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martes, 22 de agosto de 2017

Lo que tiene que hacer una milonguera para bailar

En una milonga llena de mujeres, una suele pasar cierto tiempo sentada, charlando o simplemente observando. A veces, una oye conversaciones alrededor sin querer. Una de esas veces escuché a dos chicas hablando sobre una chica sentada sola y un milonguero que según ellas, le miraba porque quería bailar con ella. Se aburrían, no cabe duda. Yo también, así que saqué el traje de cotilla, y escuché cómo retransmitían el "partido" que ellas veían en su imaginación, y he de reconocer que aquello me inspiró para escribir esta entrada.

Las dos estaban de acuerdo en que ella, con su actitud, ni estaba interesada en él, ni estaba interesada en que nadie la invitara a bailar. Llegaron a esta conclusión porque ella no sonreía, no paraba de mirar al suelo, al refresco que tenía sobre la mesa, o a todos los lados, pero sin fijar la mirada demasiado tiempo en ningún milonguero o lugar, y además, jugaba con el borde del mantel de la mesa. Según ellas, si algún milonguero intentaba cabecearla, se iba a encontrar en una misión imposible. Estaban de humor, y tan aburridas que incluso apostaron una cerveza a que no la verían bailar en toda la noche. Casi me dieron ganas de participar en la apuesta: hubiese apostado al NO.

Para bailar hay que tener actitud:

Es importante sentirte cómoda contigo misma, con tu ropa, tus zapatos, el ambiente, la gente, y si no es así, haz lo que sea para conseguirlo.

La suerte se busca, no se espera: una opción recomendable es levantarte de vez en cuando de tu silla/mesa y moverte a otros lugares.

Socializar también ayuda: se puede charlar con la gente que tienes cerca, una vez que la tanda está empezada y no tienes pareja para bailar, o ir a la barra a tomar algo, ya que un lugar donde la gente es más propensa a relacionarse.

Ubicarte bien multiplica tus opciones: colocarte detrás de una columna no ayuda, quizás si te pones de pie en lugares estratégicos, aunque no tiene porqué ser cerca de la pista, pero sí en un lugar en el que puedas observar, mirar y sonreír a los milongueros con los que te gustaría bailar.

Elige: no olvides que tú eliges también con quién quieres bailar. Una vez marcados tus objetivos (milongueros con los que te apetece bailar), mírales unos segundos mientras les sonríes, así sabrán que estás abierta a aceptar una invitación. Luego, lo más probable es que alguno de ellos te cabecee si también quiere bailar contigo, y si no, ¡recuerda que el mar está lleno de peces!

martes, 15 de agosto de 2017

Una curiosa reflexión

Era una tarde de otoño y había quedado con una amiga milonguera a tomar un café para ponernos al día. Ella hacía tiempo que no aparecía por la milonga. Pocos años antes había decidido formar familia y sus prioridades habían sido otras. Durante ese café me confesó lo duro que había sido ser madre, no solo por la maternidad en sí misma y la responsabilidad que ello conlleva, sino por no tener ni un minuto para ella, tener poco para su pareja, y menos aún para aquello que adora y le da tanta vida: bailar.

En ese momento sonreía, pero muchas veces son las que ella había llorado por ello. Al vivir ella en una ciudad en la que apenas hay milongas, se conformaba con bailar salsa, otra de sus aficiones. Me extrañó y le pregunté si con ello ella estaba feliz, y lo me dijo a continuación me sorprendió muchísimo: "no es lo mismo... bailar salsa es divertido, como el sexo; bailar tango es sentimiento, es como hacer el amor".

No me cabía duda de que echaba de menos bailar tango, pero fueron sus palabras lo que me dejaron pensando. Bonita reflexión. Jamás lo había pensado así.

Para empezar, casi toda mi vida, en mi mente había relacionado el amor y el sexo, o más bien eran una sola cosa, quizás por la educación recibida. Pero afortunadamente la vida te enseña más que la familia y las instituciones educativas. Sin aprender a separar los dos términos, no se entienden sus palabras.

Además, me resultó curiosa la comparación, puesto que efectivamente bailar cualquier baile es un subidón de energía, pero el tango es mucho más que eso: el abrazo lo convierte en un bálsamo para el alma.


martes, 8 de agosto de 2017

Lo que todas tienen en común

Hablo de las milongas por España. Casi todas las que conozco tienen varias cosas en común:

Una pista de baile generosa rodeada de sillas. Podríamos tener una pista más reducida de tamaño con mesas alrededor para que el lugar sea más amigable y la gente pueda, además de bailar, socializar. Supongo que entonces, todos esos milongueros que necesitan algún que otro kilómetro cuadrado de pista para poder hacer sus figuritas, no tendrían espacio suficiente. Lo cierto es que con el tamaño de las pistas actuales, siempre termina habiendo algún que otro pequeño accidente, con lo cual, quizás tenemos exactamente lo que necesitamos.

Un suelo de material duro, generalmente de baldosa, bastante incómodo para el baile. Hay pocas pistas de madera idóneas para milonguear donde las articulaciones no sufren. Sin embargo, he de señalar que cada vez hay más suelos de madera, sobre todo en las milongas habituales. Lo cierto es que tampoco hay muchas milongas, así que nos podemos permitir tener suelos como esos porque nuestras articulaciones no sufren mucho tiempo.

Escasea la variedad de milongueros varones, nuevos milongueros o guiris visitantes. Se extraña poder bailar de vez en cuando con diferente gente, descubrir nuevos abrazos. Aquí todos nos conocemos, de hecho, cuando vamos a una milonga nueva, lo único nuevo, es precisamente la milonga. Pero no nos aburrimos porque siempre hay sorpresas: un milonguero que cansado de bailar con las mismas chicas prueba su faceta de Dj, o un milonguero que después de milonguear tres o cuatro años, una o dos veces al mes, decide que ya es un maestro del tango. Y siempre están también los cotilleos amorosos.

Lo genial de nuestras milongas -de todas ellas-, es que hay un ambiente de familiaridad entre los milongueros. No somos tantos, muchos son los que nos conocemos, y es por eso también que siempre tenemos la certeza de encontrar una sonrisa en una cara amiga.

La misma música. Parece que hay gente que nunca, absolutamente nunca se cansa de los mismos temas. Si hay un osado Dj que pone algo diferente, la gente no baila, y lo que es más, aplauden cuando toca tanda de temas hiper-conocidos. ¡Y dicen que hay un millón de tangos! Pero bueno, es cuestión de que todos aprendamos más a escuchar música... todo llegará, nuestra comunidad es aún muy joven.




martes, 1 de agosto de 2017

Bigfoot

A veces pasas un fin de semana tan estupendo bailando, disfrutando de los abrazos, de la música y del ambiente, que llega un momento que aunque quieres, no puedes seguir bailando. Tus pies duelen y cada pisada es como el sentir de un clavo. Sabes que has llegado a tu límite y entonces empiezas a pensar en cortarte los pies e implantarte unos nuevos... pero obviamente no es posible, así que te descalzas, los masajeas y esperas el milagro de que en un rato duelan un poco menos y así poder robarle a la noche dos o tres tandas más.

Estaba en uno de esos momentos cuando sonó no tanda de Canaro, bonita, romántica, y allí estaba el, un gigante de hombre, como un Bigfoot, tan descalzo como yo, moviendo todo su cuerpo al son de la música. Él, evidentemente, también estaba meditando si cortarse los pies era buena idea o no.

Entonces me miró y ladeando la cabeza, sonriendo y levantando las cejas a la vez, me dijo: ¿qué? ¿Te atreves...?". Miró sus pies, miró los míos y yo le dije... "noooo, ¿estás loco?". Y me respondió: "¿y si bailamos aquí, fuera de la pista..., creamos una milonga para los dos?". ¡Ayyy....! ¿Cómo puede una resistirse a eso? Me levanté y fui en busca de sus brazos. Fue una experiencia divertida en un estupendo abrazo, y además, sorprendentemente relajante para los pies.

El suelo estaba algo frío y mis pies quedaron algo destemplados, pero afortunadamente eso también ayudó a desinflamarlos un poco. Según terminaba la tanda, le dije riendo que me lo había pasado genial bailando con él pero que tenía que calzarme porque se me habían quedado los pies fríos. Me dijo que los suyos estaban calientes aún y que ojalá hubiera una piscina con cubitos de hielo. Así que en un arranque de esos míos, fui y me subí a sus pies, para enfriárselos. No me esperaba su reacción, una especie de medio-grito de sorpresa y gemido de placer, que hizo que varias cabezas miraran hacia nosotros, yo me pusiera de todos los colores del arco iris, y que luego nos echáramos a reír. Sus pies, quedaron más fríos, masajeados, y listos para disfrutar de otra tanda conmigo… una vez calzados de nuevo.

martes, 25 de julio de 2017

Como un lapa

Era un evento de fin de semana, y tan pronto le vi en la pista quise fundirme en su abrazo. Le perseguí con la mirada durante toda la noche del viernes, pero él no miraba, o miraba y desviaba la mirada. Esa noche no tenía que ser... quizás ninguna, es cosa de dos.

Al día siguiente hubo una milonga de tarde a pleno sol, en un suelo que parecía el de una casa del terror: tableros de madera mal alineados, inclinados, con agujeros, y que invitaban a romperse los piños contra el suelo. Así que yo, muy dada a todo tipo de accidentes, después de bañarme en crema de sol de protección 50, me quite los tacones, me calcé unas zapatillas de baile y un vestidito muy veraniego con un escote de vértigo. Mi objetivo: bailar con él.

Allí lo vi de nuevo, sentado en un banco de madera tan firme y estable como la misma pista de baile. Fui a buscar hueco en el extremo del banco, a su lado, un instante después de que una chica se levantara del otro extremo. Y como las leyes de la física mandan, el banco primero subió y luego bajó de golpe cuando mi trasero encontró apoyo. El meneo que el pobre chico dio lo hizo chocarse ligeramente contra mí, ocasión que aproveché para entablar una mini-conversación. Justo entonces comenzaba una tanda de milongas y uno de sus pies empezó a golpear rítmicamente el suelo. Le mire, me miró y me preguntó: ¿eres chica de milonga? Y como una bellaca, mentí sin pestañear: "claro!"

Lo cierto que es bailo muy poco milonga, pero el no. La tanda, entre risas y risas, salió bien, conectamos, y al final me dijo: "pues sí, eres una chica de milonga". Y yo le dije "y también de tangos, así que si te apetece, quizás a la noche podríamos bailar una tanda". Sonrió, nos despedimos.

Llegó la noche del sábado y también la milonga de despedida del domingo. Me iba a ir a mi casa sin probar de nuevo su abrazo. Sonaba la última tanda cuando decidí que solo le iba a mirar a él y brindarle la mejor de mis sonrisas... ¡y funcionó! Me miró, cabeceó y nos fundimos en un maravilloso abrazo al borde de la pista. Lo que siguió después fue pura conexión, tanta y tan intensa, que pegados como una lapa a la roca, no nos separamos ni un milímetro entre tema y tema, fue tan intenso, que dos minutos después de terminar la tanda seguíamos abrazados, sin articular palabra alguna, sin querer que el momento terminara.

martes, 18 de julio de 2017

Todos los caminos conducen a Roma

Una milonga preciosa, ideal: amplia, con mesas ubicadas adecuadamente alrededor de la pista, con espacio suficiente para pasar cómodamente entre y por detrás de ellas; suelo de madera, cuidado con mimo; sonido limpio, elección musical que mantenía buen nivel de energía y la pista llena; luz tenue, ambiente relajado; fluidez de pista, sin peligros.

Yo estaba sentada en un bonito sillón rojo, con esa mala costumbre que tengo de cruzar las piernas, y disfrutando del ambiente y de una copa de vino blanco francés. Me sentía relajada, feliz, en las nubes. Hacía un tiempo que sentía su mirada constante sobre mí, esperando a que me girara y él pudiera invitarme mediante cabeceo. Le había visto bailar y sé que disfrutaría con él, pero la tanda no me gustaba. Esperé.

La tanda siguiente era una preciosa de Caló, me apetecía bailarla. Me giré, le mire, y allí estaba él esperando que nuestros ojos se encontraran. No dudó y me cabeceó. Sonreí, asentí y nos dirigimos a la pista. Una vez allí, parecía que no le gustaba el lugar del borde de la pista por donde debíamos incorporarnos, así que para mi sorpresa, salió corriendo (literalmente), cruzando la pista por medio, al otro extremo. Me quedé perdida, estupefacta, y pensando que aquel hombre había perdido la cabeza. Ni siquiera miró atrás para ver si yo le seguía. Dicen que todos los caminos conducen a Roma pero, ¿es realmente necesario recorrer todo el globo terrestre para llegar a ella?

Una vez que pude reaccionar al verle sonreír desde el otro extreme, me entró la risa por la situación absurda y seguí el juego y su locura aprovechando que la pista estaba calentando motores y que la gente aún estaba conectando en el abrazo: crucé a paso ligero sin parar de reír y me fundí en su abrazo.

Mereció la pena el deporte de riesgo de cruzar la pista y la cara de más de un milonguero cuando lo hice... me regaló una tanda fantástica, a la que siguieron unas cuantas más a lo largo de la noche. Fue uno de esos cuatro abrazos mágicos que descubrí aquella noche.

martes, 11 de julio de 2017

Andar en bici nunca se olvida

Eso me dijo de pequeña una vez mi abuelo, cuando después de aprender a montar en bici un verano, estuve el invierno sin subirme a ella, y de nuevo en primavera quise volver a intentarlo. Miré la bici recelosa, como si  fuera una tarea de la que quizás no fuera capaz de hacer.

En la vida hay muchas "bicicletas", con lo cual, esto ocurre de vez en cuando: a veces creemos que hemos olvidado, pero en realidad hay una parte inconsciente que siempre recuerda. Suele ser el miedo el mayor enemigo, ése que nace de la falta de confianza en la capacidad que tiene una misma de hacer las cosas, de la pérdida de control ante la incertidumbre y lo inevitable, de la certeza de sentir vulnerabilidad física y de sufrir un daño.

El tango también ha sido una "bicicleta" para mí en varias ocasiones, la última, hace muy poco tiempo.

Esta primavera, tras meses sin bailar por motivos de fuerza mayor, acudí a un evento de tango en el que bailaba con gente a la que no conocía. No había miedo por falta de confianza en mí misma, tampoco miedo por la pérdida de control ante la incertidumbre y lo inevitable, sino más bien a la vulnerabilidad física y a sufrir daño. Tan solo bailé con milongueros que conocía, en los que confiaba y rechacé cuatro o cinco invitaciones, todas ellas directas, de milongueros a los que no había visto bailar... y menos mal, porque luego los vi, y supe que había hecho bien en rechazarlas: me hubieran dañado sin duda. Pero eso sí, estaba feliz, por fin había conseguido subirme de nuevo a una bicicleta.

Durante algún momento de la noche fui al baño -ese lugar donde las mujeres cotorreamos-, y no pude evitar oír la conversación de dos mujeres a las que no veía. Una de ellas parecía ofendida porque alguien había rechazado a su marido en una invitación a bailar. Se quejaba de que el tango era un baile social, de que la mujer que había rechazado a su marido era una maleducada, bla,bla, bla... todo perlitas las que soltó la mujer que hablaba. Tras un minuto o dos de conversación, me di cuenta de que la "maleducada" de la que hablaba era yo. Poco después, las oí cerrar la puerta y salir.

Quisiera que alguna mujer que piensa como ella me responda a la siguiente pregunta: ¿no es mejor gastar la energía en tener buena onda, sonreír y abrazar, que en juzgar a los demás sin más, sin conocer?

martes, 4 de julio de 2017

Respondiendo a un porqué

Una mujer es invitada por un hombre y ella rechaza la invitación. Es una escena que no es agradable para ninguna de las partes implicadas, pero sucede de vez en cuando. Hay hombres que se ofenden, directamente asumen que la mujer no quiere bailar con ellos, y listo. Muchas veces es cierto, otras no.

La verdad es que nadie se para a pensar el porqué, simplemente se sentencia el acto, mediante un juicio personal. A veces, el orgullo del hombre queda herido, y la consecuencia de esto es que luego ese hombre ya no habla a la mujer de nuevo, se comporta con incomodidad, evita su mirada, o incluso hay algún osado que incluso la crítica. Pocos lo toman con naturalidad, sin darle más importancia de la que merece.

¿Os ha pasado alguna vez? Pues bien, yo soy una de esas mujeres que ha rechazado, nunca por gusto, sino porque me ha salido del corazón. Me he visto en esa situación varias veces. La primera vez me dolió la actitud del hombre, después ya no, aunque sigue resultando algo molesto que reaccione de esa manera en lugar de con naturalidad.

Hay algún hombre rechazado (amigo o conocido), sin embargo, con el que he podido hablar tomando una copa y explicarle el porqué de mi rechazo. Después de comprenderlo la energía ha vuelto a fluir positivamente. Pero esto es algo que no se puede hacer con cada milonguero. Además, nadie tiene el deber de contar su vida ni dar explicaciones: comprender eso es respetar. 

A este conocido le expliqué que en mi caso particular, por motivos de salud, soy muy sensible a cualquier movimiento brusco o a abrazos rígidos, que por leves que sean, me hacen daño. Fui muy sincera con él y le expliqué, que como él, hay hombres que aún no saben o no pueden disociar bien por los motivos que sean (salud, falta de práctica, o técnica), pero que les gusta el abrazo cerrado (y rechazan el abrazo abierto, que es en el que la mujer podría estar más cómoda). El que un hombre no disocie bien, hace que de alguna manera y sin querer, someta a la mujer a movimientos antinaturales, que pueden dañar seriamente su columna, o también las articulaciones, principalmente rodillas. En el mejor de los casos es simplemente molesto, no es agradable... y para disfrutar ambos de una bonita tanda, los dos deben de estar cómodos.

martes, 27 de junio de 2017

Algo se muere en el alma cuando un amigo se va

En el último año la vida nos ha dejado de prestar los abrazos de varios amigos de la comunidad milonguera española, y digo prestar, porque considero que fueron un regalo. Es en recuerdo a ellos que escribo estas palabras.

Hay una famosa canción que dice que algo se muere en el alma cuando un amigo se va... y yo solía estar de acuerdo, pero ya no. Lo cierto es que personalmente ya no siento que algo se me muere en el alma cuando alguien a quien quiero se va: tan solo se me encoje, por la pena de los momentos que ya no compartiremos, por la tristeza de no disfrutar más de su sonrisa y sus abrazos. 

Pero llega un momento en el que el alma vuelve a expandirse, cuando la pena se evapora con el tiempo y se convierte en bonito recuerdo, de los momentos vividos, la buena energía compartida en vida. Luego, además, el alma crece, al dar las gracias a la vida por haber podido disfrutar de esa persona, aunque haya sido por poco tiempo. Así siento que tengo trocitos de bastantes personas en mi alma, y siento por ello que cada día esta se hace más grande.

Para sentirme así, he tenido que aprender a canalizar en lugar de contener; a sonreír en lugar de llorar en el recuerdo... he tenido que aprender a dejar ir.

Recientemente me ha llegado una invitación especial, ya que se trata de una milonga en homenaje al último de ellos que nos dejó con su recuerdo: Javier Viribay. Me parece una bonita forma de recordar a alguien, de dar el primer paso para convertir las lágrimas en una bonita sonrisa.

Para quien quiera y pueda ir, la milonga tendrá lugar el día 15 de julio a las 20:00hrs en el Museo Artium de Vitoria-Gasteiz.

jueves, 26 de marzo de 2015

Sí podía ser peor

Me equivocaba: sí podía ir a peor.

En Facebook salía publicado un evento organizado por la Asociación Aragonesa de Bailes de Salón que decía: "1er CURSO PARA LA OBTENCIÓN DEL TÍTULO OFICIAL DE PROFESOR DE TANGO ARGENTINO". Obviamente me picó la curiosidad, así que entré en el evento y lo que encontré allí me dejó sin palabras.

Tras 16 horas de clases y desembolsar un pastón, o lo que es lo mismo, 180 euros por el curso, y luego 165 euros por el derecho al examen para obtener el título, podías convertirte en profesor de tango, con título oficial válido en el mundo entero. Eso sí, para ello, aconsejaban tener algo de experiencia pero tampoco lo obligaban, de hecho, el curso estaba dirigido a profesores y alumnos avanzados de baile de salón, salsa, ballet, jota, kizomba, hiphop, estudantes de INEF y músicos.. ¡tóma ya!

El tango atrae porque se vende en ciertos círculos como un baile sensual y encima se ha puesto bastante "de moda" pero y por eso creo que hay ciertos círculos de personas de otros bailes que quieren incorporar el tango como parte de sus conocimientos, para poder impartir clases y ganar dinero de forma fácil. Creo que es un insulto a los profesionales del tango y al tango como cultura.

Lo primero de todo, es que es imposible adquirir los conocimientos necesarios para impartir clases de tango en solo 16 horas, aunque seas una persona con formación en la danza de toda una vida. Es como si alguien me dice que con solo aprender 1000 palabras en un idioma puedo ser profesora de ese idioma: es ridículo, un idioma es muchísimo más que eso.

domingo, 1 de febrero de 2015

Rompiendo barreras

Dicen que si se quiere ser feliz, no hay que escuchar todo lo que a una le dicen, ni creer todo lo que una ve, y tampoco decir todo lo que una sabe. Sin embargo en el tango sí hay que darlo todo cuando una regala un abrazo y eso sí es necesario para ser feliz mientras bailas y hacer feliz a la persona con la que bailas. Pero darlo todo no es sencillo porque eso incluye abrazar y sentirse cómoda haciéndolo.

Hace unas semanas conocí a una chica principiante cuya pareja sentimental, por la que me imagino que ella empezó a bailar tango, ya era bastante más experimentado que ella. No se la veía cómoda en la milonga. Al principio pensé que era porque era principiante y no conocía a nadie, pero suponer a veces no es suficiente. Tras hablar con ella un rato y preguntarle por la milonga y si se lo estaba pasando bien, charlamos un rato y me confesó que a ella que costaba abrazarse a extraños y que por eso se encontraba algo fuera de lugar. Lo comprendí: al principio es algo que a casi todas las mujeres nos pasa en algunos países, quizás por cultura o educación.

Pero ocurre algo importante: una chica que no se siente cómoda abrazando a extraños, no puede darlo todo bailando con ellos. Así que lo primero y más importante parece ser que es romper esa barrera si una quiere disfrutar del tango y hacer que su pareja también lo disfrute. Algunas personas pensarán que es una tontería, que es tan solo cambiar una actitud, pero la verdad es que no es tan sencillo. Abrazarse a alguien es algo íntimo, es compartir mucho, y los reparos, los miedos y las manías, son espinas difíciles de quitar.

¿Qué hacer entonces? La respuesta no la sé. Sin embargo yo una vez estuve en ese punto: no sabía abrazar, me incomodaba, y más aún si se trataba de extraños o de personas que incomprensiblemente me producían incomodidad. Lo que yo hice fue bailar en abrazo abierto hasta que poco a poco fui conociendo a la gente local, ganar confianza, y una vez que esto fui capaz de hacerlo con mis amigos, y luego con mis conocidos, pude hacerlo con desconocidos. Es un proceso lento, y la mayor traba con la que se suele encontrar una milonguera es que hay milongueros a los que por lo general les gusta bailar en abrazo cerrado, no quieren bailar con una chica en abrazo abierto porque es algo más frío y es como perder la esencia misma del tango. Tengamos en cuenta que, al fin y al cabo, el tango es abrazo.

lunes, 5 de enero de 2015

Me sentí valiente

Era un domingo por la tarde y asistí a una práctica, que como la misma palabra lo dice, es un espacio en el que se practica tango, a veces con guía de milongueros experimentados o profesores. En esta práctica sonaba la música sin tandas, sin cortinas, la gente cambiaba de pareja cuando quería y se paraba en medio de la pista para discutir si salía o no bien una figura.

Estaba observando la pista cuando se acercó a mi un chico con el que nunca había bailado antes pero que había conocido durante ese fin de semana. Lo había visto bailar antes en una milonga y me había parecido un chico con una técnica que brillaba por su ausencia y con una energía totalmente desproporcionada y descontrolada. A su favor he decir que al menos era guapo y simpático. Supongo que es esa la razón por la que acepté practicar con él. Las prácticas suelen ser buenos momentos para sugerir y la idea de sugerirle que disminuyera un poquito su nivel de energía en esa práctica me parecía un buen intento para ver si podría luego bailar más tarde con él en la milonga. Pero decidí callarme, experimentar y ver qué sucedía.

Desde un principio opté por un abrazo muy abierto, para poder controlar del todo mi eje y esquivar el suyo, si se desviaba más de la cuenta y amezaba con descontrolarse. Era un chico muy alto así que o hacía eso, o mi atrevimiento podía derivar en una catástrofe. Como era de esperar, empezó a moverse a mucha velocidad, supongo que para no llegar a caerse tras perder el eje en cada paso. La música tampoco iba con él, pero qué más daba... tan solo era una práctica. Hasta que empezó a criticarme porque no me sabía los pasos. 

Insistió en enseñarme cómo hacer un gancho tras intentar varias veces uno sin que yo le entendiera la marca. Le dije que no sabía porqué, pero que el cuerpo no pedía un gancho (más bien correr a varios kilómetros de él, aunque eso no se lo dije) o que no le entendía la marca. Le propuse intentar otra cosa ya que nos faltaba el consejo de alguien más experimentado para orientarnos en aquello que obviamente no salía bien, pero se molestó  porque él había estado en Buenos Aires y había tomado clases con no-se-qué profesores y que no entendía lo que me habían enseñado a mí porque no sabía ningún paso. ¡Ay, ay, ay.. lo que hay que oír! Respiré profundo y me dije: "nena, tú si que puedes... 1, 2, 3, 4,..100, 200, 300..."

Luego comenzó con unos giros, pero la suerte duró poco porque se le ocurrió la brinllante idea de pasar a las sacadas. Y sintiendolo mucho, ese fue mi límite: visto el peligro, debo de reconocer que casi salgo corriendo, pero no, solo me excusé y le sugerí que provara con otra chica. 

Seguido de la práctica hubo milonga y fue ahí cuando me di cuenta de que ninguna milonguera local que hubiera salido ya de la etapa de principiante aceptaba una invitación suya. Luego me dediqué a mirar a otro lado cada vez que había cambio de tanda para no cruzar miradas con él. Una milonguera local que estaba sentada junto mi captó el asunto y me dijo: "es un terrible...". Le respondí con una mirada cómplice milonguera. ¿Qué más faltaba por decir?

viernes, 7 de noviembre de 2014

Si eres ecologista, baila tango

En el tango los milongueros se saludan, se dan besos y se abrazan, aunque normalmente no hablen, y solo se vean de vez en cuando, o a veces ni eso. Es algo así como cuando subes al monte y te cruzas con otros montañeros y siempre saludas, o como cuando vas en tu moto y te cruzas con otro motero y también saludas con ese gesto tan típico que solo ellos conocen.

Lo que ocurre de especial con los abrazos es que a parte de favorecer la comunicación y transmitir sentimientos, proporcionan muchos beneficios a la persona que los recibe ya que dan seguridad, confianza, consuelan, y también dar calor, debido al intercambio de energía que se produce. Quizás si todos nos abrazáramos más, se necesitaría menos calefacción en los espacios cerrados, y desde luego, eso reduciría el gasto energético y por tanto favorecería el medio ambiente. En las milongas nos pasamos todo el tiempo abrazando.

En las milongas también nos gusta la iluminación con luz tenue para crear un ambiente acogedor, íntimo para bailar, porque el tango es así: algo personal que se comparte, muy especial. Por ello muchas veces se ven pocas luces artificiales y sí muchas velitas, que dan el toque ambiental idóneo para entregarse a la música de forma intensa. Ese cuidado con el número de lámparas que se dejan encendidas de forma artificial, también disminuye el consumo eléctrico, y por tanto, también ayuda al medioambiente.

Tras esta deducción caprichosa y subjetiva, esta noche me iré a dormir más contenta, al fin y al cabo soy milonguera y por lo que parece, quizás contribuya más de lo que pensaba a la conservación del medioambiente.

martes, 30 de septiembre de 2014

El rol en el que te cuidan

Me atrevo a decir que el rol del hombre en el tango tiene más mérito que el de la mujer. Creo que el hombre, tras aprender lo básico, que no es nada fácil, tiene después que aprender a deslizarse por la pista, a estar pendiente de la mujer y a protegerla de posibles golpes, a escuchar la música mientras imagina cómo interpretar cada frase musical, y aún así, todavía disfrutar del baile, a pesar de todo ese estrés.

Para una milonguera, lo más difícil de bailar tango puede que esté en dejar que él tome las riendas, en aprender a esperar y no adelantarse, en conseguir un control del eje, y en preparar el cuerpo para responder a marcas casi por acto reflejo, ya que al fin y al cabo el tango es un idioma, cuyo canal de comunicación es el abrazo. Una vez aprendido todo esto, bailar, es como conducir, solo que no tienes que estar pendiente de los demás conductores, y puedes hacerlo además con los ojos cerrados, entregándote aún más al abrazo, a la música y al disfrute del momento. Relajada, confiada, a ciegas. 

Para una milonguera también tiene un toque egoísta eso de dejarle a él con la responsabilidad de cuidarnos a los dos, pero la verdad es que esa sensación nos encanta a muchas: es una liberación. Dejar a un lado a esa cuidadora innata que casi todas llevamos dentro como madres potenciales, aunque sea por unos minutos, y dejar que sea otra persona quien nos cuide, es uno de los aspectos de bailar tango que más encandilan desde el primer día en el que pisas una milonga.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Lo importante no es como se empieza sino cómo se acaba

Finales de verano, en una localidad declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1981. Allí tenía lugar un festival, con formato de maratón, en la que desde las dos de la tarde hasta bien entrada la madrugada, podías disfrutar de los abrazos hasta que tus pies no daban más, sobre un suelo de madera, colocado para la ocasión, y rodeado de paredes que en otros tiempos habían pertenecido a una preciosa iglesia gótica. El sitio, simplemente increíble, precioso.

Era jueves y había hecho un viaje largo, así que tras asearme rápidamente en el hotel, me fui corriendo a la milonga. Hacía ya dos horas que los abrazos se deslizaban por la pista. Decidí cenar algo ligero y casero allí mismo, mientras observaba la pista y me sumergía en el ambiente, así que compré un refresco y un platito de algún tipo de tartaleta de verduras y busqué un lugar para sentarme. Junto a una enorme columna vi una mesita de noche, parte del decorado, y como parecía que todas las mesas estaban ocupadas, me pareció una buena opción. Además, desde ahí vería a mis amigos llegar.

Dejé mi cena sobre la mesita y localicé a medio metro una silla que estaba sin ocupar, la acerqué y me senté toda emocionada, nerviosa por empezar a disfrutar del maravilloso fin de semana de tango. Una milésima de segundo después sentí cómo la gravedad me atraía estrepitosamente hacia el suelo de piedra, mientras sin comprender lo que sucedía, mi trasero aterrizaba bruscamente encima de lo que quedaba de mi silla, que ahora estaba hecha añicos.

Tardé unos segundos en reaccionar, intentar moverme para comprobar que mis huesos no habían terminado como la silla. Para cuando se me fue el susto del cuerpo, ya tenía a un amable señor ayudándome a levantarme y a una testigo super-simpática de la organización, que no paraba de preguntarme si me encontraba bien. Ella retiró la silla, y me trajo otra, y tras asegurarse de que estaba en condiciones, volvió a disculparse para luego ofrecerme un postre o un refresco para terminar de quitarme el susto. Todo un detalle. Definitivamente aquel fin de semana no lo empecé con buen pie, pero suelen decir que lo importante no es como se empieza, sino como se acaba.

A lo largo del fin de semana, yo y mis morados repartidos por todo el cuerpo, nos cruzábamos con esta chica de la organización bastante a menudo, y cada vez que lo hacíamos había alguna broma de por medio, o un ratito de charla, así que con los días se formó una complicidad especial y muy buena onda. Tanto, que al final del festival, habiéndose mis amigos ya a sus casas y yo quedándome un día más antes de regresar a la mía, me ofrecí a ayudarle a ella y a su equipo a recoger todo. La sorpresa vino después, cuando como agradecimiento por la ayuda, me invitaron a cenar con todos ellos comida casera riquísima, dando así el broche final a un estupendo fin de semana lleno de tandas maravillosas, un ambiente increíble y una sensación de querer volver.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Un abrazo inalcanzable

Él era un chico al que admiraba de lejos, pero lo veía como inalcanzable a la hora para bailar. En realidad lo era. Cada vez que él y su preciosa novia bailaban, me quedaba embobada por lo elegantes y bien que se desplazaban por la pista. Era un auténtico placer verlos. Pero a nivel personal, pensaba que eran raritos y poco simpáticos, y también algo especiales ya que a pesar de tener amigos en común, sus saludos habían sido escuetos, casi comprometidos. Tampoco los veía relacionarse con mucha gente, tan solo con el grupito de bailarines profesionales asistentes a evento en cuestión en el que coincidíamos. Llegué a la conclusión de que quizás ellos también eran bailarines profesionales.

Fueron varias las veces las que coincidimos en distintos lugares, hasta que sin saberlo, fui a una maratón de tango a la ciudad en la que él vivía. Él no era asistente oficial, pero sin embargo, en la noche del sábado, justo el día en el que la pista estaba rara, medio vacía, él apareció, tan elegante como siempre, a bailar unas tanditas. Casi todos estábamos en grupitos con nuestros amigos, comiendo, charlando, la música desde luego no invitaba a bailar.

Iba al baño, a recogerme el pelo que me estaba agobiando por el calor y entonces me crucé con él: me reconoció, me saludó y me dio dos besos, e incluso se paró a charlar un par de minutos. Me quedé sorprendida, quizás no era tan rarito como pensaba. Al regresar del baño me volví a sentar junto a mis amigas y me olvidé completamente de él.

En un momento dado empecé a tener algo de sueño y me propuse bailar unas tandas para despejarme, aunque la música no me gustaba. Me acerqué al borde de la pista y me senté en un puf. De repente, a metro y medio de distancia, él me miraba y me cabeceaba. Miré alrededor, estaba sola, definitivamente era a mí. Me levanté sin salir de mi asombro y le ofrecí el abrazo. Fue tan fantástico como imaginaba. Lo que no estuvo a la altura fue la tanda, que rara a más no poder, fue todo un reto para bailar. Aún así pudimos salvar la tanda y disfrutarla a nuestra manera. No sé ni la orquesta ni de dónde sacó el Dj aquello que sonó.

Dos semanas más tarde, de nuevo coincidí con él en otro evento, nos vimos, y los saludé a ellos y otras personas que estaban con ellos, algunos maestros que ya conocía de alguna clase. Luego me fui a sentarme a las gradas, donde estaban mis amigos, y donde esperaba las tandas que me gustaban para empezar a mirar a chicos y obtener un cabeceo. Había tanta gente que aquello era como una pesadilla.

De pronto, lo vi de nuevo a unos tres metros de mí, cabeceándome otra vez. Ahora sí estaba realmente sorprendida, pero mi asombro y yo bajamos felices a ofrecerle el abrazo. Sinceramente, no pensé que esa vez, que él estaba con su grupito de siempre, se separara de ellos y viniera a buscarme para bailar conmigo: pero lo hizo. Me volvió a brindar una tanda maravillosa, y a partir de aquel día, lo anoté en mi lista de "talones de Aquiles". Es increíble como algunas personas son capaces de romperte los esquemas en tan poco tiempo.

martes, 9 de septiembre de 2014

Al rescate

Era el festival de Tarbes y yo estaba sentada en la última fila de las gradas laterales, esas con peldaños tan mortíferos que hacen que cada año más de una milonguera esté apunto de quedarse sin dientes tras rodar unos cuantos escalones abajo. Había elegido aquel sitio porque a parte de que me gusta la aventura, era uno de los sitios más discretos para dejar las pertenencias, era además un lugar donde observar bien la pista y el ambiente, y a la vez ideal para evitar un exceso de invitaciones directas incómodas.

Sonaban los primeros acordes de uno de esos temas que te hacen saltar de la silla y ponerte como una loca de emoción y de ganas de bailar. En aquel momento yo estaba cambiando mis zapatos a unos con menos tacón. Creo que entonces batí el record del mundo en ajustarme las tiras de las sandalias y salir corriendo a la pista en busca de una pareja para bailar la orquesta de mis amores... y todo eso conservando cada una de las piezas que componen mi sonrisa.

Una vez en la pista intenté relajarme y concentrarme para mirar a aquellos bailarines con los que me gustaba la idea de bailar esa tanda tan especial. Sentía que no podía bailarla con cualquiera: necesitaba alguien con sentido de la musicalidad, con ganas de jugar, de escuchar, de ser cómplice, de hacerme volar. Cabeceé a uno, pero no hubo suerte. Finalmente, algo desesperada, localicé a mi lado a uno de mis bailarines favoritos y haciendo eso que solo hago en situaciones muy particulares, invité de forma directa. Tampoco tuve suerte esa vez: él rechazó mi invitación.

A veces no puede ser, así que con cara de pena, pero al menos con ganas de disfrutar la música sentada en mi silla, subí las escaleras del exorcista, donde un amigo me miraba con cara de sorpresa por no estar bailando mi tanda favorita. No se lo pensó dos veces: se levantó, como el mejor de los amigos, me invitó a bailar.

¡Y qué contaros! a pesar de que solo llegamos a bailar los dos últimos temas, él los hizo inolvidables. Como siempre, supo esperar, sintió, escuchó, permitió que mis pies jugaran con la música, e hizo que aquella conversación de a trés -la música, él y yo-, fuera inolvidable. Me hizo volar. Gracias por todo, D'Artañan.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

¿Diamantes en los tacones?

 Los zapatos de tango son preciosos, suelen ser de calidad y cómodos. Ves unos que te gustan, te los pruebas y a veces tienes la sensación de que deben de tener algún diamante escondido en los tacones, sobre todo cuando ves el precio. Lo bueno casi siempre cuesta dinero, cierto; pero a veces, estos precios son sencillamente exagerados.

Hace menos de dos años viajé a un país del este. Visité una tienda de zapatos de tango y compré unos por 80 euros. Los dueños de la tienda eran los fabricantes. La razón de obtener un precio tan ventajoso fue que se trató de una compra colectiva entre un grupo de amigos milongueros, y que no eran intermediarios. Ese mismo año, alguien, de los que no pueden hacer factura y de los que venden en un puesto dentro del festival, ofrecía esa misma marca por 160 y 180 euros.

Al año siguiente viajé de nuevo a otro país y visité otra tienda de zapatos de tango de otra marca diferente. Los dueños de la tienda no eran los fabricantes, sino intermediarios, legales, verdaderos, de los que hacen factura. Obtuve un precio algo menos económico porque compré dos pares. Pagué 105 euros por cada uno. En cuanto a calidades, debo aclarar que eran similares a los del año anterior. Casualmente, también en ese año y en otro festival, vi otra persona, de los que venden zapatos en festivales, que ofrecía exactamente esa misma marca, pero por 160 euros. Sinceramente, no se si estos eran o no verdaderos intermediarios, aunque tengo mis dudas.

Sacar conclusiones aquí es fácil: los zapatos no tienen diamantes en los tacones, sino gente avariciosa y no muy legal que se quiere hacer de oro a costa de la ingenuidad de los demás.

Profundizando en el tema, aclaro que en el caso de los zapatos de tango, como milonguera consumidora, entiendo que el precio del fabricante debe de ser relativamente alto (que no es lo mismo que caro) porque usan materiales de calidad y es un trabajo artesanal, con lo cual, además es lógico que  añadan un margen significante para el beneficio de su empresa. También me parece bien que los verdaderos intermediarios añadan el coste de la distribución y un margen para obtener a su vez un beneficio. Hasta ahí, todo correcto.

Luego llegan los avariciosos de los que hablo, es decir, particulares disfrazados de asociaciones, escuelas, o lo que sea, que compran estos zapatos, que los transportan a otro país y los venden incrementando su precio a veces hasta en un 100% o más, sin ningún miramiento, aprovechándose así de los milongueros y milongueras que desconocen el verdadero precio de esos zapatos. Reconozco que cada uno es libre de poner el margen que quiera para obtener un beneficio en su empresa, pero para hacer eso hay que tener una empresa. Lo que sucede es que la mayoría de esta gente no son empresas, ni pagan impuestos, ni siquiera son legales, y mucho menos, intermediarios. Para comprobar lo dicho solo teneis que pedir factura y ver la cara que ponen. Yo me niego a comprar a esta gente porque primero, estafan al consumidor final, hacen competencia desleal a los verdaderos distribuidores y encima, cometen delito por no declarar impuestos, cosa que nos perjudica absolutamente a todos. Os dejo pensando...

sábado, 30 de agosto de 2014

Aire

"Aire", de Pedro Marín. La primera vez que la oí fue en el 2007 aunque creo que es un tema de los 80. De pronto el otro día iba conduciendo mi coche cuando por la radio lo escuché de nuevo, con su estribillo tan pegadizo: "aire, soy como el aire, pegado a ti, siguiéndote al andar... porque te juro que, soy aire, soy como el aire, pegado a ti, no puedes escapar, no te resistas nunca". Y será porque soy milonguera, pero de repente la canción tenía otro sentido y mi mente voló a los abrazos en el tango, a esos que son como el aire de esta canción.

El tango es un abrazo, pero no cualquier abrazo: es aquel entregado de corazón, el que es conexión, comunicación, un intercambio de energía, sensaciones y emociones. Hablo de un abrazo que sin ser asfixiante, sea firme y suave al mismo tiempo, pero por encima de todo, respete, no se imponga.

Hay abrazos en el tango que no son así, sino que son agobiantes, de los que creen que te atrapan, te dicen que no puedes escapar y que no te resistas. Esos abrazos que llaman resistencia a moverte para poder respirar. Los detesto.

Normalmente los hombres que te abrazan así son rígidos, se mueven en bloque, no disocian, te atrapan y te encierran en sus brazos porque son incapaces de comunicarse, así que imponen. Muchos de ellos además son experimentados, les gusta bailar en cortito sin terminar de marcar del todo los cambios de peso y se creen muy milongueros. Obviamente creen que su forma agobiante de abrazar es la forma más milonguera y correcta.

El caso es que cuando vas a una milonga donde no conoces a la mayoría de los milongueros, es difícil fijarte y acordarte de todos, de cómo bailan, de su abrazo, con lo cual si hay cabeceo es sencillo porque hasta que no has evaluado, no miras. Pero, si no hay cabeceo y te invitan directamente, te tienes que arriesgar. Así que como soy consciente de que no puedo enfadarme ni dejar plantado a cada tipo de estos con los que termino bailando, quizás debo de rechazar toda invitación directa que me hagan a partir de ahora.

Quizás también debería empezar a desviar mi energía a algo más productivo que enfadarme, como por ejemplo, escribir mi lista de deseos milongueros para el año nuevo 2015. Así que ya puesta, aquí va el primero: que algún profesor de tango nos haga un favor enorme a todas las milongueras del planeta haciendo el milagro de hacer entender como sea a este tipo de milongueros la diferencia este asfixiar y abrazar, entre imponer e invitar, entre bailar tango y no hacerlo.

viernes, 21 de marzo de 2014

Bailando con un músico

Era un festival de tango al que fui solamente a la milonga del sábado, y encima llegué tarde. Pagué la barbaridad de veinte euros por la entrada a una milonga en la que hacía un calor infernal y en la que media hora después de entrar iba a tragarme una orquesta imbailable por casi una hora. Al menos, después quedaron otras dos horas de buena musicalización, regalada por Ariel Yuryevic.

La hora de orquesta la dediqué a charlar con amigos y comer unas riquísimas empanadas caseras que ofrecían. Parte del tiempo lo empleé en acompañar al amigo con el que había ido a esa milonga, a dar una vuelta y ver el ambiente, mientras él murmuraba: "¿¿cómo pueden tocar esto??¡pero si no se puede ni bailar!". Luego me pasé a ver modelitos en los puestos de ropa y zapatos de tango, pero al menos fui lo suficientemente sensata como para no pecar y terminar metiendo un trapito más en mi abarrotado armario.

Una vez que dieron paso al DJ, recibí una invitación de un chico joven, de unos treinta años o alguno más, y como la media de la mayoría de los asistenteses era de exactamente el doble de su edad, pues fue como encontrar la nota discordante. Acepté bailar con la nota discordante. No era un sol, era un do, y de pecho. Lo digo porque de ahí precisamente salió la tos que me dio al atragantarme cuando me preguntó qué me había parecido la orquesta. Y en uno de esos extraños momentos en el que dejo que la sinceridad se atragante un poco y permito que la diplomacia me haga quedar bien, le contesté que había llegado tarde, por lo que me había ido a comer algo y saludar a unos amigos, y que casi ni me había parado a escuchar la orquesta. Me quedé sorprendida de lo cercano a la verdad que era lo que había dicho, evitando criticar a la orquesta. Menos mal que no lo hice. Él se presentó como uno de los músicos. Caaaaaaasi. Casi la lío.

El simpático chico bailaba raro. Así lo definiría. Poco y raro. Parecía más bien que intentaba interpretar la música como él lo haría con un instrumento musical. No se baila como se toca, pero supongo que él era tan principiante como bailarín, que estaba en el proceso de entenderlo. Los conocimientos de música pueden ayudar a la hora de bailar y comprender la musicalización a la hora de interpretar un tango bailándolo, pero nada más. Son dos mundos diferentes. Lo se porque yo aprendí solfeo por años, e incluso toqué piano, hasta que me di cuenta de que no era lo mío, o mejor dicho, hasta que mi madre se dio cuenta de ello. Por cierto, tardó unos diez años.