jueves, 31 de enero de 2013

Un tarado en la milonga

  Era la última milonga de un festival de tango en Europa. Se celebraba un domingo por la tarde, y como en este tipo de milongas, todo el mundo estaba relajado, cansado y con dolor de pies, pero muy a gusto después de milonguear y compartir clases y comidas por varios días con otros milongueros y milongueras. El ambiente era de lo más agradable. Yo estaba sentada junto a una amiga, en una mesa redonda para 8 o 10 personas, cerca de la pista, pero no al borde. Quedaría una hora o dos para terminar la milonga y la gente empezaba ya a irse, sobre todo los que venían de lejos. En ese momento estaba seleccionando muchísimo las pocas tandas que mis pies iban a ser capaces de soportar, más teniendo en cuenta que la noche anterior tuve que salir descalza de la pista, con los tacones en la mano. Seguro que ya conocéis la sensación de tener agujas clavándose en los pies, y que a veces, más que agujas parecen cuchillos. 
 
 Entonces apareció él. Un señor de unos 60 años aproximadamente, redondo, calvo y con una mirada penetrante. Interrumpió la conversación con mi amiga y me invitó a bailar. No le conocía, estaba cansada y no me gustó su falta de educación ni su forma de mirarme, que me hizo ponerme nerviosa. Le dije que no. Creo que fue la única y primera vez que no me he sentido mal al rechazar una invitación. Veía muchas banderitas rojas en él. No dijo nada cuando le rechacé, pero se sentó justo en la mesa de al lado, ladeo su silla hacia mí y se me quedó mirando fijamente, sin pestañear. Al de un minuto o dos me preguntó otra vez si bailaba. Mi respuesta fue la misma. El continuó sentado en la mesa de al lado, mirándome de esa forma penetrante, y me fue poniendo cada vez más incómoda. La invitación se repitió por dos o tres veces, mi respuesta era la misma aunque algo más enérgica. Y el tipo seguía ahí. 

 Creo que a la cuarta vez fue mi amiga, mi ángel de la guarda, quien ya se cansó de semejante individuo y su actitud y le contestó: “te ha dicho que no”. ¿Y sabéis que pasó? Que el tipo continuó ahí sentado, mirando fijamente. Lo tuve claro, el tipo o era un enfermo o un agresor ya que su comportamiento era totalmente intimidatorio. Y ahí reaccioné: la rabia venció el nerviosismo que me causaba y casi se transformó en agresividad. Y fue sintiendo eso que me lo quedé mirando, sin pestañear y dispuesta a sacarle los ojos si seguía mirándome así. Y funcionó. Como a un castillo de arena al que le echas agua, al ver que había perdido el miedo y estaba dispuesta a enfrentarme a él, no tuvo con qué amenazarme, y al poco tiempo se levantó y se fue.

 Solo esa vez me ha pasado algo parecido en una milonga, pero como en todas partes hay tarados, solo era cuestión de tiempo que uno se colara en la milonga.

martes, 29 de enero de 2013

Entre ciegos, el tuerto es el rey

 Recuerdo cuando era muy principiante y todos los bailarines me parecían dioses, no porque lo fueran sino porque yo no tenía ni idea de bailar y cualquiera bailaba más y mejor que yo. Eran tiempos felices, ya que cada tanda era maravillosa y las quería bailar todas. Vivía en un mundo de ciegos, y me iba a dormir todas las noches con un subidón increible.

 Por aquella época recuerdo ir a una de mis primeras milongas, bailar con un señor francés mayor y quedarme tan eclipsada por su baile que me hice adicta a esa milonga, esperando poder encontrarle de nuevo y que me sacara a bailar. Él no iba a menudo, pero tuve la suerte de bailar con él una o dos veces más. Él era mi rey.

 El tiempo pasó y bastante tiempo después me emparejaron con él para una clase de vals. Yo accedí a bailar con él porque el recuerdo que tenía era maravilloso, fui de lo más ilusionada a la clase, consciente de la suerte que tenía de que quisiera hacer la clase conmigo.  Y entonces sucedió. Este señor, que antaño me parecía fantástico, casi un dios, del cual me encandilé y morí de ganas muchas veces por bailar con él, de repente parecía que ya no sabía bailar y que no era capaz ni de mantener el eje... y dejó de ser mi rey. ¿Os ha sucedido esto alguna vez? Es como la bestia que se convierte en príncipe, pero al revés.

 Soy consciente de que algunas veces bailas con bailarines muy a gusto y bien unas veces, la siguiente semana vuelves a bailar con ellos y parecen otras personas y no hay conexión, no disfrutas igual, pero luego pasa otra semana y vuelven a ser una maravilla. Antes solía creer que no eran ellos, sino yo, porque soy una persona muy emocional y mi baile depende del cansancio, de si tengo hambre o no, de si voy cómoda o no con la ropa o los zapatos, o de si estoy triste o feliz, de mil razones. Con el tiempo me he dado cuenta de que ellos también son emocionales, que todos lo somos, y que son muchos los factores que intervienen para que se de esa conexión tan especial que es lo que te hace volverte loca por el tango.

 Pero lo que me sucedió en esa clase nada tiene que ver con mi estado emocional o el de mis bailarines, sino con nuestra evolución en el baile. Ahora algo ha cambiado: en mi mundo hay ciegos, hay tuertos y gente que no tiene ningún problema en la vista. Mi querido francés, antes tuerto, antes el rey, pero ya no lo es.

viernes, 25 de enero de 2013

Tango, para cuerpo y alma

El abrazo es lo que a mí me enamoró del tango, pero fue verlo, mucho antes de sentirlo. Y no fue en el cine ni en la televisión, sino en un ambiente familiar, relajado, en el cual se veía de verdad la auténtica esencia del tango. Lo que vi fue un abrazo y un solo sentir, una conexión sin hilos, una comunicación absolutamente perfecta sin palabras, como hacer el amor sin tener sexo. Y lo quise para mí. 

 Pero el tango me ha ido dando mucho más: 

* Un lugar en el que me siento entre amigos, en el que estoy como en casa.
* Un momento en el que relajarme y disfrutar, dejando los problemas atrás.
* Una posibilidad para conocer gente de otras culturas, practicar idiomas y compartir experiencias. 
* Un alivio al dejar que otra persona tome la responsabilidad en mi vida por unos momentos al día, de que me cuiden. 
* Una oportunidad para sentirme femenina, sexy y guapa.
* Un consuelo en los momentos más difíciles, una terapia para curar el alma.
* Un ambiente en el que los silencios se agradecen en lugar de ser incómodos.
* Una forma de hacer ejercicio, de corregir posturas para aliviar tensiones en la espalda. 
* Una sensación de energía que fluye, de vida.  

miércoles, 16 de enero de 2013

Caminar: lo más difícil en el tango

 Era la época en la que empezaba a milonguear y frecuentaba dos milongas semanales. A una de ellas vino un chico nuevo. Le gustaba mucho hacer figuritas y todo lo que supusiera que le mujer levantara la pierna por encima de la rodilla. Me bastaron cinco minutos observándole para sentir pánico, pero no por miedo a que utilizando a alguna bailarina, me sacara un ojo con el tacón de la pobre chica, sino a que me invitara a mí a bailar, ya que yo apenas sabía el básico. Por entonces, la palabra no no existía en mi vocabulario. 

   A media milonga, me miró, así que para evitar la tragedia, me levanté discretamente y me fui a retocar al baño. Cuando volví a la milonga él ya bailaba con otra y yo suspiré de alivio. Y ante semejante suspiro una chica que allí había me preguntó porqué no quería bailar con él. Mi respuesta fue "es que a mi solo me gusta bailar con chicos que me abrazan un poco y caminan". Y decía una verdad como un templo, ya que caminar era lo único con lo que realmente yo me sentía cómoda por mis pocos recursos, y eso de que me abrazaran poco, era más bien una forma de decir que no me gustaba que me apretaran. Nada que ver con lo que esta chica pensaba cuando me dijo: "vaya, ¡no pides poco!” Y obviamente no entendí a lo que se refería hasta muchísimo tiempo después.

   Algo que parece tan sencillo como caminar, en realidad es lo más difícil del tango. Me refiero a caminar bien, porque caminar lo hacemos todos. Algo sucede cuando nos ponen un tango de fondo y nos piden caminar por la pista escuchando la música. Yo me acuerdo la primera vez que un profesor me dijo que caminara alrededor de la pista. Lo primero que pasó por mi cabeza, era que me tomaba el pelo. Cuando decidí que no, pensé que estaba perdiendo el tiempo porque yo ya sabía caminar y lo hacía a tiempo. Seguía sin entender, pero yo hacía lo que me decían, y caminé muchas veces alrededor de la pista.

  Empecé a ver la dificultad cuando un día fui a clase enferma y tuve que sentarme y observar a los demás caminar alrededor de la pista. Algunos parecía que estaban contorsionándose en lugar de caminando, otros parecían soldaditos (algo así como Roberto Benigni en la escena de La Vida es Bella cuando pasa por delante de su hijo antes de que lo fusilen), otros sacaban la pierna hacia delante y dejaban el cuerpo atrás (me imagino que ni a propósito podían hacer semejante hazaña), y solo unos poquitos hacían algo parecido a caminar con naturalidad, de los cuales, solo uno o dos lo hacía a ritmo. Obviamente, me sentí identificada con alguno de los de la pista, y no era precisamente con los últimos que he mencionado. Ahí empecé a ver a qué ser refería la chica. Y aunque ya antes de empezar con mis clases de tango sabía lo importante que es observar, fue como volver a descubrirlo.
  Sin embargo, para saber lo que era caminar bien, lo tuve que sentir. Y ese día llegó y recibí una invitación de baile, no se si por piedad o porque tuve un día de mucha suerte. El chico con el que bailé sabía perfectamente mis limitaciones, y como todo buen bailarín, se amoldó perfectamente a su bailarina y tan solo caminó conmigo por la pista. Me relajé y disfruté muchísimo. Esa caminada suya y lo que me hacía sentir no tenía nada que ver con lo que yo conocía hasta ese momento, y aunque a él le salía con facilidad, de fácil no tenía nada. En ese momento comprendí lo que realmente quería decir con "vaya, ¡no pides poco!”, porque en realidad, pedía mucho.

domingo, 13 de enero de 2013

Sinceridad con uno mismo

Soy de esas personas que cree que cada cual tiene que saber sus limitaciones y ser sincero con uno mismo. Así que en esta línea, os contaré unos cuantos secretos. Aqúi va el primero: ni se pintar, ni se cantar, pero ambas cosas me encantan.

 Precisamente porque no se pintar, podré pintar algo parecido a un cuadro, pero nunca pretenderé ser un Goya o un Sorolla, ni tampoco aspiraré a exponer cuadros en un museo, ni siquiera a exponerlos en el portal de mi casa, ya que a parte de que podrían detenerme por vandalismo, lo más parecido a una cara que soy capaz de dibujar es un circulito con dos puntitos por ojos y un semicírculo de boca. Obviamente, tampoco daré clases de pintura a otros, a no ser que estudie sobre pintura y sea toda una experta en la materia, pero siempre me faltará algo: el don del arte. Aún así creo que una persona sin el don del arte podría transmitir mejor conocimientos que alguien que sí tiene ese don, ya que nacer con el don del arte no significa haber nacido para enseñar.

 Precisamente porque no tengo ni voz ni oído, podré cantar villancicos con mi familia, pero no intentaré pertenecer a un coro. Físicamente, seguro que sí puedo, pero no me parecería justo para los demás miembros del coro, ya que podría entorpecerles en su evolución, y afectar a la calidad del conjunto del coro y también al disfrute que ellos tienen al cantar. Se trata de ser algo menos egoístas de lo que somos por naturaleza y pensar un poquito más en los demás.

He aquí un grupo de bailarines a los que la sinceridad consigo mismos brilla por su ausencia: los maestrillos. Me encantaría que todos aquellos bailarines que se creen maravillosos, aunque ello no implique que lo sean sino sólo que ellos se lo creen, se abstuvieran de aleccionar a sus bailarinas mientras bailan en la milonga. Si las bailarinas por lo general no les entienden, puede que el problema no sea de las bailarinas, sino suyo: quizás porque no son lo suficientemente claros con la marca, o no marcan bien, o no marcan en absoluto. Un dato importante: las figuras no se aprenden, se sienten, con lo cual preguntas como “¿no te sabes la figura…es que no la has dado en clase todavía?” están bastante fuera de lugar, y peor es decir “…es que ahora tienes que ir para este lado...”, y ya el colmo de los colmos es empujarla para que vaya. Estoy cansada de los cansinos maestrillos de las milongas. Y ya que ellos no son sinceros consigo mismos, os contaré un secreto a voces: de maestros nada, los que aleccionan suelen ser los peores bailarines de la milonga y además, enseñan para esconder su incapacidad para comunicar un movimiento.

Otro grupo de bailarines a los que la sinceridad consigo mismos brilla por su ausencia: los que bailan para que les vean. Bueno, era un eufemismo: hablo de los bailarines que se pasan la milonga haciendo figuritas a sus bailarinas, aunque no encajen bien con la música, sean a destiempo, y el eje sea para ellos eso que han oído que existe, pero que desde luego no va con ellos. Me encantaría que si un bailarín no controla una figura, no la haga. Para practicar, están las milongas. Puede lastimar a su bailarina o a otros bailarines de la milonga o lo que es peor, a gente que ni siquiera está bailando: y doy fe que eso sucede. Deberían captar el mensaje cuando otros bailarines les miran con cara de pocos amigos o cuando su bailarina está mirando para todas partes y está rígida e incómoda. El problema es que hacen como si  el cuento no fuera con ellos o la culpa fuera de los demás. Ya decía mi abuela que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el nuestro. Y ya que ellos tampoco son sinceros consigo mismos, os contaré otro secreto a voces: cuando hacen una figura y se caen o casi tiran a su bailarina, no la están haciendo bien, sino terriblemente mal, y normalmente no suele ser porque las bailarinas no saben sostenerse sobre sus tacones, sino porque ellos no saben sostenerse a pesar de no llevar tacones.

Y ahora un momentito de paz, y también un secreto, de los que no se cuentan a voces: las mujeres no necesitamos figuritas para disfrutar de un tango, ya que un buen abrazo, sintiendo la música y bailando a ritmo, suele ser lo que en el fondo todas anhelamos. Y así como por lo general preferimos agua a vino agriado, de igual manera preferimos una caminadita bien hecha a un montón de figuritas mal hechas. Capito?

viernes, 11 de enero de 2013

Lo que casi sucede

Era durante un festival de tango europeo internacional, en el que como en casi todas las milongas, hay tres veces más mujeres que hombres. Y había rusas, muchas rusas o lo parecían porque todas ellas eran rubias, con cuerpos esculturales, modelitos impresionantes y encima bailaban como ángeles. Y allí estaba yo con unas cuantas amigas, monísimas, simpatiquísimas, sonriendo y al borde de la pista esperando a que alguno notara nuestra presencia.

  Llegó un momento en que asimilé que iba a seguir siendo casi transparente el resto de la milonga. Así que me dediqué a disfrutar de la actuación de los maestros, todos nuevos para mí, ya que por entonces no estaba familiarizada ni con sus nombres ni con sus caras. Esa noche también me dediqué a calentar la silla mientras escuchaba la música seleccionada por Mariano Quiroz y observaba a la gente bailar. De vez en cuando charlaba con mis amigas e iba a tomar alguna copa para soltar el buen humor y claro está, perder el eje, para que cuando los tres conocidos que me sacaran a bailar esa noche, decidieran bailar sólo con las rusas.

  En uno de esos momentos en los que estaba sentada en mi mesa observando, esperando a que empezaran las exhibiciones, aprecié que había un chico en una mesa cercana solo, con un portátil y con cara de aburrido, fastidio o algo parecido (al menos es lo que a mí me parecía), muy en contraposición con mi estado alegre causado por las copas. Pensé que era un DJ (de ahí lo del portátil) y que podría ser que incluso no supiera bailar o fuera principiante ya que estaba sentado, y eso no era normal con la de rusas que por allí había. Así que me dio pena y decidí ponerle un poco de color a su noche si bien no por mi baile, sí por mi sentido del humor. Por un momento pensé en levantarme de la silla, acercarme e invitarle a bailar, cosa que nunca hago (no suelo invitar a hombres a no ser sean “los de casa” y muy rara vez lo hago o bien algún chico que empieza a bailar y puede no atreverse a invitarme a mi que ya bailo un poquito más que él). El caso es que incluso me puse de pie, justo un poco antes de ver cómo se acercaban a su mesa otros chicos y chicas, y al lado mío alguien decía “mira, ya vienen los maestros, la actuación será en seguida”. Yo y mi vergüenza conseguimos sentarnos discretamente en mi calentita silla y pasar desapercibidas. Fui entonces consciente de que, de haber sucedido la entrada de los maestros un minuto más tarde, yo hubiera hecho el ridículo de mi vida sacando a bailar a Mariano Chicho Frumboli.

lunes, 7 de enero de 2013

El Abanico

En las milongas es muy común el uso del abanico por ambos sexos y por eso me ha parecido de lo más interesante escribir algo de él en mi blog. 

Según parece, procede del antiguo Egipto y Asia, donde se usaba en los servicios y ceremonias palaciegas. Luego Grecia lo adoptó para su uso doméstico. Era un abanico rígido.

El plegable, fue inventado por un chino en el siglo VII, inspirado en el ala de un murciélago. Pero a Europa no llegó hasta finales del siglo XV de manos de portugueses que comerciaban con Oriente. En principio lo usaban las damas de clase alta pero en seguida se fue extendiendo su uso, y luego, dependiendo de la moda, nacieron las diferentes variantes que se conocen en cuanto a materiales usados, calados y otros.  

A España llegó en el siglo XVIII gracias al artesano francés Eugenio Prost que bajo la protección del conde de Floridablanca, convirtió a España en uno de los principales productores del mundo. Por entonces se crea el Gremio de Abaniqueros y a principios del siglo XIX se funda, en Valencia, la Real Fábrica de Abanicos. En un principio, el abanico era usado por ambos sexos. Los de los hombres eran más pequeños y se metían en el bolsillo, como hacen ahora algunos de nuestros milongueros. Aparecieron los abanicos más grandes, llamados de pericón, que se usaban para el baile flamenco. 

En el siglo XX ya solo usaban abanicos las mujeres, y se hicieron tan hábiles en su uso, que se creó todo un lenguaje del abanico, sobre todo, en la época en la que las  mujeres no tenían la libertad que tenemos hoy en día, y tenían que comunicarse con hombres de forma muy discreta cuando asistían a eventos sociales. El lenguaje estaba basado en la posición del abanico, su apertura y en cómo se agarraba. Es curioso saber que aunque había varios lenguajes del abanico para comunicarse, todos tenían algo en común: colocaban el abanico en cuatro direcciones diferentes y con cinco posiciones diferentes, creando así un alfabeto basado en dirección y posición del abanico. Además de esto, estaban los gestos con el abanico, que ya de por sí comunicaban, de forma más rápida, un mensaje.

Hoy en día, aunque son de uso más común en las mujeres, se ven tantos hombres como mujeres usándolos, aunque apostaría a que son pocos los que conocen su lenguaje.

jueves, 3 de enero de 2013

La bolsa de los zapatos

Era sábado y me animé a ir por primera vez a una milonga que no conocía. La había encontrado en internet, y tenía la dirección cuidadosamente escrita en un papel para poder localizarla. Llegué hasta el lugar que indicó el GPS y estacioné.

Empecé a caminar por la calle de un lado a otro, pero aún así el lugar parecía estar escondiéndose de mi. Quizás pasé unas cuantas veces por delante de la entrada sin reconocerla, ya que parecía cualquier cosa menos la entrada de una milonga, pero llegó un momento en el que me convencí que no tenía bien anotada la dirección y regresaba al coche cuando oí una voz: "hey... ¿buscas la milonga?". Me dí la vuelta y me encontré con dos chicos que me indicaron el camino. He de reconocer que sin ellos no hubiera dado con la milonga de ninguna manera. Reconocieron que era milonguera por la bolsa de los zapatos. Y creo que en la calle, cuando no sabes llegar a una milonga pero sabes que estás cerca, lo que haces es precisamente eso... buscar bolsas de zapatos.... ¡y no falla!

Las bolsas normalmente con de tela, pequeñas, justo para guardar el par de zapatos y generalmente muestran el logo de la marca o de la tienda donde los has comprado. Algunos vienen además con bolsas interiores de tela de raso fina, para guardar individualmente cada zapato para que así no se rocen. Yo personalmente los llevo en la bolsa, sin bolsitas individuales, ya que no cuido como debería el calzado. En casa si los guardo en las bolsitas de tela individuales, más que nada porque por falta de espacio van todos a un montón. Pero no me copieis la idea, que yo no tengo remedio, y eso es algo que no deberíais hacer si quereis cuidar bien vuestros zapatos. Ya os comentaré en otra entrada del blog como deberíamos mimarlos.

Para los que no soleis ir a las milongas, los milongueros tenemos la costumbre de ir con calzado de calle a la milonga, luego una vez allí, sacamos nuestra bolsa de zapatos de baile y nos los ponemos, pero solo para bailar, ya que después de la milonga nos los quitamos y los guardamos de nuevo, como joyas que son. Hacemos esto para que no se estropeen con la lluvia o se desgasten mucho con suelos poco agradecidos, en definitiva, que no se estropeen y duren más, porque cuando hablaba de joyas, es que son como tales y valen su peso en oro: entre 100 y 200 euros el par, que en mi opinión, es más que exagerado.

Mientras estás con los zapatos de calle en la milonga, nadie te saca a bailar, así que es perfecto cuando quieres estar un rato saludando, tomando algo o charlando antes de bailar. En el momento en que te pones los zapatos, es como bajar la bandera... todo el mundo sabe que estás lista para la carrera.

miércoles, 2 de enero de 2013

jueves, 27 de diciembre de 2012

Dejando la diplomacia en casa

 Mientras se baila, no se habla. Pero además de tener en cuenta esto, hay que saber lo que se debe o no decir en una milonga, bien porque puede ofender, bien porque se puede malinterpretar, o bien porque es algo grosero decirlo. Reconozco que yo misma he dicho alguna vez algo que no debía y creo que nos ha pasado a todos los que de alguna manera solemos ser muy sinceros, y de vez en cuando, simplemente se nos olvida la diplomacia en casa. Eso sí, hay grados de sinceridad… y de diplomacia. 

 Era una milonguita semanal, de esas en las que solo están "los de casa". Yo me sentía especialmente coqueta y ese día me puse un top de algodón ajustado, aunque no muy pegado, y que me hacía lucir bastante escote. Bailaba una tanda de Canaro que me encanta, y concretamente el tema de Corazón Encadenado. Cuando suena algo que me vuelve loca me gusta entregarme del todo, bailar en abrazo cerrado, y a veces incluso cierro lo ojos para entregarme por completo a la música y al abrazo, sin enterarme de lo que sucede a mi alrededor. Y esa vez así era.  Envuelta en la magia, entre tema y tema y todavía flotando en una nube, abrí los ojos y me encontré con mi bailarín mirando a mi escote y diciendo “me la estás poniendo dura”. Me quedé atónita y sucedieron cuatro cosas: una, se rompió la magia y fui consciente de dónde estaba yo y donde estaba mi escote (en cualquier lugar menos donde debería de estar, dejando al descubierto buena parte de mi sujetador); dos, pasé del blanco pálido de mi piel al rojo escarlata en milésimas de segundo debido a la vergüenza; tres, la vergüenza se convirtió en  indignación por lo que había escuchado (he de decir que fue más por el descaro que mostró este chico en particular al decirme eso cuando su novia bailaba dos metros más allá, que el comentario en sí, por grosero que sonara); cuarto, empezó a sonar un nuevo tema y él a bailar, con lo cual todavía incapaz de reaccionar del todo, mis pies empezaron a moverse con la música en lugar de hacerlo hacia mi mesa después de contestarle un gracias. Menos mal que reaccioné así, en contra de mi naturaleza en situaciones de este tipo, porque creo sinceramente que fue un comentario terriblemente sincero, nada diplomático y totalmente fuera de lugar, pero solo eso, un perfecto arrebato de su parte, ya que su conducta desde entonces ha sido intachable.

martes, 25 de diciembre de 2012

viernes, 21 de diciembre de 2012

Mi primera milonga

 La primera vez que vi una milonga fue en Buenos Aires. Apenas hacía unos meses que tomaba clases y fui más bien para sentarme y observar el ambiente, que para bailar. Fui con amigos, nos sentamos en una mesa, y nos tomamos un vino. Nadie me sacó a bailar a excepción de mi amigo con el que "bailé" una tanda. Me imagino que, una vez que me vieron en la pista, mis oportunidades murieron todas. Ahora bien, como tampoco conocía el código de la milonga, me podía haber cabeceado alguien sin darme cuenta, quizás algún milonguero de los que les gusta bailar con chicas jóvenes aunque éstas no sepan ni mantenerse sobre sus tacones, es decir, mi caso en aquel momento. 

 No me acuerdo del nombre de aquella milonga, solo que estaba llena de gente. Lo siguiente que pensé fue que ésa iba a ser mi primera y última milonga, puesto que lo más joven que allí había podía ser mi tatarabuelo... pero este pensamiento duró poco, porque volví a emocionarme viéndoles bailar. Y además, hubo algo que me sorprendió muy gratamente: cuando ya hacía una hora o dos que estaba observando la milonga, todo el mundo desapareció de la pista. Fue entonces cuando aparecieron dos o tres hombres y se pusieron a recitar poesía y a cantar tangos a capella. La actuación me emocionó. Me encanta escuchar cantar, y cantar también, aunque solo lo hago en el coche cuando voy sola, más que nada para no torturar a nadie con mi falta de afinación.

 Esa noche me fui a dormir contenta y relajada, y con un CD de tango, elaborado por el DJ de esa milonga, y que me tocó en un sorteo que hicieron.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Se puede aprender a abrazar

Lo que todas las milongueras buscamos, es aquella pareja, hombre o mujer, que tenga un buen abrazo, sienta la música, y baile a ritmo. 

La cuestión es definir un buen abrazo. Por un lado quizás deba ser agradable, firme y controlado. Pero luego están los factores subjetivos, que dependen de lo que cada uno entiende por un buen abrazo. Me xplico: te puede gustar un buen abrazo, pero no ese abrazo en particular; te puede gustar un abrazo no tan bueno, sólo por quien te abraza; y lo siento, pero hay abrazos que no nos gustan a nadie, porque incomodan, impiden disfrutar de la música, y a veces, hasta hacen daño.

Hay personas que no saben abrazar. Hablo de aquellas que se cuelgan de su pareja, estrujan hasta casi romper las costillas, bloquean el movimiento, o no permiten que su pareja se mantenga en eje ni son capaces de mantenerse en el suyo. No obstante, tengo una buena noticia: todo se puede mejorar. La mala noticia: no puedes mejorar si no tienes a nadie que te corrija ese mal abrazo. De ahí la importancia de buscarte buenos profesores. 

Os cuento mi experiencia: por mucho tiempo fui de las que se colgaban en mi pobre pareja y le pesaba toneladas a pesar de ser más bien poquita cosa, luego me fueron corrigiendo ese abrazo horrible que tenía. Tuve un tiempo en el que no era capaz de mantenerme en mi eje ni de casualidad (ahora me ocurre solo de vez en cuando, pero sigo trabajando en ello). Y ahora estoy en esa fase de darme cuenta de que rompo el abrazo con mucha facilidad, y tengo que trabajar en la conexión. Pero os voy a ser muy sincera: como en la vida, cuesta trabajo, y mucha paciencia.

El abrazo no depende del tiempo que llevas bailando. Yo particularmente he bailado con gente que después de años milongueando todavía no sabia abrazar (que te guste o no su abrazo es otra cosa), y con principiantes que abrazaban de maravilla, así que supongo que además de que te enseñen o no, hay un factor innato que ayuda mucho. 

Sentir la música, creo que la sentimos todos los que vamos a la milonga. Bailar a ritmo es otra cosa, ya que no todo el mundo lo consigue, y la musicalidad también es otra cosa muy distinta. Un bailarín puede ir a ritmo, pero bailar todo igual, sea el tema que sea. A veces, este tipo de bailarines puden aburrir a la mujer un poco. Y para que no se entienda mal, aclaro: un bailarín puede ir a ritmo y sin embargo jugar con la música e interpretarla. Hay bailarines que solo caminando, hacen contratiempos, hacen paraditas, juegan con la música sin hacer figuritas ni coreografías, y estos no aburren en lo más mínimo. El tango es un género musical que si tiene algo de increíble es precisamente eso: el juego que da a la hora de interpretar la música. Creo que es lo que en el fondo nos vuelve locas a las mujeres, sobre todo, si esa forma de interpretar la música es compartida.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Frasecita de la noche

Era una milonga de tarde, con comida previa, buena compañía y un frío terrible en la calle. Después de unas tandas, que sirvieron para ir calentando, llegó una de esas que adoras y que hacen que tu cuerpo se mueva solo ya en la silla cuando estás sentada esperando a que alguien te invite a bailar. Pero no vale cualquiera, ésa en especial necesitas que sea con alguien que te haga vibrar.

La invitación llegó, y por supuesto acepté. Todo ello a pesar de no conocer al bailarín, y ser consiente de que las posibilidades de que fuera una desilusión eran bastante altas dado el nivel de bailarines de esa milonga en particular. Pero tuve suerte: abrazo agradable, él conocía los temas y encima los bailaba a tiempo... a tiempo completo, eso sí. Es solo que mi cuerpo pedía más tiempo dentro del tiempo, o quizás un poco de juego. Y así fue que mi cuerpo, en más de una ocasión, cobró más vida de la que le daban. Mi bailarín se quedó mirando perplejo y mientras bailábamos me dijo: " eres muy activa bailando". Le salió del alma, pero fue tan consciente de que yo podía interpretarlo como un reproche, que se corrigió enseguida y me dijo"... ah, pero a mí me gustan activas".

Con lo cual sucediron tres cosas: una, que el bendito hombre se ganó mi simpatía por siempre jamás; dos, que me obligó a cuestionarme si soy demasiado impaciente bailando y no espero lo suficiente (cosa que no gusta nada a los hombres); y tres, la posibilidad de que además de lo anterior, él hubiera bailado mucho con un tipo de chicas "poco activas". Al pensar en lo que ese hecho puede implicar y sacar mis propias conclusiones, sentí lástima por el hombre, y se ganó mi simpatía aún más.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Regalitos

En Europa existen las milongas gratuitas, sin ánimo de lucro, pero no abundan. Estas suelen ser organizadas por alguna asociación, o aficionados al tango. De vez en cuando llega una invitación a través de Facebook, un correo electrónico, un whatsapp o un mensaje al teléfono con alguna noticia sobre milongas improvisadas en la calle, que se organizan con pocos días de antelación y algunas veces, incluso horas.

Sin embargo, lo habitual son las milongas en las que se paga entrada. El precio varía entre los 3 y los 10 euros por lo general, según la ciudad en la que esta tenga lugar, o la popularidad de la milonga, o si incluye o no consumición. Algunas veces, la entrada va numerada y los organizadores sortean una cena para dos, un CD de tango, un cuadro, una prenda de vestir (falda, top, o vestido - obligando a los hombres a ser caballerosos y regalar la prenda a una mujer), unos zapatos, una clase gratuita, una entrada a otra milonga, o alguna otra cosa. Generalmente todos estos sorteos van acompañados de una charlita de presentación, o agradecimientos, o anuncios de otros eventos de tango, o todos ellos a la vez si se trata de un argentino quien tiene el micrófono. En estos casos, esta milonguera que escribe busca como loca una silla, como si fuera atrás en el tiempo y estuviera jugando, como cuando era niña, al juego de las sillitas.

También están los festivales, en los cuales, el precio de la milonga sube al doble o triple, incluso si no hay consumición incluida. Claro está que en estos casos además de música en vivo en ocasiones, siempre hay alguna exhibición de maestros. Y en la mayoría de los casos, además del sorteo que hacen con el número de la entrada, te regalan un detalle a la entrada de la milonga, tipo un alfiler, un abanico, un dulce o algo típico de la gastronomía local, o un recuerdo relacionado con la ciudad que hace de anfitriona del festival. Algunos de estos regalitos son de lo más curiosos y os iré contando en el blog cuando me tope con alguno de ellos.

jueves, 6 de diciembre de 2012

¿Y qué tiene el tango que tanto te da?

¿Os lo han preguntado alguna vez? A mí me lo preguntó una de mis mejores amigas cuando vio una entrada en mi perfil de Facebook, dirigida especialmente a mis grupito de tango, para hacerles saber mi anhelo por volver a milonguear después de permanecer un tiempo forzosamente alejada del tango. He de decir que por descuido mío lo leyeron amigos y familiares para los cuales la palabra "tango" va asociada a un baile, un país llamado Argentina, Gardel, una raja en la falda, mucho enrosque de piernas, provocación, y una rosa roja en la boca. Aunque he de admitir que alguno va algo más lejos y asocia el tango a Al Paccino… AMÉN.

Y mi post decía: "tengo ya ganas de volver a sentir un abrazo suave, que escuche la música y sus pautas, sus murmullos y sus silencios, con marcas apenas perceptibles, sin florituras ni acrobacias, y que con solo una caminadita bien sentida me transporte a otro mundo, donde solo existe un abrazo, dos seres, y una conexión de almas a un mismo compás". Me salió la vena poética que solo sale de mí cuando hablo de amores y de tango. 

El tango nos da a cada uno algo diferente. Casi todos los amantes del tango vamos a la milonga para formar parte del evento social y luego cada cual, tiene sus otras razones. Algunos supongo que irán a divertirse, coquetear, socializar para conocer gente, o juntarse con amigos; otros, a escuchar la música, abrazar, compartir, descubrir, curarse, transformarse, y observar. Y habrá más razones, de eso seguro.

Yo personalmente voy a la milonga a juntarme con amigos y a trasladarme por unos momentos a otro mundo, mientras bailo una preciosa tanda que me pone los pelos de punta y me hace flotar. Siento: como cuando sonríes a alguien y te devuelve la sonrisa, o cuando abrazas a alguien y te devuelve de igual modo el abrazo y luego se convierte en uno solo. Daría lo que sea por sentirlo cada día, o en cada milonga, y cuando así es, esa noche duermo como un bebé, con cada fibra de mi ser envuelta en una felicidad absoluta. Y la verdad, no hay muchas cosas en la vida que me den una felicidad así.

martes, 4 de diciembre de 2012

¿Qué es una milonga?

El nombre de este blog no tiene mucho sentido para aquellos que nunca han asistido a una milonga, ni conocen lo que es. Por esta razón, me parece que la mejor idea es explicarlo primero.

La milonga es un género musical, cuyas letras suelen ser picarescas, que como el tango, tiene un compás de 2/4 o de 4/4 en el cual las 8 corcheas que lo forman están distribuidas en 3 + 3 + 2 mientras que el tango es un ritmo algo más homogéneo. Para los que no entienden de música, la milonga es como un tango, pero más rapidito y muy divertido.

Hay un dicho popular que dice “no me cuentes milongas”  que se utiliza cuando alguien quiere decirle a otra persona que no le cree, que le está contando una historia inventada o mentira. 

La cocaína también se llama popularmente milonga, pero no entiendo porqué, así que os invito a que aportéis la razón si la sabéis.

La milonga es también el lugar donde los amantes del tango nos reunimos a bailar tangos, milongas y valses criollos. Supongo que ahora entenderéis  el título de este blog. 

Los tangos, milongas y valses criollos se bailan en tandas de tres o cuatro temas seguidos del mismo género (3 tangos, 3 milongas, 3 valses), separadas por otros temas de otro género musical, generalmente música ligera, a los que llamamos “cortinas”. Las cortinas no se bailan, sino que sirven para saludarse, despedirse y buscar nueva pareja de baile. Sin embargo, hay milongas en las que a veces se bailan, otras veces ni las hay, y otras veces la cortina es una chacarera, género musical del folklore argentino y que muchos bailarines de tango conocen y bailan. Interesante mencionar que las tandas se ordenan por época, género y temática (tangos clásicos, modernos, de un tipo de cantante o compositor u orquesta), por lo que musicalizar una milonga tiene dificultad y requiere mucho conocimiento musical.

Las milongas suelen ser bares, salas de fiesta, clubes, donde hay una pista central y mesas colocadas alrededor. Hay todo un código a la hora de bailar y comportarse en la milonga. Tradicionalmente es el hombre el que invita a la mujer. Éste mira a la mujer con la que quiere bailar y le “cabecea”, es decir, hace una pequeña señal girando la cabeza de forma rápida y solo una vez, hacia la pista. La mujer acepta y se dirige a la pista, donde se encuentra con el hombre, o bien no acepta negando o mirando hacia otro lado. Es una buena forma de evitar momentos incómodos. Sin embargo, he de decir que es más común en Argentina que en Europa, y del resto del mundo poco se porque todavía no he conocido muchas milongas en otros continentes. Existen milongas en las que las mujeres también invitan a los hombres, pero no es lo habitual.  

Como las tandas son de 3 temas, estas se bailan siempre con el mismo bailarín, y es en la cortina cuando se cambia de pareja. Se considera grosero el no terminar de bailar una tanda con la pareja, pero a veces, simplemente es necesario. Ya os explicaré estos casos mejor en otra entrada del blog y lo entenderéis. Solo deciros, que tal y como observan en Wikipedia, las reglas sociales del baile son muy variadas y sociológicamente complejas y llevarían un espacio mucho mayor para ser descritas en detalle.