que había disfrutado.
Tendré que montar una escuela de cabeceo: y eso que doy consejos, para para mí pocos vendo.
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jueves, 16 de abril de 2015
Lo llamaban "competencia desleal"
Es curioso cómo las realidades y verdades fluctúan según el punto de vista de la persona de la cual surgen.
En aquella milonga yo estaba sentada con una amiga junto a la barra del bar, justo al lado de una pareja de profesores de tango (pareja A), nada discretos, que hacían comentarios sobre otra pareja de profesionales (pareja B), cuyos precios por clase privada eran muy bajos comparado con los precios que por lo general se cobran en el mercado. Según la pareja A, la pareja B perjudicaba al mercado y además, para ellos, lo que hacían era "competencia desleal".
Partamos de la idea de que competencia desleal es cualquier comportamiento comercial que no respete las reglas del mercado, que van sujetas a leyes o establecidas por los usos o costumbres.
Partamos también de otra idea, más bien de una realidad: en el mundo del tango, en el que yo hace un tiempo que me muevo y observo, un gran número de los que imparten clases no son ni una asociación, ni una escuela de baile, ni autónomos, por la sencilla razón de que para serlo, Hacienda tiene que saber de ellos. Y no es así: estafan al Estado y nos estafan a todos.
¿Que engañar a Hacienda es el deporte nacional en este país y que todo el mundo lo hace, no solo en el tango sino en cualquier modalidad de clases de baile y en otros ámbitos? Pues señores, por mucha costumbre que sea, no se admite barco como animal acuático.
Volviendo a la historia de la barra del bar, el colmo de los colmos fue escuchar a esa pareja A, desconocidos totalmente por Hacienda, que debido a su ignorancia o falta de vergüenza, criticaban a la pareja B, igualmente desconocida por Hacienda, por hacer básicamente lo mismo que ellos pero de forma algo más exagerada. Porque seamos sinceros, competencia desleal es lo que la pareja A y B hacen a todos los que pertenecen a ese mundo y sí que pagan impuestos.
Y ahora lo que no entiendo: ¿porqué los que pagan impuestos no denuncian a toda esta gentuza? Yo, sin duda, lo haría. Como alumna, intento poner mi granito de arena y ya desde hace un tiempo no voy a clases que no sean organizadas por una asociación o una escuela de baile o un profesor del cual tenga constancia que paga sus impuestos tal y como yo hago cada primavera.
Hace años que es este país estamos en una crisis que no acaba, pero la crisis verdadera no es económica, sino de valores. ¿Cómo pretendemos que halla cambios y mejoras si cada ciudadano hace lo que le da la gana y en lugar de hacer un esfuerzo por corregir su comportamiento emplea esa energía en criticar a otros que hacen lo mismo...?
En aquella milonga yo estaba sentada con una amiga junto a la barra del bar, justo al lado de una pareja de profesores de tango (pareja A), nada discretos, que hacían comentarios sobre otra pareja de profesionales (pareja B), cuyos precios por clase privada eran muy bajos comparado con los precios que por lo general se cobran en el mercado. Según la pareja A, la pareja B perjudicaba al mercado y además, para ellos, lo que hacían era "competencia desleal".
Partamos de la idea de que competencia desleal es cualquier comportamiento comercial que no respete las reglas del mercado, que van sujetas a leyes o establecidas por los usos o costumbres.
Partamos también de otra idea, más bien de una realidad: en el mundo del tango, en el que yo hace un tiempo que me muevo y observo, un gran número de los que imparten clases no son ni una asociación, ni una escuela de baile, ni autónomos, por la sencilla razón de que para serlo, Hacienda tiene que saber de ellos. Y no es así: estafan al Estado y nos estafan a todos.
¿Que engañar a Hacienda es el deporte nacional en este país y que todo el mundo lo hace, no solo en el tango sino en cualquier modalidad de clases de baile y en otros ámbitos? Pues señores, por mucha costumbre que sea, no se admite barco como animal acuático.
Volviendo a la historia de la barra del bar, el colmo de los colmos fue escuchar a esa pareja A, desconocidos totalmente por Hacienda, que debido a su ignorancia o falta de vergüenza, criticaban a la pareja B, igualmente desconocida por Hacienda, por hacer básicamente lo mismo que ellos pero de forma algo más exagerada. Porque seamos sinceros, competencia desleal es lo que la pareja A y B hacen a todos los que pertenecen a ese mundo y sí que pagan impuestos.
Y ahora lo que no entiendo: ¿porqué los que pagan impuestos no denuncian a toda esta gentuza? Yo, sin duda, lo haría. Como alumna, intento poner mi granito de arena y ya desde hace un tiempo no voy a clases que no sean organizadas por una asociación o una escuela de baile o un profesor del cual tenga constancia que paga sus impuestos tal y como yo hago cada primavera.
Hace años que es este país estamos en una crisis que no acaba, pero la crisis verdadera no es económica, sino de valores. ¿Cómo pretendemos que halla cambios y mejoras si cada ciudadano hace lo que le da la gana y en lugar de hacer un esfuerzo por corregir su comportamiento emplea esa energía en criticar a otros que hacen lo mismo...?
miércoles, 8 de abril de 2015
Inventando el carnet para milonguear
Vas a una milonga en la que el ambiente es agradable; la iluminacíon, acertada; el suelo de madera, ideal para bailar; los abrazos, de los que invitan a fundirse en ellos; la música, de las que enamoran... pero luego en tu primera tanda alguien te mete una patada digna de penalti, solo que en esa milonga, ni hay árbitro, ni hay tarjetas rojas, ni expulsiones de ningún tipo. Lo único que hay es un tobillo hinchado, mucho enfado y ganas de dar una patada en el trasero al causante de tal alboroto.
Parece que en algunas milongas, a pesar de que los códigos son unas normas sociales para que todo el mundo esté a gusto milongueando, no todo el mundo las conoce y/o respeta. A veces hay gente que sí pero que se cree con derecho a hacer lo que le de la gana a pesar de las consecuencias sobre los demás: es una actitud bastante egoísta y poco cívica.
¡Me pregunto cuando inventarán el carnet de milonguero...! La idea es ridícula en sí misma, pero siendo sinceros, ¿acaso no sería práctico para el buen funcionamiento de la milonga?
Es triste que haya que hacer chiste con esto, pero en realidad, hay una razón por la que existen leyes y normas: el sentido común es algo muy subjetivo, y todo el mundo no ha sido educado con los mismos valores. La falta de respeto a veces es producida por el egoísmo de las personas y les puede cegar en sus valoraciones de lo que debería ser correcto y respetuoso y de lo que no.
Y volviendo a divagar y al carnet de milonguero/a, a ver si os imaginais por ejemplo un examen teórico sobre los códigos milongueros, incluyendo invitaciones, aseo e higiene personal, circulación en pista, y sanciones. Entre estás últimas no estaría nada mal si por ejemplo por una patada, quitaran 3 puntos; por un empujón, 2 puntos; por circular en otro sentido, 5 puntos; por invitar sin cabeceo, 2 puntos; por meterse en la pista ceder el paso a los que están en ella, 3 puntos; por hablar en la pista, 2 puntos; por hablar fuera de ella muy alto, 4 puntos; por hacer boleos altos o figuritas del estilo en una pista muy llena, 5 puntos.. y así con unas cuantas acciones más. También estaría bien un examen práctico y cómo no, un poli milonguero para quitar los puntos, y expulsar de la milonga a los milongueros/as que los pierdan... ¡eso sí, con unas cuantas milongas de sanción!¡como en el fútbol!
Parece que en algunas milongas, a pesar de que los códigos son unas normas sociales para que todo el mundo esté a gusto milongueando, no todo el mundo las conoce y/o respeta. A veces hay gente que sí pero que se cree con derecho a hacer lo que le de la gana a pesar de las consecuencias sobre los demás: es una actitud bastante egoísta y poco cívica.
¡Me pregunto cuando inventarán el carnet de milonguero...! La idea es ridícula en sí misma, pero siendo sinceros, ¿acaso no sería práctico para el buen funcionamiento de la milonga?
Es triste que haya que hacer chiste con esto, pero en realidad, hay una razón por la que existen leyes y normas: el sentido común es algo muy subjetivo, y todo el mundo no ha sido educado con los mismos valores. La falta de respeto a veces es producida por el egoísmo de las personas y les puede cegar en sus valoraciones de lo que debería ser correcto y respetuoso y de lo que no.
Y volviendo a divagar y al carnet de milonguero/a, a ver si os imaginais por ejemplo un examen teórico sobre los códigos milongueros, incluyendo invitaciones, aseo e higiene personal, circulación en pista, y sanciones. Entre estás últimas no estaría nada mal si por ejemplo por una patada, quitaran 3 puntos; por un empujón, 2 puntos; por circular en otro sentido, 5 puntos; por invitar sin cabeceo, 2 puntos; por meterse en la pista ceder el paso a los que están en ella, 3 puntos; por hablar en la pista, 2 puntos; por hablar fuera de ella muy alto, 4 puntos; por hacer boleos altos o figuritas del estilo en una pista muy llena, 5 puntos.. y así con unas cuantas acciones más. También estaría bien un examen práctico y cómo no, un poli milonguero para quitar los puntos, y expulsar de la milonga a los milongueros/as que los pierdan... ¡eso sí, con unas cuantas milongas de sanción!¡como en el fútbol!
sábado, 4 de abril de 2015
Mi segunda clase de kizomba
Mi segunda clase de kizomba, en la que sorprendentemente también había más chicos que chicas, comenzó de nuevo con precalentamiento, practicando los pasos del último día. Conseguí que me salieran bastante bien, así que una vez que el ritmo de la kizomba me dejó de sonar a chino, empecé a divertirme. Eso sí, para ello tuve que intentar no ser tan perfeccionista como de costumbre y dejar la técnica a un lado.
Ese día tuve una grata sorpresa: apareció un chico que ya conocía. ¡Era un milonguero! Aquello ya implicaba que tenía asegurada al menos una pareja de baile que hablara en el mismo idioma que yo en cuanto a la conexión. Y como suelen decir, el tiempo me dió la razón ya que sólo con él y con tres chicos más, de los diez o doce que había, conseguí conectar durante la clase y los ejercicios. A pesar de eso, fue muy interesante practicar con todos y también darme cuenta de que el más torpe y que menos sabe, que no escucha la música, es casualmente el que empuja para que te muevas, el que critica y echa la culpa a los demás, y encima el que se molesta cuando la figura no sale. ¡Vaya... como en el tango! Me parto de risa: resulta que es universal.
Tras la clase, el profe nos dejó un tiempo para practicar, así que me quedé con el milonguero que conocía perfeccionando los pasos básicos de la kizomba. Pero a falta de recursos, y como es natural, la influencia del tango afloró en algún momento y estuvimos experimentando, acoplando giros y caminadas básicas del tango a la música de la kizomba. El resultado fue de lo más divertido.
Creo que merece la pena seguir en estas clases, que aunque se que a nivel técnico mucho no voy a aprender, el ambiente es agradable y he recuperado ese pequeño aliciente de ir a una clase solo con el fin de divertirme en lugar de aprender técnica para mejorar mi baile.
Supongo que si más adelante quiero tomarme la kizomba en serio, tendré que plantearme el buscar un profesor que enseñe técnica corporal y así mejorar más rápidamente, no quedarme mirando cuando voy a una fiesta, y optar poco a poco a bailarines que realmente saben lo que hacen. Pero más me vale aprender, porque no soy de las que se ponen cinturones anchos como falda para recibir invitaciones a montones... bueno, aunque si os soy sincera, tampoco es que me interesen precisamente ese tipo de invitaciones: soy bastante más selectiva que eso.
Ese día tuve una grata sorpresa: apareció un chico que ya conocía. ¡Era un milonguero! Aquello ya implicaba que tenía asegurada al menos una pareja de baile que hablara en el mismo idioma que yo en cuanto a la conexión. Y como suelen decir, el tiempo me dió la razón ya que sólo con él y con tres chicos más, de los diez o doce que había, conseguí conectar durante la clase y los ejercicios. A pesar de eso, fue muy interesante practicar con todos y también darme cuenta de que el más torpe y que menos sabe, que no escucha la música, es casualmente el que empuja para que te muevas, el que critica y echa la culpa a los demás, y encima el que se molesta cuando la figura no sale. ¡Vaya... como en el tango! Me parto de risa: resulta que es universal.
Tras la clase, el profe nos dejó un tiempo para practicar, así que me quedé con el milonguero que conocía perfeccionando los pasos básicos de la kizomba. Pero a falta de recursos, y como es natural, la influencia del tango afloró en algún momento y estuvimos experimentando, acoplando giros y caminadas básicas del tango a la música de la kizomba. El resultado fue de lo más divertido.
Creo que merece la pena seguir en estas clases, que aunque se que a nivel técnico mucho no voy a aprender, el ambiente es agradable y he recuperado ese pequeño aliciente de ir a una clase solo con el fin de divertirme en lugar de aprender técnica para mejorar mi baile.
Supongo que si más adelante quiero tomarme la kizomba en serio, tendré que plantearme el buscar un profesor que enseñe técnica corporal y así mejorar más rápidamente, no quedarme mirando cuando voy a una fiesta, y optar poco a poco a bailarines que realmente saben lo que hacen. Pero más me vale aprender, porque no soy de las que se ponen cinturones anchos como falda para recibir invitaciones a montones... bueno, aunque si os soy sincera, tampoco es que me interesen precisamente ese tipo de invitaciones: soy bastante más selectiva que eso.
martes, 31 de marzo de 2015
Mi primera clase de kizomba
La primera vez que oí hablar de este baile fue hace un par de años. Mi curiosidad fue más allá y busqué en YouTube vídeos para saber cómo era la música, cómo se bailaba. No tenía nada que ver con otros bailes como la salsa, el merengue o la bachata, sin embargo se baila cada vez más y además en los mismos lugares, como si de un baile latino se tratara, aunque por lo que tengo entendido, su origen es africano.
Debido a mi crisis milonguera, decidí empezar de cero en otro baile que me gustara y en el que al ir a bailar tuviera la sensación de que todos son estupendos bailarines para mí y por tanto alejar esa sensación que tengo ahora en el tango, en el que no me apetece mucho ir a las milongas locales porque me cuesta cada vez más encontrar gente con la que disfruto bailando. Soy consciente de que es un proceso natural y quizás este descanso con la kizomba me vendrá bien. Eso no significa que me olvide del tango: siempre estará ahí, al fin y al cabo, es parte de mí.
Tomada la decisión, fui a mi primera clase de kizomba. Lo primero que me sorprendió es que había más chicos que chicas (seguramente fue una casualidad) y lo segundo es que casi todos los asistentes ya bailaban salsa, bachata, y otros bailes considerados "caribeños": yo era la única cuyas caderas no se movían con soltura: yo era algo así como la nota discordante de la clase.
La pareja que enseñaba hizo una pequeña exhibición del estilo portugués y francés. El primero requería más meneíto de cadera, del que a día de hoy soy incapaz, pero el segundo, a efectos visuales era algo así como una imitación de tango pero mal bailado. Raro. La música me gustaba, aunque he de reconocer que me parecía un poco todo de lo mismo todo el rato: supongo que en mi subconsciente no paraba de compararla con el tango, y claro, en cuanto a riqueza musical, ni siquiera es comparable.
Después de hacer un precalentamiento de pasos básicos, en los que me hice un lío con los pesos porque no explicaban nada sobre eso ni sobre ejes, decidí relajarme y olvidarme de la técnica: todo valía con tal de conseguir que salieran los pasos, que por cierto, me resultaron más sencillos de lo que esperaba.
Luego tocó el momento de practica en pareja, así que hicimos un círculo y las chicas nos íbamos rotando para practicar con todos los chicos. Es ahí donde nos explicaron que la conexión se daba arriba, en el torso, y en las piernas. Y como en todas las clases, alguno debió de entender mal y creía que la conexión tenía que ser en otra parte del cuerpo. Pero menos mal que a estas alturas una ya sabe como aclarar esta clase de malentendidos. Así que ni corta ni perezosa pedí que me confirmaran que la conexión debía de ser solo en el torso y las piernas y no en ningún otro sitio entre las piernas de uno. Fui un poco mala, lo reconozco, pero por arte de magia, los confundidos dejaron de estarlo.
Debido a mi crisis milonguera, decidí empezar de cero en otro baile que me gustara y en el que al ir a bailar tuviera la sensación de que todos son estupendos bailarines para mí y por tanto alejar esa sensación que tengo ahora en el tango, en el que no me apetece mucho ir a las milongas locales porque me cuesta cada vez más encontrar gente con la que disfruto bailando. Soy consciente de que es un proceso natural y quizás este descanso con la kizomba me vendrá bien. Eso no significa que me olvide del tango: siempre estará ahí, al fin y al cabo, es parte de mí.
Tomada la decisión, fui a mi primera clase de kizomba. Lo primero que me sorprendió es que había más chicos que chicas (seguramente fue una casualidad) y lo segundo es que casi todos los asistentes ya bailaban salsa, bachata, y otros bailes considerados "caribeños": yo era la única cuyas caderas no se movían con soltura: yo era algo así como la nota discordante de la clase.
La pareja que enseñaba hizo una pequeña exhibición del estilo portugués y francés. El primero requería más meneíto de cadera, del que a día de hoy soy incapaz, pero el segundo, a efectos visuales era algo así como una imitación de tango pero mal bailado. Raro. La música me gustaba, aunque he de reconocer que me parecía un poco todo de lo mismo todo el rato: supongo que en mi subconsciente no paraba de compararla con el tango, y claro, en cuanto a riqueza musical, ni siquiera es comparable.
Después de hacer un precalentamiento de pasos básicos, en los que me hice un lío con los pesos porque no explicaban nada sobre eso ni sobre ejes, decidí relajarme y olvidarme de la técnica: todo valía con tal de conseguir que salieran los pasos, que por cierto, me resultaron más sencillos de lo que esperaba.
Luego tocó el momento de practica en pareja, así que hicimos un círculo y las chicas nos íbamos rotando para practicar con todos los chicos. Es ahí donde nos explicaron que la conexión se daba arriba, en el torso, y en las piernas. Y como en todas las clases, alguno debió de entender mal y creía que la conexión tenía que ser en otra parte del cuerpo. Pero menos mal que a estas alturas una ya sabe como aclarar esta clase de malentendidos. Así que ni corta ni perezosa pedí que me confirmaran que la conexión debía de ser solo en el torso y las piernas y no en ningún otro sitio entre las piernas de uno. Fui un poco mala, lo reconozco, pero por arte de magia, los confundidos dejaron de estarlo.
domingo, 22 de marzo de 2015
La razón de los juicios
Si vas a algún curso sobre liderazgo, gestión de equipos de trabajo o capacitación de mandos y encargados, seguramente te hablen de la comunicación y cómo en ella las personas son mas propensas a hacer juicios que a hablar de hechos, cosa que facilita los malentendidos y crea situaciones tensas en el trabajo. Fuera del trabajo también ocurre, y claro está, también en el tango. Supone mucho esfuerzo madurar y aprender a controlar los juicios que hacemos, sobre todo en cuanto a personas. Yo soy la primera que peco de ello, aunque estoy trabajando para no hacerlo tanto.
Para quien no comprenda bien el significado entre hecho y juicio pondré un ejemplo: no es lo mismo decir "hace bastante frío" (juicio) que "hace 5ºC" (hecho). La razón: habrá personas para las que "bastante frío" sea 15ºC y otras para las que -10ºC, sin embargo, 5ºC son 5ºC para todos por igual.
Normalmente hacemos juicios basados en nuestras experiencias, e incluso a veces, en las experiencias de los demás, o en lo que nos cuentan y nos creemos sin ni siquiera cuestionar. Creo que por esa misma razón es tan fácil equivocarse. Sin embargo, a veces hacer juicios, si estos son totalmente subjetivos, y formados a partir de nuestra experiencia, no son tan mala idea, puesto que equivocadamente o no, son parte de nuestro aprendizaje.
La razón de esta última afirmación la encuentro en mi experiencia con el tango, en la que me he equivocado muchas veces y se que lo seguiré haciendo. Hablo de esa experiencia que te dice por ejemplo que si la mayoría de las veces que he visto a un chico con unos jeans y unas deportivas en una milonga, he pensado que era un principiante, y lo era, lo más probable es que en situaciones futuras en las que encuentre a un chico vestido así, también lo sea. Idem para la mayoría de las veces en las que he visto a un chico con zapatos de baile y con traje, y lo he tomado por un bailarín experimentado, cuando en realidad lo era; o la mayoría de las veces que alguien me ha invitado de forma muy directa y comprometida y he pensado que no conocía los códigos de la milonga y era inexperto, o bien que era un milonguero al que ninguna chica miraba por no querer bailar con él, y en ese caso también acertaba; o la mayoría de las veces en las que un milonguero me ha invitado desde lejos, por medio del cabeceo y he pensado que era conocedor de los códigos de la milonga y por tanto experimentado, y también daba en el blanco. Pero no siempre ha sido así, porque un ejemplo en el que me equivoqué os lo relaté el 2 de noviembre en mi entrada "un cabeceo maestro".
Son tantos los ejemplos, que asustan y por eso, aunque todos sabemos que lo ideal es no juzgar, no podemos evitarlo, porque al fin y al cabo hay cierta razón en los juicios que hacemos.
Para quien no comprenda bien el significado entre hecho y juicio pondré un ejemplo: no es lo mismo decir "hace bastante frío" (juicio) que "hace 5ºC" (hecho). La razón: habrá personas para las que "bastante frío" sea 15ºC y otras para las que -10ºC, sin embargo, 5ºC son 5ºC para todos por igual.
Normalmente hacemos juicios basados en nuestras experiencias, e incluso a veces, en las experiencias de los demás, o en lo que nos cuentan y nos creemos sin ni siquiera cuestionar. Creo que por esa misma razón es tan fácil equivocarse. Sin embargo, a veces hacer juicios, si estos son totalmente subjetivos, y formados a partir de nuestra experiencia, no son tan mala idea, puesto que equivocadamente o no, son parte de nuestro aprendizaje.
La razón de esta última afirmación la encuentro en mi experiencia con el tango, en la que me he equivocado muchas veces y se que lo seguiré haciendo. Hablo de esa experiencia que te dice por ejemplo que si la mayoría de las veces que he visto a un chico con unos jeans y unas deportivas en una milonga, he pensado que era un principiante, y lo era, lo más probable es que en situaciones futuras en las que encuentre a un chico vestido así, también lo sea. Idem para la mayoría de las veces en las que he visto a un chico con zapatos de baile y con traje, y lo he tomado por un bailarín experimentado, cuando en realidad lo era; o la mayoría de las veces que alguien me ha invitado de forma muy directa y comprometida y he pensado que no conocía los códigos de la milonga y era inexperto, o bien que era un milonguero al que ninguna chica miraba por no querer bailar con él, y en ese caso también acertaba; o la mayoría de las veces en las que un milonguero me ha invitado desde lejos, por medio del cabeceo y he pensado que era conocedor de los códigos de la milonga y por tanto experimentado, y también daba en el blanco. Pero no siempre ha sido así, porque un ejemplo en el que me equivoqué os lo relaté el 2 de noviembre en mi entrada "un cabeceo maestro".
Son tantos los ejemplos, que asustan y por eso, aunque todos sabemos que lo ideal es no juzgar, no podemos evitarlo, porque al fin y al cabo hay cierta razón en los juicios que hacemos.
lunes, 2 de marzo de 2015
Aprendiendo de milonguera: cuando una ser arma de valor (PARTE VIII... y última)
Me quedó claro como el agua el mensaje: hay que aprender a recharzar invitaciones.
No solo estoy intentando seguir los consejos de estos dos buenos amigos, sino que estoy aprendiendo a seleccionar la música que me apetece bailar y con quien quiero bailarla. Lo que es más, a darme cuenta de que hay milongueros con los que disfruto bailando ciertas orquestas pero con los que nunca bailaría otras. Y no pasa nada, es normal. Aceptarlo por ambas partes, también debería serlo. Creo que de esta forma es más fácil poner además del corazón, el alma. De esta manera, habrá ocasiones en las que la magia de un tema se fundirá en un abrazo, y entonces el último compás llegará a su fin mientras dos personas suspiran y tiemblan de emoción.
No cabe duda de que en el aprendizaje del tango hay tantas etapas como lecciones seas capaz de aprender, al igual que ocurre con la vida, en la que tu madurez y tu actitud también se ven reflejadas al bailar y en el comportamiento en la pista de baile: al fin y al cabo somos lo que somos, dentro y fuera de la milonga.
En este momento, en el que no he llegado ni a un cuarto del camino con respecto al aprendizaje del tango, acabo de salir de lo que casi fue una etapa kit-kat, por no llamarla crisis milonguera. En ella me replantee muchas cosas, como por ejemplo si volver a tomar clases era una buena idea o no, si me iba a dedicar a solo milonguear, o a poner banderitas en las cimas de las montañas. Pero ya he tomado una decisión: seguiré bailando tango porque es un amor al que no voy a abandonar, pero el tiempo que le dedique será menos y de más calidad, no solo en cuanto a milongas a las que asisto, sino también en cuanto a los milongueros con los que bailo.
A partir de ahora, gran parte de mi tiempo libre lo dedicaré a otros amores como son la familia y los amigos de siempre, a los que últimamente no he dedicado tanto tiempo como solía hacer, y a mis otras aficiones, como son los paseos por el monte, la fotografía, los trabajos manuales... y escribir en este blog. :-)
No solo estoy intentando seguir los consejos de estos dos buenos amigos, sino que estoy aprendiendo a seleccionar la música que me apetece bailar y con quien quiero bailarla. Lo que es más, a darme cuenta de que hay milongueros con los que disfruto bailando ciertas orquestas pero con los que nunca bailaría otras. Y no pasa nada, es normal. Aceptarlo por ambas partes, también debería serlo. Creo que de esta forma es más fácil poner además del corazón, el alma. De esta manera, habrá ocasiones en las que la magia de un tema se fundirá en un abrazo, y entonces el último compás llegará a su fin mientras dos personas suspiran y tiemblan de emoción.
No cabe duda de que en el aprendizaje del tango hay tantas etapas como lecciones seas capaz de aprender, al igual que ocurre con la vida, en la que tu madurez y tu actitud también se ven reflejadas al bailar y en el comportamiento en la pista de baile: al fin y al cabo somos lo que somos, dentro y fuera de la milonga.
En este momento, en el que no he llegado ni a un cuarto del camino con respecto al aprendizaje del tango, acabo de salir de lo que casi fue una etapa kit-kat, por no llamarla crisis milonguera. En ella me replantee muchas cosas, como por ejemplo si volver a tomar clases era una buena idea o no, si me iba a dedicar a solo milonguear, o a poner banderitas en las cimas de las montañas. Pero ya he tomado una decisión: seguiré bailando tango porque es un amor al que no voy a abandonar, pero el tiempo que le dedique será menos y de más calidad, no solo en cuanto a milongas a las que asisto, sino también en cuanto a los milongueros con los que bailo.
A partir de ahora, gran parte de mi tiempo libre lo dedicaré a otros amores como son la familia y los amigos de siempre, a los que últimamente no he dedicado tanto tiempo como solía hacer, y a mis otras aficiones, como son los paseos por el monte, la fotografía, los trabajos manuales... y escribir en este blog. :-)
viernes, 27 de febrero de 2015
Aprendiendo de milonguera: cuando una escucha y sigue consejos (PARTE VII)
Pero la teoría suele ser muy bonita: la práctica,
otra cosa bien distinta. Así que de vez en cuando cometo errores, como todas, y como me siento mal o no
quiero que alguien se enfade por rechazar una invitación suya, termino bailando con él, aunque sin ganas. No debería hacerlo, y menos aún con esos milongueros que tras mirarte un montón de veces y tú desviar la mirada (porque evidentemente no quieres bailar con ellos), se acercan medio molestos diciendo que no miras, y te plantan una invitación directa.
Es cierto que yo parezco despistada y hablo mucho.. y lo soy, pero también es cierto que soy muy consciente de los intentos de cabeceo alrededor, que en un 90% de las veces no es porque no los vea (soy mujer, puedo hacer varias cosas a la vez.. ;-)) sino que las ignoro porque no quiero bailar con ellos, por muy bien que ellos se crean que bailan.
Pero ellos también cometen errores exactamente igual. A ellos también les sucede, cuando una mujer les hace una invitación directa y se ven "obligados" a aceptar. Luego terminan con dolor de espalda por las mujeres que se cuelgan de ellos, o agotados, enfadados y desganados. Nos pasa tanto a las mujeres como a los hombres, así que no se trata de sexos, sino de consideración de una persona hacia otra y de saber encajar que a todo el mundo no le gusta bailar con todo el mundo y que no pasa nada.
Sinceramente, en las ocasiones en las que he aceptado invitaciones por compromiso, soy infeliz bailando, cuento los minutos para que acabe la tanda, mientras miro quien está sentado alrededor de la pista: es algo así como un lunes, en el que cuentas los días que quedan para el fin de semana. Mis movimientos se vuelven más torpes por la falta de interés, quizás porque hay una parte inconsciente -o no tanto-, que me hace bailar mal para disminuir así las posibilidades de que a invitación se repita. Es triste tener que llegar a eso, pero es parte del aprendizaje de la milonga.
Es una pena que alguien tenga que aceptar una tanda por compromiso porque ni la persona que invita ni la que acepta, disfruta. Yo, cuando he aceptado la invitación no deseada, lo quiera o no, muchas veces he terminado estropeándole la tanda al milonguero que me ha invitado, aunque su intención haya sido la mejor. Y eso no es justo porque definitivamente merece bailar con alguien que esté deseando bailar con él y que realmente se entregue a su abrazo, y yo merezco lo mismo. Por esa razón creo que es mejor rechazar una invitación no deseada que aceptarla... lo difícil es tener el valor de decir "no".
Es cierto que yo parezco despistada y hablo mucho.. y lo soy, pero también es cierto que soy muy consciente de los intentos de cabeceo alrededor, que en un 90% de las veces no es porque no los vea (soy mujer, puedo hacer varias cosas a la vez.. ;-)) sino que las ignoro porque no quiero bailar con ellos, por muy bien que ellos se crean que bailan.
Pero ellos también cometen errores exactamente igual. A ellos también les sucede, cuando una mujer les hace una invitación directa y se ven "obligados" a aceptar. Luego terminan con dolor de espalda por las mujeres que se cuelgan de ellos, o agotados, enfadados y desganados. Nos pasa tanto a las mujeres como a los hombres, así que no se trata de sexos, sino de consideración de una persona hacia otra y de saber encajar que a todo el mundo no le gusta bailar con todo el mundo y que no pasa nada.
Sinceramente, en las ocasiones en las que he aceptado invitaciones por compromiso, soy infeliz bailando, cuento los minutos para que acabe la tanda, mientras miro quien está sentado alrededor de la pista: es algo así como un lunes, en el que cuentas los días que quedan para el fin de semana. Mis movimientos se vuelven más torpes por la falta de interés, quizás porque hay una parte inconsciente -o no tanto-, que me hace bailar mal para disminuir así las posibilidades de que a invitación se repita. Es triste tener que llegar a eso, pero es parte del aprendizaje de la milonga.
Es una pena que alguien tenga que aceptar una tanda por compromiso porque ni la persona que invita ni la que acepta, disfruta. Yo, cuando he aceptado la invitación no deseada, lo quiera o no, muchas veces he terminado estropeándole la tanda al milonguero que me ha invitado, aunque su intención haya sido la mejor. Y eso no es justo porque definitivamente merece bailar con alguien que esté deseando bailar con él y que realmente se entregue a su abrazo, y yo merezco lo mismo. Por esa razón creo que es mejor rechazar una invitación no deseada que aceptarla... lo difícil es tener el valor de decir "no".
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martes, 24 de febrero de 2015
Aprendiendo de milonguera: de copitas en la milonga (PARTE VI)
No se si fueron las copitas que tomaba entre milongas, o el hecho de conseguir una estabilidad total en mi vida personal y de ser feliz cada instante de mi existencia, pero mi forma de bailar cambió. Milonguear y las clases de técnica individual a las que empecé a asistir de vez en cuando, seguro que también tuvieron mucho que ver con ello.
Empecé a aplicar ciertos consejos que me habían dado. Por ejemplo el de una buena amiga que siempre se ha empeñado en que aprenda a rechazar invitaciones, cosa que me ha costado una barbaridad por ese sentimiento de culpa o malestar que nos invade cuando decimos la palabra "no". Además, hay gente que no lo comprende o no quiere comprenderlo. Creo que es necesario poner límites también en el tango, tal y como lo hacemos en la vida real, por muy difícil que sea. La milonga es un lugar al que vamos todos a divertirnos, ambos en la pareja, así que si el que se divierte es uno solo, no vale. También hay que tener en cuenta que disfrutar en la milonga no implica lo mismo para unos que para otros. Para mi es conectar con alguien, fundirme en un abrazo agradable y jugar con la música, pero además es también mi vía de escape, el momento de disfrute más intenso, es algo interno, que me da paz. Para otra gente es una forma de divertirse, de interactuar con otros mientras bailan, mientras hacen ejercicio. Hay una diferencia y por eso me gusta bailar con aquellos para los que lo sienten como yo o parecido.
El otro consejo que seguí venía de un amigo. Él me decía que no le gustaba bailar con mujeres que no querían bailar con él, que prefería que ellas le rechazaran. Y fue eso lo que me aconsejó: no levantarme de la silla si no voy a poner el corazón en el baile. Esto implica rechazar invitaciones cuando suena una tanda que no me gusta, o estoy cansada, o la invitación viene de un bailarín con el que no me apetece bailar una orquesta determinada porque prefiero bailarla con otro, o por la razón que sea. A veces, también es porque simplemente no me gusta bailar con él y punto. Seguro que mi amigo era sincero y lo suficiente maduro como aceptar esa realidad de poder ser rechazado y no enfadarse. Sin embargo, hay mucho ego engrandecido o falta de madurez y son muchos los que se enfadan. Los amigos suelen comprender, los conocidos tienen expectativas y no comprenden o no quieren hacerlo.
Empecé a aplicar ciertos consejos que me habían dado. Por ejemplo el de una buena amiga que siempre se ha empeñado en que aprenda a rechazar invitaciones, cosa que me ha costado una barbaridad por ese sentimiento de culpa o malestar que nos invade cuando decimos la palabra "no". Además, hay gente que no lo comprende o no quiere comprenderlo. Creo que es necesario poner límites también en el tango, tal y como lo hacemos en la vida real, por muy difícil que sea. La milonga es un lugar al que vamos todos a divertirnos, ambos en la pareja, así que si el que se divierte es uno solo, no vale. También hay que tener en cuenta que disfrutar en la milonga no implica lo mismo para unos que para otros. Para mi es conectar con alguien, fundirme en un abrazo agradable y jugar con la música, pero además es también mi vía de escape, el momento de disfrute más intenso, es algo interno, que me da paz. Para otra gente es una forma de divertirse, de interactuar con otros mientras bailan, mientras hacen ejercicio. Hay una diferencia y por eso me gusta bailar con aquellos para los que lo sienten como yo o parecido.
El otro consejo que seguí venía de un amigo. Él me decía que no le gustaba bailar con mujeres que no querían bailar con él, que prefería que ellas le rechazaran. Y fue eso lo que me aconsejó: no levantarme de la silla si no voy a poner el corazón en el baile. Esto implica rechazar invitaciones cuando suena una tanda que no me gusta, o estoy cansada, o la invitación viene de un bailarín con el que no me apetece bailar una orquesta determinada porque prefiero bailarla con otro, o por la razón que sea. A veces, también es porque simplemente no me gusta bailar con él y punto. Seguro que mi amigo era sincero y lo suficiente maduro como aceptar esa realidad de poder ser rechazado y no enfadarse. Sin embargo, hay mucho ego engrandecido o falta de madurez y son muchos los que se enfadan. Los amigos suelen comprender, los conocidos tienen expectativas y no comprenden o no quieren hacerlo.
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sábado, 21 de febrero de 2015
Aprendiendo de milonguera: cuando recordé que bailo para disfrutar (PARTE V)
Y empecé a disfrutar bailando. Tanto, que me olvidé de seguir perfeccionando mi técnica. Al no tener pareja fija para las clases grupales, dejé de ir y decidí tomar solo clases de técnica individual y alguna clase privada, que creía que eran más provechosas para mi. Pero de intenciones no se vive, ni se aprende. Y yo, encima, en lugar de ir a clases, me dediqué solo a ir a milonguear.
Fue milongueando precisamente cuando me di cuenta de mi error y de lo importante que es tomar clases. Fui consciente de que cuanto más aprendo, técnicamente hablando, más disfruto porque puedo bailar con mejores bailarines, aunque claro está, se va reduciendo el número de ellos por pura lógica: al principio todos son mejores que tú, disfrutas con todos; vas aprendiento y dejando atrás a algunos, con los que ya no te diviertes tanto bailando y por tanto, tus opciones disminuyen.
Así que volví a tomar alguna clase, solo alguna. Volví al punto cero del tango: aprender a caminar. No me refiero tan solo a pasar de dar un paso y hacer pausa después, a conseguir una continuidad en el movimiento, tal y como las palabras forman una frase, sino a cómo pisar.
Más segura en esos pasos que daba, el empezar a jugar con la música y sus pausas surgió por sí solo, poco a poco, cuando conseguía bailar con un chico que a parte de la música, escuchaba a su pareja. Hoy en día es algo que me encanta y confieso que me gusta bailar con chicos que escuchan la música y les gusta jugar con ella. Cuando experimenté por primera vez esa clase de comunicación, era lo que empecé a buscar en mis parejas de baile. Llegó un punto en el que empecé a preferir el estar sentada observando la pista e imaginar, que bailar con alguien que no me hiciera disfrutar. Fue una etapa corta.
Pero es entonces donde la milonga comenzó a tener un sentido más social para mi: siempre lo tuvo, pero de distinta manera. Con social no me refiero a bailar con todo el mundo, sino a juntarme con mis amigos en la milonga a tomar una cerveza, charlar y bailar, en lugar de hacerlo en un bar.
Fue milongueando precisamente cuando me di cuenta de mi error y de lo importante que es tomar clases. Fui consciente de que cuanto más aprendo, técnicamente hablando, más disfruto porque puedo bailar con mejores bailarines, aunque claro está, se va reduciendo el número de ellos por pura lógica: al principio todos son mejores que tú, disfrutas con todos; vas aprendiento y dejando atrás a algunos, con los que ya no te diviertes tanto bailando y por tanto, tus opciones disminuyen.
Así que volví a tomar alguna clase, solo alguna. Volví al punto cero del tango: aprender a caminar. No me refiero tan solo a pasar de dar un paso y hacer pausa después, a conseguir una continuidad en el movimiento, tal y como las palabras forman una frase, sino a cómo pisar.
Más segura en esos pasos que daba, el empezar a jugar con la música y sus pausas surgió por sí solo, poco a poco, cuando conseguía bailar con un chico que a parte de la música, escuchaba a su pareja. Hoy en día es algo que me encanta y confieso que me gusta bailar con chicos que escuchan la música y les gusta jugar con ella. Cuando experimenté por primera vez esa clase de comunicación, era lo que empecé a buscar en mis parejas de baile. Llegó un punto en el que empecé a preferir el estar sentada observando la pista e imaginar, que bailar con alguien que no me hiciera disfrutar. Fue una etapa corta.
Pero es entonces donde la milonga comenzó a tener un sentido más social para mi: siempre lo tuvo, pero de distinta manera. Con social no me refiero a bailar con todo el mundo, sino a juntarme con mis amigos en la milonga a tomar una cerveza, charlar y bailar, en lugar de hacerlo en un bar.
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martes, 17 de febrero de 2015
Aprendiendo de milonguera: el pingüino deja de serlo (PARTE IV)
Supongo que las sabias palabras de una de mis profesoras para quitarme el miedo a caminar hacia adelante, abrazada a alguien y sin temor a pisarle, dieron su fruto, ya que aprendí a hacerlo. Ya no parecía un pingüino. Esas palabras mágicas que tanto me ayudaron fueron algo así como: "él no tiene miedo a caminar hacia adelante y pisarte cuando eres tú la que camina hacia atrás sino que él cuanta con que tú andarás lista para sacar tu pierna a tiempo de su espacio: pues bien, él tendrá que espabilarse también, y si tienes que pisarle, písale". Nada de resquemor, no... ja, ja... no pude evitar sonreír.
Por aquellos días mi mayor logro fue darme cuenta de que existían ciertos músculos que no había usado nunca por la sencilla razón de que no había aprendido todavía a disociar bien. Yo disociaba a mi manera, creyendo que lo hacía bien, pero me faltaba una explicación muy acertada y clara de que es lo que se siente, que me dio una buena profesora llamada Amelia Esparza con la que tomé una clase de técnica. Ella me ayudó con muchos otros detalles importantes. Definitivamente os la recomiendo.
Ser consciente de que el movimiento en los giros u ochos no debía salir de mis piernas sino desde la parte de arriba de mi cuerpo (llámese torso) e interiorizarlo fue difícil, pero a partir de ahí, también comprendí los boleos. Todo técnica. Hoy en día sigo trabajando en ello y espero hacer boleos y giros perfectos algún día.
Pero todo esto de la técnica lo dejé para las clases. En la milonga, alcanzar a bailar un tango centrándome solamente en la música y olvidándome de los aspectos técnicos, fue también un reto que conseguí por entonces, ya que hasta la fecha, me centraba tanto en intentar hacerlo todo bien (aunque con poco éxito) que me olvidaba de lo más importante: disfrutar.
Por aquellos días mi mayor logro fue darme cuenta de que existían ciertos músculos que no había usado nunca por la sencilla razón de que no había aprendido todavía a disociar bien. Yo disociaba a mi manera, creyendo que lo hacía bien, pero me faltaba una explicación muy acertada y clara de que es lo que se siente, que me dio una buena profesora llamada Amelia Esparza con la que tomé una clase de técnica. Ella me ayudó con muchos otros detalles importantes. Definitivamente os la recomiendo.
Ser consciente de que el movimiento en los giros u ochos no debía salir de mis piernas sino desde la parte de arriba de mi cuerpo (llámese torso) e interiorizarlo fue difícil, pero a partir de ahí, también comprendí los boleos. Todo técnica. Hoy en día sigo trabajando en ello y espero hacer boleos y giros perfectos algún día.
Pero todo esto de la técnica lo dejé para las clases. En la milonga, alcanzar a bailar un tango centrándome solamente en la música y olvidándome de los aspectos técnicos, fue también un reto que conseguí por entonces, ya que hasta la fecha, me centraba tanto en intentar hacerlo todo bien (aunque con poco éxito) que me olvidaba de lo más importante: disfrutar.
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viernes, 13 de febrero de 2015
Aprendiendo de milonguera: la Torre de Pisa se endereza (PARTE III)
Tardé un tiempo en darme cuenta de que había una cosa llamada eje, a parte del de la Tierra,
aunque había oído hablar de él continuamente en las clases. Hablo de ese eje que es tan necesario para tener control
sobre tu cuerpo, tu movimiento, tu energía, y poder dejar libre el peso
en una pierna, y obviamente, para no ser la peor pesadilla de tu
compañero de baile. Ese que intentamos disimular muchos y muchas
haciendo movimientos rápidos, para que no nos de tiempo a caernos. Pasé
de molestar a que me molestaran: o eso creía.
Buscar mi eje era dificil, y tener a tu lado una persona que pierde el
suyo constantemente y te arrastra con él, me desquiciaba los nervios.
Claro que ahora que miro hacia el pasado, quizás tenga que reconocer que
seguramente un 50% de las veces o más era yo quien perdía el eje y le
arrastraba a él conmigo.
Luego me volví algo más ligera, y empecé a tener algo de continuidad en el movimiento, gracias a que me movía sola. En lugar de pararme tras cada paso, como si hubiera un stop o algo así tras cada uno de ellos y esperar a que él se decidiera, yo le ayudaba un poquito. Fatal, pero es lo que había. Eso hizo que me sintiera más segura e incluso comencé a usar algún torpe adorno de vez en cuando. Todavía mis pies dudaban al pisar, pero mi baile ya era otra cosa. Empezaba a creer que bailaba decentemente (¡pobre de mi...!) y todo ello a pesar de que aún así no me llovían las invitaciones. Definitivamente, ese es un proceso lento, ya que además de mejorar la técnica en las clases, también hay que mejorar el baile practicando en las milongas, acostumbrárse a diferentes tipos de abrazos, y conseguir que los milongueros de las milongas habituales te vayan conociendo y te inviten. Que te conozcan, además de tu nivel de baile, definitivamente influye en las invitaciones que recibes.
Cuando ya empezaron a caer invitaciones esporádicas de algún que otro milonguero más experimentado que yo, que no fuera muy de mi entorno (profe o compañero de clase), fue en la misma etapa en la que empezaba a asimilar tantos pequeños detalles que me habían repetido hasta la saciedad mis profesores y que a día de hoy sigo haciéndolo más aún. Son detalles que por alguna extraña razón no calan en una o una no los comprende, quizás porque en un momento dado no se está preparada para interiorizarlos.
También aprendí algo tan básico como caminar hacia delante. Sí, todas lo hacemos por la calle y desde que somos niñas, pero es increíble la transformación que sufrimos cuando tenemos una persona cerca, delante nuestro, y el temor a pisarle o no coordinar bien y que el asunto termine en desastre, nos puede. Entonces empezamos a hacer contorsionismos y parecemos patitos, pingüinos, o cualquier otro bichito sin gracia alguna al caminar.
Luego me volví algo más ligera, y empecé a tener algo de continuidad en el movimiento, gracias a que me movía sola. En lugar de pararme tras cada paso, como si hubiera un stop o algo así tras cada uno de ellos y esperar a que él se decidiera, yo le ayudaba un poquito. Fatal, pero es lo que había. Eso hizo que me sintiera más segura e incluso comencé a usar algún torpe adorno de vez en cuando. Todavía mis pies dudaban al pisar, pero mi baile ya era otra cosa. Empezaba a creer que bailaba decentemente (¡pobre de mi...!) y todo ello a pesar de que aún así no me llovían las invitaciones. Definitivamente, ese es un proceso lento, ya que además de mejorar la técnica en las clases, también hay que mejorar el baile practicando en las milongas, acostumbrárse a diferentes tipos de abrazos, y conseguir que los milongueros de las milongas habituales te vayan conociendo y te inviten. Que te conozcan, además de tu nivel de baile, definitivamente influye en las invitaciones que recibes.
Cuando ya empezaron a caer invitaciones esporádicas de algún que otro milonguero más experimentado que yo, que no fuera muy de mi entorno (profe o compañero de clase), fue en la misma etapa en la que empezaba a asimilar tantos pequeños detalles que me habían repetido hasta la saciedad mis profesores y que a día de hoy sigo haciéndolo más aún. Son detalles que por alguna extraña razón no calan en una o una no los comprende, quizás porque en un momento dado no se está preparada para interiorizarlos.
También aprendí algo tan básico como caminar hacia delante. Sí, todas lo hacemos por la calle y desde que somos niñas, pero es increíble la transformación que sufrimos cuando tenemos una persona cerca, delante nuestro, y el temor a pisarle o no coordinar bien y que el asunto termine en desastre, nos puede. Entonces empezamos a hacer contorsionismos y parecemos patitos, pingüinos, o cualquier otro bichito sin gracia alguna al caminar.
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lunes, 9 de febrero de 2015
Aprendiendo de milonguera: descubriendo un baile clandestino a los ojos de la sociedad (PARTE II)
En ese primer año sin pareja, asistía solo a clases, ya que ni
siquiera sabía de la existencia de las milongas. Me burlaba de mi misma por lo patética que me veía tomando clases de algo que al parece no se bailaba en ningún sitio. Pero yo lo tenía
claro: seguía enamorada de esa "danza notálgica y maligna", y eso me bastaba.
En mis ansías por saber más del tango y su cultura, metía horas en internet viendo vídeos, leyendo, escuchando temas, y así es cuando oí hablar de que efectivamente había sitios llamados milongas donde se bailaba tango. Esto ocurrió casi al mismo tiempo que mi profesor nos hablaba de Buenos Aires y las milongas. Estaba convencida de que solo existian milongas en Buenos Aires, y obviamente la que él organiaba en la ciudad, a la que íbamos solo sus alumnos. Hoy en día soy consciente de que si no estás en "este mundo" o alguien que ya está en él te informa, ni te enteras de que existen.
En las clases en las que tenía ocasión de practicar cuando algún atrevido aparecía por clase, mi máxima aspiración era la de poder entender la intención de movimiento de mi compañero. El escuchar la música, el guardar mi eje y lo demás era tarea que se me escapaba de las manos, sobre todo teniendo en cuenta que mi esfuerzo y energía se enfocaban en intentar conseguir lo primero. Eran tiempos en los que bailaba con cualquiera en la milonga, a la que iba siempre que podía, y disfrutaba con solo ser capaz de interpretar una señal de mi compañero. Bailar era solo diversión para mi. Me encantaba que me hicieran figuras, cuantas más mejor, y aunque no salieran bien, me seguían encantando. Si le golpeabamos a alguien, pedíamos disculpas entre risas, y obviamente la "fiesta" continuaba. Como todos bailábamos igual de mal y ninguno respetaba los códigos de la milonga, todo estaba bien. Sufría del mal más horrendo del principiante. Para bailar me ponía sandalias con tacones con los que no sabía ni andar y también las medias de rejillla más escandalosas que encontraba en las tiendas de lencería.
Más adelante en mi aprendizaje, memoríce los movimientos o figuras: cosa que la mujer nunca debe hacer, pero a veces era la única forma de moverme un milímetro del sitio puesto que mi pareja, tan experta como yo, no sabía marcar ni yo moverme sin caerme. Me centraba en pisar a tiempo esos pocos momentos en los que se me antojaba escuchar la música, ya que mi mayor concentración estaba en conectar con mi compañero y no en aquello que sonaba de fondo. Para conectar con mi compañero, todo valía, aunque para ello tuviera que colgarme literalmente de él o pegarme a él como si me fuera la vida en ello, todo con tal de no separarme ni un milímetro de él, que es lo que yo entendía que debía de hacer. Era tarea difícil: tenía que arreglármelas para dar pasos en un espacio inexistente, con lo cual, parecía la Torre Pisa, pero con piernas.
En mis ansías por saber más del tango y su cultura, metía horas en internet viendo vídeos, leyendo, escuchando temas, y así es cuando oí hablar de que efectivamente había sitios llamados milongas donde se bailaba tango. Esto ocurrió casi al mismo tiempo que mi profesor nos hablaba de Buenos Aires y las milongas. Estaba convencida de que solo existian milongas en Buenos Aires, y obviamente la que él organiaba en la ciudad, a la que íbamos solo sus alumnos. Hoy en día soy consciente de que si no estás en "este mundo" o alguien que ya está en él te informa, ni te enteras de que existen.
En las clases en las que tenía ocasión de practicar cuando algún atrevido aparecía por clase, mi máxima aspiración era la de poder entender la intención de movimiento de mi compañero. El escuchar la música, el guardar mi eje y lo demás era tarea que se me escapaba de las manos, sobre todo teniendo en cuenta que mi esfuerzo y energía se enfocaban en intentar conseguir lo primero. Eran tiempos en los que bailaba con cualquiera en la milonga, a la que iba siempre que podía, y disfrutaba con solo ser capaz de interpretar una señal de mi compañero. Bailar era solo diversión para mi. Me encantaba que me hicieran figuras, cuantas más mejor, y aunque no salieran bien, me seguían encantando. Si le golpeabamos a alguien, pedíamos disculpas entre risas, y obviamente la "fiesta" continuaba. Como todos bailábamos igual de mal y ninguno respetaba los códigos de la milonga, todo estaba bien. Sufría del mal más horrendo del principiante. Para bailar me ponía sandalias con tacones con los que no sabía ni andar y también las medias de rejillla más escandalosas que encontraba en las tiendas de lencería.
Más adelante en mi aprendizaje, memoríce los movimientos o figuras: cosa que la mujer nunca debe hacer, pero a veces era la única forma de moverme un milímetro del sitio puesto que mi pareja, tan experta como yo, no sabía marcar ni yo moverme sin caerme. Me centraba en pisar a tiempo esos pocos momentos en los que se me antojaba escuchar la música, ya que mi mayor concentración estaba en conectar con mi compañero y no en aquello que sonaba de fondo. Para conectar con mi compañero, todo valía, aunque para ello tuviera que colgarme literalmente de él o pegarme a él como si me fuera la vida en ello, todo con tal de no separarme ni un milímetro de él, que es lo que yo entendía que debía de hacer. Era tarea difícil: tenía que arreglármelas para dar pasos en un espacio inexistente, con lo cual, parecía la Torre Pisa, pero con piernas.
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