Se dice que gran parte de la actual composición étnica de Argentina es el resultado de la descendencia de la gran ola de inmigración italiana y española en el siglo XIX y XX. Parece ser que la mayoría de los inmigrantes procedientes de España eran gallegos y asturianos, pero llegaron también leoneses, catalanes, canarios y vascos.
Quizás eso explique ciertos fenómenos en la organización de los eventos de tango en España si los organizadores proceden de Argentina y casualmente son descendientes de españoles, pero también quizás explique cómo una es capaz de atreverse a adivinar -sin prueba genética alguna-, la procedencia del argentino/a con quien a veces tiene el placer de tratar o charlar (o escuchar su monólogo, en algunos casos). ;-)
Veamos... si tu interlocutor dice "¿oíste?", con más frecuencia que cualquier otra palabra; si después de hablar un rato no sabes si sube o si baja, si entra o sale; si tiene morriña, es decir, si te habla con nostalgia de su hermosa tierra; si desconfía de ti durante el primer minuto de conversación, pero tras el cuarto o quinto, ya sois amigos para toda la vida, entonces sin duda tu interlocutor será argentino, pero posiblemente de origen GALLEGO.
Sin embargo, si va con su bandera a todas partes; si al pedir café con leche, pide que la leche sea de su tierra; si bebe mucho y más aún si le gusta la sidra; si al hablar muchas de sus palabras terminan en diminutivos, entonces sin duda tundra algún abuelete ASTURIANO.
Si resulta que tu interlocutor es un poco cotilla, si además es generoso, si cuida mucho su forma de vestir, y si sabe de vino como nadie, entonces sin duda tendrá algún gen LEONÉS.
Pero pongamos que es algo tacaño (por ejemplo no ha querido comprar sillas en la milonga y nos tiene a todos de pie); sabe vender como nadie y fanfarronea un poquito de ser muy trabajador, entonces quizás algún antepasado suyo haya nacido en CATALUÑA.
En el caso de que se lo tome todo con calma, es decir, sea algo lento (aunque diga que es más bien cuestión de ser observador y detallista); si su acento es divertido y cantarín y usa la palabra "guagua" para referirse a un autobus (porque de casualidad la escuchó en casa); y lo más obvio, sea un guaperas y esté bronceadito siempre, seguro entonces que es de origen CANARIO.
Y lo más obvio de todo, si es algo cabezota y capaz de hacer lo que sea "por cojones"; se queja de que no folla aunque no sea cierto; es más fiestero que nadie, de los que se pasa la noche de joda sin dormir; le cuesta darte un abrazo sin antes observarte, invitarte a cenar, llevarte a beber (eso sí, para ver quien aguanta más) y consigue que hagas "gaupasa" (término que significa amanecer estando de fiesta), entonces quizás te suelte un abrazo, y ahí, quizás te vaya quedando algo claro que es de origen VASCO.
Pero no todo fueron gallegos, asturianos, catalanes, leoneses, canaries y vascos los que emigraron a Argentina, así que os dejo el enlace de un blog un divertido que he utilizado como fuente y que os puede ayudar a "esclarecer" otras procedencias... ;-): BloginMadrid.
Curiosidades y anécdotas de momentos vividos en la milonga a través de los ojos y experiencias de una milonguera.
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lunes, 25 de julio de 2016
martes, 28 de julio de 2015
Lo que tienen las gatas y las milongueras en común
Dicen que un gato tiene siete vidas por mucho que todos sepamos que en realidad tiene una sola, por mucho ingenio y talento que ponga para conservarla. Si atendemos a la creencias populares, lo de las siete vidas quizás por la facilidad con la que sale bien parado de ciertas situaciones en las que otros animales no; o por la capacidad de caer sobre sus cuatro patas, de forma totalmente equilibrada, aunque caiga de grandes Alturas; también puede ser porque era el número de la suerte en la antigüedad, o porque entonces también se creía que los gatos se reencarnaban siete veces hasta hacerlo en carne mortal, humana.
De una forma bien diferente, la milonguera también tiene unas cuantas vidas...¡quien sabe, quizás hasta tenga genes gatunos! Lo digo porque la milonguera común, además de la su vida entre milongas, también tiene una como madre, otra como hija o familiar de alguien, otra como amiga, otra como trabajadora, otra como amante y compañera sentimental, y otra interior que solo disfruta y conoce ella misma. Y curiosamente, todas estas vidas terminan fundiéndose en la misma maravillosa mujer.
Pero las mujeres, y las milongueras en especial, tienen algo más en común con los gatos: son inteligentes (por eso bailan tango), intuitivas (sobre todo cuando no tienen ni la más remota idea de lo que les intentan marcar algunos milongueros cuando bailan), curiosas (siempre quieren saber todo sobre zapatos, vestidos, vida sentimental y cotilleos de otros milongueros) , cariñosas (a no ser que les den un taconazo, en cuyo se vuelven ariscas... también como los gatos), seductoras (saben poner ojitos, acicalarse bien, y "ronronear" cuando bailan), sensitivas (notan el estado absoluto de cualquier milonguero con tan solo abrazarle: si está aburrido, si está nervioso, y también si está demasiado contento), buenas cuidadoras (especialmente con sus amigas milongueras, a las que advierten de cualquier peligro que ande suelto por la milonga), autosuficientes (no dependen de ellos para pasar un buen rato en la milonga), el mejor apoyo en los momentos más difíciles (consuelan como nadie a una amiga milonguera que acaba de tener una tanda horrible o cuando el ex de esta aparece en la milonga con otra), tienen buen oído (demasiado bueno a veces, tanto que incluso se enteran de las conversaciones de alrededor mientras están bailando)... y también se enfadan por cosas que algunos hombres consideran sin sentido, por mucho sentido que tengan: igualito que los gatos.
De una forma bien diferente, la milonguera también tiene unas cuantas vidas...¡quien sabe, quizás hasta tenga genes gatunos! Lo digo porque la milonguera común, además de la su vida entre milongas, también tiene una como madre, otra como hija o familiar de alguien, otra como amiga, otra como trabajadora, otra como amante y compañera sentimental, y otra interior que solo disfruta y conoce ella misma. Y curiosamente, todas estas vidas terminan fundiéndose en la misma maravillosa mujer.
Pero las mujeres, y las milongueras en especial, tienen algo más en común con los gatos: son inteligentes (por eso bailan tango), intuitivas (sobre todo cuando no tienen ni la más remota idea de lo que les intentan marcar algunos milongueros cuando bailan), curiosas (siempre quieren saber todo sobre zapatos, vestidos, vida sentimental y cotilleos de otros milongueros) , cariñosas (a no ser que les den un taconazo, en cuyo se vuelven ariscas... también como los gatos), seductoras (saben poner ojitos, acicalarse bien, y "ronronear" cuando bailan), sensitivas (notan el estado absoluto de cualquier milonguero con tan solo abrazarle: si está aburrido, si está nervioso, y también si está demasiado contento), buenas cuidadoras (especialmente con sus amigas milongueras, a las que advierten de cualquier peligro que ande suelto por la milonga), autosuficientes (no dependen de ellos para pasar un buen rato en la milonga), el mejor apoyo en los momentos más difíciles (consuelan como nadie a una amiga milonguera que acaba de tener una tanda horrible o cuando el ex de esta aparece en la milonga con otra), tienen buen oído (demasiado bueno a veces, tanto que incluso se enteran de las conversaciones de alrededor mientras están bailando)... y también se enfadan por cosas que algunos hombres consideran sin sentido, por mucho sentido que tengan: igualito que los gatos.
viernes, 7 de noviembre de 2014
Si eres ecologista, baila tango
En el tango los milongueros se saludan, se dan besos y se abrazan, aunque
normalmente no hablen, y solo se vean de vez en cuando, o a veces ni eso.
Es algo así como cuando subes al monte y te cruzas con otros montañeros
y siempre saludas, o como cuando vas en tu moto y te cruzas con otro
motero y también saludas con ese gesto tan típico que solo ellos conocen.
Lo que ocurre de especial con los abrazos es que a parte de favorecer la comunicación y transmitir sentimientos, proporcionan muchos beneficios a la persona que los recibe ya que dan seguridad, confianza, consuelan, y también dar calor, debido al intercambio de energía que se produce. Quizás si todos nos abrazáramos más, se necesitaría menos calefacción en los espacios cerrados, y desde luego, eso reduciría el gasto energético y por tanto favorecería el medio ambiente. En las milongas nos pasamos todo el tiempo abrazando.
En las milongas también nos gusta la iluminación con luz tenue para crear un ambiente acogedor, íntimo para bailar, porque el tango es así: algo personal que se comparte, muy especial. Por ello muchas veces se ven pocas luces artificiales y sí muchas velitas, que dan el toque ambiental idóneo para entregarse a la música de forma intensa. Ese cuidado con el número de lámparas que se dejan encendidas de forma artificial, también disminuye el consumo eléctrico, y por tanto, también ayuda al medioambiente.
Tras esta deducción caprichosa y subjetiva, esta noche me iré a dormir más contenta, al fin y al cabo soy milonguera y por lo que parece, quizás contribuya más de lo que pensaba a la conservación del medioambiente.
Lo que ocurre de especial con los abrazos es que a parte de favorecer la comunicación y transmitir sentimientos, proporcionan muchos beneficios a la persona que los recibe ya que dan seguridad, confianza, consuelan, y también dar calor, debido al intercambio de energía que se produce. Quizás si todos nos abrazáramos más, se necesitaría menos calefacción en los espacios cerrados, y desde luego, eso reduciría el gasto energético y por tanto favorecería el medio ambiente. En las milongas nos pasamos todo el tiempo abrazando.
En las milongas también nos gusta la iluminación con luz tenue para crear un ambiente acogedor, íntimo para bailar, porque el tango es así: algo personal que se comparte, muy especial. Por ello muchas veces se ven pocas luces artificiales y sí muchas velitas, que dan el toque ambiental idóneo para entregarse a la música de forma intensa. Ese cuidado con el número de lámparas que se dejan encendidas de forma artificial, también disminuye el consumo eléctrico, y por tanto, también ayuda al medioambiente.
Tras esta deducción caprichosa y subjetiva, esta noche me iré a dormir más contenta, al fin y al cabo soy milonguera y por lo que parece, quizás contribuya más de lo que pensaba a la conservación del medioambiente.
domingo, 12 de octubre de 2014
Algunos chistes...
Es curioso que me acuerde de estos, porque normalmente se me olvidan al instante siguiente, pero ahí están, todavía y milagrosamente en mi memoria, quizás porque quien me los contó fue un argentino.
Dos argentinos llegan a Italia y uno le dice al otro:
- Che, ¿habrá argentinos acá en Roma?.
- No sé, mirá en la guía telefónica...
Y el otro mira y lee en voz alta:
- Baldini, Corranti, Dominici, Ferrutti... ¡Che!¡Roma está llena de apellidos argentinos!
Un comentarista deportivo argentino retransmitiendo un partido del Pelusa:
- Diego Armando Maradona es el MEJOR jugador de Fútbol en el Mundo... y en Argentina uno de los mejores.
Un argentino se encontraba haciendo el amor con su novia cuando ella dice : 'Ay! dios mio !'.
El responde : 'Bueno... en la intimidad me podés llamar Darío'.
Un argentino, acompañado de un amigo no argentino, brindando :
-Este....¡¡¡porqué nosotros los argentinos somos los mejores!!!!!!.
- ¡Pero perdiste en la guerra de las Malvinas!'.
-¡Che.... No!, no perdimos:¡quedamos subcampeones!
Adivinanza: ¿cómo ladra un perro argentino?. Respuesta: Esteeeeee, ¡guau!
Adivinanza: ¿cuál es el país que está más cerca del cielo? Respuesta: Uruguay que está al lado de Argentina.
Un tipo llega a su casa y encuentra a su mujer con su amigo, saca la escopeta y lo mata.
Y la mujer -muy molesta, le dice: - Seguí así que te vas a quedar sin amigos.
En plena boda, un colado le hace un comentario a un invitado:
-Oiga, Nunca vi una novia tan fea! Por favor, ¡es horrible!
-Pero, ¿qué le pasa? ¡La novia señor, es mi hija!
-¡Uyyy... perdone! No pensé que usted fuera su papá.
-¡No soy su papá pelotudo, soy su mamá!
Dos argentinos llegan a Italia y uno le dice al otro:
- Che, ¿habrá argentinos acá en Roma?.
- No sé, mirá en la guía telefónica...
Y el otro mira y lee en voz alta:
- Baldini, Corranti, Dominici, Ferrutti... ¡Che!¡Roma está llena de apellidos argentinos!
Un comentarista deportivo argentino retransmitiendo un partido del Pelusa:
- Diego Armando Maradona es el MEJOR jugador de Fútbol en el Mundo... y en Argentina uno de los mejores.
Un argentino se encontraba haciendo el amor con su novia cuando ella dice : 'Ay! dios mio !'.
El responde : 'Bueno... en la intimidad me podés llamar Darío'.
Un argentino, acompañado de un amigo no argentino, brindando :
-Este....¡¡¡porqué nosotros los argentinos somos los mejores!!!!!!.
- ¡Pero perdiste en la guerra de las Malvinas!'.
-¡Che.... No!, no perdimos:¡quedamos subcampeones!
Adivinanza: ¿cómo ladra un perro argentino?. Respuesta: Esteeeeee, ¡guau!
Adivinanza: ¿cuál es el país que está más cerca del cielo? Respuesta: Uruguay que está al lado de Argentina.
Un tipo llega a su casa y encuentra a su mujer con su amigo, saca la escopeta y lo mata.
Y la mujer -muy molesta, le dice: - Seguí así que te vas a quedar sin amigos.
En plena boda, un colado le hace un comentario a un invitado:
-Oiga, Nunca vi una novia tan fea! Por favor, ¡es horrible!
-Pero, ¿qué le pasa? ¡La novia señor, es mi hija!
-¡Uyyy... perdone! No pensé que usted fuera su papá.
-¡No soy su papá pelotudo, soy su mamá!
viernes, 22 de agosto de 2014
Polvos mágicos
Era uno de esos lugares que parece que están hechos para que tenga lugar una milonga en ellos, y sin embargo era el sótano de un hotel, en un polígono industrial. El suelo de madera, aunque no muy bien cuidada, apenas resbalaba, pero a mi me daba igual: estaba contenta. Me gustan los suelos así porque en ellos me siento más segura. Además, los organizadores habían pensado casi todo y al lado de cada columna exterior había montoncitos de polvo blanco para pisar a conveniencia y así poder resbalar mejor.
Y digo que los organizadores pensaron en casi todo porque se les pasó un detalle que dio lugar a la anécdota de la milonga. Como aquel espacio tenía pinta de ser un lugar en que se celebraban bodas y eventos similares, en cada columna interior había un cubitero, que en otros momentos habría albergado muchos hielos y alguna botella de vino o de cava. Supongo que los dejaron ahí, cerca de las columnas pensando que no molestarían. Y no molestaban, pero todos sabemos que a veces la pista de baile, en lugar de parecerse a una milonga, se parece más bien a un campo de fútbol.
Aquel día, la gente bailaba relajada, pero aún así, alguno se creía en el mundial y aunque no terminó metiendo gol, si dio alguna patada que otra. Con una de ellas, una de las cubiteras de metal quedó desparramada por la pista, con sus litros de agua circulando como si de un río se tratara. A los pocos segundos aquello ya parecía más bien a un lago, ocupando un cuarto de la pista de baile.
Obviamente, yo estaba cerca de la catástrofe, como siempre. Con suerte, mi milonguero, que estaba a todas, evitó que tuviéramos que salir remando del lugar: el agua ni nos tocó. Después los organizadores delimitaron de forma rápida y efectiva el lugar inundado y en apenas unos minutos, mientras sonaba la siguiente cortina, lo limpiaron y quedó como si ahí no hubiera pasado nada. Aún así, me dio tiempo a pisar el agua, o lo que fuera aquello, y convertir las suelas de mis sandalias en pegamento, hasta que me acordé de los montones de polvos mágicos que había esparcidos cerca de las otras columnas, esos polvos talco que tanto ayudan cuando la pista no resbala.
Y digo que los organizadores pensaron en casi todo porque se les pasó un detalle que dio lugar a la anécdota de la milonga. Como aquel espacio tenía pinta de ser un lugar en que se celebraban bodas y eventos similares, en cada columna interior había un cubitero, que en otros momentos habría albergado muchos hielos y alguna botella de vino o de cava. Supongo que los dejaron ahí, cerca de las columnas pensando que no molestarían. Y no molestaban, pero todos sabemos que a veces la pista de baile, en lugar de parecerse a una milonga, se parece más bien a un campo de fútbol.
Aquel día, la gente bailaba relajada, pero aún así, alguno se creía en el mundial y aunque no terminó metiendo gol, si dio alguna patada que otra. Con una de ellas, una de las cubiteras de metal quedó desparramada por la pista, con sus litros de agua circulando como si de un río se tratara. A los pocos segundos aquello ya parecía más bien a un lago, ocupando un cuarto de la pista de baile.
Obviamente, yo estaba cerca de la catástrofe, como siempre. Con suerte, mi milonguero, que estaba a todas, evitó que tuviéramos que salir remando del lugar: el agua ni nos tocó. Después los organizadores delimitaron de forma rápida y efectiva el lugar inundado y en apenas unos minutos, mientras sonaba la siguiente cortina, lo limpiaron y quedó como si ahí no hubiera pasado nada. Aún así, me dio tiempo a pisar el agua, o lo que fuera aquello, y convertir las suelas de mis sandalias en pegamento, hasta que me acordé de los montones de polvos mágicos que había esparcidos cerca de las otras columnas, esos polvos talco que tanto ayudan cuando la pista no resbala.
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domingo, 27 de julio de 2014
Esperando que unos polvos hagan milagros
Estaba pasando un fin de semana de turismo y tango con una amiga en una preciosa ciudad francesa. Era sábado y habíamos oído hablar de una milonga con mucho encanto que tenía lugar en una plaza céntrica en la que había bancos de madera para sentarse, un banco corrido de piedra, y un par de cafeterías alrededor, para reponer fuerzas a mitad de milonga.
Me sorprendió el equipo de música excepcional que tenían allí desplegado, así como la cantidad de gente que había ido a disfrutar y también la cantidad de gente que observaba la milonga con esos de sorpresa y de "yo quiero" con los que todos miramos alguna vez a las parejas cuando bailan. Era una milonga preciosa en la que la gente estaba muy mezclada, y se respiraba buena onda.
Lo único a lo que poner pegas de aquella milonga era el suelo, que al fin y al cabo no era el más ideal para bailar. Por lo visto, alguno de los organizadores o quizás alguno de los milongueros asistentes había pensado exactamente lo mismo y tuvo la brillante idea de poner polvos talco cerca de uno de los altavoces. Todo el mundo iba como loco a pisar los polvitos blancos con la absurda esperanza de deslizarse mejor por la pista, porosa, irregular y de baldosa... especialmente las elegante mujeres francesas que insistían en lucir sus bonitos zapatos en un suelo que no estaba hecho para ellos. No pude evitar una sonrisa al ver aquello. ¡Qué afán por conseguir que un suelo que era imposible que resbalara, lo hiciera!
Cuando la milonga terminó miré hacia lo que quedaba de lugar donde habíamos bailado. Aquello parecía más bien una pista de ski que el suelo donde había tenido lugar una milonga. Eso sí, obviamente no por lo que deslizaba, sino por el colorcito blanco-nieve que cubría toda la zona de baile. ¡Que pena que no llovió! ¡De haberlo hecho podríamos haber convertido la milonga en una batalla de "bolas de nive"!
Me sorprendió el equipo de música excepcional que tenían allí desplegado, así como la cantidad de gente que había ido a disfrutar y también la cantidad de gente que observaba la milonga con esos de sorpresa y de "yo quiero" con los que todos miramos alguna vez a las parejas cuando bailan. Era una milonga preciosa en la que la gente estaba muy mezclada, y se respiraba buena onda.
Lo único a lo que poner pegas de aquella milonga era el suelo, que al fin y al cabo no era el más ideal para bailar. Por lo visto, alguno de los organizadores o quizás alguno de los milongueros asistentes había pensado exactamente lo mismo y tuvo la brillante idea de poner polvos talco cerca de uno de los altavoces. Todo el mundo iba como loco a pisar los polvitos blancos con la absurda esperanza de deslizarse mejor por la pista, porosa, irregular y de baldosa... especialmente las elegante mujeres francesas que insistían en lucir sus bonitos zapatos en un suelo que no estaba hecho para ellos. No pude evitar una sonrisa al ver aquello. ¡Qué afán por conseguir que un suelo que era imposible que resbalara, lo hiciera!
Cuando la milonga terminó miré hacia lo que quedaba de lugar donde habíamos bailado. Aquello parecía más bien una pista de ski que el suelo donde había tenido lugar una milonga. Eso sí, obviamente no por lo que deslizaba, sino por el colorcito blanco-nieve que cubría toda la zona de baile. ¡Que pena que no llovió! ¡De haberlo hecho podríamos haber convertido la milonga en una batalla de "bolas de nive"!
viernes, 18 de julio de 2014
Pegadita a él
Era una tarde calurosa de domingo. Estábamos cuatro amigas sentadas en la entrada de una milonga local mientras nos poníamos al día después de un tiempo sin vernos. Una de mis amigas recibió una invitación a bailar. Aquel hombre era uno de "los de casa", muy
querido por ella, pero con el que creo que nunca había bailado antes. Aceptó encantada mientras el resto nos quedamos charlando hasta finalizar la tanda. Ya sonaba la cortina cuando ella apareció de nuevo, exaltada, riendo, algo indignada. Se acercó y me dijo: "¡no sabes lo que me ha pasado!¡te lo cuento para tu blog!" Me hizo gracia su arrebato y también me hizo ilusión por su gesto al acordarse de Entre Milongas. Así que aquí va la anécdota que, tras serenarse un poco, nos relató.
Todas solemos esperar esa sensación que produce una tanda bien bailada, y también ese tipo de finales que le siguen, en los que te quedas pegadita a tu pareja, casi sin respirar, disfrutando de esos segundos tan especiales en los que os miráis a los ojos, sonreís, y parece que el tiempo se para. Me imagino que ella también esperaba todo esto, y aunque no se si lo consiguió, de lo que estoy segura es de al menos, sí terminó pegadita a él. El nexo de unión: ¡un chicle!
Muchos milongueros y milongueras comen caramelos o mastican chicle para camuflar el aliento, sobre todo si es una milonga tras una comida en la que se te ha olvidado el cepillo de dientes en casa. Nuestro protagonista bailaba con uno en la boca. No sabemos si es que el chicle tenía calor y decidió airearse, obligando al pobre milonguero a masticar con la boca abierta (ajjj); o puede que al milonguero en cuestión le diera por recordar sus tiempos tiernos en los que jugaba con otros niños a ver quien hacía el globo más grande; o incluso pudo ser el arrebato musical del momento; o a lo mejor se tropezó o alguien le puso la zancadilla y el chicle salió disparado como un misil; o también pudo ser que se le escapara el chicle del susto al darse cuenta de que a su pareja de baile se le veía el ombligo, pero el caso es que por curiosos misterios de la milonga el dichoso chile terminó pegado al pelo de mi amiga.
Después de reírnos hasta casi llorar, nos entró la curiosidad y le preguntamos qué había pasado después, cómo había reaccionado él, qué habían hecho. Fue entonces cuando descubrimos porqué al finalizar la tanda ella había venido en un estado tan alterado: no fue porque el chile se le pegara al pelo, sino que él lo recuperó y ¡se lo volvió a meter en la boca como si nada!
Todas solemos esperar esa sensación que produce una tanda bien bailada, y también ese tipo de finales que le siguen, en los que te quedas pegadita a tu pareja, casi sin respirar, disfrutando de esos segundos tan especiales en los que os miráis a los ojos, sonreís, y parece que el tiempo se para. Me imagino que ella también esperaba todo esto, y aunque no se si lo consiguió, de lo que estoy segura es de al menos, sí terminó pegadita a él. El nexo de unión: ¡un chicle!
Muchos milongueros y milongueras comen caramelos o mastican chicle para camuflar el aliento, sobre todo si es una milonga tras una comida en la que se te ha olvidado el cepillo de dientes en casa. Nuestro protagonista bailaba con uno en la boca. No sabemos si es que el chicle tenía calor y decidió airearse, obligando al pobre milonguero a masticar con la boca abierta (ajjj); o puede que al milonguero en cuestión le diera por recordar sus tiempos tiernos en los que jugaba con otros niños a ver quien hacía el globo más grande; o incluso pudo ser el arrebato musical del momento; o a lo mejor se tropezó o alguien le puso la zancadilla y el chicle salió disparado como un misil; o también pudo ser que se le escapara el chicle del susto al darse cuenta de que a su pareja de baile se le veía el ombligo, pero el caso es que por curiosos misterios de la milonga el dichoso chile terminó pegado al pelo de mi amiga.
Después de reírnos hasta casi llorar, nos entró la curiosidad y le preguntamos qué había pasado después, cómo había reaccionado él, qué habían hecho. Fue entonces cuando descubrimos porqué al finalizar la tanda ella había venido en un estado tan alterado: no fue porque el chile se le pegara al pelo, sino que él lo recuperó y ¡se lo volvió a meter en la boca como si nada!
sábado, 21 de junio de 2014
Djs traviesos
¿Habeis estado alguna vez en una milonga en la que de repente en medio de la tanda encontráis una versión de lo más peculiar de un tema, o de repente, un tema nuevo, no oído antes, en el que en un momento dado la música o la falta de ella, o las voces, te dejan fuera de juego?
Siempre había pensado que eran pequeños "accidentes" que se dan por un mal acierto del Dj con un tema, pero hace poco descubrí que hay Djs a los que simplemente les encanta jugar, divertirse a su manera. Haciendo esto rompen con lo esperado, pero sobre todo, ponen a prueba la escucha de la música y la capacidad de reacción e improvisación de los milongueros. Esperan con ansiedad y atención su momento de gloria, cuando los milongueros intentan salir del apuro como pueden, y se oyen risas, suspiros, y se ve alguna que otra cara mirando al Dj de turno con ganas de asesinarlo, mientras él sonríe intentando contener la risa.
He observado que los Djs traviesos, lo hacen solo durante una tanda y solo con un tango. Es su modo modo de dar el toque de humor a una milonga: su golpe maestro. Hasta ahora yo creía que ese toque maestro consistía en aburrir con la misma cortina toda la milonga, pero me equivocaba. Esto me gusta muchísimo más.
Que no era accidental sino a propósito, lo descubrí un día en el que estaba bailando y hubo un silencio musical, una nota que no terminaba, sostenida por una sola voz, sin instrumentos. Mi pareja de baile no sabía qué hacer y cuando mirando al Dj, lo vio sonreír hacia la pista, lo comprendió y se unió al momento en el que yo dejaba escapar mi risa poco contenida. Al día siguiente, y por si quedaban dudas, tuve la confirmación de que el Dj lo había hecho a propósito: momentos antes, había avisado a una amiga con una seña, para que estuviera atenta y pudiera divertirse con él con la confusión que se iba a crear en la pista.
He de confesar que me encantan esos momentos, tanto cuando me sucede en medio de la pista, como cuando los observo. No puedo evitarlo: me gusta el humor, y cómo no, también en la milonga.
Siempre había pensado que eran pequeños "accidentes" que se dan por un mal acierto del Dj con un tema, pero hace poco descubrí que hay Djs a los que simplemente les encanta jugar, divertirse a su manera. Haciendo esto rompen con lo esperado, pero sobre todo, ponen a prueba la escucha de la música y la capacidad de reacción e improvisación de los milongueros. Esperan con ansiedad y atención su momento de gloria, cuando los milongueros intentan salir del apuro como pueden, y se oyen risas, suspiros, y se ve alguna que otra cara mirando al Dj de turno con ganas de asesinarlo, mientras él sonríe intentando contener la risa.
He observado que los Djs traviesos, lo hacen solo durante una tanda y solo con un tango. Es su modo modo de dar el toque de humor a una milonga: su golpe maestro. Hasta ahora yo creía que ese toque maestro consistía en aburrir con la misma cortina toda la milonga, pero me equivocaba. Esto me gusta muchísimo más.
Que no era accidental sino a propósito, lo descubrí un día en el que estaba bailando y hubo un silencio musical, una nota que no terminaba, sostenida por una sola voz, sin instrumentos. Mi pareja de baile no sabía qué hacer y cuando mirando al Dj, lo vio sonreír hacia la pista, lo comprendió y se unió al momento en el que yo dejaba escapar mi risa poco contenida. Al día siguiente, y por si quedaban dudas, tuve la confirmación de que el Dj lo había hecho a propósito: momentos antes, había avisado a una amiga con una seña, para que estuviera atenta y pudiera divertirse con él con la confusión que se iba a crear en la pista.
He de confesar que me encantan esos momentos, tanto cuando me sucede en medio de la pista, como cuando los observo. No puedo evitarlo: me gusta el humor, y cómo no, también en la milonga.
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domingo, 15 de junio de 2014
Trampeando un cabeceo
Me acuerdo que una vez fui a un evento milonguero, en el cual había unas normas estrictas que había que respetar de forma rigurosa si querías participar en las milongas. Entre las normas estaba la obligación de invitar mediante cabeceo, es decir, ir a la mesa e invitar directamente quedaba prohibido. La idea me encantó.
Lo curioso de estas milongas era que tenían lugar en una pista cuadrada con dos filas de sillas, de las cuales dos lados eran para las mujeres y los otros dos lados para los hombres. No era fácil ver un cabeceo una vez que la tanda comenzaba, ya que según en que sitio estuvieras sentada, solo veías a otras mujeres. En mi caso, dormilona por naturaleza, durante las dos primeras milongas, en una me tocó silla en una esquina, con lo cual no podía ver a ninguno; y la otra vez me tocó justo delante de un fotógrafo, con lo cual, me tapaba ante los ojos de cualquiera. Al menos tuve el buen atino de optar por quedarme de pie cerca de la entrada y así no hubo problema para recibir cabeceos.
De todas formas, el último día de todos, aprendí la lección y madrugué. Conseguí un buen sitio, pero ya ese día, aquellos para los que el cabeceo era algo relativamente nuevo, estaban algo cansados de torcer el cuello e intentar cabecear a una chica, y utilizaban otras tácticas, disimuladas, para que no les tiraran de las orejas como a niños traviesos.
Estaba yo sentada, perfectamente visible para todos los milongueros, cuando se me acercó un chico, con el que había bailado los días anteriores, para saludarme. Y, ni corto ni perezoso, se acercó a mi oído y me susurró: "estáte atenta, que te voy a cabecear ahora". Y antes de poderle decir que eso era hacer trampa, había desaparecido. Cuando volví a verlo, ya estaba en su silla.
Me lo puso demasiado fácil como para no gastarle una broma, así que decidí mirarle y hacerle un gesto como de "no entiendo" en cuanto vi su cabeceo. Él me miró sorprendido, me cabeceó dos o tres veces más, y luego me entró la risa cuando lo vi levantarse, moviendo de lado a lado la cabeza y acercándose a mi. Cuando llegó hasta mi silla, me miró con cara de reproche, pero divertido. Me entró la risa, no pude evitarlo.
Lo curioso de estas milongas era que tenían lugar en una pista cuadrada con dos filas de sillas, de las cuales dos lados eran para las mujeres y los otros dos lados para los hombres. No era fácil ver un cabeceo una vez que la tanda comenzaba, ya que según en que sitio estuvieras sentada, solo veías a otras mujeres. En mi caso, dormilona por naturaleza, durante las dos primeras milongas, en una me tocó silla en una esquina, con lo cual no podía ver a ninguno; y la otra vez me tocó justo delante de un fotógrafo, con lo cual, me tapaba ante los ojos de cualquiera. Al menos tuve el buen atino de optar por quedarme de pie cerca de la entrada y así no hubo problema para recibir cabeceos.
De todas formas, el último día de todos, aprendí la lección y madrugué. Conseguí un buen sitio, pero ya ese día, aquellos para los que el cabeceo era algo relativamente nuevo, estaban algo cansados de torcer el cuello e intentar cabecear a una chica, y utilizaban otras tácticas, disimuladas, para que no les tiraran de las orejas como a niños traviesos.
Estaba yo sentada, perfectamente visible para todos los milongueros, cuando se me acercó un chico, con el que había bailado los días anteriores, para saludarme. Y, ni corto ni perezoso, se acercó a mi oído y me susurró: "estáte atenta, que te voy a cabecear ahora". Y antes de poderle decir que eso era hacer trampa, había desaparecido. Cuando volví a verlo, ya estaba en su silla.
Me lo puso demasiado fácil como para no gastarle una broma, así que decidí mirarle y hacerle un gesto como de "no entiendo" en cuanto vi su cabeceo. Él me miró sorprendido, me cabeceó dos o tres veces más, y luego me entró la risa cuando lo vi levantarse, moviendo de lado a lado la cabeza y acercándose a mi. Cuando llegó hasta mi silla, me miró con cara de reproche, pero divertido. Me entró la risa, no pude evitarlo.
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viernes, 28 de marzo de 2014
Los otros animalitos del zoo de la milonga
El zoo de la milonga es muy generoso, y en él no solo abundan muchas especies de
milongueras sino también de milongueros. Obviamente, como yo bailo con ellos, soy capaz de diferenciar más tipos de animalitos que en el caso de las milongueras.
Los perros pastores son pocos al lado de un gran rebaño de ovejas, igualito que algunos milongueros en una milonga llena de milongueras, sentadas, esperando una invitación. Sepan o no conducir al rebaño, van paseándose eligiendo ovejas. Algunos de ellos se enfadan o molestan cuando una oveja se sale del rebaño, que en términos milongueros sería algo así como declinar una invitación directa suya. Muchos de ellos, en su rol de perros pastores, no saben que aunque ellos son los que lideran, no son los únicos que cuentan a la hora de decidir. Los perros pastores rara vez se acercan a las leonas; las serpientes suelen escaquearse de algunos de ellos cuando es necesario, sobre todo cuando ven que muerden; y las lobas les atacan de vez en cuando, si es que son buenos guiando. A estos los observo y si creo que voy a disfrutar la tanda con ellos y no hay algo de fuerza mayor que me cause rechazo, les doy una de mis mejores sonrisas y me aventuro a disfrutar una tanda con ellos.
Los pavos reales son aquellos que visten de forma muy llamativa, supongo que para dar el pego de que son muy milongueros. A veces, incluso lo son. Les gusta destacar, que les miren. Son animales muy curiosos y desde luego no pasan desapercibidos, por lo general, tampoco su forma de bailar. Con estos bailo a veces porque pueden llegar a ser divertidos, pero otras los rechazo porque me de vergüenza bailar con ellos: soy demasiado consciente de que llaman mucho la atención y eso es precisamente lo que yo evito.
Los leones, reyes de la milonga, son estupendos bailarines con quienes todas quieren bailar, pero ellos por lo habitual solo bailan con leonas de la misma manada o de alguna otra manada que conocen. Suelen ser el principal objetivo de las lobas. Algunos de ellos aceptan por compromiso, pero otras veces los he visto rechazar abiertamente una invitación sin reparo alguno. A estos los admiro de lejos, y alguna vez, una vez cada mil años, uno de ellos se confunde y me invita a bailar: suele ser mi día de suerte.
El equivalente a la serpiente en los milongueros es el cocodrilo. Es un animal que observa y no se mueve hasta que elige. Suele cabecear, baila pocas tandas, es un estupendo bailaín y disfruta de casi todos los abrazos que regala. Suelen ser los favoritos uno de los animalitos favoritos de las lobas.
El lobo es aquel que cree que porque hace más años que nadie que baila, todas estarán encantadas de bailar con él, aunque no sepa bailar. Elije alguna oveja, pero por lo general más bien corderitas principiantes, que le miran como a un dios, justo lo que él quiere y necesita. A estos les tengo casi el mismo cariño que a las lobas. Lo bueno, es que esta especie no abunda.
El grillo es aquel que no calla mientras baila. Da igual que lo que le digan, él sigue a lo suyo y te impide escuchar la música. Con él es imposible bailar, tan solo moverse por la pista. Normalmente caigo una vez, pero luego, una vez que identifico esa cosita negra gritona cerca, decido ir a escuchar música a otra parte.
El caballo se diferencia del cocodrilo básicamente en que es bastante más abierto y receptivo a que le inviten a él: por esa razón baila bastantes tandas que no disfruta, por compromiso. Por lo general es educado, sonríe mucho y tiene un buen abrazo y musicalidad, aunque sea muy principiante. No se enfada si un día no bailas con él, es amigo del cabeceo pero si tiene mucha confianza, también invita acercándose. Es ese tipo de milonguero con el que te sientes segura incluso en una milonga llena de gente. Y por cierto, uno de mis animales favoritos.
Los perros pastores son pocos al lado de un gran rebaño de ovejas, igualito que algunos milongueros en una milonga llena de milongueras, sentadas, esperando una invitación. Sepan o no conducir al rebaño, van paseándose eligiendo ovejas. Algunos de ellos se enfadan o molestan cuando una oveja se sale del rebaño, que en términos milongueros sería algo así como declinar una invitación directa suya. Muchos de ellos, en su rol de perros pastores, no saben que aunque ellos son los que lideran, no son los únicos que cuentan a la hora de decidir. Los perros pastores rara vez se acercan a las leonas; las serpientes suelen escaquearse de algunos de ellos cuando es necesario, sobre todo cuando ven que muerden; y las lobas les atacan de vez en cuando, si es que son buenos guiando. A estos los observo y si creo que voy a disfrutar la tanda con ellos y no hay algo de fuerza mayor que me cause rechazo, les doy una de mis mejores sonrisas y me aventuro a disfrutar una tanda con ellos.
Los pavos reales son aquellos que visten de forma muy llamativa, supongo que para dar el pego de que son muy milongueros. A veces, incluso lo son. Les gusta destacar, que les miren. Son animales muy curiosos y desde luego no pasan desapercibidos, por lo general, tampoco su forma de bailar. Con estos bailo a veces porque pueden llegar a ser divertidos, pero otras los rechazo porque me de vergüenza bailar con ellos: soy demasiado consciente de que llaman mucho la atención y eso es precisamente lo que yo evito.
Los leones, reyes de la milonga, son estupendos bailarines con quienes todas quieren bailar, pero ellos por lo habitual solo bailan con leonas de la misma manada o de alguna otra manada que conocen. Suelen ser el principal objetivo de las lobas. Algunos de ellos aceptan por compromiso, pero otras veces los he visto rechazar abiertamente una invitación sin reparo alguno. A estos los admiro de lejos, y alguna vez, una vez cada mil años, uno de ellos se confunde y me invita a bailar: suele ser mi día de suerte.
El equivalente a la serpiente en los milongueros es el cocodrilo. Es un animal que observa y no se mueve hasta que elige. Suele cabecear, baila pocas tandas, es un estupendo bailaín y disfruta de casi todos los abrazos que regala. Suelen ser los favoritos uno de los animalitos favoritos de las lobas.
El lobo es aquel que cree que porque hace más años que nadie que baila, todas estarán encantadas de bailar con él, aunque no sepa bailar. Elije alguna oveja, pero por lo general más bien corderitas principiantes, que le miran como a un dios, justo lo que él quiere y necesita. A estos les tengo casi el mismo cariño que a las lobas. Lo bueno, es que esta especie no abunda.
El grillo es aquel que no calla mientras baila. Da igual que lo que le digan, él sigue a lo suyo y te impide escuchar la música. Con él es imposible bailar, tan solo moverse por la pista. Normalmente caigo una vez, pero luego, una vez que identifico esa cosita negra gritona cerca, decido ir a escuchar música a otra parte.
El caballo se diferencia del cocodrilo básicamente en que es bastante más abierto y receptivo a que le inviten a él: por esa razón baila bastantes tandas que no disfruta, por compromiso. Por lo general es educado, sonríe mucho y tiene un buen abrazo y musicalidad, aunque sea muy principiante. No se enfada si un día no bailas con él, es amigo del cabeceo pero si tiene mucha confianza, también invita acercándose. Es ese tipo de milonguero con el que te sientes segura incluso en una milonga llena de gente. Y por cierto, uno de mis animales favoritos.
martes, 25 de marzo de 2014
El zoo de la milonga
Poniendo un poquito de humor diremos que la milonga es como un zoo, en el que abundan muchas especies de "animalitos", tal y como sucede también fuera de la milonga. Aqui hablaremos de ellas.
Normalmente en una milonga las mujeres abundan, los hombres escasean. Para la milonguera más común, bailar es algo así como una lotería cuando se queda sentada esperando a ver qué sucede. En esta situación no importa su ubicación, ni si conoce o no a otros milongueros, simplemente se produce un proceso de transformación a un ser traslúcido, etéreo, casi invisible. Otras veces sin embargo, sin saber porqué, ella brilla la que más entre todas. Supongo que esto es debido a la energía que proyecta en cada momento. Este tipo de milonguera, la más común, es a la que yo llamaré oveja.
La luciérnaga es aquella milonguera, de las que no destaca por su baile, pero que viste de forma provocativa para llamar la atención de los hombres y tener así más oportunidades. Creo que en mi vida de milonguera yo me he transformado en casi todos los animalitos y por su puesto a ratos fui luciérnaga cuando aprendía a bailar, pero pronto aprendí que por mucho que enseñes la alas, vuelas cuando tienes que volar.
La leona es reina de la milonga, estupenda bailarina, a quien nunca le faltan invitaciones. No nací de esta especie, pero aún así me gusta admirarlas cuando las veo por la pista.
La loba es esa milonguera que destaque o no por su baile, va siempre en busca de bailarines para invitarles, sin cabeceo alguno, tal y como hacen muchos milongueros cuando se ponen delante de una milonguera y hacen que ella acepte la invitación por compromiso. Son las que menos me gustan y las que más molestas me resultan. Creo que nadie, hombre o mujer, debe imponerse o comprometer a alguien: para eso está el cabeceo, para que ambos elijan.
La serpiente sería la que espera hasta que ve algo que quiere, y sin ser una loba, usa tácticas para conseguir que el milonguero que le interesa la invite a bailar, aunque muchas veces no lo consigue y esas veces termina bailando poco en la milonga. Aquí es donde esté equivocada o no, yo me identifico casi todo el tiempo.
Luego está la mariposa, que sería aquella que viste con colorines, que es muy simpática, y que parece conocer a todas las flores y capullos de la milonga. Creo que a veces me trasformo en algún bichito parecido a la mariposa pero sin serlo, y me retan por ello, ya que me acerco a muchas flores para charlar y luego nunca estoy atenta al cabeceo. Pero nunca podría ser mariposa ya que no es muy compatible con mi personalidad: solo me sale ser simpática con quien me cae bien, y fingir lo contrario no es uno de mis fuertes. Además, aunque de vez en cuando me pongo algo de color, la única vez que me puse modelito color verde esperanza, debieron de confundirme con la hierba... porque no bailé casi nada.
Quizás depués de tanto análisis, a lo mejor resulta que soy un camaleón... ¡vaya!
Normalmente en una milonga las mujeres abundan, los hombres escasean. Para la milonguera más común, bailar es algo así como una lotería cuando se queda sentada esperando a ver qué sucede. En esta situación no importa su ubicación, ni si conoce o no a otros milongueros, simplemente se produce un proceso de transformación a un ser traslúcido, etéreo, casi invisible. Otras veces sin embargo, sin saber porqué, ella brilla la que más entre todas. Supongo que esto es debido a la energía que proyecta en cada momento. Este tipo de milonguera, la más común, es a la que yo llamaré oveja.
La luciérnaga es aquella milonguera, de las que no destaca por su baile, pero que viste de forma provocativa para llamar la atención de los hombres y tener así más oportunidades. Creo que en mi vida de milonguera yo me he transformado en casi todos los animalitos y por su puesto a ratos fui luciérnaga cuando aprendía a bailar, pero pronto aprendí que por mucho que enseñes la alas, vuelas cuando tienes que volar.
La leona es reina de la milonga, estupenda bailarina, a quien nunca le faltan invitaciones. No nací de esta especie, pero aún así me gusta admirarlas cuando las veo por la pista.
La loba es esa milonguera que destaque o no por su baile, va siempre en busca de bailarines para invitarles, sin cabeceo alguno, tal y como hacen muchos milongueros cuando se ponen delante de una milonguera y hacen que ella acepte la invitación por compromiso. Son las que menos me gustan y las que más molestas me resultan. Creo que nadie, hombre o mujer, debe imponerse o comprometer a alguien: para eso está el cabeceo, para que ambos elijan.
La serpiente sería la que espera hasta que ve algo que quiere, y sin ser una loba, usa tácticas para conseguir que el milonguero que le interesa la invite a bailar, aunque muchas veces no lo consigue y esas veces termina bailando poco en la milonga. Aquí es donde esté equivocada o no, yo me identifico casi todo el tiempo.
Luego está la mariposa, que sería aquella que viste con colorines, que es muy simpática, y que parece conocer a todas las flores y capullos de la milonga. Creo que a veces me trasformo en algún bichito parecido a la mariposa pero sin serlo, y me retan por ello, ya que me acerco a muchas flores para charlar y luego nunca estoy atenta al cabeceo. Pero nunca podría ser mariposa ya que no es muy compatible con mi personalidad: solo me sale ser simpática con quien me cae bien, y fingir lo contrario no es uno de mis fuertes. Además, aunque de vez en cuando me pongo algo de color, la única vez que me puse modelito color verde esperanza, debieron de confundirme con la hierba... porque no bailé casi nada.
Quizás depués de tanto análisis, a lo mejor resulta que soy un camaleón... ¡vaya!
lunes, 24 de febrero de 2014
Algo detrás de mi
La milonga estaba tan llena, que no había ni sitio para sentarse. Los milongueros se agrupaban en la barra del bar y tras la hilera de sillas, para saludarse, charlar, y esperar a que sonara una de esas tandas que arrastran a la pista.
Esta milonguera que os escribe estaba charlando, como de costumbre, en uno de esos grupitos, que además estaba por casualidad en el camino de la entrada a la pista de baile. Justo detrás había otro grupo de milongueros saludándose y moviéndose a los lados para dejar pasar a aquellos que se dirigían al rincón donde los abrazos se funden con la música. Sentía algo de claustrofobia.
Intenté relajarme, respirar y concentrarme en la conversación. Fue entonces cuando lo sentí: noté algo duro tocándome por detrás, pegado a mí, moviéndose un poco cada vez que su dueño intentaba desplazarse para dejar pasar o quizás para pasar, quien sabe. Yo no veía, estaba de espaldas a él. Ese "algo" que algunos de vosotros estáis pensando según leéis estas líneas, es exactamente lo que yo pensé que era. Me enfadé al ver que él no hacía nada para evitar el contacto y que encima parecía aprovechar cada oportunidad para rozarme.
Ya no podía más: ya no sentía ni claustrofobia, ni empujones, solo mi enfado in crescendo a cada segundo. Me di la vuelta dispuesta a batallar y a atravesarle la cara a ese fresco de turno. Entonces fue cuando me topé con la espalda de un hombre de cuyo bolsillo trasero del pantalón asomaba un abanico duro, largo, pero al fin y al cabo, un abanico.. ¡qué vergüenza!¡casi la lío! Lo peor de todo es que una mujer que charlaba con él vio cómo me daba la vuelta enfadada y se me quedó mirando, como preguntándose qué pasaba. Al hacer eso ella, los demás de su grupo se dieron la vuelta para mirarme mientras yo me ponía roja como un tomate. Me giré justo a tiempo antes de que lo hicieran todos ellos. Lección aprendida: definitivamente tengo que controlar mi carácter y no ser tan mal pensada.
Esta milonguera que os escribe estaba charlando, como de costumbre, en uno de esos grupitos, que además estaba por casualidad en el camino de la entrada a la pista de baile. Justo detrás había otro grupo de milongueros saludándose y moviéndose a los lados para dejar pasar a aquellos que se dirigían al rincón donde los abrazos se funden con la música. Sentía algo de claustrofobia.
Intenté relajarme, respirar y concentrarme en la conversación. Fue entonces cuando lo sentí: noté algo duro tocándome por detrás, pegado a mí, moviéndose un poco cada vez que su dueño intentaba desplazarse para dejar pasar o quizás para pasar, quien sabe. Yo no veía, estaba de espaldas a él. Ese "algo" que algunos de vosotros estáis pensando según leéis estas líneas, es exactamente lo que yo pensé que era. Me enfadé al ver que él no hacía nada para evitar el contacto y que encima parecía aprovechar cada oportunidad para rozarme.
Ya no podía más: ya no sentía ni claustrofobia, ni empujones, solo mi enfado in crescendo a cada segundo. Me di la vuelta dispuesta a batallar y a atravesarle la cara a ese fresco de turno. Entonces fue cuando me topé con la espalda de un hombre de cuyo bolsillo trasero del pantalón asomaba un abanico duro, largo, pero al fin y al cabo, un abanico.. ¡qué vergüenza!¡casi la lío! Lo peor de todo es que una mujer que charlaba con él vio cómo me daba la vuelta enfadada y se me quedó mirando, como preguntándose qué pasaba. Al hacer eso ella, los demás de su grupo se dieron la vuelta para mirarme mientras yo me ponía roja como un tomate. Me giré justo a tiempo antes de que lo hicieran todos ellos. Lección aprendida: definitivamente tengo que controlar mi carácter y no ser tan mal pensada.
domingo, 2 de febrero de 2014
Tango a tres
¿Habeis visto alguna vez a un hombre bailando tango con dos mujeres a la vez? La primera vez que lo vi llamó mi atención y me hizo reír por su originalidad. Aquellos tres bailaban como si fueran dos y hacían que pareciera facilísimo: algo así como cuando ves a una pareja profesional bailar y también te lo parece, aunque luego intentas tú hacer un simple paso hacia adelante y encima te sale mal. Igualito.
He de confesaros que tiempo después fui yo quien intentó hacer lo mismo pero con un resultado más bien diferente. En ese momento es cuando realmente les admiré de verdad, tarde en el tiempo, en la distancia. Hacer algo así requiere concentración, técnica, experiencia, compenetración, en definitiva, es bastante más difícil de lo que yo imaginaba en un principio.
Me acuerdo que me dijeron: "mira solo al pecho del bailarín y muévete según lo sientas, como si bailaras sola con él". Esta ingenua milonguera se lo creyó, lo intentó, se lo pasó muy bien intentándolo, pero ahí quedó todo. Que no os engañen: de fácil, nada. Para hacerlo bien no solo hay que hacer lo que me dijeron, sino que además hay que estar pendiente de un montón de detalles más a parte de escuchar la música, estar pendiente del espacio, de tu compañera, de mantener el atípico abrazo bailando a tres, entre otras muchas cosas, y encima no reírse al meter la pata. Mucho pedir para mí: soy de esas mujeres para las que no aplica eso de que "el cerebro de las mujeres está mejor preparado para hacer varias cosas a la vez" (Abc.es, 03/12/13 por Pilar Quijada). Después llegué a la conclusión de que como casi todo, es cuestión de paciencia o de que ocurra un milagro y a una de mis XX le termine de crecer la patita para no parecerse tanto a una XY.
Me gusta el rol de la mujer, preocuparme principalmente de la música y de sentir, dejarle a él el resto de los quebraderos de cabeza que tienen que ver con la pista de baile. Es también otra de las razones por las que me gusta tanto el tango: es el único momento en el que yo no tomo el control sino que dejo que otra persona lo haga por mi. El día que lo descubrí, me sentí como si hubiera vaciado una mochila cargada de piedras: me encantó.
He de confesaros que tiempo después fui yo quien intentó hacer lo mismo pero con un resultado más bien diferente. En ese momento es cuando realmente les admiré de verdad, tarde en el tiempo, en la distancia. Hacer algo así requiere concentración, técnica, experiencia, compenetración, en definitiva, es bastante más difícil de lo que yo imaginaba en un principio.
Me acuerdo que me dijeron: "mira solo al pecho del bailarín y muévete según lo sientas, como si bailaras sola con él". Esta ingenua milonguera se lo creyó, lo intentó, se lo pasó muy bien intentándolo, pero ahí quedó todo. Que no os engañen: de fácil, nada. Para hacerlo bien no solo hay que hacer lo que me dijeron, sino que además hay que estar pendiente de un montón de detalles más a parte de escuchar la música, estar pendiente del espacio, de tu compañera, de mantener el atípico abrazo bailando a tres, entre otras muchas cosas, y encima no reírse al meter la pata. Mucho pedir para mí: soy de esas mujeres para las que no aplica eso de que "el cerebro de las mujeres está mejor preparado para hacer varias cosas a la vez" (Abc.es, 03/12/13 por Pilar Quijada). Después llegué a la conclusión de que como casi todo, es cuestión de paciencia o de que ocurra un milagro y a una de mis XX le termine de crecer la patita para no parecerse tanto a una XY.
Me gusta el rol de la mujer, preocuparme principalmente de la música y de sentir, dejarle a él el resto de los quebraderos de cabeza que tienen que ver con la pista de baile. Es también otra de las razones por las que me gusta tanto el tango: es el único momento en el que yo no tomo el control sino que dejo que otra persona lo haga por mi. El día que lo descubrí, me sentí como si hubiera vaciado una mochila cargada de piedras: me encantó.
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viernes, 13 de diciembre de 2013
A tan solo dos milímetros
Era una milonga local. Yo bailaba con un milonguero de esos que han pasado bastantes otoños sacando viruta al piso, es decir, un chico experimentado. Relajada, confiada, disfrutando de una maravillosa tanda estaba esta milonguera cuando él empezó a juguetear, provocando la suerte y llegando a los límites de ella, que por entonces apenas hacía dos otoños que pisaba las pistas de baile.
A falta de clases en la que mejorar la técnica y ganar seguridad para luego milonguear, la confianza no era uno de mis fuertes, ni en mis capacidades como milonguera, ni en las de casi ningún milonguero. Así que cuando en un momento dado él hizo un paso lateral y percibí un un boleo lineal, con la intención de que mi pierna, a modo de péndulo, pasara entre sus piernas, la inseguridad se apoderó de mi... a tiempo. Os confieso que aunque meter goles nunca ha sido mi fuerte, esta vez casi lo consigo.
Lo que sucedió fue que sentí la energía, más fuerte de lo habitual, supongo que porque el atrevido milonguero con el que bailaba sabía que yo necesitaba una marca exagerada para percibirla, por lo que al estar una pizca más relajada de lo habitual y dejar que mi pierna cobrara vida, comenzó a elevarse a una altura algo peligrosa y poco deseada. El milonguero en cuestión tuvo una suerte increíble porque justo en ese momento mi inseguridad, de la que os he hablado, entró en acción e intentó controlar el movimiento antes de que terminara en tragedia, o en gol, según como se mire: ¡mi pie quedó a tan solo dos milímetros escasos de su entrepierna!
Él sigue a día de hoy igual de atrevido, pero ya no me mira con ojos abiertos de espanto reflejando la cara que se le pone a una cuando teme dejar sin futuro a un pobre milonguero. Ahora que ya ha transcurrido algún que otro otoño más, voy más segura, tengo más control, y afortunadamente, esos dos milímetros han pasado a ser más de veinte.
A falta de clases en la que mejorar la técnica y ganar seguridad para luego milonguear, la confianza no era uno de mis fuertes, ni en mis capacidades como milonguera, ni en las de casi ningún milonguero. Así que cuando en un momento dado él hizo un paso lateral y percibí un un boleo lineal, con la intención de que mi pierna, a modo de péndulo, pasara entre sus piernas, la inseguridad se apoderó de mi... a tiempo. Os confieso que aunque meter goles nunca ha sido mi fuerte, esta vez casi lo consigo.
Lo que sucedió fue que sentí la energía, más fuerte de lo habitual, supongo que porque el atrevido milonguero con el que bailaba sabía que yo necesitaba una marca exagerada para percibirla, por lo que al estar una pizca más relajada de lo habitual y dejar que mi pierna cobrara vida, comenzó a elevarse a una altura algo peligrosa y poco deseada. El milonguero en cuestión tuvo una suerte increíble porque justo en ese momento mi inseguridad, de la que os he hablado, entró en acción e intentó controlar el movimiento antes de que terminara en tragedia, o en gol, según como se mire: ¡mi pie quedó a tan solo dos milímetros escasos de su entrepierna!
Él sigue a día de hoy igual de atrevido, pero ya no me mira con ojos abiertos de espanto reflejando la cara que se le pone a una cuando teme dejar sin futuro a un pobre milonguero. Ahora que ya ha transcurrido algún que otro otoño más, voy más segura, tengo más control, y afortunadamente, esos dos milímetros han pasado a ser más de veinte.
jueves, 31 de octubre de 2013
Un cangrejo en mis nalgas
El lugar de la milonga era precioso: era como estar en una isleta rodeada de agua, pero al mismo tiempo muy lejos del mar. La sala de baile estaba impregnada de ese olor tan característico que solo desprenden los suelos y muebles de madera que han visto pasar muchos otoños. La pista estaba rodeada por una hilera de sillas separadas por una chimenea, en la cual era fácil imaginar un día de nieve con la leña de haya y roble ardiendo, creando una hoguera capaz de hipnotizar y parar el tiempo, mientras el calor templa la piel y se observa la danza cambiante de sus llamas. Al otro lado de la chimenea un hermoso balcón, al que tras forzar un poco sus puertas, se podía salir al exterior y disfrutar de vistas casi infinitas a un paisaje azul compuesto de agua, cielo y algunas montañas que contrastaban y le daban un encanto aún más especial. Allí el aire fresco y sano llenaba los pulmones... esos pulmones que un minuto antes respiraban tango.
Era una de las primeras tandas de la milonga, concurrida por más milongueros de los que hubiera imaginado que asistirían. Aprovechando bien el espacio, el milonguero amigo que ese momento me brindaba su abrazo y una tanda increíble que me mantenía los ojos cerrados para disfrutar de lleno cada compás, caminaba por el borde de la pista. Sonaba la Orquesta Típica Víctor, una de mis favoritas, de las que me hace sufrir cuando estoy sentada y cada célula de mi ser quiere moverse con la música, y de las que me hace también temblar de emoción cuando la comparto con un milonguero de los de verdad.
En ese estado estaba yo, fuera de este mundo soñando, cuando oí unas voces y mi nombre. Eran unos amigos milongueros que justo llegaban a la milonga. Supongo que preguntaron por mí, alguien me señaló en la pista, y decidieron hacerme saber que habían llegado. Para ello esperaron a que pasáramos junto a las sillas en las que estaban dejando sus abrigos, bolsas de zapatos e instalando sus bebidas y abanicos. Y es entonces cuando noté algo parecido a un cangrejo atacando con sus pinzas a una de mis nalgas. El susto y la impresión me hicieron lanzar un grito. Acto seguido abrí los ojos y miré espantada a un par de milongueras traviesas que estaban riéndose, a las que solo les faltaba taparse la boca con la mano para parecerse a dos niñas traviesas que recién han hecho la trastada del día. Cuando me di cuenta de la situación, pasó el momento de vergüenza por el grito, y me di cuenta que no podía enfadarme por más de dos segundos con esas milongueras revoltosas a las que quiero tanto (y más aún cuando realmente es posible que yo hubiera hecho algo parecido), sonreí, cerré de nuevo los ojos, y volví a soñar.
Era una de las primeras tandas de la milonga, concurrida por más milongueros de los que hubiera imaginado que asistirían. Aprovechando bien el espacio, el milonguero amigo que ese momento me brindaba su abrazo y una tanda increíble que me mantenía los ojos cerrados para disfrutar de lleno cada compás, caminaba por el borde de la pista. Sonaba la Orquesta Típica Víctor, una de mis favoritas, de las que me hace sufrir cuando estoy sentada y cada célula de mi ser quiere moverse con la música, y de las que me hace también temblar de emoción cuando la comparto con un milonguero de los de verdad.
En ese estado estaba yo, fuera de este mundo soñando, cuando oí unas voces y mi nombre. Eran unos amigos milongueros que justo llegaban a la milonga. Supongo que preguntaron por mí, alguien me señaló en la pista, y decidieron hacerme saber que habían llegado. Para ello esperaron a que pasáramos junto a las sillas en las que estaban dejando sus abrigos, bolsas de zapatos e instalando sus bebidas y abanicos. Y es entonces cuando noté algo parecido a un cangrejo atacando con sus pinzas a una de mis nalgas. El susto y la impresión me hicieron lanzar un grito. Acto seguido abrí los ojos y miré espantada a un par de milongueras traviesas que estaban riéndose, a las que solo les faltaba taparse la boca con la mano para parecerse a dos niñas traviesas que recién han hecho la trastada del día. Cuando me di cuenta de la situación, pasó el momento de vergüenza por el grito, y me di cuenta que no podía enfadarme por más de dos segundos con esas milongueras revoltosas a las que quiero tanto (y más aún cuando realmente es posible que yo hubiera hecho algo parecido), sonreí, cerré de nuevo los ojos, y volví a soñar.
sábado, 19 de octubre de 2013
Incendio en su falda
Era una milonga de domingo tarde, la última de un encuentro de milongueros, ya a última hora cuando apenas quedaba gente. El ambiente era relajado y me acuerdo que sonaba un tema en el que yo estaba en perfecta sintonía: soñando y nada más... hasta que de repente oí un grito. La naturaleza curiosa de la que estoy hecha y yo nos dimos la vuelta a la vez para ver de dónde provenía el escándalo y entonces vi a una mujer bailando más bien una danza africana que un vals, mirando como loca a su falda como si hubiera descubierto una tarántula trepando por ella, pero no... lo único que pasaba es que su falda echaba un poquito de humo.
Lo siguiente que vi fue a otra mujer con una chaqueta golpeando la minúscula fogata pegada a su falda compuesta de una llamita insignificante. La escena pasó a ser divertida en cuanto el marido de la dama entró en acción, que sin chaqueta alguna y con la palma de su mano, consiguió apagar el fuego de la falda a base de palmadas en el trasero de su mujer. Ella, volviéndose hacia él algo molesta por lo sucedido y al mismo tiempo queriendo quitarle importancia, bromeó diciendo: "cariño, ¡si querías meterme mano no hacía falta que como excusa prendieras fuego a mi falda!". Creo que después de eso Canaro quedó en el olvido, acallado por las risas de todos los presentes. El misterio de cómo su falda prendió fuego con una de las velas, quedará ahí pero supongo que su falda rozó alguna vela al pasar junto a alguna mesa.
domingo, 22 de septiembre de 2013
Siguiendo un buen consejo
No me gusta el tango nuevo: no me van los boleos con piernas hasta el cielo, ganchos complicados ni las volcadas que nunca acaban, y esos pasos enormes que me cuesta bastante esfuerzo dar. Los deportes de riesgo sí, pero no en la milonga. Yo soy más del abrazo cerrado, caminada, giros y poco más.
Me empiezo a dar cuenta de que tampoco soy muy amiga de los festivales: me gustan los encuentros milongueros y las milongas locales de cada ciudad, donde el ambiente es más familiar. La última vez que asistí a un festival, como es costumbre, en las milongas había un momento en el que paraban la música y los bailarines profesionales, que durante el día habían impartido clases y talleres, deleitaban al público con una exhibición.
La tanda siguiente a la exhibición suele dar miedo. Muchos milongueros se emocionan al extremo e intentan imitar a los bailarines profesionales con todo sus recursos. Yo esas tandas casi nunca las he bailado porque espero a que el ambiente se relaje un poco antes de aceptar una invitación.
Aquel día fue una de esas excepciones en las que sí acepté una invitación. Sonó un primer tango, que desde luego no era tango nuevo, pero supongo que mi bailarín, emocionado él y con ganas de ver si era capaz o no de imitar a los maestros que acababan de hacer la exhibición, empezó a bailar un tango tradiconal pero como le dio la gana. No se porqué a algunos bailarines no les entra en la cabeza que lo que tienen delante es una mujer y no un batido al que hay que menear para todos los lados.
No tardé ni un tango en cansarme de eso que él hacía, llamémosle "bailar", y estaba a punto de darle las gracias y sentarme cuando me acordé de un consejo que me dio una vez una milonguera muy experimentada, de las que se las va sabiendo todas: "si un chico te empieza a hacer muchos boleos altos y muchas figuras que te incomodan o no te apetecen, díle que tenga cuidado porque no llevas bragas...". Me partía de la risa la primera vez que se lo oí decir, pero en esta ocasión reuní el valor suficiente para soltar semejante afirmación.
Su cara fue un auténtico poema y creo que casi hasta tropieza, pero lo mejor de todo es que funcionó. Le miré con una sonrisa tímida como de disculpa y él no se bien si porque se puso nervioso o porqué, pero empezó a bailar como a mí me gusta: mucho más relajado... :-)
Me empiezo a dar cuenta de que tampoco soy muy amiga de los festivales: me gustan los encuentros milongueros y las milongas locales de cada ciudad, donde el ambiente es más familiar. La última vez que asistí a un festival, como es costumbre, en las milongas había un momento en el que paraban la música y los bailarines profesionales, que durante el día habían impartido clases y talleres, deleitaban al público con una exhibición.
La tanda siguiente a la exhibición suele dar miedo. Muchos milongueros se emocionan al extremo e intentan imitar a los bailarines profesionales con todo sus recursos. Yo esas tandas casi nunca las he bailado porque espero a que el ambiente se relaje un poco antes de aceptar una invitación.
Aquel día fue una de esas excepciones en las que sí acepté una invitación. Sonó un primer tango, que desde luego no era tango nuevo, pero supongo que mi bailarín, emocionado él y con ganas de ver si era capaz o no de imitar a los maestros que acababan de hacer la exhibición, empezó a bailar un tango tradiconal pero como le dio la gana. No se porqué a algunos bailarines no les entra en la cabeza que lo que tienen delante es una mujer y no un batido al que hay que menear para todos los lados.
No tardé ni un tango en cansarme de eso que él hacía, llamémosle "bailar", y estaba a punto de darle las gracias y sentarme cuando me acordé de un consejo que me dio una vez una milonguera muy experimentada, de las que se las va sabiendo todas: "si un chico te empieza a hacer muchos boleos altos y muchas figuras que te incomodan o no te apetecen, díle que tenga cuidado porque no llevas bragas...". Me partía de la risa la primera vez que se lo oí decir, pero en esta ocasión reuní el valor suficiente para soltar semejante afirmación.
Su cara fue un auténtico poema y creo que casi hasta tropieza, pero lo mejor de todo es que funcionó. Le miré con una sonrisa tímida como de disculpa y él no se bien si porque se puso nervioso o porqué, pero empezó a bailar como a mí me gusta: mucho más relajado... :-)
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Una nariz haciendo espeleología
Estaba comiendo con unos amigos, comentando la milonga de la noche anterior. Entre ellos había uno un poquito desanimado porque, tras invitar a bailar a una mujer y ella rechazarlo, la vio bailando poco después con otro. He de informar de que son muchas las razones por la que una mujer puede rechazar una invitación y por eso mismo es mejor no tomarlo de forma personal. Además, no es bueno para la salud de uno y lo mejor es buscar otro pececito... el mar tiene miles.
Durante esa comida, otro milonguero amigo bastante más experimentado que él lo miró, e intentando animarle, contó anécdotas que le habían sucedido a él con mujeres de lo más curiosas. Pasamos un rato de lo más divertido y agradable y nuestro amigo desanimado terminó riendo a carcajadas.
La que más gracia nos hizo fue una en la que nos explicó que había bailado con una mujer con una de esas narices con mucha personalidad, bien pronunciada, que la utilizaba para algo más que oler y respirar. Parece ser que la milonguera en cuestión era algo más baja que él, pero con tacones ella quedaba a su misma altura. Tenía además una peculiaridad al bailar: muy pegada al chico y con la cabeza mirando hacia un lado de la cara de él. Hasta ahí todo bien, pero además de eso, esta mujer se sentía cómoda encajando cómodamente su nariz dentro de la oreja de mi amigo. Solo de pensar en la imagen que nos iba describiendo nos empezamos a partir en dos de la risa y tras preguntarle qué había hecho al encontrarse en semejante situación, nos confesó que nada, que bailó toda la tanda así: si a ella no le incomodaba hacer espeleología dentro de su oreja... ¡pues a él tampoco!
Durante esa comida, otro milonguero amigo bastante más experimentado que él lo miró, e intentando animarle, contó anécdotas que le habían sucedido a él con mujeres de lo más curiosas. Pasamos un rato de lo más divertido y agradable y nuestro amigo desanimado terminó riendo a carcajadas.
La que más gracia nos hizo fue una en la que nos explicó que había bailado con una mujer con una de esas narices con mucha personalidad, bien pronunciada, que la utilizaba para algo más que oler y respirar. Parece ser que la milonguera en cuestión era algo más baja que él, pero con tacones ella quedaba a su misma altura. Tenía además una peculiaridad al bailar: muy pegada al chico y con la cabeza mirando hacia un lado de la cara de él. Hasta ahí todo bien, pero además de eso, esta mujer se sentía cómoda encajando cómodamente su nariz dentro de la oreja de mi amigo. Solo de pensar en la imagen que nos iba describiendo nos empezamos a partir en dos de la risa y tras preguntarle qué había hecho al encontrarse en semejante situación, nos confesó que nada, que bailó toda la tanda así: si a ella no le incomodaba hacer espeleología dentro de su oreja... ¡pues a él tampoco!
domingo, 8 de septiembre de 2013
¿Qué es el flequillo milonguero?
Tengo una amiga muy simpática a la que una vez, en mitad de la milonga y después de terminar una tanda, la oí exclamar: "¡ya está!¡otra vez el dichoso flequillo milonguero...!". No pude contener la risa mientras mi amiga, con dos dedos, separaba un mechón de pelo de su cara y lo miraba como si fuera a matarlo. El mechón estaba sucio, totalmente mojado por la transpiración, ya que es justo ese mechón el que se desliza hacia la cara cuando bailas
en abrazo cerrado y termina tocando la cara de tu pareja de baile. He de decir que como siempre, el resto de su pelo estaba impecable, pero era de lo más divertido mirar su cara... un auténtico poema.
Me sorprendió que las chicas que estaban por ahí cerca, al oírla asintieran con una solidaridad pasmosa, como si acabaran de escuchar algo de lo más normal y comprendieran perfectamente de lo que se quejaba mi amiga. He de confesar que creo que a todas nos pasa de vez en cuando, sobre todo cuando bailamos con esos chicos que se empeñan en invadir nuestro espacio. Lo curioso fue que a estas chicas les resultara familiar la expresión "flequillo milonguero". Creo que después de aquella vez, esta milonguera que escribe la incorporó a su diccionario, aunque tuve la impresión de las demás ya conocían perfectamente la definición.
Me sorprendió que las chicas que estaban por ahí cerca, al oírla asintieran con una solidaridad pasmosa, como si acabaran de escuchar algo de lo más normal y comprendieran perfectamente de lo que se quejaba mi amiga. He de confesar que creo que a todas nos pasa de vez en cuando, sobre todo cuando bailamos con esos chicos que se empeñan en invadir nuestro espacio. Lo curioso fue que a estas chicas les resultara familiar la expresión "flequillo milonguero". Creo que después de aquella vez, esta milonguera que escribe la incorporó a su diccionario, aunque tuve la impresión de las demás ya conocían perfectamente la definición.
domingo, 18 de agosto de 2013
Picaron los pececillos, pero no los milongueros
Estaba en un festival de tango y tras unas milonga sin recibir apenas invitaciones a bailar, lo publiqué en mi grupo de milongueros de Facebook. El cebo estaba lanzado, solo faltaba esperar a ver quien picaba... ¡y picaron los pececillos... o mejor dicho, mis amigos milongueros de Facebook! Fue divertido ver e intentar seguir los consejos que recibí.
Con un toque de humor un amigo me aconsejó que me pusiera un buen escote y me aseguró que con eso sería suficiente. Parece que no tuvo en cuenta que hay algunos que van a bailar y no a mirar escotes, pero supongo que el consejo vino para encandilar a aquellos que van a las dos cosas, ya que serán la mayoría porque al fin y al cabo, según sus palabras, son hombres. Creo que ir con escote tiene sus riesgos ya que a veces porque puede impedir que milongueros con pareja sentimental celosa o chicos tímidos te inviten. Luego están los que pueden hacerse ideas equivocadas. Aún así, mi experiencia me dice que ir un poco sugerente sin duda ayuda a recibir invitaciones. Seguí su consejo, pero parece ser que a veces no depende de un escote, sino de la alineación de las estrellas ya que esa noche me fui de nuevo sin bailar apenas.
Hubo alguien que se atrevió a concretar exactamente el atuendo que debía ponerme, mostrando ser un conocedor alarmantemente bueno de mi guardarropa. El inconveniente: no tenía mi armario delante y obviamente tampoco su sugerencia, sino tan solo unos trapitos que había llevado para el viaje. Eso sí, me aconsejó los zapatos. Y me los puse porque son los más cómodos que tengo, son preciosos, pero tambien algo viejos, y sucedió lo que sucede cuando el tiempo roba vida a las cosas: se le rompió el tacón bajando las escaleras del baño ¡prácticamente al comienzo de la milonga! Por suerte, esta milonguera que escribe iba con ruedas de repuesto, aunque de poco sirvieron esa noche porque en lugar de las estrellas, ¡parecía que esa noche era la luna la que no estaba alineada!
La sugerencia de colocarme cerca de la barra me gustó mucho. No había sillas ni mesas disponibles junto a la barra y de pie en tacones una se cansa un poquito, así que decidí ir y venir a la barra continuamente a por un vino, algo para comer, agua: debieron creer que tampoco fui a bailar, sino más bien a darme un banquete porque no recibí casi ninguna invitación. Bebí mucho, y al baño tuve que ir mucho, y entre paseo y paseo escaleras abajo y escaleras arriba, la milonga se fue pasando, ¡menos mal que seguro que mis glúteos se beneficiaron!
Una mujer me dijo que una sonrisa y una mirada intensa sirven en bandeja las invitaciones. Consejo de una buena milonguera,consejo que tenía que seguir. Miraba alrededor, sonreía, movía la pierna con la música a ver si alguno se enteraba de que quería bailar, y los únicos que se acercaban eran esos hombres con los que ninguna quiere bailar. Creo que quizás me estaba mostrando demasiado complaciente, demasiado deseosa de bailar, dando una señal equivocada de que tenía que ser muy principiante y dispuesta a aceptar cualquier proposición.
Por privado hubo consejos de otro tipo, como el que me aconsejó no poner en mi muro de Facebook que no estaba en casa, porque haciéndolo podían entrar a robar en mi casa si enteraban de que estaba de viaje.
Otro consejo fue que me moviera de mi mesa y paseara de un lado a otro para que me vieran o me ubicaran, ya que a veces entre tanta gente no es fácil. También me sugirieron quedarme junto a la pista de pie, o en una silla cerca de la pista. Intenté todo eso pero quizás al final no terminaban de ubicarme de tanto que me movía de un lado a otro porque la verdad es que no funcionó.
Creo que uno de los mejores consejos fue que mirara todo el tiempo a los bailarines con los que quería bailar, hasta cruzarme con la mirada de uno, y luego el truco estaba en sonreírle. Es solo que cuando seguí este consejo, había perdido una lentilla (aunque eso sea otra historia) y no veía muy bien. He de confesar que funcionó, solo que me equivoqué de chico y le hice ojitos a uno que se parecía al chico con el que quería bailar. Terminé bailando con uno que ya conocía y con el que no me hace mucha ilusión bailar: ¡y ahora el buen hombre cree que me gusta bailar con él porque fui yo practicamente quien le invito!
El SOS plantado en Facebook hizo que mis amigos de Facebook picaran y me dieran buenos consejos con el corazón, ¡pero los milongueros se me resistieron... esa vez!
Con un toque de humor un amigo me aconsejó que me pusiera un buen escote y me aseguró que con eso sería suficiente. Parece que no tuvo en cuenta que hay algunos que van a bailar y no a mirar escotes, pero supongo que el consejo vino para encandilar a aquellos que van a las dos cosas, ya que serán la mayoría porque al fin y al cabo, según sus palabras, son hombres. Creo que ir con escote tiene sus riesgos ya que a veces porque puede impedir que milongueros con pareja sentimental celosa o chicos tímidos te inviten. Luego están los que pueden hacerse ideas equivocadas. Aún así, mi experiencia me dice que ir un poco sugerente sin duda ayuda a recibir invitaciones. Seguí su consejo, pero parece ser que a veces no depende de un escote, sino de la alineación de las estrellas ya que esa noche me fui de nuevo sin bailar apenas.
Hubo alguien que se atrevió a concretar exactamente el atuendo que debía ponerme, mostrando ser un conocedor alarmantemente bueno de mi guardarropa. El inconveniente: no tenía mi armario delante y obviamente tampoco su sugerencia, sino tan solo unos trapitos que había llevado para el viaje. Eso sí, me aconsejó los zapatos. Y me los puse porque son los más cómodos que tengo, son preciosos, pero tambien algo viejos, y sucedió lo que sucede cuando el tiempo roba vida a las cosas: se le rompió el tacón bajando las escaleras del baño ¡prácticamente al comienzo de la milonga! Por suerte, esta milonguera que escribe iba con ruedas de repuesto, aunque de poco sirvieron esa noche porque en lugar de las estrellas, ¡parecía que esa noche era la luna la que no estaba alineada!
La sugerencia de colocarme cerca de la barra me gustó mucho. No había sillas ni mesas disponibles junto a la barra y de pie en tacones una se cansa un poquito, así que decidí ir y venir a la barra continuamente a por un vino, algo para comer, agua: debieron creer que tampoco fui a bailar, sino más bien a darme un banquete porque no recibí casi ninguna invitación. Bebí mucho, y al baño tuve que ir mucho, y entre paseo y paseo escaleras abajo y escaleras arriba, la milonga se fue pasando, ¡menos mal que seguro que mis glúteos se beneficiaron!
Una mujer me dijo que una sonrisa y una mirada intensa sirven en bandeja las invitaciones. Consejo de una buena milonguera,consejo que tenía que seguir. Miraba alrededor, sonreía, movía la pierna con la música a ver si alguno se enteraba de que quería bailar, y los únicos que se acercaban eran esos hombres con los que ninguna quiere bailar. Creo que quizás me estaba mostrando demasiado complaciente, demasiado deseosa de bailar, dando una señal equivocada de que tenía que ser muy principiante y dispuesta a aceptar cualquier proposición.
Por privado hubo consejos de otro tipo, como el que me aconsejó no poner en mi muro de Facebook que no estaba en casa, porque haciéndolo podían entrar a robar en mi casa si enteraban de que estaba de viaje.
Otro consejo fue que me moviera de mi mesa y paseara de un lado a otro para que me vieran o me ubicaran, ya que a veces entre tanta gente no es fácil. También me sugirieron quedarme junto a la pista de pie, o en una silla cerca de la pista. Intenté todo eso pero quizás al final no terminaban de ubicarme de tanto que me movía de un lado a otro porque la verdad es que no funcionó.
Creo que uno de los mejores consejos fue que mirara todo el tiempo a los bailarines con los que quería bailar, hasta cruzarme con la mirada de uno, y luego el truco estaba en sonreírle. Es solo que cuando seguí este consejo, había perdido una lentilla (aunque eso sea otra historia) y no veía muy bien. He de confesar que funcionó, solo que me equivoqué de chico y le hice ojitos a uno que se parecía al chico con el que quería bailar. Terminé bailando con uno que ya conocía y con el que no me hace mucha ilusión bailar: ¡y ahora el buen hombre cree que me gusta bailar con él porque fui yo practicamente quien le invito!
El SOS plantado en Facebook hizo que mis amigos de Facebook picaran y me dieran buenos consejos con el corazón, ¡pero los milongueros se me resistieron... esa vez!
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