tangofobia[tango'foβja]s. f. Miedo
enfermizo a que tu pareja vaya a bailar tango.
tangofobia f.psicol.
Temor anormal a que tu pareja vaya a bailar tango acompañado de trastornos
nerviosos.
Síntomas: sudores, malestares estomacales,
insomnio, irritación o dolor de cabeza entre otros.
Otras formas de deterctar el trastorno: eres una mujer y tu pareja te dice al
volver a casa que hueles a perfume de otro hombre; eres hombre, y tu mujer te dice que tienes
carmín de otra mujer en la camisa; eres hombre o mujer y reprochas a tu pareja que te abandona, que
está obsesionada con el tango, y en casos extremos, que quiere más al tango que
a ti. ¿Conoceis más ejemplos? Colaborad por favor e informad: se trata de una grave enfermedad terrible que hay que detectar cuanto antes para ponerle remedio.
Posibles curas:
1. Asumir que como toda aficción requiere tiempo, y se hacen buenos amigos con los que te gusta compartir más tiempo. 2. Entender que es una actividad sana, una forma de hacer ejercio.
3. Aceptar
que para bailar tango hay que abrazar, y a veces este abrazo se le da a un
hombre o a una mujer, es abierto o es más cerrado, pero es tan solo un gesto, una forma de relacionarse. 4. Leer sobre el abrazo y sus beneficios para la salud mental y lo importante que es en nuestras vidas.
5. Confiar
en que tu pareja va a buscar compartir buenos momentos entre amigos o entre
desconocidos disfrutando de la música y el baile, no sexo, tampoco un romance.
6. Bailar tango con tu pareja o acompañarle a las milongas.
7. Pedir ayuda médica ya que además de tangofobia puede que se sufra de algo más: celos, necesidad excesiva de control sobre la pareja, o tan solo inseguridad.
¿Os habéis encontrado alguna vez en una milonga donde no conoces a prácticamente nadie, ningún chico te saca a bailar, y encuentras a otras mujeres con ganas de pasárselo bien, pero que están en la misma situación que tú? A mí me sucedió en un festival internacional, allí donde acaba Europa y empieza Asia.
Conocí a dos chicas simpatiquísimas que vivían en el extremo opuesto del globo terrestre. Me sorprendió congeniar tan sumamente bien con ellas, incluso en lo relativo al sentido del humor, ya que al ser algo cultural y pertenecer a culturas tan distintas, a veces no es fácil. Eran alegría en estado puro y su humor de lo más contagioso. Después de un rato compartiendo nuestras experiencias como turistas, en algún momento surgió ese tema de conversación tan común entre milongueras: qué bailarines nos gustan y cuales no, para bailar, claro.
Estábamos sentadas en una mesita rectangular justo al borde de la inmensa pista de baile. Todo lo que había detrás de las mesas que rodeaban la pista eran sillas, con lo cual éramos unas auténticas privilegiadas por tener un lugar donde posar la copa de vino, y el "tablero" de un juego que inventamos in situ. El "tablero" estaba compuesto de dos papeles: uno verde y otro blanco. El juego consistía en observar a la pareja que pasara justo por delante de nuestra mesa, y apuntar lo más discretamente posible con el dedo a la carta verde, si nos gustaría bailar con el chico en cuestión, o apuntar a la blanca si le diríamos que no a una invitación suya. He de confesar que fue muy interesante y divertido comprobar que nuestro criterio era prácticamente idéntico, aunque nuestro nivel de baile no lo fuera. También he de confesar, que una vez inmersas en el juego, la emoción hizo olvidarnos de la discrección, y salió alguna observación hecha con algo más énfasis del que nos hubiera gustado. Aún así, creo que nadie se percató del juego, y nos sirvió para ir quedándonos con las caras de los chicos, y poder aceptar o rechazar invitaciones con más confianza en las siguientes milongas.
Unas semanas después del viaje le conté el juego milonguero a una amiga y decidimos aplicarlo un viernes por la noche mientras salíamos de copas. Ahora bien, la versión del juego era algo diferente: un sorbo a la copa que estuvieramos bebiendo significaba que no aceptaríamos una cita del chico; dos sorbos que sí la aceptaríamos. Nos lo pasamos genial, pero no se en que momento la cerradura dejó de entrar en la llave... aunque claro está, eso es otra historia.
Era una milonga de domingo
por la tarde, la última que se celebró en un festival local. El ambiente,
espectacular, con pista rectangular, suelo de madera, y muy cálido. Y allí
estaba yo, una milonguera con pies perfectamente descansados, sentadita en un sofá
lleno de abrigos y bolsas de zapatos. Y como no, un tema precioso de fondo
sonando.
Y allí estaba él, por
entonces conocido, hoy amigo. Observando, escuchando y eligiendo su mejor
bailarina para los temas que iban entrando, y justo entonces comenzaron los
primeros compases de una tanda de esas en la que parece que tu cuerpo cobra vida y tus pies empiezan a moverse solos.. a pesar de estar todavía sentada. Me buscó con la mirada, pero esta
milonguera que se queja tanto de lo poco que se estila el cabeceo en las
milongas europeas, nunca mira ni facilita el cabeceo, solo obseva la pista,
escucha la música y a veces charla. Muy mal. Así que no hubo encuentro de
miradas, pero él ni se lo pensó y vino a buscarme. Sonreí y antes de que me
diera cuenta ya estábamos abrazados, mis ojos se habían cerrado y estaba
entregada en cuerpo y alma a la música y al abrazo.
Tan pronto empezó la
primera frase musical, llegó la última del último tango de la tanda. Cuando son
momentos de entrega y disfrute total, el tiempo vuela. Abrí los ojos, como decepcionada
de que acabara la tanda, quería más. Y él me miraba, y vi emoción en sus ojos
vidriosos. Sinceramente no me acuerdo del comentario que hice pero dio pie a
una explicación, y fue entonces cuando él me dijo "cuando tengo un tema
que me llega y lo bailio con una bailarina como tú, no puedo evitar
emocionarme". Creo que ese fue una de las cosas más bonitas que me han
dicho en mi vida. Conectamos muy bien al bailar y la música y su forma de
bailar hicieron el resto. Es de esos milongueritos que apenas hacen una
caminadita y dos o tres giros, y ya te hacen sumergirte en otro mundo. Todo
un caballero, un once sobre diez.
Fui un
fin de semana a bailar a un encuentro, en el cual las milongas eran todas en el
mismo lugar: un hotel de cuatro estrellas. Moderno, de esos en los que no
puedes abrir las ventanas para conseguir que sea térmicamente eficiente, con un
color verde quirófano poco acertado. Habitaciones luminosas, con armarios
diminutos y baño de cristal ideal para parejas, puesto que podías elegir o no
si tener intimidad al ducharte.
Llegó
la hora de prepararse, y me costó elegir qué ponerme. Todos los días no estoy
con el mismo humor, ni con las mismas ganas de vestir una u otra cosa, así que
fui haciendo la pasarela Cibeles delante de mi compañera de habitación. Para
cuando por fin me decidí, me duché, me maquillé y me puse los tacones, hacía más
de una hora que la milonga había comenzado.
Bajé a
la milonga. La sala tenía un suelo espectacular de madera, ideal para bailar. Las
mesas, enormes, estaban distribuidas de tal forma que ocupaban gran parte de la
pista de baile. Encontré un lugar en un lugar poco visible, pero no quedaban
mejores sitios. Seguramente había gente haciendo cola antes de que empezara la
milonga, esperando a que dieran permiso para entrar y hacerse con una buena
mesa. Además, estaba toda la gente que había ido llegando antes que yo y que
había ocupado las siguientes mesas. Dicen que es el pájaro madrugador el que se
lleva el gusano, aunque no siempre he estado muy de acuerdo con este dicho ya el
gusano madrugador no creo que corra la misma suerte.
Pero
hay gusanos madrugadores de otro tipo. Todos sabemos que al entrar a una
milonga a veces te encuentras con las típicas mesas de milongueros invisibles,
no porque estén tomando algo en la barra, o estén en el baño o bailando, sino porque
van a la milonga mucho antes de que ésta empiece, ocupan las sillas con
abrigos, luego se van a cenar, se duchan, se visten y llegan dos horas tarde a
la milonga, y encima encuentran sus sillas y sus abrigos esperándoles, en
primera fila de la milonga. Pero parece ser que esta vez no fue así: a los pájaros
madrugadores no les hizo gracia encontrar las mejores mesas con milongueros
invisibles. Así que estos pajaritos, ni cortos ni perezosos, movieron los
abrigos sin dueño a las mesas más alejadas de la pista. Ellos entonces se
sentaron en primera fila, puesto que para eso habían “madrugado”.
La
tormenta debió de estallar cuando los milongueros invisibles dejaron de serlo,
y encontraron que sus abrigos no estaban, que les habían “robado” las mesas y
sillas. Yo no presencié la escena, pero me la contaron, y parece ser que dio
mucho para hablar. ¿Qué opináis? Este es un tema espinoso. En la cultura
española, las abuelas lo primero que te enseñan cuando eres una mocosa es que “quien
fue a Sevilla, perdió su silla”, es decir, nada de respeto, y el mensaje de
andarse listo queda muy claro. ¿Cómo esperamos entonces que no ocurran estas
cosas? Algo que me llama la atención es que por ejemplo se considera correcto ocupar
una persona una silla y siete o ciento siete más para todos sus amigos aunque
estos no hayan llegado, pero ya no lo es cuando no hay un representante del
grupo.
Creo
que puesto que la educación a veces brilla por su ausencia, quizás los
organizadores de las milongas deberían plantearse poner unas normas de civismo
ya que los adultos parecen niños de guardería a veces. O quizás, poner
suficientes mesas y sillas para todos, porque el problema suele llegar a extremos
algo incómodos cuando hay trescientos milongueros y ciento cincuenta sillas. Todavía
no he visto a nadie llegar a los puños, pero a este paso, todo llegará.
Francisco Canaro cuyo nombre original es Francisco Canarozzo nació en San José de Mayo, en Uruguay en el año1888. Alias Pirincho, según cuentan porque fue lo que exclamó la partera al verle nacer debido a la forma de su pelo, aludiendo a un pajarito común en Río de la Plata.
De niño fue a vivir con sus padres a Buenos aires, en conventillos o casas de inquilinato, ya que su familia era muy humilde, y por esa razón, a la temprana edad 10 años Canaro ya trabajaba en las calles vendiendo periódicos. Luego fue pintor de brocha gorda, e incluso de dice que
trabajó en las obras del Congreso de la Nación. Amante de la música, probó sacando unos tonos a una guitarra gracias
a las enseñanzas de un vecino zapatero. Pero como le cautivaba el
violín, él mismo construyó su primer violín con envases de aceite de lata, y
así inició su carrera, tocando en bailes de la vecindad hasta ganar
suficiente dinero para comprar un violín de madera.
En 1906 comenzó a tocar el violín en un trío, donde debutó en Ranchos, un
pueblo muy a las afueras de Buenos Aires. Pero no actuaron por mucho tiempo y ya en 1908 debutó en de La Boca, Buenos Aires. A pesar de no tener formación académina, era un genial autodidacta y tuvo la suerte de tener como vecino el bandoneonista Vicente Greco, cuyos conocimientos
influyeron en Canaro. En 1910 actuó con la orquesta de
Vicente Greco y contunuaron de giras durante 6 años. Durante esa gira, en 1912, empezó a componer y creó "Pinta brava" y "Matasanos". Esta última la escribió por petición de los estudiantes
de medicina a punto de recibirse, que en el día de la primavera
organizaban los llamados "Bailes
del internado".
En 1916 Canaro fundó su propia agrupación, muy exitosa a nivel local. Musicalmente hablando, sus conjuntos no cultivaron un estilo
definido, sino que Canaro fue adaptándose a cada momento, encontrando
siempre la manera de conservar su espacio sin entrar en competencia
con otras figuras del género.
Fue él quien en 1918 luchó por los derechos de autor, no reconocidos en la época, que llevó a que posteriormente, en 1935 se creara la actual SADAIC
(Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música), cuyo edificio fue construido sobre terrenos adquiridos por
Canaro.
Durante estos años, hasta que grabó su primer disco en 1922, incorporó el contrabajo a la
orquesta de tango, eligiendo para ello a Leopoldo Thompson. Dos años más tarde incorporó una voz por primera vez en una orquesta, aunque solo fuera para cantar el estribillo. Así comenzó una nueva era de "estribillistas"
o "chansonniers", de los cuales el primero fue Roberto
Díaz.
En 1925, es decir, un año después, comenzó una gira por el mundo,
visitando países como España, Francia y Estados
Unidos, hecho que contribuyó a la extensión y popularidad del tango en Europa. Primero visitó París, donde el tango era muy popular y donde estaban Manuel Pizarro y sus hermanos. Canaro fue allí con los estribillistas Agustín Irusta y Roberto Fugazot, dúo al que junto al pianista Lucio Demare triunfaron por más de 10 años en España y otros países. Trabajó también en paris con una cancionista llamada Teresa asprella y luego en Estados Unidos, con Linda Telma.
En 1932 regresó a Buenos Aires donde comenzó su etapa de director y
compositor.
Ahí comenzó a escribir partituras para comedias musicales y más tarde se estrenó “La muchachada del centro” en el teatro El
Nacional. Con los años, siguieron estrenos como “La
historia del tango” en 1941, “Sentimiento gaucho” en 1942 y “Dos
corazones” en 1944. Los éxitos continuaron con “El tango en
París” y otras obras posteriores.
Canaro convirtió muchos tangos ya existentes en versiones más sinfónicas, cambiándoles el nombre, y además, si más tarde les añadía letra, volvía a cambiarles el nombre. Por ejemplo, su tango sinfónico "Pájaro
azul" provenía de su anterior "Nueve puntos"; "Halcón
negro", de 1932, era previamente "La
llamada", y ya con letra pasó a ser "Rosa de amor". Intentó introducir un nuevo ritmos, llamado tangón, pero aquello no terminó de funcionar. Igualmente lo intentó con el milongón, con idénticos resultados.
Como detalle, decir que en 1940 se nacionalizó argentino.
Otro detalle es que fundó la productora Río de la Plata e hizo sus pinitos en el cine, pero fracasó.
Sus tangos más destacados son Se dice de mí, del año 1943, especialmente conocida la versión de Tita Merello. Muy recomendada, me encantó la primera vez que la oí y me hizo reír. También son conocidos Madreselva, del año 1940 y llamada anteriormente La Polla, Sentimiento
gaucho, y Envidia. Otros temas conocidos son: Yo no sé que me han hecho tus
ojos, del año 1933 (dedicada a un amor: Ana Falcón, emperatriz del tango), Adiós, pampa mía, de 1945, en la que fue coautor junto con Ivo Pelay y
Mariano Mores, Pinta brava, del año 1912, Sufra, La última copa, el maravilloso vals Soñar y nada más, Mano brava, El alacrán, Dos corazones, El internado, y Destellos, del año 1942, El chamuyo, El pollito, Charamusca, Nobleza de arrabal, La tablada, El opio, Sentimiento
gaucho, La
última copa, Déjame, Envidia, La brisa, y El
tigre Millán.
En 1956 publicó sus memorias, tituladas "Mis
50 años con el tango".
Canaro actuó en diversos países de Sudamérica, como Brasil,
Uruguay y Chile. Ya en los 60 se animó a hacer gira por Japón.
En su trayectoria,
se registra que grabó 7.000 discos de tangueros, y se dice también que compuso tal número de obras que se cree que muchas de ellas las firmó a cambio de dinero, aún así, no se puede quitar mérito a todo su impresionante creacción y trabajo.
Este compositor, violinista, director de orquesta, y pionero del jazz en Argentina, y una de las figuras más conocidas en el mundo del tango y amigo de Gardel, dejó que la enfermedad de Paget se lo llevara de este mundo en 1964, en la ciudad de Buenos Aires. Fue tan rico, que popularmente había un dicho que decía «tiene más
plata que Canaro».
Me gustaría daros las gracias a todos los seguidores de Entre Milongas. Desde que inicié el blog hace ya cinco meses, veo que cada vez sois más y de más procedencias, entre ellas España, Estados Unidos, Rusia, Alemania, Reino Unido, Argentina, Colombia, Francia, Chile, Brasil y Ecuador.
Me encantaría no obstante recibir comentarios, pero todo llegará. Dicen que la paciencia es una gran virtud, y tenerla con mi "niña" Entre Milongas es además, un placer.
Solo deciros que estoy abierta a sugerencias sobre los temas que más os interesan, ya que a pesar de que tengo más de un centenar de entradas listas para publicar, iré amoldándome también a vuestros intereses.
Tengo amigos que dicen
saber perfectamente cuando una bailarina quiere o no bailar con ellos, y si
está cómoda o no bailando, y estos mismos afirman que quien dice lo contrario,
miente.Yo sin embargo creo que hay hombres que realmente no se enteran, de igual
modo que hay gente en la vida que parece que nunca se entera de nada.
Algunos milongueros van a
pasar un buen rato, viven la música como nadie, y son amantes del tango como
ninguno, y aunque intentan tratar a su bailarina como una reina, realmente no
la escuchan.Y cuando invitan a bailar, hacen exactamente lo mismo: no leen el
lenguaje corporal, que dice más que mil palabras, así que cuando ella no quiere
bailar, ni se dan cuenta. Y ellas encima, no arreglan nada el asunto aceptando
la invitación por compromiso.
Hay mujeres de lo más
diplomáticas, de las que nunca dicen que no aunque quieran rechazar la
invitación: se lo bancan todo. Y se les nota mucho porque muchas de ellas
cuando bailan no saben como fingir que están disfrutando, y en realidad están
deseando que acabe la tanda. ¿Habeis observado alguna vez las expresiones de la
gente cuando baila? se nota perfectamente los bailarines entregados y
disfrutando, a los que están incómodos, y a los que ni les va ni les viene, les
da todo igual.
En mi opinión, la mujer
debería rechazar la invitación si no le apetece bailar, y no sentirse mal por
ello. Y el hombre debería aceptarlo de forma natural, sin hacer drama. Y si
esto no es plato de buen gusto para todos los milongueros y milongueras, quizás
podrían invitar tanto ellas como ellos. Cualquiera de las dos opciones sería
justa tanto para hombres como para mujeres. ¿O no?
Habla
de las milongas en Buenos Aires, de las conductas y relaciones de
milongueros que allí van a bailar, de sus tipos, de con sus códigos y
anécdotas, reflejando así la cultura argentina. Ha tenido repercusión
en varios países y se han hecho traducciones al portugués,
italiano,
alemán, ruso y francés. Despertó el interés de antropólogos
norteamericanos que lo incorporaron como material de lectura en la
Cátedra de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Berkeley.
Lo
leí en verano, en mis horas de sol y piscina. Tras una larga búsqueda en internet y dar con un ejemplar en un pequeño comercio de barrio de Madrid, me llegó a casa el ultimo ejemplar que les quedaba, eso sí, sin un capítulo impreso (...así que tengo una joyita de coleccionistas).
Es un libro interesante, algo estereotipado, pero
fácil de leer, y divertido. En ocasiones me sentí identificada con alguna
situación, por lo que me hizo pasar un buen rato, hasta el punto de
soltar alguna carcajada. Supongo que el resto de "lagartijas", que como yo estaban aprovechando los últimos rayos de sol del verano, pensarían que había perdido la cabeza. Pero jamás hubiera dejado de leerlo y reirme a mis anchas.
Así habla la autora, Sonia Abadi, de él: "Hijo natural de una pasión con el tango,
apadrinado por los milongueros, acunado por las bailarinas, nació este
libro. Robándole al baile el tiempo para escribir y al escribir el
tiempo para bailar, ya que el tiempo del trabajo era intocable. Con la
picardía de la milonga, la pasión del tango y el vértigo del vals, se
hizo este abrazo porteño que quise compartir con cada uno".
Me dieron una semana de vacaciones e improvisé una visita a una amiga que vive en otra ciudad. Durante la cena del primer día ella me dijo que había dos noches de esa semana en los que tenía compromisos a los que yo no podía acompañarla. Se la veía preocupada porque no quería desatender a su invitada, así que yo le tranquilicé rapidísimo diciendo que iría felizmente a bailar a una milonga mientras ella atendía a sus compromisos.
Cuando mencioné la palabra milonga, le entró curiosidad y me hizo un pequeño interrogatorio sobre lo que era una milonga, si era seguro, o si conocía gente allí. Lo divertido fue cuando me dijo "¿en serio bailas las canciones de Gardel? uf... ¡si dan ganas de tirarte por la ventana cuando las oyes!". Obviamente Gardel no le gustaba, pero lo curioso es que pensaba que en las milongas es eso lo que se escucha y baila. Noticia: hasta ahora, ni en una sola milonga he oído temas cantados por Gardel.
En otra ocasión tenía una comida con amigos y cada uno aportó 5 temas de música para escuchar, los metimos en el ordenador y le dimos al player. Yo aproveché la ocasion para añadir tres tangos, un vals criollo y una milonga, que aunque no eran mis favoritos, quería sorprenderles, especialmente a una pareja que estaba en la mesa y me habían pedido unos días antes que mis 5 temas fueran tangos.
A media comida alguien dijo: "tú habrás traido tangos, ¿no? cuando suenen, avisa, que me voy a fumar un cigarrillo... Gardel no me gusta". Lo curioso: los tangos ya los habíamos escuchado, nadie los había identificado, y además, no eran temas cantados por Gardel. Se sorprendieron cuando los puse de nuevo, y alguien dijo: "¡eso no es tango..!"
Así que aprendí dos cosas: una, mucha gente cree que tango es sinónimo de Gardel; dos, sería buena idea que los que creen esto se animaran un día a entrar a una milonga, curiosear y escuchar la música, ya que estoy segura de que se sorprenderían.
Hay
formas de
comportarse en la milonga que aunque no las comparta, las puedo llegar a
entender y también a respetar, por muy cansinas e impropias que me
parezcan. Sin
embargo, hasta ahora no había encontrado un comportamiento que me
resultara tan difícil tolerar, y sencillamente no puedo porque ese comportamiento en sí
mismo es una auténtica
falta de respeto. Entiendo que hay chicos que son buenos bailarines y no
quieren invitar a una principiante porque con ella no disfrutarán como
con las
otras bailarinas más experimentadas, pero de ahí a que ni siquiera le
hablen
para evitar sentirse en el compromiso de invitarla, es sencillamente
absurdo.
Si además resulta que esta chica está acompañada por una amiga con la
que ellos
se mueren por bailar, y se ponen a hablar con la amiga ignorándola a
ella
completamente, sin ni siquiera saludarla, me parece el colmo de la
grosería y
de la falta de educación. Y esto me sucedió repetidas veces durante un festivalito de fin de semana. La gente era bastante joven y el nivel de baile era alto
comparado
con el que por lo general encuentro en las milongas a las que suelo asistir.
A la primera milonga del festivalito llegué un poco tarde y ni siquiera pude encontrar un lugar donde dejar el
abrigo, o poder sentarme y tomar una copa: habían vendido muy por encima
del
aforo del lugar, con lo cual, moverse sin recibir un empujón era
bastante
difícil, y mucho más bailar o ver la pista. Además, hacía mucho calor,
la variedad de bebidas a elegir era reducida y hasta el agua se agotó.
Las posibilidades de
baile eran escasas o nulas y no por el aforo como yo pensé aquella
primera
noche, sino por otras razones. Esa noche bailé un solo tango –ni
siquiera una
tanda- con un chico principiante con el que entablé conversación de
casualidad.
Me fui a dormir esperando que el resto de las milongas fueran más
espaciosas y
mejor organizadas, y obviamente, de tener más posibilidades de bailar.
La milonga del sábado tuvo
lugar en un lugar algo oscuro pero mucho más grande, con mesas y sillas a un solo
lado de la pista. Resultaba un lugar agradable ya que la temperatura acompañaba
y también el espacio para moverse. La pista era otra cosa, ya que el suelo se agarraba a las suelas de los zapatos de forma escandalosa. Yo estaba
ilusionada y con energías renovadas después de descansar bien. La
primera tanda la bailé con un chico que tenía algo menos de experiencia que yo,
pero con quien disfruté mucho. Luego bailé con otro chico que era mucho más
experimentado que yo, como la mayoría de los presentes, y creo que ninguno de
los dos la disfrutamos, cada uno por nuestras razones. Y ese fue todo mi baile
esa noche, a no ser que cuente que el primer chico, me pidió
otras dos tandas más a lo largo de la noche, con lo cual, me resultó algo
excesivo, aunque compensó con creces por su simpatía y su buena educación. Es durante esta noche cuando por primera vez me ignoraron abiertamente, aunque pensé que eran los desubicados de turno, casos aislados.
La última de las milongas
fue la más reveladora. El lugar me encantó: había una pista de madera
maravillosa, un buffet con comida y bebida, mesas y sillas suficientes muy bien
distribuidas, masajes gratuitos y una temperatura agradable. Casi la milonga
perfecta. Pero a medida que la calidad de la milonga como lugar mejoraba, mi sorpresa también. Así que después de ser ignorada durante
casi toda la milonga bailé una tanda con el chico de la noche anterior; luego con otro principiante,
que me pisó dos veces e hizo que me clavaran un tacón dos veces en el mismo sitio (¡vaya puntería!); y con un hombre
de mediana edad, con unos ojos preciosos, con el que conecté de maravilla y que
me brindó la mejor tanda de todo el festivalito. La milonga duró ocho horas, puesto
que en realidad eran dos milongas en una, así que teniendo en cuenta que bailé cinco tandas a unos quince minutos cada una, pasé casi siete horas comiendo, charlando con
otras chicas que calentaban silla como yo, y observando.
No tardé mucho en darme cuenta de que en realidad, para
ciertos chicos/hombres, si no estas a su altura como bailarina, ni siquiera
estás a
su altura para te dirijan la palabra o te saluden, es decir, no eres
interesante para ellos. He de reconocer que al principio sentí indignación, pero la fui
dejando atrás. Fue una de las pocas veces en las que he sentido que la
milonga no era mi lugar, y lo curioso es que me sentí bien por ello. Quizás porque sé que a pesar de que a mí me gusta tanto bailar y me hace sentir tan bien, y como todo el mundo quiero bailar con quienes me hacen disfrutar de la tanda, no creo que sea hasta el extremo de hacer que mi educación y saber estar brillen por su ausencia.
Me fui a casa bastante más tranquila pero con una duda sembrada en mí: ¿el chico simpático y educado con el que
bailé varias tandas y luego tuvo el bonito gesto de venir a despedirse
dándome dos besos antes de marcharse, lo seguirá haciendo en unos meses o
unos años, cuando se convierta en tan buen bailarín como ellos?
Hay palabras que en un mismo idioma, pero en países diferentes,
cambian su significado. Hay montones de ejemplos, algunos curiosos,
otros incomprensibles, otros divertidos.
Recuerdo un
día que fui al supermercado, pero antes pasé por casa de un amigo
argentino para darle un recado. Su madre, sabiendo que iba de compras,
aprovechó para hacerme un encargo: frutillas. Me extrañó, así que pregunté qué clase de frutillas quería. Entonces la extrañada fue ella y me contestó que de las que hubiera en la tienda.
Dos horas más tarde regresaba con un montón de frutillas esperando que eligiera las que más le gustaban y el resto me las quedaría yo. Las puse sobre la mesa y le dije que tenían muy buena pinta y que se quedase con las que quisiera. Ella me miró extrañada buscando y me dijo: "¿y las frutillas?". Yo pensé que me tomaba el pelo así que le seguí el juego y le dije que me las había comido por el camino. Su cara fue todo un poema y me miró con fastidio. Le dije que era broma, sonrió y se puso a buscar en la bolsa de la compra. Yo estaba alucinada y preguntándome si a esa mujer le fallaba la vista.
Lo que había pasado por mi mente cuando ella me pidió que comprara frutillas y encima "las que hubiera en la tienda" fue que tenía via libre para comprar las frutas
pequeñas que viera por la tienda, tipo arándanos, fresas, moras, las
típicas frutillas que usas para pasteles. Lo que pasó por su mente fue algo muy distinto.
Así que mientras estaba desconcertada en la cocina, con cara de asombro viendo cómo la madre de mi amigo seguía buscando las frutillas cuando estaban todas delante de ella encima de la mesa, entró mi amigo. Él enseguida ató cabos, se empezó a reír y le dijo a su madre: "no vas a encontrar frutillas..." y siguió riéndose a sus anchas un buen rato hasta que se apiadó de nuestras caras de pócker y continuó: "¡es gallega! ¡a las frutillas las llama fresas!". Ahí es donde me vino la inspiración, y creé la palabra amigocidio.
El código de la milonga
tradicional dice que es el hombre, quien cabeceando, invita a la mujer. Ella
opta por aceptar o rechazar la propuesta desde la distancia: en el primer caso,
asintiendo y levantándose hacia la pista; en el segundo caso, desviando la
mirada. Al final, el hombre elige, pero es la mujer quien decide. Empate.
En Europa, esto no sucede tanto,
ya que aquí normalmente el hombre se acerca a la mujer y directamente la invita. Con lo
cual, si ambos quieren bailar, es perfecto. Sin embargo, si la mujer no quiere,
el rechazo se convierte en una situación incómoda para las dos partes. El
hombre queda tocado en su orgullo de todas todas porque se empeña en tomárselo como algo personal. La mujer se siente comprometida ya que puede que no quiera bailar con él o no le apetezca o esté cansada, y como rechazar la invitación no es plato de buen gusto, se ve obligada a decir que
sí por compromiso o por miedo a que él se enfade, sobre todo si es alguien
conocido. Hay mujeres que rechazan abiertamente, pero los hombres las critican y las mujeres las envidian. Saquen sus conclusiones.
Cuando una mujer acepta una invitación por compromiso, ni ella disfruta ni creo que lo haga su pareja. Entonces, ¿porqué provocar situaciones de este tipo? Lo ideal sería que la mujer pudiera rechazar la invitación sin el hombre se lo tome como algo personal, o quizás otra solución sería que la mujer también invite para que estén ambos en condiciones iguales a la hora de sufrir un rechazo. Ahora bien, esta última opción tampoco les gusta a muchos hombres: no les gusta que les digan que no, pero tampoco que ellas inviten. ¡Mira que listos ellos! El día en que llegué a esta conclusión, un volcán llamado enfado entró en erupción, y esta milonguera que escribe empezó a formar parte del grupo de las envidiadas. He de confesar que no me gusta rechazar, pero que es algo que hay que hacer a veces, y como dice una buena amiga mía, libera.
Era ese mismo verano en el que me
fui de vacaciones al extranjero. Tras el incidente del tacón, me aventuré otro
día a ir a una nueva milonga, más pequeñita, situada en una zona de ambiente.
Me costó encontrarla porque había que subir muchas escaleras, hacer algún que
otro rodeo, seguir subiendo escaleras, y por fin dabas con una milonguita muy
familiar. Recuerdo un sofá retro para dos o tres personas ubicado a un lado de
lo que parecía más bien un salón de una vivienda, que una milonga. Parecía más
bien una reunión de amigos en un piso.
Paseé un rato para
observar, fui a por una bebida y me senté en aquel sofá que estaba libre,
parecía de lo más cómodo y encima estaba bien ubicado para poder observar. Por
bastante tiempo nadie me sacó a bailar, ni siguiera me saludaban, ignorándome
por completo, y me sentí como si me hubiera colado en una fiesta privada en la
que no había sido invitada. ¡Qué diferencia con la milonga en el que me quedé
sin tacón!
Después de un rato y
considerando seriamente la opción de irme después de estar sentada calentando
sofá como si estuviera en una milonga llena de rusas en las que las demás somos
casi invisibles, un chico se sentó mi lado. En seguida me plantó una sonrisa,
me dio conversación y a los pocos minutos me escribía en una servilletita de
papel algo en su idioma, que creo era coreano. Cuando le pregunté que ponía, me
dijo: “¿bailas?” Así que aunque me pareció que las intenciones del chico iban más
allá de un baile y que en la servilleta seguramente no ponía eso, acepté la
invitación porque me moría de ganas de bailar. Era un chico con abrazo
agradable, pero por lo demás, parecía que bailar con él era algo así como una
persecución al estilo 007: partía los tiempos de cualquier tema y los bailaba
como si se trataran todos ellos de milongas, y además, al estilo “apártese
quien pueda”. Después de esa tanda lo tuve siguiéndome a cada sitio al que iba,
así que tuve que desplegar todo mi ingenio para escaparme como una chiquilla
que hace pira de clase. Lo conseguí.
Pero me lo volvía a
encontrar en cada milonga a la que iba y me seguía a donde quiera que fuera. En
las primeras milongas bailé con él una tanda, pero luego simplemente no pude.
Era realmente molesto y yo intentaba ignorarle en la medida de lo posible. Le
di esquinazo varias veces, y aún así me buscaba, me encontraba y me seguía
sonriendo. Mis nervios no podían más. Hay cosas que no entiendo. ¿Porqué hay
hombres que insisten cuando es obvio que la mujer les está diciendo que no está
interesada?
Durante todos esos días
pude observar que nadie bailaba con él. Alguna persona me preguntó si era mi
amigo, alguna otra me hizo algún comentario sobre lo pesado que era, y un
milonguero con el que charlé un rato me confesó que ninguna mujer quería bailar
con él. Y entiendo perfectamente porqué. Creo que tuve la sensación de tener su
cara siguiéndome a cada milonga y cada sitio al que iba, hasta que por fin subí
al avión y regresé a casa… ¡y luego creí verlo en el avión!¡vaya pesadilla!
Tangoterapia ['tangote'ɾapja] s. f. Tratamiento que se pone en práctica para curar una enfermedad o un estado de anímico, bailando tango.
Aplicable a: aquellas enfermedades del alma causadas por la tristeza profunda que causa la pérdida de un ser querido, un amor... o tus pendientes favoritos; miedos o inseguridades, como la timidez, la falta de confianza en las personas, el temor a dejar libre las emociones y a sentir... incluso un taconazo en la espinilla; las personas infelices, incapaces de sonreír sin motivo alguno... las que no saben lo bien que se siente un abrazo.
Era verano y me fui de vacaciones
al extranjero. Hice mi pequeña búsqueda de milongas en mi destino a través de
San Google y di con un listado de milongas para cada día de la semana, así como
de un festival que tenía lugar en la zona.
Era jueves y la primera de
las milongas que elegí era un mercado durante el día. Por ello, en Internet
había una nota muy graciosa junto al horario de la milonga y el precio de la
entrada que decía “Don´t Forget to Bring Your Own Chair!” (¡no olvides traer tu
propia silla!). Quizás por eso elegí ir a esa y no a otra, simplemente me hizo
gracia. Me las apañé para que me prestaran una silla plegable, alquilé un coche
y me aventuré al centro de la ciudad. Tuve suerte y encontré rapidísimo lugar
para estacionar, justo en frente de la milonga. Parecía que era mi noche de
suerte.
Al principio busqué el
lugar ideal para colocar mi silla, justo entre la mesa con el picoteo y la
pista de baile, que curiosamente era un cuadradito más bien pequeño situado
como a uno o dos centímetros del suelo. Me quité los zapatos con mucha
tranquilidad y busqué en mi bolsa de tango, donde tenía mi par de sandalias
favoritas. Eran de colores vivos, con tacón alto, hechas a medida y muy
cómodas. Mientras hacía esto, iba observando el ambiente, los bailarines, y
charlando con alguno que otro que me daba la bienvenida. Y como era novedad en
la milonga, no me faltaron invitaciones. Fui bailando con todos ellos, sin
descanso ni para observar o seleccionar bailarín alguno, hasta que encontré un
momento para escaparme al baño e ir a comer algo. Hubo tandas de todo tipo y
muchas de ellas las disfruté de verdad. La pista se fue llenando más y más, y
empecé a preguntarme cómo iban a arreglárselas bailando ahí, cuando había algún
que otro bailarín que parecía bastante peligroso. Me refiero a los que les
gustan las figuritas, las coreografías y eso de “apártese quien pueda”. Primera
semejanza con las milongas en Europa, y digo esto porque me han dicho que en
Argentina, a estos tipos los echan de la pista, sin miramiento alguno. ¡Qué
buena costumbre si es cierta!
Mientras comía, con la boca
todavía llena de una o dos uvas, alguien me cabeceó: ¡pero lo hizo a solo dos
centímetros de mi cara! Casi me atraganto del susto, pero mantuve la compostura
lo suficiente para seguirle a la pista. Decidí bailar con los ojos cerrados
para no ponerme nerviosa. De repente, ya no estaba en la pista de baile. Todo
ocurrió muy deprisa. No se que pasó: quizás mi bailarín tropezó o le empujaron
ó le faltó habilidad. Y sucedieron 3 cosas: de pronto uno de mis pies se apoyó
fuera de la pista, que como he comentado antes, estaba más alta que el resto
del suelo, así que debido al desnivel caí hacia atrás; dos, al caer, mi tacón
hizo cuña contra el suelo y se partió; tres, seguí cayendo hacia atrás hasta
que alguien que lo vio todo llegó a tiempo de rescatarme antes de que mi cabeza
golpeara el suelo. Parece que sí era mi día de suerte. Un minuto más tarde, mi
corazón latía a mil del susto y con el tacón partido en mi mano, oí a mi
bailarín preguntarme: “¿quieres que sigamos bailando?”. No se la cara que le
puse, pero no necesitó respuesta alguna: se dio media vuelta y se fué.Y ahí
terminó la milonga para mí, porque no tenía calzado para seguir bailando, ni tampoco
cuerpo para ello.
Moraleja: es bueno ir a la milonga con un par de zapatos de baile extra, igual que cuando haces un viaje con el coche y llevas la rueda de repuesto... ¡nunca se sabe!
¿Habéis estado alguna vez en una milonga en la que haya más hombres que
mujeres? Encontrar una milonga en la que esto suceda es algo así como encontrar
una aguja en un pajar: dificilísimo. Pero sin embargo, sucede, a pesar
de que en las milongas, como en casi todos los lugares de baile, por alguna
razón siempre suele haber más mujeres que hombres, y además, de forma muy
desequilibrada. ¿Será que nos gusta a nosotras más bailar?¿Se trata de algo
cultural?
De todas formas, la razón es la de menos, pero es un problema en
algunas milongas y eventos de tango porque desanima mucho a las mujeres, en
especial a las que van sin pareja a la milonga, o a las que empiezan a bailar y
pocos las invitan.
Cada vez más a menudo empiezan a verse eventos o milongas en las cuales se
pone un aforo, discriminado por roles. Una vez creí ir a una de estas milongas, ya que cuya
norma de aforo era de 90 mujeres máximo y 80 hombres. Tenía lugar en un barco. Estaba feliz porque creí que tendría más posibilidades de bailar. Al principio no me importó
estar sentada porque daba la sensación de que intentar bailar sobre algo que se
movía iba a ser como intentar mantener el eje después de un par de vinos, es
decir, muy difícil, sobre todo teniendo en cuenta que muchas veces, sin los
vinos, ya cuesta bastante mantenerlo.
A medida que la milonga iba transcurriendo, fui conociendo a gente y
charlando. El ambiente era agradable, multicultural, y había comida además de
unas vistas preciosas. Yo seguía sin bailar, así que acercándose el final
de la milonga, decidí hacer de detective y averiguar por qué razón no estaba
bailando. No entendía qué sucedía puesto que había casi el mismo número de
hombres que de mujeres, yo tenía puesto un vestido llamativo, estaba en buen
lugar sentada, la gente no me conocía, por lo que no sabían cómo bailo y no me
podían discriminar por ello, y aún así, no bailaba. Al mencionárselo a una
mujer sentada a mi lado, ella se puso a contar... y para mi sorpresa, los
porcentajes prometidos por la organización, estaban "algo" desviados. Me dieron
ganas de buscar a los organizadores uno a uno y tirarlos por la borda, dentro del agua llenita de medusas.
Esa noche bailé finalmente una tanda, solamente una. Fue maravillosa. Me alegré de haber dejado tranquilas a las medusas... al fin y al cabo, las pobres no tenían la culpa.
La palabra milonga significa que rodarán barras de labios, subirán medias de fantasía por las piernas recién depiladas, y nuestra ropa más sexy saldrá del armario. Es un proceso de transformación total, donde sale la esencia femenima más pura y donde entre amigas nos prestamos faldas, vestidos, tops, broches, y maquillaje. Se monta el salón de belleza en cuestión de minutos, nacen peluqueras con más experiencia que las profesionales y tan buenas maquilladoras que hasta en Cibeles las envidiarían.
También están las diseñadoras, que de un niqui sencillo de deporte, pueden hacer en cuestión de segundos un top sexy con solo unos imperdibles; o las que son capaces de ponerse una falda como vestido y estar monísimas.
Hay mujeres que tienen el don de transformarse en cuestión de minutos, lo hacen con gracia y vayan como vayan, parece que han pasado tres o cuatro horas preparándose aunque hayan sido trece o catorce minutos. Luego están las que has estado esas tres o cuatro horas y parece que lo han hecho en tres o cuatro minutos, pero eso es otra historia, porque son la excepción. El resto de las mortales tomamos nuestra hora entre ducha, elegir ropa, maquillarnos y darnos los últimos toques antes de mirarnos al espejo y vernos algo más guapas de lo normal. Cambiar así transforma internamente a muchas mujeres y les da una dosis extra de confianza en sí mismas.
Todo el esfuerzo de la mujer por transformarse luego tiene su recompensa porque los bailarines toman a veces el tiempo para reconocernos a algunas, y una vez que lo hacen, sus ojos se agrandan porque lo que antes era una chica sin maquillaje, peinada con una coleta y en jeans, ahora es una mujer de lo más sexy. A algunas chicas les sale la sensualidad en cada movimiento que hacen, y
su sensación de poder sobre los hombres parece no tener límites. Es
entonces cuando el hombre se convierte en un ratoncito, esperando a ser
comido por una gata, que juega con él, pero rara vez se
lo come.
Luego llega el final de la milonga, y las milongueras nos quitamos los tacones. Es como bajar del escenario una vez que la actuación ha terminado y volvemos a ser las chicas de antes, sin maquillaje, sin tacones, ratoncitos en lugar de gatas. La magia se evapora, nos transformamos, volvermos a ser chicas normales. Y es entonces cuando a mí me viene a la mente una frase de una canción que me encanta... "pero cómo explicar que me vuelvo vulgar al
bajarme de cada escenario..."("Ojos de Gata" de Los Secretos)
Hace poco en mi entrada Cumpleaños Feliz, os expliqué cómo se celebran los cumpleaños entre milongueros y os prometí que os contaría con pelos y señales cuando me tocara a mí. Pero esta vez me lo pusieron muy fácil porque el día de mi cumpleaños nevaba tanto y había tan poquita gente en la milonga a la que conseguí llegar tras varios kilómetros detrás del quitanieves, que yo le hubiera cambiado el nombre a "la milonga triste". Convidé a galletitas y bizcocho, pero más ahí de tomar bebidas calientes y bailar unas poquitas tandas con amigos, no tuve que hacerme la valiente y ponerme en medio de la pista a pasar un poco de vergüenza.
Fue el día anterior cuando bailé una tandita en el centro de la pista. Eso sí, por suerte, el centro de la pista era el salón de mi casa; mis invitados, amigos de toda la vida y ninguno milonguero, a excepción de uno al que le tocó bailar la tanda conmigo; la vergüenza había huído después de la segunda copa de vino; y aunque mi eje se parecía al de la Torre Pisa, nadie se dio cuenta. Pero yo sí, cuando al día siguiente, como regalito de cumpleaños, un amigo me envió los dos vídeos que había hecho de mi pequeña exhibición. Jamás me había visto antes en un vídeo y fue un horror lo que vi: ¿bailo así de torcida? ¡qué desastre! Creo que ha sido un bonito toque de atención a mi descuido con las clases de tango, que por lo que vi en el vídeo, las necesito desesperadamente. Así que creo que esos vídeos, no verán la luz, y mucho menos YouTube.
A pesar de los horribles vídeos, he de reconocer que disfruté muchísimo del baile y creo que mi amigo también, eso se siente. Para mis invitados, fue algo bonito y sentido lo que vieron, así que la velada fue todo un éxito. Lo que más me conmovió fue oír a una de mis mejores amigas decir que le había gustado, que lo que era antes un baile que no le gustaba ni le decía nada, ahora lo miraba con otros ojos. Y fue en ese momento cuando recordé que fue en un ambiente familiar, en casa de una amiga, viendo bailar a sus padres, cuando yo me enamoré del tango.
amigocidio [aˈmiγo'θiðjo] s. m. Estrangulamiento mental de un amigo a otro amigo, sin importar que este último sea
muy querido y de confianza.
Posibles causas: cuando un amigo deja escapar alguna información confidencial o destapa una mentira piadosa de la que solo sabe él, le dice al pesado de turno que no tienes novio ni marido, te gasta una broma vergonzosa, se olvida de que ha quedado contigo y no aparece o llega muy tarde y sin avisar, va contigo a la milonga y no te brinda la primera tanda, te tira una bebida encima justo cuando te acabas de poner guapa para salir, aparece con la pesada de su vecina para ir de compras, te tomar el pelo por un desliz durante semanas y semanas, le dice que eres agradable bailando precisamente a ese con el que no quieres bailar, te mima y te abraza delante de tu novio/marido celoso, le saca a bailar a tu pareja en lugar de a ti, te saca a bailar justo cuando se acerca a pedirte una tanda ese chico con el que estabas deseando bailar toda la noche, te quita la silla cuando no hay donde sentarse en la milonga, te invita a tres vinos cuando sabe que dos ya pierdes el eje... y muchas otras causas.
Cómo evitarlo: respirar hondo, contar hasta diez y armarte de mucha paciencia o bien atarle de pies y manos y ponerle una mordaza, para así evitar que provoque una de las posibles causas antes mencionadas.
Posibles curas: es incurable, los sentimientos no se controlan.
* Su nombre le fue puesto en homenaje al violinista
Astor Bolgnini. * Era extraordinario tanto en música
popular (tangos porteños) como en música culta o
clásica. * Creó un nuevo género llamado tango sinfónico. * Su obra comienzóen 1946 con El desbande y concluyó en 1990, con Le grand tango, para cello y piano, que le estrena Mstislav
Rostropovich, y con Five tango sensations, que el mismo año graba con el
cuarteto de cuerdas Kronos, 46 añosen los que produjo unas 800 obras. * Se educó en Nueva Yorky en 1930 estudió bandoneón con Andrés D'Aquila. Luego
tomó clases de música con el pianista Bela Wilda, discípulo de
Rachmaninov. * En 1934 se le ve en una escena con Carlos Gardel en la película El día que me quieras. * En Buenos Aires, y tras esporádicas actuaciones en las orquestas de
Miguel Caló, Francisco Lauro y Gabriel Clausi, en 1939 ingresó como
bandoneonísta en la de Aníbal Troilo, en la que permanecería durante
cinco años. A ese lapso pertenecen sus estudios de música con Alberto
Ginastera, y de piano, con Raúl Spivak; su matrimonio con Dedé Wolff, el
nacimiento de su hija Diana y el de su hijo Daniel y su bautismo como
músico de escuela con su Suite para cuerdas y arpa. * Separado de
Troilo, comienza a dirigir en 1944 la orquesta de Francisco Fiorentino y
en 1946 forma su propia orquesta, con la que actúa en el "Tango Bar" y
en otros lugares céntricos, y compone el que siempre consideraría su
primer tango, El desbande. *No abandona los estudios y cursa
dirección orquestal con Hermann Scherchen. Mientras, crea algunos tangos
memorables: Para
lucirse, Contrabajeando, Lo que vendrá, Prepárense, Tanguango. * En 1953
obtiene el premio Fabien Sevitzky con Buenos Aires, Tres movimientos
sinfónicos. * En 1954 viaja a París, donde se produce su encuentro con la
gran maestra Nadia Boulanger, en el que define su futuro. Regresa a
Buenos Aires y forma el tan famoso como efímero octeto con cuyas
grabaciones puede decirse que inaugura la era piazzolliana. * De ahí en adelante compone y toca con frenesí. Forma sucesivos conjuntos cuyos integrantes
selecciona con rigor y disciplina. * Sus más conocidas creaciones son
Adiós, Nonino (1959) y Balada para un loco (1969).
Fuente: Hlmtango.com. "Astor Piazzola", por José Gobello. Nota extraída de la Colección Letras de Tango - Meralma E.C.E.
Si queremos que unos zapatos de baile nos duren muchas milongas, voy a litar unos consejos, que aunque la mayoría son de sentido común, nunca se sabe a quienes les pueden venir bien (sobre todo a aquell@s que empiezan sus primeros pasos en el tango):
* No bailar con ellos en la calle. Tengo una amiga a la que literalmente le salieron agujeros en la suela por bailar con ellos sobre asfalto. Ahora bien, si estás cansada de tus viejos zapatos y quieres esos preciosos que has visto en una tienda, puede ser la mejor excusa del mundo para decirle a tu pareja que necesitas unos nuevos, ya que tus zapatos tienen agujeros de lo viejísimos y desgastados que están (y quizás tengas una sorpresa por tu cumpleaños, Navidad, Reyes, o por vuestro aniversario).
* No bailar en pistas con agujeros donde el tacón se puede quedar clavado y romperse, o peor aún, hacer que nos rompamos una pierna o la cabeza. Es que luego le echamos la culpa al tango....
* No ir con ellos caminando por la calle, también se desgastan o se pueden mojar. Lo ideal es ponérselos en la milonga, pero nunca demasiado cerca de la pista, por si te pisan o le dan una patada sin querer a uno de tus zapatos y tienes luego que buscarlo como loca por debajo de las sillas.
* A veces la lengueta protectora sobre la que apoyas el pie se levanta, lo que yo suelo hacer es limpiarla bien con alcohol, mojar la piel para poder volver a estirarla bien y luego, aplicar pegamento instantaneo pega-todo. Quedarán como nuevos.
* Si son de tela, con un paño húmedo se limpian bien. Si son de ante, con un cepillo te arreglas bien. La piel, con grasa de caballo queda brillante y protegida. Depende de la calidad de la grasa, puedes extenderla con cuidado con la yema de los dedos ya que no mancha.
* Si encuentras algún hilo en tu zapato en los adornos o en la tela del mismo, no hay nada mejor que cortar con la tijera (nunca tirar del hilo) y quemar la puntita con un mechero para asegurarse que no se deshilacha más.
* Cuando son nuevos y todavía no tienen desgastado el tacón, es el mejor momento para reforzarlo y cambiar la tapita del tacón a una más resistente y de otro material, ya que este componente del tacón, aunque el zapato te haya costado 200 euros, muchas veces sigue siendo de plástico.
* Si son de colores, no es mala idea con un esmalte transparente, proteger las zonas más expuestas al roce, para que duren más. Yo utilizo los esmaltes también para arreglar zonas descoloridas, y aunque he de reconocer que es una chapucilla, mejor eso que nada.
* Lo más importante de todo: guardarlos en un lugar seco y limpio. Y siempre en sus bolsitas o en su defecto, bien colocados sobre una superficie, no amontonados en cualquier lugar, donde pueden caerse, rozarse con otros zapatos y estropearse.
Era el mismo festival en
el que se coló un tarado en la milonga, pero en otra milonga del festival. Yo
estaba muy ilusionada esa noche porque esperaba repetir una noche como la
anterior, en la que me lo pasé de fábula y bailé todas las tandas de la milonga
que mis pies me permitieron. Así que me vestí con esmero y mi falda favorita:
elástica, con algo de vuelo, cómoda, pero un poco revoltosa. Al ser la falda
algo ajustada en la parte de arriba y para no marcar braguita, decidí ponerme un tanga.
Bailaba una tanda de las
que me gustan, con uno de mis bailarines de siempre, y aunque en ese momento yo
iba con los ojos cerrados disfrutando de la música, pronto me di cuenta de que
estaba más o menos en el centro de la pista. Sentí un boleo y mi pierna cobró
vida, hasta que encontró uno de los picos de mi falda y decidió anclarse.
Sucedieron cuatro cosas: una, que el tacón se acomodó en un agujero que hizo
atravesando mi falda; dos, que al darme cuenta me puse nerviosa, perdí el eje y
para no caerme bajé la pierna al suelo; tres, que al bajar la pierna al suelo
mi falda bajó a la misma velocidad y a pesar de ser elástica no lo era lo
suficiente y dejó al descubierto mi tanga y trasero blanco como la nieve; y
cuatro, que muerta de la vergüenza e intentando sacar el tacón del agujero, di
gracias a mi buena sensatez de al menos haberme puesto una de esas tangas
bonitas, ya que obviamente la vio buena parte de la milonga.
Mi bailarín, todo un
caballero, me sostuvo en equilibrio mientras hacía la proeza de rescatar mi
falda y ajustármela de nuevo, todo ello cuidando de que el resto de los
bailarines que andaban por la pista no terminaran haciéndome perder el
equilibrio de nuevo. Esa misma semana logré hacer un apaño cosiendo un adorno
en la falda para tapar el agujero hecho por el tacón, y he decir, que ahora
luce aún más bonita que antes.
Una vez alguien me dijo que tenía
que disfrutar cada baile, cada momento, fuera con quien fuera. Pues bien, se puede, pero no con la misma intensidad. Os pondré un ejemplo:
Imaginad un deportista al que le gusta correr, entrena 3 o 4 veces a la semana y cuando
puede, un fin de semana se va a participar en alguna maratón o media maratón.
Disfruta muchísimo corriendo y se siente feliz y bien consigo mismo cuando consigue llegar a meta
y hace un buen tiempo. Ahora bien, tiene un amigo al que le ha convencido de
lo maravilloso que es correr y éste se anima a entrenarse e intentarlo. Quiere que
su amigo deportista entrene con él, pero puede que el deportista se aburra, baje su forma física
y encima se lesione. También puede que el que no es deportista se
sienta mal porque el deportista se aburre con él ya que todavía no puede correr, respirar y
darle conversación al mismo tiempo, o no puede seguir su ritmo. Al final, quizás lo más acertado sería que, por ejemplo, salgan a correr un día a la semana juntos y el resto de los días el deportista vaya a su ritmo, para no perder forma
y que ambos disfruten de correr sin agobios. O incluso, pueden entrenar por
separado, ir a la maratón juntos pero luego, aunque un rato puedan correr
juntos, lo normal es que llegue un punto en que el deportista se ponga a su ritmo, intente llegar a meta, y mejorar su tiempo, que es lo que le hace sentir bien y para lo que corre. El amigo debería comprenderlo.
Bien, pongamos ahora que quien le
pide que entrene o corra a su lado una maratón es alguien que no conoce de
nada. ¿Qué motivaciones tendría cada uno para ir a la
par del otro? Es seguro que el que empieza a correr, muchas: no tiene que
esperar, tiene a alguien que le motiva y le hace incluso correr algo más rápido, y encima, no va solo. El deportista puede que
quiera ser solidario porque sabe lo duro que es empezar a correr y decida
ponerse a su ritmo en los entrenamientos un rato o incluso en la maratón, pero
no lo hará con frecuencia si quiere conseguir su objetivo y disfrutar del deporte.
Se puede aplicar un paralelismo a bailar tango. Cualquiera puede bailar feliz con un amigo o
conocido que empieza, o incluso con un desconocido por solidaridad, ya que todos hemos sido principiantes y nos ha hecho ilusión que alguien nos pida bailar. Pero una cosa es bailar feliz una de esas tandas, y otra cosa es estar toda la noche o buena parte de ella bailando ese tipo de tandas. Y al igual que los principiantes, los otros también han ido a la milonga a disfrutar y no es con los principiantes con los que más disfrutan, sino con otros bailarines que bailan más o menos como ellos o mejor. Yo personalmente entiendo que esta es la razón por la que muchos bailarines no bailan conmigo o solo lo hacen de vez en cuando, sean amigos o no, y no me enfado por ello: me parece lo más normal del mundo, ya que al fin y al cabo todos hemos venido exactamente a lo mismo a la milonga: a disfrutar. Entonces, ¿porqué se enfadan otros conmigo cuando yo hago lo mismo?